Historias de argentinos que se animaron a trabajar en países exóticos
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Historias de argentinos que se animaron a trabajar en países exóticos

Por Joaquín Garau 29 de Agosto 2016

“No hay lugar como el hogar”, decía Dorothy en El Mago de Oz, al volver de una serie de aventuras en tierras lejanas y poco conocidas. Como ella, adentrándose en otros mundos, existen argentinos que decidieron explorar nuevas oportunidades de trabajo en países que están en el GPS de muy pocos.

Ya sea por trabajo o estudio, ellos armaron las valijas y marcharon hacia lo desconocido. Apertura.com reunió tres historias para contar cómo es ser expatriado en lugares inhóspitos.

África mía

María Elvira Bensadon trabajaba en su Mar del Plata natal cuando recibió una propuesta para formar parte de una consultora canadiense haciendo una auditoría en Guinea Ecuatorial.  “Mi familia siempre fue muy abierta a estas iniciativas. Yo de chica me había ido a hacer un intercambio a Estados Unidos e incluso mis papás se mudaron varias veces dentro de la Argentina; pero la verdad es que cuando te hablan de Guinea Ecuatorial te preguntás hasta dónde queda”, se ríe a la distancia Bensadon, ahora radicada en España.

En enero de 2012 partió hacia la aventura. “Cuando llegás el shock es bastante fuerte, porque así como acá en la Argentina un afroamericano se siente observado –por la curiosidad de que es diferente- allá es al revés, te miran por tu color de piel”, relata.

Ella tenía como objetivo, junto al grupo de trabajo de la consultora, dar asistencia técnica al Ministerio de Minería de Guinea Ecuatorial, un organismo con 1000 empleados. “Es fuerte llegar a la empresa y que tengan otros valores, otro concepto de la mujer. Sin embargo, aprendí muchísimo de ellos. Tienen otra lógica para tomar las decisiones y expresarse. Yo llegué siendo mujer, blanca y extranjera. Y había mucha resistencia al cambio, tenían miedo de que se los echara o les bajara el sueldo. Te daban mal la información, te mentían. Y poco a poco te los vas ganando, cuando ves que estás ahí para ayudarlos”, rememora.

En el país africano viven alrededor de 800 mil personas y según datos de la organización Human Rights Watch, ocupa el puesto 136 de 187 en el Índice de Desarrollo Humano. Y si bien se celebran elecciones, Guinea Ecuatorial es gobernada desde 1979 por Teodoro Obiang Nguema Mbasogo.

A la hora de trabajar, el tema de las etnias es central. “Hay dos etnias muy representantivas: la Fang y los Bubis. Y hay que tener cuidado cuando nombrás a alguien de una etnia u otra, porque eso genera incomodidades idiomáticas. Y si no quieren que el otro se entere, hablan en su dialecto y no en español”, relata sobre el equilibrio que hay que tener al tomar decisiones referidas al management.

Más allá de eso, Bensadon recuerda su trato diario con los guineanos. “Son gente muy simpática y sencilla. Se te acercan a conversar y son más abiertos de lo que somos nosotros”, asegura. Incluso, recuerda una anécdota de su estadía. “Con mi novio –él viajó un año después para ocupar una posición en el área de marketing- fuimos a una Comunión a la que nos invitó una compañera del Ministerio. Y cuando llegamos todos se dieron vuelta a mirarnos porque claramente no éramos de ahí”, se ríe.

Pero así como ellos parecían sapos de otro pozo, el matrimonio argentino también tenía algunos inconvenientes con los guineos. “Las primeras veces no los diferenciaba correctamente y me los confundía. Decía: ‘¿este será tal o será tal otro?’. Eso es porque no estamos acostumbrados a tratar con africanos en el día a día. Pero lo mismo les debe pasar a ellos con los argentinos, por ejemplo. De todas formas, con el tiempo los empezás a identificar y después ya te das cuenta que son muy diferentes. Hacer ese click es alucinante”, narra a través de Skype.

Entre las curiosidades que se encontró en el día a día, hay algunas que aún recuerda. “La telefonía fija casi no existe. Como tenían tal retraso en el desarrollo no llegaron a instalarse las líneas fijas, así que directamente saltaron al celular”, cuenta y agrega: “Tener Internet es carísimo. El mega salía entre US$ 500 y 1000 por mes. Para una persona común es imposible, por eso lo tienen solo las empresas o algunos empresarios”.

La moneda de Guinea Ecuatorial es el franco CFA de África Central (XAF), la cual comparten con Camerún, República Centroafricana, Chad, República del Congo y Gabón. Un dólar es equivalente a 582 XAF. “Vivir es carísimo: ya sea tener Internet, un celular o ir al supermercado”, enumera Bensadon.

Y si el tipo de cambio asombra, los mercados de comida no se quedan atrás. “Ellos comen caracoles con arroz y desayunan una sopa híper picante llamada Pepesup. Obviamente, se reían de nosotros porque no podíamos probarla ya que era muy fuerte”, dice y agrega: “También comen mono, lagarto, pangolín (que es como un armadillo) y serpientes. Vos vas a los mercados y tienen todos estos animales, que para nosotros son exóticos, en exhibición”.  

El trabajo, si bien era de oficina, no era apto para asustadizos. “Con mi marido decimos que en Guinea es todo extra large. En la calle, por ejemplo, pasaban arañas inmensas. O a las cinco de la tarde revoloteaban murciélagos”, narra Bensadon y explica: “Es un lugar muy selvático. Siempre recordamos un día en que volvíamos en auto y nos encontramos un tumulto de gente. Cuando preguntamos qué pasaba, nos dijeron que había una boa. Y sí, era real, había una boa y los guineos la habían capturado”.

Pero si bien muchos hubieran salido corriendo, ella y su esposo se quedaron hasta noviembre de 2013 –casi dos años de residencia- y esa experiencia les cambió la vida para bien.

“Hoy me siento totalmente atada al país. Tengo todavía muy buena relación con gente de ahí. Son experiencias que te quiebran internamente, siempre vas a tener ese lugar como un hogar, y estar apegado a eso. Incluso me pasa acá en España que cuando veo a un africano me doy cuenta si es guineano, por su forma de vestirse o de ser”, concluye.

Perdido en Hong Kong

Hong Kong todavía estaba bajo dominio británico cuando Nicolás Núñez aterrizó en 1994. Estaría en la ciudad hasta 1997 y volvería a la Argentina siendo vegetariano. Y también casado.

La historia comenzó cuando un proveedor de Avon, la empresa para la cual Núñez trabajaba en la Argentina, le propuso un puesto en China. Su trabajo consistiría en recorrer el país buscando nuevas oportunidades en cosméticos, perfumes y derivados.

“Vi dos mundos”, cuenta Nicolás Núñez, sobre su experiencia de vida en Hong Kong. Por un lado, la ciudad con dominio británico; por el otro, el interior del país, rural y poco desarrollado.

“Hong Kong era eficiente y organizado, diferente a lo que se vivía en la Argentina. Pero en el interior del país había poca comunicación con el resto del mundo y tenían prácticas culturales donde la sociedad se manejaba de otra manera”, cuenta Núñez, ahora radicado en la Patagonia, y recuerda una anécdota que pinta cómo se manejaban en el interior de China: “Por ejemplo, cuando iba a hacer negocios, me llevaba un auto manejado por el chofer de la empresa. Y cuando nos sentábamos a comer, el chofer se sentaba a almorzar con nosotros y hasta opinaba en negocios. Y ellos lo tienen naturalizado y eso me pasó en muchísimos lugares”.

También recuerda que, en el interior de China, el trato entre las personas es muy amable. “La relación entre los vecinos es tan cordial que hasta las puertas de las casas están abiertas y los espacios son compartidos”, asegura sobre aquellos tiempos. 

Sin embargo, la cosmopolita Hong Kong era diferente. “La calle es un caos pero nadie toca bocina, ni grita, ni nada. Quizás hay una terrible cola de tráfico y nadie dice nada”, se ríe sobre la experiencia de transitar día a día.

Si bien por la influencia británica muchos hongkoneses hablan en inglés, Núñez se animó a aprender mandarín, el idioma más difundido en China, contrariamente con el cantonés, hablado principalmente en Hong Kong. Pero no pudo. “No tenía de dónde agarrarme, ni pude aprender el sistema de traducción del método de occidente a oriente, que es fundamental para interiozarlo”, rememora.

Pero esto no le impidió hacer negocios, aunque hacer tratos afuera de la ciudad es un tanto complicado: “Con la gente de Hong Kong se hacen negocios igual que en la Argentina. Entienden qué queremos en occidente. No así en el interior de China, donde íbamos a una fábrica y el gerente general no sabía hablar inglés ni los precios de sus productos. Había que explicarle todo muchas veces porque decías algo y te respondían otra cosa”.

Núñez era un adelantado a su época haciendo negocios en China. Para 1994, el comercio entre la Argentina y China ascendía US$ 789 millones, según datos de la Cámara Argentino China. Para 2014 la historia era otra. Ese año, el comercio bilateral entre ambos países representó US$  15.801 millones. Las exportaciones argentinas fueron por U$S 5006 millones y las importaciones del país asiático alcanzaron el récord de US$ 10.795 millones.

Y mientras el intercambio comercial poco a poco cambiaba, la vida de Núñez también se modificó. “El tema de la alimentación fue un tema central, porque ellos le dan una gran importancia a la comida, así que al poco tiempo cambié mi dieta drásticamente, dejé de comer carne, me volví vegetariano y conocí los productos orgánicos, que era algo que en la Argentina de 1994 jamás se había hablado”, narra el viajero, hoy Gerente General de Masseube, y recuerda que ahí fue cuando se le encendió la lamparita: había que emprender en la Argentina con un proyecto de comida orgánica. Ese plan lo tuvo en carpeta –hizo un viaje a la Patagonia para buscar dónde desarrollarlo- hasta que finalmente volvió a radicarse en el país.

Pero no volvió solo. Regresó casado con una ciudadana china, Mimí, –“le decimos así para abreviar su nombre en chino”- quien hoy es la madre de sus dos hijas. Juntos se instalaron en la Patagonia y dieron vida a Valle del Medio, una empresa con más de 20 hectáreas de frutos orgánicos para la producción de dulces. Poco a poco el proyecto creció y sumaron más títulos a su empresa. Además de certificar su producción como 100% orgánica, también son la primera empresa de este tipo en el mundo asociada a la política de Trabajo Justo.

Pensamiento suizo y lateral

En 2000, cuando el país empezaba a ser gobernada por el entonces presidente Fernando De la Rúa, un matrimonio de argentinos viajaba a Suiza por uno de ellos, Francisco Ruiz Luque, iba a realizar un posgrado en el International Institute for Management Development (IMD).

“Suiza es lo opuesto a la Argentina y con un ejemplo te lo describo todo: en 2000, las cabinas de los teléfonos públicos tenían Internet y las paradas de colectivo tenían una pantalla que te decía la frecuencia del colectivo”, cuenta Ruiz Luque su historia.

En esa época, trabaja para Telecom Argentina, que lo envió a estudiar tres meses a Lausana, ciudad sede del Comité Olímpico Internacional, y luego un año a Nueva York. Y el tiempo que vivió en Europa lo alucinó. Hoy en día, retoma aquella anécdota de las cabinas de teléfono y cuenta qué hizo en ese momento. “Lo llamé al responsable de Telecom y le dije: ‘Hagamos algo parecido en la Argentina’. Sin embargo, su respuesta fue: ‘Francisco, las pocas cabinas que hay las gente las rompe, pinta y hasta duerme ahí’. Ahí es cuando chocás con la realidad”, dice.

En cuanto a las jornadas de estudio, Ruiz Luque recuerda que a los profesores los deslumbraba el pensamiento lateral que tienen los argentinos a la hora de presagiar situaciones complicadas. El principal ejemplo lo vivió durante un ejercicio hecho en clase. Junto a su grupo, tenían que pensar y redactar un contrato ficticio para ofrecerle a un gobierno. A la hora de escribir las cláusulas, el argentino marcó un diferencial: “Les dije que había que dejar en claro qué sucedía si había faltante de luz. Y claro, para los suizos eso fue revelador, ya que ellos jamás tienen problemas de energía y no se imaginan que se le corte la luz a nadie, menos a una empresa”.

Gracias a su trabajo, fue elegido para dar el discurso de cierre. “Valoraron mis aportes para pensar fuera de la caja y de la zona de confort, que para los argentinos es habitual por el contexto en el que estamos acostumbrados a trabajar”, explica.

Luego, tras un año viviendo en Nueva York –donde nació su primera hija-, volvió a la Argentina para seguir trabajando en Telecom hasta que en 2011 se fue a DirecTV, donde hoy se desempeña como Vicepresidente de Internet. Todos estos años de experiencia, viajes y mucho trabajo le valieron un lugar como miembro de Vistage Argentina.



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