El surf ya es olímpico gracias a un emprendedor argentino
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El surf ya es olímpico gracias a un emprendedor argentino

El marplatense Fernando Aguerre, quien en los ’80 fundó Reef, es presidente de la International Surfing Association desde 1994. Y acaba de cambiar para siempre la historia del deporte de la tabla al lograr que el Comité Olímpico Internacional lo incluya entre las cinco disciplinas que debutarán en Tokio 2020.

Por Andrea del Rio 03 de Agosto 2016

‘Mi sueño era llevar el surf a todo el mundo‘. En una entrevista exclusiva publicada en la edición de marzo de Clase Ejecutiva, el empresario Fernando Aguerre confesaba cuál era el objetivo final de su gestión como presidente de la International Surfing Association (ISA) desde 1994: lograr que el surf fuera incluido como deporte olímpico en la cita de Tokio 2020. Finalmente, en el marco de la 129º Asamblea General del Comité Olímpico Internacional en Río de Janeiro, llegó la noticia esperada por los 35 millones de riders, entre profesionales y amateurs, que olean por el mundo.

Así, el empresario marplatense que en los ’80 fundó Reef -la marca de ojotas que, convertida en una brand global del beachwear lifestyle, fue adquirida por el conglomerado Vanity Fair-, hizo también realidad el sueño de Duke Kahanamoku, el legendario nadador y surfer hawaiano quien, tras conseguir dos medallas de oro en Amberes 1920, fue el primero en solicitar formalmente al COI que la disciplina de la tabla compitiera profesionalmente por las preseas.

Fernando y su hermano Santiago, creadores de Reef

Misión cumplida, entonces, para el primer latino en presidir la ISA, organización que nuclea al amateurismo, a diferencia de la World Surf League (WSL), que rige a los profesionales. En sus 22 años consecutivos como dirigente, logró que las federaciones inscriptas pasaran de 28 a 100, un factor de representatividad que jugó a favor de la campaña de postulación olímpica, ya que la normativa del COI exige que una disciplina tenga presencia oficial en 70 países y cuatro continentes como mínimo.

Desde Río, ‘la ciudad donde cometí el acto ’suicida’ de aceptar postularme como presidente de la ISA en 1994-, el abogado que desde 1984 está radicado en el balneario californiano de La Jolla, expresó: ‘La familia del surf está llena de emoción y ansia sobre este momento que podría cambiar el deporte para siempre. Nuestra relación con el COI y la inclusión en los JJ.OO. han sido una prioridad estratégica para la ISA por muchos años. Y estamos encantados de estar en la cúspide de cumplir nuestro sueño. Especialmente estamos emocionados por los surfistas, incluyendo a los jóvenes -que representan el futuro- y a las estrellas actuales, quienes podrían tener la oportunidad de representar a sus países y demostrar su talento en el escenario deportivo más grande del mundo. Estamos comprometidos a aprovechar esta oportunidad única para todos los surfers alrededor del mundo‘.

Puro carisma y espíritu aloha -felicidad para el cuerpo y el alma-, Aguerre volvió al ruedo local como empresario en 2014, cuando inauguró Ala Moana Surfshop & Beach Culture, una tienda-museo en La Feliz que marcó el regreso de la mítica marca que, junto a su hermano y su madre Norma Mattalia (NdR: Fallecida en 2015, fue proclamada Madrina del Surf argentino por el apoyo que le dio a la generación pionera), abrieron en 1979 como el primer concept store de la Argentina dedicado al estilo de vida surfista; y que en enero pasado inauguró su segunda sede en Paseo Aldrey, el mall que funciona en la antigua terminal de ómnibus de esa ciudad balnearia.

¿La inclusión del surf es tu mayor legado como presidente de la ISA?

Cuando fui elegido por primera vez, la ISA era como una cofradía, no estaba institucionalizada y ni logo tenía. Tampoco estábamos reconocidos por el COI y el deporte no estaba registrado en ningún país. El presidente saliente me mandó una caja de cartón de 20x30 centímetros y un cheque de u$s 5 mil, con una nota: ‘Esto es la ISA‘. ¿Qué fue lo primero que hice? Llamé a mi amigo Mario Gemín, que había diseñado todos los logos de mis iniciativas anteriores, y le dije que necesitábamos una identidad, que es la actual. A los pocos meses, Sudáfrica se bajó como anfitrión del inminente Mundial por razones políticas. Hice la mayor locura: lo organicé yo, en California. Como la

World Surf League (WSL) ya tenía su mundial de profesionales, no quería que siguiéramos usando la denominación championship porque habíamos quedado, por decantación, como amateurs. Entonces, le cambié el nombre a World Surfing Games. En la ISA me dijeron que no solo no me iban a reelegir, sino que me iban a sacar porque había cambiado el nombre del torneo sin permiso de la Asamblea. Porque lo hice por decreto. ¿Cómo los DNU, viste? Yo también los usé (ríe). Cambié nombres, logotipo, profesionalicé la gestión. Y me reeligieron, por supuesto.

¿Asumiste con ese objetivo o lo encontraste en el camino?

Ya estábamos reconocidos por la Asociación Mundial de Federaciones Deportivas, que es como la ONU de las federaciones, pero no por el COI. Había una idea de postulación, pero no estaba bien: no había información, no había estadísticas, no teníamos ni siquiera estados contables auditados. Hicimos todo eso y, al año y medio, me fui a visitar a Juan Samaranch (NdR: Presidente del COI de 1980 a 2001, y presidente de honor vitalicio hasta 2010) a Suiza. Me fui con una tabla de regalo abajo del brazo y le conté lo que quería hacer. ‘Bueno, muy bien, me gusta‘, me dijo. Creó el primer trofeo del presidente del COI y se lo dio al campeonato de surf. ¡Fue el primer mundial de un deporte no olímpico que recibió un trofeo olímpico! Ahí, pensé: ‘Ya estamos‘. ¡Pero no estaba ni en la puerta de la fiesta! El sistema nos resultaba imposible de dilucidar, un laberinto de influencias y contactos. Además, no había olas en los lugares donde se hacían los JJOO y tampoco existían todavía las máquinas que las fabrican. Entendí que iba a pasar mucho tiempo hasta que llegara el surf olímpico. Así que me reenfoqué en desarrollarlo en el mundo. Pasamos de 28 federaciones que había cuando asumí a 100. ¡Hoy hay surf en todo el mundo!

¿Es un triunfo adicional que se corra en mar y no en olas artificiales, como se planeaba para Tokio 2020?

-Tras muchos años, finalmente apareció una máquina de olas buenas, la de Gales (NdR: Surf Snowdonia Wavegarden, inaugurada en agosto de 2015, es una laguna de 300 metros que genera olas simultáneas de 0,7; 1,2 y 2 metros con un frente de 180 metros). Pero cuando faltaba una semana para exponer la presentación que armamos como un plan de negocios, me informaron que se había recomendado que, de ser incluido, fuera en el mar. ¡Buenísimo! Igual, lo primero que hice fue pedir un estudio de olas de Japón de los últimos 20 años, para ver si hay buenas condiciones en esa época. Con eso hicimos la postulación y entramos entre los cinco seleccionados.

Naciste en Mar del Plata y tuviste un rol fundamental tanto en vencer la prohibición del surf durante la dictadura como en lograr que, en 2013, se la designara Capital Nacional de ese deporte. ¿Sos un líder nato?

Fui delegado en la secundaria, que cursé del ’71 al ’75, caos total, guerra civil, López Rega con poder absoluto. Nos cerraron los centros de estudiantes. Así que decidí laburar otra vez de DJ, porque desde chico organizaba fiestas. Pero se me cerraron las puertas de todos los clubes y salones: no estaba permitido juntar 300 personas y pasar música de surfistas. Igual, lo peor que me pasó fue ir a la comisaría y salir al otro día. Hice el servicio militar y me fui a estudiar Derecho a La Plata. Era 1976. Salí corriendo y salvé mi vida. Pero no pude seguir estudiando acá porque los militares habían cerrado la facultad. En 1977, el intendente prohibió el surf en Mar del Plata. En 1978, con mi hermano, Fernando, volvimos de un viaje a Brasil que nos transformó: acá no se podía, mientras que allá tenían torneos por plata y hasta un tour mundial que iba por su tercer año. Lo filmé todo en Súper 8, se lo mostré a unos amigos y les dije: ‘Loco, otro verano de prohibición, no‘. Entonces, hicimos un campeonato en el Torreón, conmigo como presidente de la primera Asociación Argentina de Surf, que no estaba registrada; y me llevé el equipo de DJ que no me dejaban usar. Corrimos hasta que se acabaron las olas. No sabíamos qué hacer, porque había como 3 mil personas mirando, en un día de sol de octubre. Nos acordamos que unos chicos habían hecho la primera rampa de Mardel: nos fuimos con un Rastrojero, le bajamos las tapas laterales, cargamos la rampa, la bajamos entre 20, cortamos el tránsito en la Costanera e hicimos un campeonato de skateboard. Ese día, cuando todos se fueron a descansar a su casa, me senté en la Olivetti de mi viejo en su estudio de abogacía y escribí el boletín de prensa. Al final, salió un decreto que marcaba zonas de surf libre todo el día y zonas con horarios restringidos -en las playas con mucha gente, hasta las 8 de la mañana y a partir de las 18-, que era lo que queríamos.

De cara a Tokio 2020, ¿cómo se logra que haya más surfistas profesionales en la Argentina?

Hay que ampliar la base de la pirámide. En los JJOO tenemos una larga historia de medallas en fútbol o básquet. No es casual. Hay secretarías y ministerios de Deportes, y todos nos llenamos la boca. Pero, al final, el deporte financiado para que seamos buenos e inspiradores para otros países, no está muy bien desarrollado. Somos todavía... ¿de Tercer Mundo? Pensá que solamente tenemos dos campeones mundiales de la ISA, Santiago Muñiz y Leandro Usuna. ¿Sabés qué tienen en común? Los dos nacieron en Mar del Plata. Pero coinciden en algo todavía más importante: crecieron surfísticamente fuera de la Argentina, uno en Brasil y otro en California, que son dos de las potencias a nivel mundial. Si le preguntás a la Asociación de Surf de Argentina (ASA) cuántos participan en sus torneos, más de 300 no puede haber. Y eso incluye a todos, profesionales o no. Es como si siempre jugás al ajedrez con los vecinos de tu barrio: nunca vas a ser campeón mundial. Tenés que salir y jugar con los que saben, que te caguen a palos, aprender y, un día, serás gran maestro. Pasa que el surf es uno de los deportes que más radicalmente no necesita la competencia: podés surfear toda tu vida y no anotarte nunca en un campeonato. En cambio, no podés ser tenista que no juega contra otro, boxeador que no se enfrenta a un rival, futbolista que no patea en equipo. Su esencia es el choque, el colapso, la confrontación. En cambio, hay centenares de miles de surfistas -si contás a los que van al mar al menos una semana al año-, pero muchos no tienen interés en los campeonatos, donde tenés que hacer ciertas maniobras, en cierto lugar, a cierta hora, con cierta gente, para que los jueces te evalúen.

¿Cómo se incentiva la profesionalización?

Está en tu naturaleza. ¡O en tener un padre hinchapelotas! En California, que tendrá 35 millones de habitantes, unos 3 millones surfean. Es cierto que el placer tras meter una maniobra que nunca antes hiciste es grande, pero no es más que una obra de arte que terminás de pintar y tirás a la basura o prendés fuego porque, a menos que seas un grande, nadie te vio ni te sacó una foto.

Después de Tokio, ¿te retirás de la ISA con gloria?

Mi sueño era llevar el surf a todo el mundo. Porque no solo es un deporte copado, sino también un disparador socioeconómico y cultural. Si hacés un salto gigantesco hacia el futuro, lo que hice en aquellos años es lo mismo que hago ahora, pero a escala mundial: organizar campeonatos, ser decente, buscador, inclusivo. Pero, para mí, el objetivo principal nunca fue el surf olímpico por sí mismo sino como vehículo para que los gobiernos y las sociedades cuiden más las playas, porque todo lo que tiramos en las calles termina en el mar. Tenemos una gran chance de cambio. Si el medallista de oro de surf es un copado, al que le gusta el medio ambiente y quiere hacer cosas buenas por el mundo, cuando hable va a ser mejor que si lo hace el presidente de ISA. Más allá de Tokio, decidí que en 2018 me voy a volver a postular (NdR: Inició su octavo mandato consecutivo en 2014). Si me votan, en 2022 me iré a casa con 64 años. Sino, será con 60. Como sea, ya hice lo que tenía que hacer. Mi mayor tranquilidad es que no me pagan salario, no tengo ningún interés comercial y no soy inversionista en ninguna máquina de olas. Mucha gente se corrompe porque lo necesita; otra, porque ya no sabe cómo no hacerlo. Yo no estoy en ninguna de las dos categorías.

¿Qué tiene de especial el surf?

¿Te acordás del discurso del presidente Kennedy, en el ’62, para inaugurar la America’s Cup de navegación? Dice que somos agua salada. Y que el 99 por ciento de lo que somos es igual a la composición del mar. Y que, por eso, cuando vamos al océano, volvemos al lugar del que venimos... Por eso nos cautiva: es el lugar del placer, de la alegría, del escape de la rutina. De alguna manera, creo que es como hacer el amor: no sabés nada hasta que lo hacés y, cuando lo hacés, no querés parar. El surf te comunica con lo animal: cuando estás en el agua no podés pensar, tenés que sentir la ola. Pero, además, fijate que, originalmente, el deporte era surfboard riding, es decir, ir en tablas sobre las olas; después quedó surfing, algo así como oleando. Y olear es jugar con las olas. Eso incluye a los que vamos con las tablas pero también a las señoras que las saltan en la orilla.



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