Glenn Greenwald: “No voy a ser un exiliado por ejercer el periodismo”
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Glenn Greenwald: “No voy a ser un exiliado por ejercer el periodismo”

Su colaboración con Edward Snowden, el exanalista de la Agencia de Seguridad Nacional que protagoniza la mayor filtración en la historia del espionaje estadounidense, lo convirtió en uno de los periodistas más famosos de su generación. Acusado de traidor en su propia patria, en el resto del mundo ya se lo considera la nueva encarnación de Bob Woodward y Carl Bernstein. 

Por Geoff Dyer 09 de Abril 2014

 

Son las tres de la tarde de un viernes cuando entro en el Bar do Beto, un anticuado restaurante de Ipanema lleno de comensales que disfrutan de un almuerzo extenso y lánguido. Glenn Greenwald está sentado en un rincón, la mirada –preocupada– sobre la pantalla de su laptop. Desde junio de 2013, en que conoció a Edward Snowden, el analista convertido en soplón de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) estadounidense, Greenwald ha llevado un régimen laboral con jornadas de 16 horas dedicadas a repasar miles de documentos entregados por el exempleado de la NSA, redactar decenas de notas para The Guardian y otros diarios, disparar contra sus críticos en Twitter y armar una nueva empresa de medios con respaldo multimillonario. En el interín, Greenwald se ha convertido –tal vez– en el periodista más famoso de su generación. Su reputación en Estados Unidos es controvertida, en parte como consecuencia de su acercamiento a un tema tan abrasivo para el debate político, pero en zonas de Europa y América latina lo consideran la nueva encarnación de Bob Woodward y Carl Bernstein.

De 46 años, Greenwald lleva casi una década viviendo en Río, donde conoció a su futuro esposo, David Miranda, durante unas vacaciones. “Aquí nos conocimos hace 8 o 9 años –dice sobre el restaurante–. Vivíamos a unas cuadras y siempre veníamos aquí. La comida es fantástica”. Greenwald me cuenta que estuvo aquí hace un par de noches. En un hecho que pone de manifiesto su condición de celebridad de la izquierda internacional, el actor y dramaturgo Wallace Shawn lo había invitado el año pasado a ver The designated mourner, su obra sobre un espacio político en retirada en un país antaño liberal, cuando se estaba exhibiendo en Nueva York. Como Greenwald no viaja a Estados Unidos desde que estalló el caso Snowden, Shawn fue a Río para representarle la obra. “Increíblemente atrapante y provocadora”, opina Greenwald sobre la pieza, que se representó en un teatro alquilado especialmente para la ocasión. Más tarde, Greenwald llevó al elenco al Bar do Beto para agradecerles...

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Fama. Glenn Greenwald saltó a la tapa de los diarios por su relación con Snowden. Foto: Bloomberg.

Cuando abrimos la carta, nos enfrentamos a la paradoja de la cocina brasileña: las especialidades incluyen bife de lomo con papas y arroz, y feijoada, el guiso tradicional con porotos negros, carne de vaca, de cerdo y salchichas. Son platos ideales para un almuerzo invernal, pero afuera hay 37º y hasta los cariocas se quejan del calor. “En un día como hoy caerías en coma en medio de la calle después de una comida así”, admite Greenwald. Pedimos, entonces, la misma entrada de rabas y camarones fritos, precedidos por un gran plato de pan con aceitunas, queso y pasta de atún. Los acompañamos con latas de guaraná, la bebida brasileña derivada de una fruta amazónica a la que ambos somos adictos.

Me había preparado para este almuerzo con cierta dosis de aprensión. En la red, Greenwald tiene un estilo de debate desdeñoso, casi prepotente, especialmente cuando responde a periodistas de medios tradicionales quienes, al igual que yo, se rigen por normas que él consideraría demasiado propias del establishment. Luego de que varios diarios, incluido The Financial Times, publicaran declaraciones del gobierno estadounidense que contradecían en parte a uno de sus artículos, Greenwald respondió con un #servileDCjournalists. Sin embargo, en persona, Greenwald es agradable, con una risa que a veces se vuelve gorjeo nervioso. Y sus respuestas son más meditadas de lo que indica su reputación. “A veces, la gente no sabe qué esperar: creen que se encontrarán con un idiota total que los tratará a los gritos”.

Su reputación en Estados Unidos es controvertida, en parte como consecuencia de su acercamiento a un tema tan abrasivo para el debate político, pero en zonas de Europa y América latina lo consideran la nueva encarnación de Bob Woodward y Carl Bernstein.

Parte de esas bravatas son, como mínimo, una estrategia deliberada. Greenwald es un periodista autodidacta. Campeón de debate durante la escuela secundaria en el sur de Florida, Greenwald fue abogado corporativo antes de crear su propio estudio dedicado a causas de libertades civiles y constitucionales, que incluso lo llevó a defender a varios neonazis en procesos referidos a la primera enmienda constitucional. Cansado del Derecho, Greenwald fue uno de los pioneros en el uso de Internet para ganarse una vasta audiencia a partir de sus firmes comentarios políticos. “La forma en que ingresé en el discurso público fue por un camino bastante poco tradicional. No tenía mi propia columna en The New York Times sino que creé un blog. Para hacerme escuchar y forzar a las figuras mediáticas a que reaccionaran, fue necesaria mucha agresión. Ahora tengo una plataforma mucho más grande que hace unos años, así que tal vez ajusté un poco mis tácticas. Ya no tengo que ser tan áspero y agresivo. Pero no siempre te das cuenta de que tu posición cambió. Todavía me considero un outsider, así que tengo que hablar fuerte y, a veces, incluso de manera brutal. En parte es por mi personalidad: me gusta el choque de ideas. No quiero caerles bien (a los periodistas de Washington), así que la aspereza me resulta bastante fácil”. El desagrado es mutuo con muchas figuras de los medios que sufrieron su ira y vieron, con envidia, el ascenso tan marcado de su estrella.

Puede que Greenwald encarne, todavía, los valores del periodismo outsider. Pero también es el líder de uno de los emprendimientos mediáticos más ostentosos jamás lanzados, First Look Media, el proyecto de u$s 250 millones del fundador de eBay, Pierre Omidyar, quien ya inyectó en la empresa los primeros u$s 50 millones. Un video difundido el mes pasado por Omidyar –cuyo patrimonio neto fue estimado por Forbes en u$s 8.500 millones– definía a la compañía en términos vagos, indicio de que todavía era una idea en desarrollo. Hoy, Greenwald es más preciso: “Apoyará a una serie de revistas digitales semiautónomas que serán creadas o modeladas por un periodista o un equipo de periodistas”, explica. Junto con Laura Poitras, la documentalista que le presentó a Edward Snowden, Greenwald trabaja en The Intercept, la primera de esas publicaciones. Apareció en febrero con un artículo sobre el modo en que se usa la vigilancia de la NSA para respaldar los ataques de aviones no tripulados contra supuestos terroristas. Con énfasis, refleja el interés de Greenwald por las libertades cívicas y la intimidad. Y sigue abriendo una brecha en su relación con la NSA: asegura que todavía no llegó a la mitad de las decenas de miles de documentos entregados por Snowden. “Será como una fuente de noticias. Habrá publicaciones diarias, con artículos nuevos, y columnistas invitados. Estableceremos nuestra propia organización mediática”. Las otras revistas digitales de First Look serán independientes “pero estaremos bajo la misma estructura editorial, así que vamos a compartir subeditores, personal técnico y abogados”.

Asegura que todavía no llegó a la mitad de las decenas de miles de documentos entregados por Snowden.

En virtud de la cantidad de dinero que Omidyar destinará a la empresa, una de las cosas que más sorprende es lo que poco que conocía a Greenwald. Es posible que hubieran interactuado algo en Twitter, apunta Greenwald, pero nunca habían hablado antes de que el empresario propusiera la idea.

La nueva organización tendrá un reconocible sesgo izquierdista: aparte de Greenwald y Poitras, el otro nombre famoso confirmado es Jeremy Scahill, un crítico feroz del uso de aviones no tripulados por parte del gobierno de Obama: su documental Dirty wars, basado en su libro homónimo, fue nominado al Oscar este año. Al margen de eso, las intenciones de Omidyar no quedan claras. “No quiere imitar lo que hacen otros. No quiere copiar a The New York Times ni al Washington Post. Los podría haber comprado si eso era lo que quería. Así que estoy convencido de que quiere hacer algo fundamentalmente diferente. Su idea implica un compromiso serio con un periodismo en verdad independiente y opositor. Lo interesante es que, por decisión propia, terminará financiando a personas a las que no podrá controlar”, asegura Greenwald sobre su nuevo patrón.

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Por publicarse. El periodista asegura que todavía no reveló todos los documentos. Foto: Bloomberg.

Me abro camino entre los abundantes calamares mientras Greenwald, que es el que más habla, mordisquea los suyos. Cuenta que en octubre se fue en buenos términos de The Guardian y elogia la forma en que el diario trató el tema de Snowden. “Fueron muy valientes en seguir publicándolo. En general, considero que en ese diario pude hacer todo lo que quería, aunque las cosas cambiaron un poco desde que el gobierno británico empezó a ponerse prepotente e intimidante, con la destrucción de las laptops –en julio de 2013, el personal fue obligado a destruir los discos rígidos donde guardaban documentos de Snowden– y luego con la amenaza de acciones penales contra los periodistas. Y, por supuesto, está la detención de David en Heathrow” (En agosto de 2013, Miranda fue detenido durante 9 horas en el aeropuerto en función de la Ley de Terrorismo: le confiscaron su laptop y otros equipos electrónicos antes de liberarlo y permitirle que viajara a Brasil).

El costado más abrasivo de Greenwald aparece cuando surge el tema del libro Los archivos Snowden, de Luke Harding, publicado a principios de febrero. “Es una porquería. Dice contar la historia secreta pero lo escribió alguien que nunca vio o habló con Edward. Luke me vino a ver y estuvo medio día hablando conmigo sin que me diera cuenta de que estaba tratando de que yo escribiera el libro por él. Corté la entrevista cuando me percaté de lo que pasaba”. Para la fecha de nuestro almuerzo, Greenwald sólo había leído unos pasajes del libro de Harding, que en su opinión pone demasiado énfasis en ciertas publicaciones online anónimas que Snowden hizo de joven. Luego, tras leer todo el libro, me indicó por e-mail que en él no se condenaba a Snowden. Pero, al momento de nuestra reunión, sin dudas estaba fastidiado: “Una de las cosas de The Guardian que en verdad no me gustan es que usaron a Julian Assange y a WikiLeaks y se beneficiaron con la publicación del material (cables diplomáticos filtrados por Bradley Manning), pero después pasaron a ser sus críticos principales”.

Fueron muy valientes en seguir publicándolo

Greenwald tiene previsto publicar en abril su propio libro sobre Snowden, en el que tratará de explicar cómo debe interpretarse el escándalo de la NSA. Su tesis: la magnitud de los datos que recaba ese organismo es asombrosa, así como la forma en que interfiere con las empresas tecnológicas. Yo acoto, sin embargo, que uno de los problemas con las revelaciones es que los artículos que plantean serias dudas sobre violaciones a la intimidad aparecen mezclados con otras notas que no hacen más que desnudar gajes del oficio de espía, el tipo de cosas que muchos estadounidenses presumen que hacen sus servicios de inteligencia. La respuesta de Greenwald es tan combativa como sorprendente: “La vasta mayoría de los artículos a los que se acusa de excesivos provienen de The New York Times o del Washington Post, no de mí ni de The Guardian”, aclara, refiriéndose a notas que examinaban el modo en que la NSA vigilaba a combatientes talibanes en Pakistán o su campaña para rastrear las comunicaciones en Irán. “Lo irónico es que nos presenten a nosotros como los villanos”, agrega. Greenwald empieza a sonar menos convincente cuando amplía su crítica a la NSA. En reportajes y apariciones televisivas ha denunciado que la vigilancia estadounidense no apunta tanto a combatir el terrorismo sino que forma parte de una acción más vasta y concertada de su gobierno en pos del poderío económico. Pero los ejemplos que menciona, como la escucha de una conferencia económica latinoamericana, se parecen más al espionaje tradicional y no tanto a un nuevo frente en la vigilancia electrónica. Y si bien una de las facetas más llamativas de las revelaciones de Snowden es la forma en que la NSA penetró al sector tecnológico estadounidense, Greenwald suena ingenuo en su apreciación de China cuando sugiere que los vínculos entre las grandes empresas y el gobierno estadounidense no difieren de los que se verifican en el país asiático.

Unos pocos días antes de nuestro almuerzo, James Clapper, el director nacional de inteligencia de Estados Unidos, había tildado de cómplices a los periodistas que recibieron documentos de Snowden, mientras que funcionarios de alto rango indicaron que Greenwald vendió material sustraído. Greenwald no volvió a pisar Estados Unidos desde que conoció a Snowden, así que le pregunto si se considera un exiliado. “No hay pruebas de que el gobierno estadounidense vaya a detenerme, así que es un poco melodramático usar ese calificativo. Pero cada abogado o asesor con conexiones políticas con los que hablé en los últimos meses me dijo que las posibilidades de que algo así ocurra son inferiores al 50 por ciento, pero son más que significativas. El sistema de seguridad nacional de mi país está desesperado por castigar a alguien por lo que ocurrió”.

Pedimos la cuenta porque Greenwald tiene irse a otra entrevista. En vista de su afición por la pugna política y de su gusto por promocionarse le pregunto si en algún sentido no se regodearía ante una disputa legal con el gobierno estadounidense respecto de qué constituye el periodismo. “En abstracto, es fácil decir que es una gran pelea por dar, pero el costo de perder sería enorme. Uno debe sentir que está lo más preparado posible. Pero pienso volver, en principio, en algún momento del año que viene. No voy a ser un exiliado por hacer periodismo”.


*Experto en política exterior estadounidense de FT y exjefe de la corresponsalía en Brasil.



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