El sueño olímpico se contagia: la historia de cinco argentinos que nos representarán en Río 2016
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El sueño olímpico se contagia: la historia de cinco argentinos que nos representarán en Río 2016

Cada cuatro años, esfuerzos sobrehumanos llevados a cabo por hombres y mujeres de todo el planeta son honrados con preseas de oro, plata y bronce. Clase Ejecutiva seleccionó a gladiadores nacionales vinculados a la práctica física más antigua. Por Federico Cornali 28 de Julio 2016

Puestos a hacer números, los días en los que quedarse en casa por el mero hecho de estar bajo un techo, disponer de una heladera y saber que hay un baño de fácil acceso pueden ganarle la pulseada en esta historia de los balances a aquellas jornadas que indican, con pelos y señales, que “hoy es el día de ponerse en movimiento”. Ese pensamiento, sin dudas creado por una mente perezosa, no convertirá a nadie en atleta olímpico. Porque para serlo hay que tener la garra suficiente para saber cuándo y cuánto alejarse de ese barrio tan peligroso para los que tienen hambre de gloria: la zona de confort.

Ser parte del acontecimiento más importante del calendario deportivo mundial, al menos una vez en la vida, exige sufrir. También, un don. Y, especialmente, rebeldía. Así lo demuestran quienes se atan las zapatillas, cierran el bolso y encaran la puerta con decisión, aunque por la ventana vean árboles sacudidos por una tormenta o pájaros en caída libre fulminados por el calor agobiante.

Esfuerzos sobrehumanos, hechos por humanos. De eso se trata ser atleta olímpico. Y aunque ya suene lo suficientemente sacrificado, en la Argentina puede ser peor. Porque en un país donde la cultura del fútbol se devora al resto de las disciplinas, el héroe en busca de una presea apenas será recordado cada cuatro años. El resto del tiempo, cuando no esté entrenando, se lo pasará golpeando puertas de funcionarios, recorriendo oficinas de espónsores, recaudando dinero entre familiares. La paradoja: empequeñecer el orgullo para hacer gigante el triunfo.

Sí, en los países desarrollados –con políticas deportivas oficiales y de largo plazo–, los gladiadores de alta performance también se mojan cuando llueve, pero apenas terminan con sus entrenamientos toman un rápido baño (con agua caliente por default, por cierto) y vuelven a casa, sin tener que someterse a la cacería de fondos. Son bonitas esas crónicas periodísticas que relatan cómo un compatriota, que llegó a unos Juegos Olímpicos con los centavos exactos, debió pedirle prestada la indumentaria reglamentaria a un colega de otro continente para terminar, entre lágrimas, colgándose una medalla de bronce.

A modo de tributo al atletismo –una de las más antiguas y universales prácticas físicas, del Homo Erectus en adelante–, Clase Ejecutiva seleccionó a cinco argentinos que integran la élite de esa actividad y cuyos sueños están a la altura de los desafíos a superar. Mariano Mastromarino (maratonista), Germán Lauro (lanzamiento de bala y disco), Jennifer Dahlgren (lanzamiento de martillo), Germán Chiaraviglio (salto con garrocha) y Braian Toledo (lanzamiento de jabalina) estarán en Río de Janeiro, a partir del 5 de agosto. Una meta cercana en lo geográfico pero un objetivo titánico en lo financiero. Más allá de los resultados, la prueba ya ha sido superada. Porque atletismo deriva del griego aethos. Y significa esfuerzo.

 


Mariano Mastromarino: Piernas para escaparle a lo imposible

Si bien posee piernas leves y una postura elegante debido a su formación en la pista, la cualidad que llevó a Mariano Mastromarino (33 años) a convertirse en el referente del maratón en la Argentina es su inquebrantable fortaleza mental. Ya se dobló varias veces, pero nunca llegó a quebrarse. Y si su cerebro sigue funcionando como hasta ahora, aún puede dar algún otro golpe.

Hablando de golpes, conviene repasar el recorrido del marplatense hasta los JJ.OO. de Río 2016: podría tornarse una lección de autosuperación para quien la esté necesitando...

Ya a mediados de la década del ‘90, Mastromarino comenzó a estampar su italianísimo apellido en los registros de los Torneos Bonaerenses. Entrenado en aquellos tiempos por Daniel Díaz –una leyenda que, poco después, se transformó en su amigo y consejero–, El Colo rompió récords nacionales en las pruebas con obstáculos, tanto en Menores como en Juveniles. Poco después fue campeón sudamericano Juvenil y Mayor, y también consiguió el campeonato Panamericano Junior. Siguió entrenando, sabiendo que, entre tanto esfuerzo, alguna vez la vida lo sorprendería con una recompensa a su medida. Pero el premio tardó en llegar y sus esperanzas comenzaron a desteñirse, aunque no llegaron a desvanecerse por completo...

Hacia mediados de 2010 estuvo a punto de abandonar el atletismo, sintiendo que “la cosa no daba para más”. Una sensación tan real que se cobró varias víctimas entre las esperanzas nacionales de un deporte sumamente desprotegido desde siempre. En su caso, le retiraron la beca nacional (NdR: Hoy recibe $ 12 mil del Enard: $ 8 mil por su categoría de medallista en los Panamericanos de Toronto 2015, más el 50 por ciento de esa suma como plus que reciben quienes participan en Río 2016) y debió salir a vender pulóveres para resistir. Se dobló, como ya lo había hecho antes. Y estuvo a punto de quebrarse. Pero se reinventó. Tocar fondo no lo hizo desmoronarse, sino tomar el impulso necesario para ganar la Maratón de Buenos Aires en 2014, colgarse la medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Toronto 2015 y clasificarse para Río 2016 en la Maratón de Valencia.

Pero antes de todo eso, debió tragar otro poco de agua salada, porque nada es tan fácil como parece para un atleta argentino. Primero, estuvo a cuatro segundos de conseguir la marca olímpica en los 3 mil metros con obstáculos que lo pudo haber clasificado para Londres 2012. Segundo, ese mismo año se propuso cambiar de aire y probar suerte en su primera maratón, en Buenos Aires: pasó volando por los parciales hasta que el tristemente célebre muro, la etapa más complicada de la carrera, lo obligó a completar el recorrido un poco caminando, otro poco masticando bronca. Tercero, sin dejarse amilanar, compró –con mucho esfuerzo– un pasaje a París para garantizar su presencia en el Mundial de Atletismo de Moscú, pero lo estafaron. Con ayuda de los suyos –“los de siempre, los de fierro”–, consiguió desembarcar en Francia. Tampoco pudo: 22 segundos lo separaron del objetivo.

¿Dirías que no clasificar para Londres 2012 fue el momento más duro de tu carrera?

Sin dudas, fue el más duro. Pero, a la vez, marcó el comienzo del despegue. Fue como tocar fondo para poder dar el salto. Después de la tristeza por quedar fuera de Londres por muy poco, me senté a charlar sinceramente con Leonardo (NdR: Malgor, su entrenador) y lo entendimos así: “Listo, le dimos todo a esta disciplina –los 3 mil metros con obstáculos–, le pusimos lo mejor y no alcanzó. ¿Qué hacemos?”. En ese momento decidimos que valía la pena cambiar de distancia e intentarlo con el maratón. Tal vez, aquellos de la charla con Leo fueron los minutos más trascendentes de mi vida deportiva. Y los que me empujaron hasta Río 2016.

Durante mucho tiempo, El Colo debió abstenerse de participar en cumpleaños de seres muy queridos, bautismos de hijos de grandes amigos y casamientos de hermanos del alma. En silencio, continuó confiando en que el tiempo estaba a su favor y que aquella recompensa se le negaba tanto sólo porque se trataba de algo grande, a la altura de su esfuerzo. “Se aprende mucho más en las derrotas. Cuando perdés, cuando fracasás, te fortalecés más. Y en la vida del atleta se fracasa muchísimo antes de conseguir un objetivo. La carrera es contra uno mismo, primero; después, contra los demás”, cuenta.

En Mar del Plata, su pago chico, donde sale a entrenar cada mañana –es común verlo en la rambla de La Feliz, así como en Laguna de los Padres, además de en la pista de atletismo–, Mastromarino comenzó a ser profeta. La Maratón de Mar del Plata que conquistó en 2013 fue el primer gran paso, antes de los sucesos que lo colocarían como el gran referente del atletismo nacional: el triunfo en la Maratón de Buenos Aires 2014 y la medalla de bronce en los Panamericanos de Toronto 2015. La última vez que ese podio continental había sido conquistado por compatriotas fue en 1951, cuando el legendario Delfo Cabrera (primer puesto) y Reinaldo Gorno (tercero) arrasaron en la edición que se celebró en Buenos Aires. Sí, pasaron 64 años...

 

Primero hay que saber sufrir

Las indicaciones eran claras y el tono, cada vez más amenazante. “¡Salí de la carrera! ¡No te metas, que están corriendo!”, le gritaba alguien a El Colo, con un megáfono, desde el asiento trasero del auto de los organizadores de la Maratón porteña. Estaban convencidos de que ese flaco no podía estar liderando la carrera en el kilómetro 37 porque ese lugar, a esa altura, no correspondía a atletas criollos sino a los imbatibles keniatas. Siguieron pidiéndole que se retirase hasta que, sin pensar demasiado en el gasto de energía innecesario, Mastromarino se dio vuelta y, con la vehemencia que pedía la situación, les indicó el número de pecho que lo identificaba como competidor oficial de la prueba. Poco después, el megáfono se apagó. “Nunca me llamaron para disculparse por aquel incidente. Ya está”, masculla, con respetuosa indignación. Finalmente, ganó la competencia, tras un década de triunfos extranjeros.

Menos de un año después, en Toronto, el marplatense quebró la sequía argentina en maratones pa-namericanos con un tiempo de 2 horas, 17 minutos y 45 segundos, apenas 41 segundos por detrás del ganador, el cubano Richer Pérez. Para no desentonar con el megáfono inquisidor porteño, esa hazaña también tuvo algo de sufrimiento sobre el final, cuando Mastromarino trastabilló y casi cayó sobre las vallas de contención en su intento por saludar a Malgor, su entrenador, metros antes de cruzar la línea de meta. “Si me caía y perdía el bronce, me tenía que quedar a vivir en Canadá de la vergüenza”, confesó en una entrevista posterior.

No se cayó. Y no se cae hasta hoy. La hazaña en Toronto no hizo más que aumentar el interés del público y de los patrocinadores por la imagen sacrificada y victoriosa de Mastromarino. Para él –que sueña con sacarse una selfie en la Villa Olímpica de Río con los astros del tenis Rafael Nadal y Novak Djokovic–, nada cambió. “Soy el mismo de siempre, lógicamente. Sólo que ahora entro a cualquier negocio y me reconocen. Me paran para pedirme fotos, autógrafos y ese tipo de cosas que nunca imaginé que podían pasar conmigo en un país como la Argentina. El reconocimiento de la gente es maravilloso y creo que todos los deportistas amateurs lo merecemos. Muchas veces, no lo tenemos. Y es un poco injusto si pensamos en el esfuerzo que hacemos cada día”, reflexiona.

Otro de esos deportistas que despiertan el cariño y el apoyo popular es Luis Molina, quien también se clasificó a los Juegos Olímpicos de Río en maratón. Además, es uno de los mejores amigos de El Colo . Ellos, junto a Federico Bruno, componen el equipo masculino argentino. A pesar de las exigentes marcas requeridas para estar en Brasil, también Viviana Chávez, Rosa Godoy y María de los Ángeles Marita Peralta consiguieron los tres cupos. Además de un noble compañero de entrenamientos, Molina es compinche de Mastromarino. “Tenemos una gran relación, que nos hace bien como personas y atletas. De hecho, entrenamos en Paipa, Colombia, antes de viajar a Río. Una vez que estemos en Brasil, disfrutaremos mucho cada segundo, porque a ambos nos costó demasiado. Es un sueño que perseguimos desde niños. Además, veremos otros deportes y conoceremos a nuestros ídolos. Pero, ojo, no vamos a pasear. Los dos tenemos en la cabeza dejar al deporte argentino lo más alto posible”, apunta Molina, nacido en Chascomús. Al igual que el marplatense, conoce a la perfección eso de sudar la camiseta, dentro y fuera de la competencia. Nadie como él para destacar el esfuerzo hecho por Mastromarino para llegar a los Juegos Olímpicos de Río. “Mariano es, sobre todo, una gran persona. Quedó fuera de Londres por pocos segundos y se merece todo lo que le está pasando ahora. Me siento honrado de compartir momentos con él. Creo que estamos constantemente aprendiendo cosas del otro, nos ayudamos y complementamos. Cuando se corre de a dos, siempre es mejor. Por eso, en Río espero hacer una carrera tácticamente con él. Después, veremos quién de los dos termina más arriba. Pero, más allá de eso, lo importante siempre será la amistad que tenemos fuera del deporte: queremos lo mejor para el otro, sin egoísmo”, señala Luisito, con su tono tan sereno.

Después de la media maratón Correcaminos en Costa Rica y de la preparación en Colombia, por fin llegará ese momento para el cual Mastromarino se preparó toda su vida. Se cayó y se levantó mil veces antes de sellar su pasaporte olímpico. Ahora, ya nadie podrá despertarlo de ese sueño hecho realidad.

El hecho de que te haya costado tanto estar en los Juegos, ¿te inspira a disfrutar más de Río 2016 o te condiciona a hacer la mejor carrera de tu vida, en plan “ahora o nunca”?

Y... Un poco de las dos cosas. Pero, sobre todo, voy a disfrutar de cada momento cuando esté allá. Sé todo lo que me costó y, por eso, pienso vivirlo intensamente. Quiero pasar tiempo en la Villa Olímpica, disfrutar de otros deportes, conocer a atletas que nunca pensé en cruzarme y, lógicamente, cuando llegue el momento de competir, intentaré hacer la mejor carrera de mi vida.

¿Cuál sería tu posición soñada?

No, no lo pienso. Sólo quiero completar la prueba de la mejor forma posible, dar lo mejor de mí. No quiero pensar en posiciones ni ponerme barreras. Cuando esté corriendo, ya se verá hasta dónde puedo llegar. Voy a disfrutar de esta oportunidad en Río como nunca antes.

Run, Colo, run

Los triunfos y el reconocimiento del público fueron incentivos que Mastromarino aprovechó para lograr el mejor apoyo posible de los espónsores privados. Sin embargo, no es crítico del respaldo estatal, ese que, históricamente, le dio la espalda a otros como él. “Desde que se implementó el Enard, todo mejoró mucho. Me refiero a estructuras y apoyo económico, principalmente. Hoy, podemos planificar los entrenamientos, hacer viajes para competir y muchas otras cosas que tiempo atrás eran impensadas. Aún no es ideal, claro, pero sí es mucho más digno el trato hacia los atletas argentinos”, define quien estuvo a punto de dejarlo todo por falta de apoyo.

A Londres 2012 sólo fueron dos representantes argentinos en maratón, Barzola y Marita Peralta. Ahora son 6, equipo completo. ¿Creés que la explosión del running en la Argentina influyó, aunque sea simbólicamente, para que se diera esta clasificación histórica?

Sí, creo que la difusión que se le dio en estos años nos ayudó bastante. Ahora la gente entiende más, sabe de lo que habla y, muchos, hasta nos pueden ver entrenar cuando salen a correr. Que seamos 6 maratonistas en Río ya es para festejar. No deberíamos fijarnos en los resultados de la prueba, sino en lo histórico de que vayamos con equipo completo, todo un logro para nuestro país.

El Cristo Redentor y el Pan de Azúcar serán testigos de que con uno de los deportistas emblema de la delegación argentina, por fin, se hizo justicia. Como el propio Mastromarino cuenta, ésta será la carrera de su vida, pero no la última. De hecho, ya tiene otros objetivos a perseguir una vez que se apague la llama olímpica: en noviembre, enfrentará el trazado del prestigioso Maratón de Nueva York e intentará clasificarse al Mundial de la especialidad que se llevará a cabo en Londres. De mantenerse en el nivel deseado, enfrentará todo el proceso que culminará en los Juegos Olímpicos de Tokio, en 2020.

¿Y después, Colo?

Y después... No sé. Sólo sé que no me voy a alejar del deporte e intentaré disfrutar de mi familia al máximo. Lo importante es mirar para atrás y con la cabeza fría. Ahí veré que no me guardé nada, que lo di todo y que muchas personas estuvieron conmigo en los buenos y malos momentos. Al fin y al cabo, eso es lo importante.

Durante la producción de fotos para esta entrevista, Mariano Mastromarino corre, leve. Se desliza por la pista de atletismo marplatense bajo un cielo que promete lluvia. Durante el segundo turno, un trote leve por la rambla, un trayecto en el que, además de su compañera Marita Peralta, algunos ocasionales corredores se irán sumando. Al estilo Forrest Gump, El Colo sigue su trote. De pronto, se pierde al cruzar una avenida. Ya se lo volverá a ver, pero esta vez bajo el sol de Río.

 


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