Facundo Arana: “Vivo visceralmente. Y no es una postura”
Lifestyle

Facundo Arana: “Vivo visceralmente. Y no es una postura”

Alejado de la pantalla chica,el medio donde saltó a la fama como galán de telenovelas pero que le fue esquivo en sus últimas dos ficciones del prime time, el actor apuesta al teatro con un unipersonal que tiene mucho de autobiográfico. 

Por Andrea del Rio 28 de Enero 2016

“El día que sea sabio, voy a ir a dar vueltas por todo el mundo. Voy a ver cada hilo de agua que sale y se va hasta el mar. Y voy a ver todos los amaneceres y todos los atardeceres, y los voy a contar. El día que sea sabio, voy a agarrar mi agenda de contactos y voy a llamar a cada uno: ‘¿Qué hacés, cómo andás? Te voy a decir algo: te quiero, te extraño, me importás’. El día que sea sabio, me voy a quedar quieto. El día que sea sabio, voy a aprender a ser humilde, como era mi abuela; y voy a ser claro, directo, concreto y honesto. El día que sea sabio, voy a hacer 200 toneladas de cosas. Pero jamás, jamás en mi vida, voy a tirar abajo una sala de teatro para hacer un estacionamiento”. Así, expansivo y reflexivo, coherente y contradictorio, es Marcos, el trasnochado conductor radial que encarna Facundo Arana en En el aire, el unipersonal que estrenó en el interior del país en 2013 y que este verano llegó, por primera vez, a la avenida Corrientes.

¿Será simple casualidad que el Petit Tabarís, donde sube a escena de jueves a domingo, esté en diagonal al parking yermo en que se convirtió el mítico Teatro Odeón? ¿O se trata de un guiño del guión, concebido como un alegato a favor de las grandes causas de todos los días que el popular actor enarbola con militancia visceral? Porque su alter ego en las tablas le permite no sólo mostrar una faceta de auténtico showman desconocida para el gran público –actúa, recita, canta, toca el mismo saxo con el que en el ‘91 juntaba monedas en la línea D de subtes– sino, muy especialmente, hacer un ejercicio extremo de libertad. Es que justo ahora que la crítica acaba de ungir a 2016 como el año del regreso de las megaficciones con elencos multiestelares a la pantalla chica, Arana dice no. Toda una conquista para quien saltó a la fama de la mano de la factoría Cris Morena (Chiquititas) y protagonizó exitosas telenovelas de exportación (Muñeca brava; Yago, pasión morena; 099 Central, Padre coraje, Sos mi vida, Vidas robadas) que lo convirtieron en ídolo en Medio Oriente y Europa del Este, además de haber formado cotizada dupla con dos igualmente convocantes colegas de su generación (Natalia Oreiro y Nancy Duplaá) y haberse alzado con cuatro Martín Fierro (2002, 2003, 2005 y 2007). Sin embargo, Arana dice no. Y elige dedicarle las próximas 12 lunas al teatro, pero también a la música –está grabando el segundo disco de su banda Facundo Arana & The Blue Light Orquestra, con la que cerró 2015 en gira por Rusia–, al deporte extremo –concretaría su segundo intento de atacar la cumbre del Everest– y, especialmente, a su familia. Tras casi dos años consecutivos entregados en cuerpo y alma a sendas tiras diarias (Farsantes, Noche & Día) que midieron más en las páginas de las revistas de chismes que en las planillas de rating, Arana dice no. Si es cierto aquello de que “un deseo no cambia nada, pero una decisión lo cambia todo”, he aquí un hombre dispuesto a dar ese salto de fe.

¿Por qué volvés al teatro con un unipersonal que, sin ser autobiográfico, expone tanto de tus valores de vida?

Según mi más profunda convicción, En el aire es una obra perfecta porque es el cuento que quiero contar. Su mensaje es tan simple como una partícula. Pero, para poder llegar a lo absolutamente simple, hay que pasar por todo lo intenso que tiene la vida. Entonces, se trata de ver al mirar. Cuando hasta el último día de tu vida algo te llama la atención, aprendés. Y así elijo vivir.

¿Siempre tuviste esa sensibilidad o fue un aprendizaje tras el cáncer que te diagnosticaron a los 17 años?

Es que no sé si es sensibilidad... Uno va eligiendo su camino. Y, cuando ves que te funciona –porque te permite vivir con sinceridad, pacífico, feliz–, entonces no le pifiaste. Creo que para elegir cómo vivir no necesariamente tiene que pasarte algo tan fuerte como el linfoma Hodgkin que tuve. Si estás realmente atento, si te procupás por ver al mirar, por escuchar cuando oís, todo te modifica. Lo aprendí por ensayo-error-corrección. Le pedí ayuda a Dios con toda mi alma, desde las profundidades de mis vísceras; y le agradecí de la misma manera. Por eso siento que tengo una obligación moral con Él: ¿cómo no voy a creer si le pedí y le agradecí con tanta fuerza? Mi enfermedad solo me dejó cosas buenas. Vivo visceralmente. Y no es una postura.

¿Creés que, en algún punto, haber sobrevivido a una enfermedad grave y ser, al mismo tiempo, una figura pública, te da un permiso especial para expresar esa visceralidad?

Es una pregunta, sin querer, engañosa... Porque yo salgo de mi casa en un auto último modelo en comodato con una marca de primera línea, porque mis hijos se acuestan todas las noches en una cama caliente y con la panza llena, porque con mi preciosa mujer vivimos en una casa sin goteras, porque mi perro está gordo... Estamos en un presente tan perfecto dentro de un contexto –no de país, sino de mundo– que no es así. Sin embargo, elijo ver al mirar: lo bueno, pero también lo triste y lo desesperante. Y frente a eso, elijo dar una mano en lo que puedo. Hace muchos años que abrazo la campaña Donar sangre salva vidas. Y si hay una persona que está pasando por una enfermedad como la que tuve, voy a darle mi testimonio. Imaginate cómo me pega eso: significa que mi profesión tiene una connotación tremendamente más profunda. No es solamente contar un cuento, es que mi jeta inspire a alguien a decir: “Bueno, che... Si este pudo superarlo, vamos bien”.

En la obra revelás tu mirada esperanzadora sobre el final de la vida...

Es otra convicción profunda. No tenemos nada asegurado. ¡Yo no sé si llego a la función de esta noche! Pero elijo vivir como si fuera a llegar al final, muy, muy viejito, diciéndole a mi mujer, como le dijo mi abuelo a mi abuela: “Gracias por todo, vieja”. No espero ser más creativo que eso. Por esas cosas de la vida, me estuve por morir algunas de veces. No una, algunas, de verdad (NdE: Alude a los accidentes que sufrió durante la práctica de deportes extremos). Y de repente sentí la necesidad de hacer una obra como esta. Que no existía, aclaro. Llamé a Faroni (NdE: Javier, productor teatral) y me presentó a Manuel González Gil para escribirla y dirigirla. Nos juntamos y fue como un taller de teatro de primer año: empezamos a jugar, a crear, a escribir.

Siempre encabezaste grandes elencos y producciones. ¿Por qué ahora elegís subir solo al escenario de una sala de 160 butacas?

Tal vez, para tener la libertad de hacer la obra cuando sienta ganas (NdE: La estrenó en la temporada de verano de Mar del Plata en 2013 y luego hizo una gira por el país, para reponerla el pasado 6 de enero en Buenos Aires). No podés estar sentado 24 horas comiendo asado, aunque esté bueno y la sobremesa también. Pero es esta “la” obra: no tengo intenciones de hacer otra, porque es el cuento que me gusta contar.

En el escenario rendís tributo a grandes artistas populares, de Carlos Gardel a China Zorrilla. ¿Cómo te gustaría ser recordado?

Eso me importa un bledo. Solo me importa que mis hijos estén orgullosos de mí. Ya me lleva suficiente esfuerzo... Y con eso tengo todo lo que necesito en mi vida. Todo.

¿Ya les explicaste a tus hijos (NdE: Indiana, de 7; y los mellizos Yaco y Moro, de 5) por qué les piden autógrafos a su mamá (NdE: María Susini, modelo y conductora) y a vos?

Empiezan ahora a descubrir que tienen padres conocidos. Pero nos encargamos de que sea sin ningún tipo de conflicto. “Mamá se dedica a esto, papá se dedica a esto. ¿Pero sabés que hay una profesión, que es la de ser médico, que salva una vida? ¡Qué importante! ¿Sabés que hay astronautas que viajan al espacio? ¿Y que hay gente que se mete 500 metros bajo tierra a sacar carbón? ¿Y que otros están 14 horas arriba de un auto para llevarte de acá para allá?”. Yo no podría hacer nada de eso.

Sin embargo, ¿creés en el rol social del actor?

Para tener el oficio de salvar vidas, tenés que tener la entereza de saber que a veces no podés hacerlo. Y que del otro lado de la puerta habrá una familia esperando, a la que vas a tener que decírselo y bancarte sus miradas el resto de tu vida... Eso yo no lo puedo hacer. En cambio, sí puedo hacer que los médicos vengan al teatro y se entretengan. Es mucho. Pero no es nada más que entretenimiento. Hago mi mejor esfuerzo por llenarte el alma y que te vayas del teatro modificado por el color de la historia que quiero contar. Pero no por eso vas a dejar de tener hambre ni vas a tener un mango más en el bolsillo. Solo –y nada menos– te vas a entretener. Si puedo, como si fuera una jarra, llenar un poco de tu alma, soy el hombre más satisfecho del mundo porque con mi oficio logré mi cometido. A mi oficio no hay que dramatizarlo, enaltecerlo, ni minimizarlo. Es absolutamente todo lo que es, pero nada más.

¿Con la televisión sentís el mismo compromiso?

Claro. ¿Sabés qué pasa? Te pasaste todo el día laburando, más las cosas de tu vida personal; finalmente, cuando llegás a tu casa, prendés la tele. Ahí estoy yo. Y te cuento una de policías. ¿Que me llaman para hacer tipos buenos? ¡Genial, me llaman! Después, en el teatro, puedo elegir un poco más, tengo un poco más de cintura. Pero convengamos que, para el medio, soy un gran malcriado, porque me llaman para trabajar en la televisión. Y no es que hay 500 canales ni productoras...

¿Qué hiciste para ganarte ese privilegio?

Me rompí el alma trabajando. Me destrocé el lomo trabajando. Y no solté...

Entonces, ¿por qué este año no estás en ninguna tira?

Aunque me hubieran llamado, no hubiera podido. Tengo el año completo, entre mi familia, la obra, el disco y los viajes.

Farsantes (2013-2014) fue un éxito, pero te bajaste por problemas internos. Y Noche & Día (2014-2015) no pudo ganarle al boom de la telenovela turca Las mil y una noches. ¿Te desencantaron esas experiencias fallidas, las primeras en tu carrera?

Al contrario. Porque voy viendo que tengo una buena mirada sobre dónde puedo realmente poner mi energía y dónde ya no sirve para nada. Y tengo la capacidad de decir: “Me voy a mi casa”. Aun dejando de ganar todo lo que estaba ganando, que era un sueldo inmenso. Pero tener una mujer que te dice: “Hacelo”; y un productor que te confiesa: “Haría lo mismo”, es lo que te permite irte diciendo lo que tenés que decir, siendo honesto y bajándote para que nadie la siga pasando mal. Ni vos ni nadie. Eso no me desencanta. Al contrario, me confirma a mí mismo en lo que elegí como oficio. Pero Farsantes fue el único compromiso con el cual no pude seguir adelante en 25 años de carrera (hace una larga pausa). No necesitándola, la plata es solamente papelitos de colores. Hoy lo veo a la distancia y digo: “¡Me dormí!”. Tendría que haber seguido, tomarlo como un sacrificio y darle ese dinero a quien lo necesitara. Preferí pasar más tiempo con mis hijos...

Cuando pasaste por el Civil, dijiste: “A los 40, uno no se casa equivocado”. Ahora, con 43, proclamás: “Esta es la historia que quiero contar”. ¿Estás en una etapa de definiciones?

Es que eso llega con la experiencia. La crisis puede ser que te agarre un ataque de llanto y salgas corriendo o sentir que te cayó mucho conocimiento junto, el suficiente para encarar la segunda mitad de tu vida. ¡Es todo un descubrimiento! A los 40, te das cuenta de que una persona de 20 te puede enseñar, y también que podés hablar de igual a igual con una de 70.

Siempre destacás que tu pasado de músico ambulante te dio mucha calle. ¿Por qué?

A mí me gusta tremendamente admirar. Me gusta sentarme entre el público y admirar a los actores, porque conozco su trabajo. También, cuando veo a un tipo haciendo taekwondo, sé lo que le está pasando por la cabeza. Y si veo a alguien en la calle con un instrumento, sé lo que le pesa. Cuando miro un campeonato mundial de surf, conozco la fuerza que hay en cada músculo del que está remando. Por eso me siento muy afortunado de haber vivido tanta cantidad de experiencias y de haber estado atento para recogerlas.

Dedicás mucho tiempo y esfuerzo a participar en campañas solidarias. ¿Cómo elegís a cuáles causas sumarte?

Pasa que no es solidaridad, nunca. Es sentido común. Es coherencia. Tengo una cara que la gente reconoce. Y la posibilidad de pedir un micrófono y que vengan algunos medios a escuchar lo que tengo para decir, más allá de publicitar un espectáculo. Si hablo de la donación de sangre es porque no hay laboratorio en el mundo que pueda hacer una gota de sangre sintética. O sea que si tenés un familiar que necesita sangre, vas a tener que salir a buscar donantes... Hay que tomar conciencia de que si está la infraestructura para tener los bancos de sangre llenos, no podemos ser tan imbéciles de no tenerlos. Es como tener los camiones de bomberos sin nafta, ¿a quién se le ocurre? ¿O a alguien se le ocurriría tener un bisturí desafilado?

¿Alguna vez tendrías una fundación con tu nombre, como otras figuras populares?

Me parece que tener una fundación lleva muchísimo trabajo. Y que ya hay suficientes. Creo que está buenísimo adherirte según lo que necesiten. Si creés en la persona que toma la iniciativa, ¡andá! Capaz tenés una moto y te podés meter en el monte, con un médico atrás, y llevarlo a una casita donde hay una señora que necesita medicamentos. ¿Vos la estás atendiendo? No. Pero sos importantísimo porque llevaste al médico a ver a la paciente. O sea, no eras nada y ahora sos parte de un todo importante. Está buenísimo.

¿Así le encontraste sentido a la fama, entonces?

Es que cuando llegás al Impenetrable la gente te dice: “Hola, ¿cómo te llamás?”. Ahí, lo que te hace ser alguien es ser un buen piloto de motos, tener la guita para pagarte la nafta y llevar al médico sentado atrás. ¡Es matemática perfecta! Pero, sobre todo, es coherente. Y solo agarraste dos puntitas, las uniste y hay corriente. Ocurre. Y, encima, te llevaste una aventura que el día de mañana... Mirá, tengo  una mecedora, que me regaló mi mujer, que me está esperando para cuando sea muy viejito. Si todo sale bien, voy a estar sentado en silencio, mirando el fuego, recordando todo esto –porque tengo mucha memoria– y quizás riéndome. Y tal vez mis nietos o bisnietos se pregunten: “¿En qué piensa? ¿Tiene Alzheimer?”. Y yo voy a estar sentado con mi mujer, nos vamos a mirar, nos vamos a sonreír y no va a haber necesidad de hablar. Ya está. La conciencia del paso por la vida.



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

2 Comentarios

Fabi CaKerz Reportar Responder

Con todo lo que se te quiere, hiciste sufrir a tus seguidores, a los que también te debes.. filmar el ultimo capitulo de Farsantes hubiera sido lo correcto. Un abrazote!

Fabi CaKerz Reportar Responder

Esta nota me encantó! Siempre es estimulante leer las reflexiones de Arana sobre la vida.

Videos

Notas Relacionadas