Ejecutivos que eligen vivir y trabajar en una ciudad pequeña
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Ejecutivos que eligen vivir y trabajar en una ciudad pequeña

En busca de una mayor calidad de vida, muchos profesionales deciden instalarse en un pueblo o urbe de menor tamaña. Cómo evolucionaron sus carreras luego de esta elección. Lo que ganaron y perdieron cuando se animaron a dejar la metrópolis.

Por Gabriela Ensinck 11 de Junio 2013




El último año, Sebastián Guerrini viajó por trabajo a Moscú, Londres, Estambul, Reykjavik y Santiago de Chile. Pero su lugar en el mundo está en Trenque Lauquen, a 425 kilómetros de Buenos Aires. “Mi mercado es global y siempre voy a tener que viajar. Si seguía en Barcelona, mi destino anterior, me ahorraba unas horas de vuelo, pero no cambiaba el hecho de fondo”, apunta el consultor en comunicación y diseño de marcas, también profesor en la Universidad de Cataluña. Guerrini decidió instalarse junto a su esposa, que es ingeniera agrónoma, y sus dos hijos preadolescentes en esa ciudad de 43 mil habitantes al suroeste bonaerense luego de haber vivido en Londres, La Haya, Buenos Aires y Barcelona. “Buscábamos un lugar tranquilo, seguro y ordenado. Las ciudades donde estuvimos son ideales para hacer carrera y plata, pero no para que los chicos vayan solos a la escuela o para encontrarte con amigos por la calle e invitarlos a un asado. Y, en lo laboral, gracias a internet y con una notebook, da lo mismo hacer una videoconferencia con Suiza o Dubai desde un hotel o estando en el interior de la provincia de Buenos Aires”, define.

Como Guerrini, son muchos los profesionales que en un momento de sus carreras eligen trasladarse –o volver– al pago chico. Esta decisión, que muchas veces implica resignar ingresos y visibilidad en el mapa corporativo, conlleva casi siempre una mejora en la calidad de vida.

La tendencia es incipiente en la Argentina, pero encuentra sustento en un reciente estudio llevado a cabo por científicos del Conicet, que demuestra que las metrópolis medianas (de entre 50 mil y 400 mil habitantes), ofrecen mejores condiciones de vida que las urbes más populosas. “Las ciudades intermedias son lo suficientemente grandes para contar con la mayoría de los servicios, pero no tanto como para padecer los problemas ambientales y de inseguridad de las más grandes”, detalla Guillermo Velázquez, director del Centro de Investigaciones Geográficas de la Universidad Nacional del Centro, en Tandil, y autor de la investigación La calidad ambiental en la Argentina (Eudeba, 2010), donde analiza las condiciones de vida en base a indicadores socioeconómicos y medioambientales en 511 municipios del país.

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Padre e hijo. Sebastián Guerrini, tras haber vivido en ciudades europeas, apostó a la tranquilidad de Trenque Lauquen. 

Como resultado de este análisis, en el que se evaluaron condiciones ambientales (60 por ciento de incidencia) y socioculturales (40 %), se elaboró un ránking de los mejores lugares para vivir que encabeza la localidad de Junín, en la provincia de San Luis (técnicamente un pueblo grande, ya que tiene menos de 50 mil habitantes); seguida por el departamento Manuel Belgrano, donde se encuentra la ciudad de San Salvador de Jujuy; Malargüe, en Mendoza; Bariloche, en Río Negro y Ushuaia, en Tierra del Fuego. ¿Dos datos contundentes? Ninguna ciudad grande (más de 400 mil habitantes) figura entre las primeras 10 posiciones, y la primera localidad del conurbano bonaerense que aparece en el listado es Tigre, en el puesto 68.

En una investigación anterior, realizada en base a datos del Censo 2001 y publicada en Geografía y Bienestar (Eudeba), el top five estaba encabezado por dos ciudades intermedias de la provincia de Buenos Aires: Punta Alta, puerto militar cercano a Bahía Blanca; y Monte Hermoso, un balneario reconocido por sus aguas cálidas y porque el sol nace y se esconde en el mar. Le seguían dos localidades patagónicas: Comandante Luis Piedrabuena (Santa Cruz) y Río Grande (Tierra del Fuego). En este caso, el énfasis estaba más puesto en factores socioeconómicos y culturales (acceso a educación, vivienda, salud, recreación y bajo nivel delictivo), que en los factores ambientales, como contaminación o amenaza de eventos climáticos extremos.

Nómades del nuevo siglo
Pudiendo vivir en Buenos Aires, París o Nueva York, Andrea Grobocopatel eligió Carlos Casares, la ciudad-pueblo donde nació, formó su familia y gestó sus proyectos. La vicepresidenta del grupo Los Grobo y artífice de la Fundación Flor (Fundación por Liderazgos y Organizaciones Responsables), asegura que “en Carlos Casares me puedo conectar con la naturaleza, moverme en bicicleta y hacer muchas cosas en el día: trabajar en la oficina, ir al campo, hacer gimnasia, desayunar y almorzar con mis hijos, visitar a mis amigos y a mis padres cuando quiero”.

La economista (UBA) y madre de cuatro adolescentes admite que “el pueblo chico también tiene sus desventajas: no hay tantas alternativas de educación, el hospital tiene sus falencias, y frecuentemente hay que viajar por rutas con falta de mantenimiento. La (ruta) 5 es mi segundo hogar, porque voy todas las semanas a Buenos Aires, donde dos de mis hijas están estudiando. Ahí me conecto con otra realidad, la del apuro y el caos de tránsito”, admite. A la hora del balance, no duda: “En las ciudades pequeñas las cosas florecen más rápido: es más fácil armar equipos porque conocés mejor a las personas y, en cuanto a la carrera profesional, podés capacitarte y estar actualizada permanentemente a través de internet, sin importar dónde vivas”, asegura.

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Diagonales. Natalia Di Vito eligió La Plata para desarrollarse profesionalmente. 

El fenómeno de trasladarse al interior del país fue impulsado en la última década por el desarrollo de las tecnologías que permiten trabajar a distancia y estar conectados, pero también por el boom sojero y de las economías regionales. “De pronto, descubrimos que hay vida en los pueblos y ciudades chicas. Y de mejor calidad. Esto, en los ‘90 no ocurría. Los profesionales no querían irse al interior porque los salarios eran más bajos y era visto como un corte en la carrera”, resume Andrés Hatum, director del Centro de Investigación Grupo Rhuo.

“Pero hoy la generación Y está más dispuesta a resignar ingresos para ganar calidad de vida. En el otro extremo de la pirámide corporativa, muchos baby boomers dan el portazo y se mudan a un lugar tranquilo, generalmente iniciando un emprendimiento propio, turístico o gastronómico. Los más reacios son los de la generación X (entre los 35 y los 45 años), a quienes en la mitad de la carrera y de la vida, les cuesta romper algunos paradigmas”, analiza Hatum, también profesor de Management y Organización en IAE Business School.

El economista y consultor Fernando Moiguer coincide con el diagnóstico, aunque no lo liga a una cuestión generacional: “Hoy no importa la localización, porque somos cada vez más nómades y nos conectamos en cualquier momento y lugar. Antes, la tendencia era hacia la peri-urbanización: la gente de mayores ingresos se iba a los bordes de la ciudad. Eso funcionó bien en urbes como París, donde hay transporte público, caro pero eficiente. Pero en Buenos Aires esa ilusión se frustró por la falta de planificación urbana y los embotellamientos”, apunta. “Ahora que las economías regionales han crecido y ofrecen buen nivel de empleabilidad, la gente hace la cuenta de que bajan los ingresos pero también los costos. Sin embargo, no todo es positivo: las comunidades pequeñas suelen ser tradicionales y muy cerradas, e integrarse a ellas lleva tiempo”, reconoce Moiguer.

Una vida sustentable
Mónica Cabral, ingeniera industrial, se mudó de Buenos Aires a Rosario para estudiar... y allá se quedó. “Hice muchos amigos, conocí a mi marido en la facultad y decidimos instalarnos porque la ciudad ofrece buenas oportunidades laborales, espectáculos y actividades, pero en un ámbito más tranquilo que el de la Capital”, asegura. El año pasado, con el nacimiento de su primera hija, comenzó a trabajar en forma remota y a tiempo parcial para la agencia de márketing digital Intuic. “Mis ingresos disminuyeron porque trabajo menos tiempo, pero lo vale. De otra forma, debería pagar una guardería o niñera, y también se verían afectados”, razona.

La diseñadora en comunicación visual Nadia Di Vito también eligió desarrollarse profesionalmente en el lugar que eligió para estudiar: La Plata. “Es una ciudad que equilibra la tranquilidad y el vínculo cordial con la diversión, las atracciones y los espacios de capacitación de una gran urbe”, pondera. Trabajar en forma remota le permite visitar frecuentemente a su familia, que está en Viedma, en la provincia de Río Negro: “Me permite llevar un estilo de vida que me facilita estar donde quiero y haciendo lo que me gusta, que es diseñar”.

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Lejos de todo. Pablo Moscato decidió mudarse a San Esteban, un pueblo ubicado en el valle cordobés de Punilla.

Dejar la ciudad “fue la maduración de un cambio que se fue gestando durante 6 años”, confía Pablo Moscato, consultor en comunicación y gestión de proyectos, quien abandonó su oficina en el microcentro porteño para irse a vivir a San Esteban, un pueblito de 1.000 habitantes en el valle cordobés de Punilla. El nacimiento de su primera hija despertó su inquietud por llevar una vida “más en contacto con la naturaleza”. El primer paso fue dejar su trabajo en relación de dependencia para crear, junto a su socio Alexis Ansaldo, la firma Organicoopers que, mediante publicaciones, talleres y consultoría de proyectos, asesora y acompaña a personas y empresas a transformar sus vidas y sus negocios bajo el paradigma de la sustentabilidad.

El sueño de irse a vivir al pueblo recién se concretó a comienzos de año: “Cada vez que intentábamos la mudanza, surgía algún tema importante para resolver en Buenos Aires. Pero la idea seguía latente y, al final, todo se alineó para que nos viniéramos. Haber cambiado de lugar no modificó la esencia de mi profesión. Mis ingresos se redujeron, pero siempre que necesito recursos para un proyecto genuino, aparecen”, revela.

El camino de Alexis Ansaldo, su socio, fue parecido. Tanto, que recaló junto a su familia en Capilla del Monte, muy cerquita del Valle de Punilla. Licenciado en comercialización, con 10 años en el departamento de márketing y desarrollo de productos de una multinacional, abandonó la corporación en 2008. Y a fines del año pasado, en apenas tres meses, junto a su esposa y su hijo, tomó la decisión de irse de Buenos Aires: “Ya no me alcanzaba con hacerme mi propia islita y trabajar en cuestiones de sustentabilidad en medio del caos urbano. Habíamos venido a Capilla hace dos años y, más allá del paisaje, hubo algo del orden de lo espiritual que nos tocó. Sentimos que era nuestro lugar. Creo que el cambio pasa más por lo interior que por el entorno, porque de nada sirve cambiar el contexto si se sigue haciendo y pensando lo mismo. En mi caso, las posibilidades de crecimiento económico y profesional se reemplazaron por un desarrollo personal más profundo”.

Ventajas y desventajas de irse a una ciudad pequeña

Ventajas:
• Ambiente más tranquilo, mayor contacto con la naturaleza y con el entorno.
• El tiempo rinde más porque no hay que sortear caos de tránsito para trasladarse.
• Menor índice de violencia y de estrés. Menor costo de vida. Las oportunidades de capacitación y de carrera dependen de uno mismo y de mantener los contactos a través de internet.

Desventajas:
• Algunas comunidades son muy tradicionalistas y cerradas: lleva tiempo integrarse y ser aceptado.
• Para trámites y reuniones importantes se hace necesario el traslado a la ciudad, lo que demanda tiempo y organización.
• Todos se conocen y se está más expuesto al “qué dirán”.Menores ingresos.
• Puede perderse visibilidad en el mapa corporativo y de los negocios.



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