Fernando Aguerre: “Mi sueño era llevar el surf a todo el mundo”
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Fernando Aguerre: “Mi sueño era llevar el surf a todo el mundo”

Creó Reef y preside desde 1994 la International Surfing Association. Qué piensa y sueña un domador de olas.  Por Andrea del Río 22 de Marzo 2016

Una tabla de cinco metros y 50 kilos de koa. Sobre ella, un hawaiano totémico que batía todos los récords de natación. Así, en 1914, el mundo supo que las olas podían ser remadas, montadas, corridas, barridas, cabalgadas, danzadas, domadas... Tras haberse consagrado con el oro en Estocolmo 1912, el veinteañero Duke Kahanamoku aprovechaba su ingreso al salón de la fama deportiva internacional para dar clínicas de nado estilo libre, su especialidad, por los Estados Unidos y Australia. Y las combinaba con exhibiciones de deslizamiento sobre la superficie del agua con una plancha shapeada con madera del árbol endémico de su isla natal, tal y como habían hecho sus ancestros, quienes desde tiempos inmemoriales practicaban el arte del he’e nalu (en hawaiano: he’e, agua que corre; nalu, onda u ola). Desde entonces, El Duke es considerado el padre del surf moderno. Puro carisma y espíritu aloha –felicidad para el cuerpo y el alma–, le bastó conseguir dos oros en Amberes 1920 para, además de consolidarse como ídolo de multitudes en una época en que se accedía al estatus de celebridad por talento y esfuerzo, convertirse en una voz autorizada de la alta competencia. Y fue, con esos laureles a cuestas –más su sonrisa de eterno verano–, que le solicitó formalmente al Comité Olímpico Internacional (COI) la inclusión de la disciplina.

Recién en agosto próximo, cuando se cumplan 126 años de su nacimiento, su sueño podría empezar a hacerse realidad. Porque antes de la señal de largada de los Juegos Olímpicos (JJOO) de Río, el COI anunciaría oficialmente que será uno de los cinco nuevos deportes que irán tras la dorada presea en Tokio 2020. Entonces, exactamente un siglo después de aquella plegaria no atendida, será un argentino quien habrá hecho realidad el mayor anhelo del Gran Kahuna.

Dirá, entonces, misión de vida cumplida el marplatense Fernando Aguerre, el primer latino en presidir –desde 1994– la International Surfing Association (ISA) e impulsor de la gran causa de la tribu estimada en 35 millones de riders. En los 22 años que lleva al frente de la organización que nuclea al amateurismo olero –a diferencia de la World Surf League (WSL), que rige a los profesionales–, logró que las federaciones inscriptas pasaran de 28 a 97, un factor de representatividad que jugó a favor de la campaña de postulación olímpica, ya que la normativa exige que una disciplina tenga federados en 70 países y cuatro continentes como mínimo. Tras la incorporación, en febrero pasado, de Lituania y las Islas Vírgenes, el dirigente expresó: “El surfing es una combinación única y moderna de rendimiento deportivo, estilo y cultura fusionados con energía dinámica, lo que lo convierte en algo realmente importante para la gente joven”. Son esos valores que expresa el surf –respeto por la naturaleza, juego limpio en el agua y culto a la vida sana en tierra– los que explican que, desde enero de 2014, también se hayan sumado Afganistán, Argelia, Bangladesh, las Islas Caimán, Gambia, Letonia, el Líbano, Polonia, Madagascar, Nauru, Nepal, Nigeria y Sri Lanka, países con poca historia pero mucho futuro para su práctica. He allí el mérito y también el legado del marplatense que se define como un líder idealista práctico.

We have a dream

“¡Esto es increíble!”. Hojea el ejemplar de la revista que, por mi intermedio, le hace llegar un amigo de infancia y corridas compartidas en las aguas del Torreón del Monje, a quien no vio en las últimas cuatro décadas. “¿Es la Weekend? Porque solo dos veces salió el surf en la tapa. Ahí tengo la otra (señala una portada enmarcada), del ‘81, que conseguí hace 10 años. Pero esta es la del ‘73. ¡Y no la tenía!”. Se entusiasma al dar con el informe especial titulado Los jinetes del mar, donde reconoce a otros corredores de olas igualmente pioneros: “Mirá: es Jorge, con el Fiat 128 y el primer portatablas. Y este otro era el único surfer de Rosario, que se hizo la suya mirando fotos, con un pedazo de telgopor que cubrió con papeles de diario para que la resina no se lo comiera. ¡Qué locos éramos!”.

Tras el paso de una típica tormenta de verano, un Aguerre exultante me recibe en el Ala Moana Surfshop & Beach Culture de Juan B. Justo y Güemes, la tienda-museo que inauguró en enero de 2014 y marcó el regreso de la mítica marca que, junto a su hermano Santiago y su madre Norma Mattalia, abrió en 1979, en la Galería Sao, como el primer concept store de Mar del Plata –y la Argentina– dedicado al lifestyle de las tablas. Días antes, cortó oficialmente las cintas del segundo local, que desembarcó en el flamante Paseo Aldrey, el mall que funciona en la antigua terminal de ómnibus de esa ciudad balnearia. Además de vender indumentaria de las principales brands del action sportwear, sus shops exhiben parte de su colección de fotos, revistas, premios y tablas que dan cuenta de la historia del surf en el país desde aquellos pioneros años ‘70 (si bien hay registros de anteriores corredores ocasionales, el consenso es que fue a partir de esa década que toda una generación se volvió comunidad surfista). Días antes, también, las viejas glorias y los jóvenes campeones se unieron a los hermanos Aguerre en el ceremonial que, a 9 meses de su fallecimiento, despidió los restos de Norma en las aguas del balneario Waikiki, su preferido en La Feliz. Ungida Madrina del Surf Argentino por la Asociación de Surf Argentina (ASA), jugó un rol fundamental a favor del deporte: en tiempos en que había sido prohibido por el gobierno militar, apoyó a sus adolescentes hijos para que organizaran un campeonato público; les prestó su chequera de abogada para que invirtieran en la primera línea de indumentaria surfera fabricada en el país; y se asoció a ellos como cofundadora de Reef, la marca de ojotas que crearon porque no daban con sandalias cómodas para sus pies planos y terminó convertida en una brand global del lifestyle de las tablas que el conglomerado de luxury sportwear apparel Vanity Fair Corporation compró para integrar su portfolio (junto a The North Face, Timberland, Wrangler, UFO y Lee) en 2005, por una cifra nunca revelada.

Pero no es solo por eso –el reconocimiento a su madre, la nueva etapa de aquel primer proyecto creado juntos– que está exultante El Rata, apodo de juventud cuyo origen tiene categoría de leyenda urbana entre los marplatenses. Días después, volverá a su hogar en el californiano balneario La Jolla, donde está radicado desde que, en 1984, siguió los pasos de su hermano en busca de olas y oportunidades. Allí vive con su tercera esposa, la también marplatense Flor Gómez Gerbi –fundadora y CEO de Greenpacha, marca de moda ética que comercializa sombreros tejidos en Ecuador–, su hija en común Gina Eve (3 años) y sus trillizos Jakue, Kaile y Tiare quienes, nacidos en 1996, acaban de dejar el nido para iniciar sus estudios universitarios. Pero, primero, viajará a Japón y a Suiza para participar de las reuniones finales de la Comisión de Deportes del COI, con vistas a elevar su recomendación final al Comité Ejecutivo para que, la semana anterior al inicio de los JJOO de Río, en agosto, incluya al surf en Tokio 2020.

¿Se va a cumplir, 100 años después, el sueño de El Duke y el surf será olímpico?

Mi instinto me dice que sí. Lo que sé –pero no puedo decirte oficialmente–, también me indica que sí. Pero tengo que respetar las reglas del proceso. De 26 deportes nuevos postulantes, se seleccionaron cinco con chances de incluirse en Tokio 2020. Los japoneses querían béisbol y karate por razones obvias: uno les llena estadios y el otro es el arte marcial nipón. E, inteligentemente, eligieron otros tres de juventud: de montaña (escalada deportiva), urbano (skateboard) y de playa (surf). Normalmente, de la lista corta se elige uno solo. Pero esta vez entran todos o ninguno. ¡Y eso es un buen indicio! Si todo sale bien, en agosto estaré en Río, la misma ciudad donde cometí el acto suicida (sonríe) de aceptar postularme como presidente de la ISA en 1994 (NdR: Ese año, formaba parte del equipo argentino de longboard que participaba del Mundial, y dos años antes había cofundado la Pan American Surfing Associaton, que también presidía, en reacción al poco apoyo que, a su criterio, la ISA brindaba a los surfers de América Central y del Sur).

Una señal positiva es que fue aceptado en los Juegos Panamericanos de Lima 2019. ¿Será tu mayor legado como presidente de la ISA durante 22 años?

Cuando fui elegido por primera vez, la ISA era como una cofradía, no estaba institucionalizada y ni logo tenía. Tampoco estábamos reconocidos por el COI y el deporte no estaba registrado en ningún país. El presidente saliente me mandó una caja de cartón de 20x30 centímetros y un cheque de u$s 5 mil, con una nota: “Esto es la ISA”. ¿Qué fue lo primero que hice? Llamé a mi amigo Mario Gemín, que había diseñado todos los logos de mis iniciativas anteriores, y le dije que necesitábamos una identidad, que es la actual. A los pocos meses, Sudáfrica se bajó como anfitrión del inminente Mundial por razones políticas. Hice la mayor locura: lo organicé yo, en California. Como la WSL ya tenía su mundial de profesionales, no quería que siguiéramos usando la denominación de championship porque habíamos quedado, por decantación, como amateurs. Entonces, le cambié el nombre a World Surfing Games. En la ISA me dijeron que no solo no me iban a reelegir, sino que me iban a sacar porque había cambiado el nombre del torneo sin permiso de la Asamblea. Porque lo hice por decreto. ¿Cómo los DNU, viste? Yo también los usé (risas). Cambié nombres, logotipo, profesionalicé la gestión. Y me reeligieron, por supuesto.

¿Asumiste con un plan o lo encontraste en el camino?

Ya estábamos reconocidos por la Asociación Mundial de Federaciones Deportivas, que es como la ONU de las federaciones, pero no por el COI. Había una idea de postulación, pero no había información, no había estadísticas, no teníamos ni siquiera estados contables auditados. Hicimos todo eso y, al año y medio, me fui a visitar a Juan Samaranch (NdR: Presidente del COI de 1980 a 2001, y presidente de honor vitalicio hasta 2010) a Suiza. Me fui con una tabla de regalo abajo del brazo y le conté lo que quería hacer. “Bueno, muy bien, me gusta”, me dijo. Creó el primer trofeo del presidente del COI y se lo dio al campeonato de surf. ¡Fue el primer mundial de un deporte no olímpico que recibió un trofeo olímpico! Ahí, pensé: “Ya estamos”. ¡Pero no estaba ni en la puerta de la fiesta! El sistema nos resultaba imposible de dilucidar, un laberinto de influencias y contactos. Además, no había olas en los lugares donde se hacían los JJOO y tampoco existían todavía las máquinas que las fabrican. Entendí que iba a pasar mucho tiempo hasta que se concretara el sueño olímpico. Así que me reenfoqué en desarrollar el deporte globalmente. ¡Hoy hay surf en todo el mundo!

¿Es un triunfo adicional que, de llegar a Tokio, se corra en mar y no en olas artificiales, como se planeaba?

Tras muchos años, finalmente apareció una máquina de olas buenas, la de Gales (NdR: Surf Snowdonia Wavegarden, inaugurada en agosto pasado, es una laguna de 300 metros que genera olas simultáneas de 0,7; 1,2 y 2 metros con un frente de 180 metros, las más largas de la actualidad en este formato). Pero cuando faltaba una semana para exponer la presentación, que armamos como un plan de negocios, me informaron que las altas esfera del COI habían recomendado que, de ser incluido, fuera en el mar. ¡Buenísimo! Igual, lo primero que hice fue pedir un estudio de olas en Japón de los últimos 20 años, para ver si hay buenas condiciones en la época de los JJOO. Con eso hicimos la postulación y entramos entre los cinco seleccionados.

¿Qué te enorgullece más haber organizado tres campeonatos en China o el ISA World Adaptive Surfing Championship que debutó el año pasado?

Para mí, lo más lindo es el primer campeonato de surf adaptado, que hicimos en septiembre en La Jolla. Imaginate a un chico que nace ciego y se sube a la tabla, rema, rema, rema, le gritan “ahí viene”, siente la ola, se para y la surfea. Lloré. ¿De qué me quejo? ¿De qué nos quejamos? Desde 2005 teníamos un programa de surf adaptado, pero necesitábamos plantar la estaca con un mundial. Pensá que, tradicionalmente, a quien tiene problemas físicos o mentales se lo marginó, escondió, mató. La sociedad todavía discrimina a los diferentes, cuando no son mejores ni peores. Bah, muchas veces son mejores, porque están enfocados en las cosas importantes.

¿Ese espíritu inclusivo está en el corazón del surf?

Sí, porque el mar... ¿Te acordás del discurso del presidente Kennedy, en el ‘62, para inaugurar la America’s Cup de navegación? (NdR: “I really don’t know why it is that all of us are so committed to the sea, except I think it’s because in addition to the fact that the sea changes, and the light changes, and ships change, it’s because we all came from the sea. And it is an interesting biological fact that all of us have in our veins the exact same percentage of salt in our blood that exists in the ocean, and, therefore, we have salt in our blood, in our sweat, in our tears. We are tied to the ocean. And when we go back to the sea –whether it is to sail or to watch it– we are going back from whence we came”). Dice que somos agua salada. Y que el 99 por ciento de lo que somos es igual a la composición del mar. Y que, por eso, cuando vamos al océano, volvemos al lugar del que vinimos... Por eso nos cautiva: es el lugar del placer, de la alegría, del escape de la rutina. Entonces, aunque pase años sin subirse a una tabla, quien alguna vez lo hizo se sigue sintiendo surfer. De alguna manera, creo que es como hacer el amor: no sabés nada hasta que lo hacés y, cuando lo hacés, no querés parar. El surf te comunica con lo animal: cuando estás en el agua no podés pensar, tenés que sentir la ola. Pero, además, fijate que, originalmente, el deporte era surfboard riding, es decir, ir en tablas sobre las olas; después quedó surfing, algo así como oleando. Y olear es jugar con las olas. Eso incluye a los que vamos con las tablas pero también a las señoras que saltan en la orilla.

Sin ser un deporte mental, ¿dirías que formatea una lógica de pensamiento y estilo de vida?

Todos somos lo que hacemos. Podés trabajar de periodista, abogado o diseñador, pero ese es tu rol. En realidad, sos tu nombre, tu género, tu personalidad, lo que te dieron tus viejos, lo que decidiste. Pero los surfistas somos surfistas. Es muy loco, porque está desde el surfer nazi, que pasa 8 horas por día en el agua, hasta el que surfea cuando puede. A todos, nos llena emocional, espiritual y físicamente. Y, a los que tenemos suerte, también laboralmente: sea por dinero, como hice en Reef y ahora en Ala Moana; o por amor, como en Liquid Nation Ball (NdR: Mega evento anual que, desde 2005, se celebra en su hogar californiano y recauda fondos para colaborar con la ONG SurfAid International, por iniciativa de su hermano Santiago) o en Surfrider (NdR: ONG ambientalista que, en su capítulo argentino, busca “preservar, restaurar y rehabilitar los ecosistemas costeros y las cuencas hidrológicas de la Municipalidad de General Pueyrredón”). Por eso digo que estamos bien condenados. ¡Condenados a ser surfistas hasta la muerte!

¿Cómo pasó, este deporte, de estar prohibido en Mar del Plata, en los ‘70, a haberla convertido, en la Capital Nacional del Surf en 2013?

¡Porque es copado! Hoy, cualquiera surfea. Pero no siempre fue así. Fui delegado en la secundaria, que cursé del ‘71 al ‘75, caos total, guerra civil, López Rega con poder absoluto. Hice el servicio militar y, al salir, me fui a estudiar Derecho a La Plata. Era 1976. Salí corriendo y salvé mi vida. Pero no pude seguir estudiando acá porque los militares habían cerrado la facultad. Así que decidí laburar otra vez de DJ, porque cuando era secretario del centro de estudiantes del Nacional Mariano Moreno organizaba fiestas. Pero se me cerraron las puertas de todos los clubes y salones: no estaba permitido juntar 300 personas y pasar música de surfistas. Igual, lo peor que me pasó fue ir a la comisaría y salir al otro día. En 1977, el intendente prohibió el surf en Mar del Plata. En 1978, con mi hermano, volvimos de un viaje a Brasil que nos transformó: acá no se podía, mientras que allá tenían torneos por plata y hasta un tour mundial que iba por su tercer año. Lo filmé todo en Súper 8, se lo mostré a unos amigos y les dije: “Loco, otro verano de prohibición, no”. Entonces, hicimos un campeonato en el Torreón, conmigo como presidente de la primera Asociación Argentina de Surf, que no estaba registrada; y me llevé el equipo de DJ que no me dejaban usar. Corrimos hasta que se acabaron las olas. No sabíamos qué hacer, porque había como 3 mil personas mirando, en un día de sol de octubre. Nos acordamos que unos chicos habían hecho la primera rampa de Mardel: nos fuimos con un Rastrojero, le bajamos las tapas laterales, cargamos la rampa, cortamos el tránsito en la Costanera e hicimos un campeonato de skateboard. Ese día, cuando todos se fueron a descansar a su casa, me senté en la Olivetti de mi viejo en su estudio de abogacía y escribí el boletín de prensa. Al poco tiempo, salió un artículo en La Nación que decía: “Mar del Plata tiene un nuevo título: capital nacional del surf”. ¡Fuertísimo! La primera vez que salíamos en un diario nacional, y encima contando que no nos dejaban surfear. Al final, salió un decreto que marcaba zonas de surf libre todo el día y zonas con horarios restringidos –en las playas con mucha gente, hasta las 8 de la mañana y a partir de las 18–, que era lo que queríamos.

¿Así descubriste tu condición de líder?

Mi sueño era llevar el surf a todo el mundo. Porque no solo es un deporte copado, sino también un disparador socioeconómico y cultural. Si hacés un salto gigantesco hacia el futuro, lo que hice en aquellos años es lo mismo que hago ahora, pero a escala mundial: organizar campeonatos, ser decente, buscador, inclusivo.

 

La tabla de salvación

“Esto no es diferente de mi casa en La Jolla. Sacá la ropa en los exhibidores y así está: llena de tablas y cuadros, del piso al cielorraso. Es un lugar muy amplio, donde hacemos muchas galas de beneficencia para causas ambientalistas y humanitarias, a las que vienen más de 500 personas. ¡Y no saben por dónde empezar a mirar!”, se ufana durante la sesión de fotos en la tienda-museo que marcó el regreso de Ala Moana, la marca de surf lifestyle que creó cuando tenía 21 años, asociado a su hermano (19) y su madre (38). Allí, en sepia, se ve una foto de su abuela paterna y su padre, pequeño, en La Bristol, en 1935. Y, de cuerpo presente, el longboard edición especial en honor a los 50 años de Endless summer, la icónica película de 1966, con las firmas del director Bruce Brown, los protagonistas Michael Hynson y Robert August y, por si fuera poco, la de John Van Hamersveld, el diseñador gráfico del afiche que todo surfero atesora.

Se dice que sos uno de los mayores coleccionistas de tablas del mundo. ¿Es cierto?

Hay tres colecciones importantes. Y la mía es una de ellas, con unas 300. Me he dedicado a juntar, no sólo las de los campeones de ahora, sino también esas incunables o imposibles. Como la que está en el nuevo local, de Paseo Aldrey, que es de una época en que no debía haber más de 100 en todo el mundo: es de madera y, en hawaiano, está pintado “Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo”. También tenemos la tabla con la que mi hermano fue campeón nacional en 1980: la encontramos hace 10 años, cuando alguien avisó que estaba a la venta. Y este verano hicimos réplicas para que los chicos que participaron del Quiksilver 80’s probaran cómo se corría en aquellos tiempos (NdR: Primera edición del campeonato que reunió a tres generaciones de surfistas reconocidos en el balneario marplatense de Honu Beach. Solo los competidores de la categoría Legend pudieron usar sus tablas; el resto debió adaptarse a las reproducciones del original firmado por Renato Tiribelli, el shaper más legendario del país).

En tus concept stores también hay pósteres incunables, fotografías que se creían perdidas y toda clase de memorabilia de la historia del surf argentino y mundial. ¿Por qué decorar los locales y no abrir un museo?

Empecé a coleccionar en los Estados Unidos. Tenía una tabla buenísima y, como el shaper ya era una persona mayor, pensé en encargarle otra. Normalmente, el surfista vende para comprar, porque no tiene tanta plata. Pero decidí hacer un esfuerzo y quedarme con las dos. Después me enteré que otro shaper famoso estaba por dejar de fabricar y le pedí una. Mi hermano me dijo: “¡Ni que estuvieras armando una colección!”. No lo había pensado, pero me gustó. Según mi hijo, soy coleccionista de colecciones: de chico, tenía estampillas; ahora junto anteojos raros, zapatos que me hacen a medida con telas locas que encuentro, igual que las camisas. En el COI, todos usan traje y corbata riguroso. Yo, uso moñito. Entonces, cuando me ven venir, ya saben que soy ‘el del surf’ (ríe). Este Ford ‘38 (NdR: Que domina el salón de planta baja) se lo compré hace unos años a un amigo: lo tenía en cajas porque no lo podía restaurar. Quedó como nuevo. También tengo, acá en la Argentina, un Ford ‘39 adaptado para cazar, con la jaula para los perros, todo hecho en madera, que encontré en Santa Fe; un DeSoto ‘46 que estuvo en este local y anda perfecto; y en el shopping está un De Carlo 700 Coupé que lookeamos con un diario La Prensa del ‘70, unas pitas viejas y un cartelito que dice que, según la leyenda, apareció en el garaje de un surfista que salió con la tabla y nunca más volvió. Si Gabriel García Márquez lo hizo, nosotros también podemos hacer realismo mágico (ríe).

El Ala Moana original operó tres años, pero se mantuvo como marca mítica. ¿Por qué volvieron recién en 2014?

Porque antes estábamos ocupados (ríe). En 1979 abrimos ese surfshop chiquitito en la Galería Sao. Había otro del rubro, pero sólo vendía tablas y trajes. Nosotros, en cambio, empezamos con ropa que fabricaban las costureras del barrio con telas que comprábamos en Once. Fue cuando descubrimos que no había ojotas en la Argentina. Al año siguiente, las empezamos a importar de Brasil. Pero lo de Reef ya es otra historia. En el ‘81, Santiago se mudó a California. La Argentina se derretía: se iba Videla, devaluación, quilombo. Con mi vieja vendíamos remeras y tablas: no parecía un negocio viable. Con cal, pintamos en la vidriera: “Palmó todo” (ríe). Soy abogado y, aunque nunca ejercí la profesión, la uso. Por ejemplo, una de las cosas que hice desde el principio, aunque mi hermano se quejaba porque gastábamos un pedazo de plata, fue registrar Reef en todos los países. Cuando en 1984 me fui a vivir a La Jolla con él, mamá volvió a reabrir Ala Moana con su esposo. Pero el negocio no funcionó, ellos se separaron... Entonces, nos llamó el abogado de marcas de la empresa y nos dijo: “¿No quieren registrarla también?”. Pensamos para qué, si nunca más la íbamos a usar. Pero como salía u$s 300 el trámite... ¡Ma’sí! Como te conté, mi casa es casi un museo. Cuando empecé a tener más cosas de las que entraban, las fui llevando a mi despacho en la ISA, a un galpón donde tengo algunos autos, también traje algunas a Mar del Plata. Pero seguía comprando. Entonces, pensé: “¿Y si reabrimos Ala Moana en Mar del Plata?”. No sabía dónde, solo que tenía que ser un local grande. A los tres días de buscar, apareció este espacio en Juan B. Justo y Güemes. Me pareció perfecto: estamos en el cruce de la calle premium y la calle outlet, somos el yin y el yang, donde se juntan los que tienen mucho y los que no tienen tanto... ¿Sabés? En los inicios, popularicé el deporte y lo abrí a un montón de gente que no era de Playa Grande o de Buenos Aires. Empezaron a aparecer teces más oscuras, pelos más negros y gente que no tenía tanto dinero, en el agua. Para mí fue maravilloso. Pero muchos no me lo perdonaron nunca.

¿Por qué se les atribuye a tus emprendimientos un rol protagónico en la transformación de una actividad contracultural en movida mainstream?

Ala Moana se convirtió en un lugar de encuentro. Como teníamos tantos amigos, todos los chicos de nuestra edad venían a comprarnos. Además, pasábamos a Bob Marley: mi vieja me había traído el disco, hicimos varias copias en casette y las repartimos. Era entrar en un código que todavía no era popular. Porque hoy ves que cualquier marca de rugby, en verano, vende ropa de surf. Mirá a los hombres en la playa: ninguno se viste de boxeador ni tenista, sino de surfista. Siempre digo que la gente se puede agrupar de dos maneras: los que surfeamos y los que quieren surfear pero, por algún motivo, no se animaron todavía, porque están gordos, viejos, no saben nadar, están preocupados, no quieren hacer el ridículo, piensan que la tabla es muy cara. Pero, ¿y si le dan la oportunidad? Todos querríamos tocar la guitarra como Eric Clapton... ¡Hay que empezar!

¿Cómo hacer para que haya más surfistas profesionales en la Argentina?

Hay que ampliar la base de la pirámide. Tenemos una larga historia de medallas en fútbol o básquet en los JJOO. No es casual: hay secretarías y ministerios de Deportes, y todos nos llenamos la boca. Pero, al final, el deporte financiado para que seamos buenos e inspiradores para otros países no está muy bien desarrollado. Somos todavía... ¿de Tercer Mundo? Pensá que solamente tenemos dos campeones mundiales de la ISA, Santiago Muñiz y Leandro Lele Usuna. ¿Sabés qué tienen en común? Los dos nacieron en Mar del Plata. Pero coinciden en algo todavía más importante: crecieron surfísticamente fuera de la Argentina, uno en Brasil y otro en California, que son dos de las potencias. Si le preguntás a la ASA cuántos participan en sus torneos, más de 300 no puede haber. Y eso incluye a todos, profesionales o no. Es como si siempre jugás al ajedrez con los vecinos de tu barrio: nunca vas a ser campeón mundial. Tenés que salir y jugar con los que saben, que te caguen a palos, aprender y, un día, serás gran maestro. Pasa que el surf es uno de los deportes que más radicalmente no necesita la competencia: podés surfear toda tu vida y no anotarte nunca en un campeonato. En cambio, no podés ser tenista que no juega contra otro, boxeador que no se enfrenta a un rival, futbolista que no patea en equipo: su esencia es el choque, el colapso, la confrontación. En California, que tendrá 35 millones de habitantes, unos 3 millones surfean. Acá, en cambio, hay centenares de miles de surfistas –si contás a los que van al mar al menos una semana al año–, pero muchos no tienen interés en los torneos, donde tenés que hacer ciertas maniobras, en cierto lugar, a cierta hora, con cierta gente, para que los jueces te evalúen. Es cierto que el placer tras meter una maniobra que nunca antes hiciste es grande, pero no es más que una obra de arte que terminás de pintar y tirás a la basura o prendés fuego porque, a menos que seas un grande o estés en un campeonato, nadie te vio ni te sacó una foto. Querer ser profesional del surf está en tu naturaleza. ¡O en tener un padre hinchapelotas! (ríe).

En 2013, la ISA celebró su 50º aniversario. En tu discurso oficial, dijiste que las dos décadas que llevás como su presidente te dieron mucha felicidad pero también fueron una tremenda carga de trabajo. ¿Es el costo de ser un líder tan carismático?

Soy generalista, o sea, tengo la mirada siempre en el horizonte, pero también soy detallista. Y es traumatizante. Porque, generalmente, la gente tiene una especialización. Yo, en cambio, estoy todo el tiempo soñando pero con los pies en el piso. Estoy obligado por el hoy, pero la mitad de mi mente y alma están en el futuro. Entonces, no se me escapan el elefante ni las hormigas que cruzan la ruta a 500 metros. No es que hago lo general y lo pequeño lo delego. ¡Es una mierda! El perfeccionista es quien más sufre, porque es un insatisfecho.

Después de Tokio, ¿te retirás de la ISA con gloria?

Para mí, el objetivo principal nunca fue el surf olímpico por sí mismo sino como vehículo para que los gobiernos y las sociedades cuiden más las playas, porque todo lo que tiramos en las calles termina en el mar. Tenemos una gran chance de cambio. Si el medallista de oro de surf es un copado, al que le gusta el medio ambiente y quiere hacer cosas buenas por el mundo, cuando hable va a ser mejor escuchado que si es el campeón del mundo o el presidente de ISA. Como dice un amigo: “No confundas el mapa con el territorio”. Vos tendrás un plan, pero la realidad va para otro lado. Como cuando viene una ola: vos remás para allá, pero ella va para donde tiene que ir y, si no le diste, te jodiste. Te quedás en medio de la nada. Entonces, más allá de Tokio, decidí que en 2018 me voy a volver a postular (NdR: Inició su octavo mandato consecutivo en 2014). Si me votan, en 2022 me iré a casa con 64 años. Sino, será con 60. ¡Tampoco voy a estar toda la vida! Como sea, ya hice lo que tenía que hacer. Mi mayor tranquilidad es que no me pagan salario, no tengo ningún interés comercial y no soy inversionista en ninguna máquina de olas. Mucha gente se corrompe porque lo necesita; otra, porque ya no sabe cómo no hacerlo. Yo no estoy en ninguna de las dos categorías.

En 2015 perdiste a tu madre. ¿Quedaron a mano?

Lo más choto de la muerte de mi madre –y también la de mi mejor amigo de infancia,– fue que ambos tuvieron finales de mierda. La vida está al revés: tendríamos que empezar por la muerte y terminar en un fierrazo... O un acto de concepción, digamos (ríe). Creo que lo más difícil de todo es la irremediable e inmodificable realidad de que nunca más vas a poder escucharlos, verlos ni abrazarlos. Lo digo desde el egoísmo, desde el narciso herido: no están. Si tenés suerte, no tenés cuentas a cobrar sino a pagar. Y eso te da alegría. Las cenizas de mi vieja las arrojamos en Windandsea, la playa de California donde vivimos, un día de viento terrible, tormentoso como era ella. Y también en Waikiki, que le gustaba porque es de las pocas playas públicas que quedan en Mar del Plata. Ella siempre odió los balnearios privados, en parte, quizás, por el mandato de mi bisabuelo anarquista. Mamá ya estaba muy mal por una enfermedad mental. Pero, en uno de sus últimos momentos de lucidez, le mostré la foto del nuevo Ala Moana y me dijo: “¡Qué loco lo que hiciste!”. Si lo hubiera hecho más tarde, no se habría enterado. Lo que es el destino... Porque esto es parte de la vieja. Ella fue la que nos prestó su chequera cuando no teníamos plata, en los ‘70. Y sigue estando acá. La única diferencia es que ahora tenemos una empresa que nos permite poner un piso de pinotea, cuando antes tuvimos que conformarnos con la alfombra del anterior inquilino.

Tus trillizos ya están en la universidad. ¿Qué ves en Gina Eve, tu hija de 3 años?

El futuro. Y el mundo tan increíble en el que vive. Es hija de padres argentinos pero culturalmente gringa, como los trillizos, a los que tuve de grande, a los 38, después de intentarlo por varios años. A veces me da miedo porque ves el mundo con tanto loco con carné, como decía Joan Manuel Serrat, tanto poderoso enfermo... Pero tener un hijo es un acto de esperanza. O de locura. ¡O de las dos! (ríe). Soy del ‘58, mi mujer del ‘78, los trillizos del ‘96 y Gina del 2013: hay cuatro generaciones en mi casa y ningún abuelo. ¡Voy a ser padre toda mi vida!

Te definís como un idealista práctico: ¿qué significa?

Soy idealista porque tuve la suerte de que mi bisabuelo vino acá a armar el mundo que en Europa no se podía por las monarquías. Se murió cuando yo tenía 1 año, así que lo conocí a través de mi abuelo, que era socialista y me decía que la gente era mejor cuantas menos reglas le pusieran. Yo no creo en eso. Pero sí creo que todos tenemos la obligación de ser parte de un mejor mundo. Y si te va mejor que a otros, es mayor tu compromiso. Bill Gates lo hizo. Y, en comparación, Steve Jobs fue una mierda: excelente empresario, pero su impacto humanitario no existe. ¿Te cuento algo loco? Cuando elegimos Ala Moana como marca, fue porque así se llama un lugar de buenas olas en Hawái. Recién mucho tiempo después descubrimos lo que significa: camino al mar. Eso es lo que defino como idealismo práctico: seguí soñando, seguí caminando.



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