De chef mediático a cocinero responsable
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De chef mediático a cocinero responsable

Lejos de los contratos con las empresas y a las luces de las cámaras, cuenta cómo es su vida ahora. "En lo que a alimentación se refiere, para mí es más importante conocer el proceso anterior: cómo se genera el alimento", asegura. 

 

Por Delfina Krüsemann 14 de Junio 2013




Fue uno de los cocineros más mediáticos de la Argentina. Pero un día renunció al ráting y al auspicio de las grandes marcas en busca de un sentido más profundo de su vocación. Hoy es un abanderado de la sustentabilidad y la cocina consciente. “Hay que volver a los orígenes y buscar una mayor armonía con la naturaleza”, sostiene. Su historia es un ejemplo de cómo una revolución puede comenzar con una planta de tomates.

Sucedió casi instantáneamente, pero el proceso interno fue profundo y llevó su tiempo de maduración. En 1998, Martiniano Molina había sido uno de los fundadores del Colegio de Cocineros Gato Dumas y, desde entonces, su exposición era total. Programas en la televisión (desde Movete con Carmen, conducido por Carmen Barbieri por América o Mariana de casa, con Mariana Fabbiani por El Trece, hasta los más de 900 capítulos que grabó para la señal de cable Elgourmet.com), su condición de embajador de la marca Casancrem, su columna en el diario La Nación y cinco libros publicados daban cuenta del fenómeno en que se había convertido este chef de sonrisa amplia, actitud desenfadada y altura intimidante. Podría decirse que, así como antes había sido el capitán de la selección nacional de handball, por ese entonces Martiniano Molina estaba al frente del dream team de cocineros mediáticos, convertidos en estrellas de la pantalla a fuerza de carisma y recetas de autor.

Joven, exitoso y talentoso, nadie hubiese pensado que un buen día Martiniano diría basta. Pero así fue. “Llegué a hacer 10 mil recetas. ¿Quién las necesita? Una persona normal prueba unas 100 recetas en toda su vida, 150 si es muy sibarita. Sin embargo, el medio, y este concepto tan perverso que es la imagen, te llevan a tratar de llenar un vacío con contenido extra que no necesitamos y que termina por agobiarnos. En determinado momento me di cuenta de que no podía seguir así. Que, si me quedaba en eso, no iba a profundizar en mi propia búsqueda. Además, si yo promovía una alimentación saludable, ¿cómo podía seguir recomendando ciertos productos que iban en contra de mis principios? Hubiese sido mentirme a mí mismo y a la gente. Necesitaba renacer, evolucionar”, sostiene.

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Fuera del circuito. Alejado de los medios, Martiniano Molina apuesta por la alimentación saludable.

Sin embargo, el chef que renunció al éxito televisivo y a los contratos con múltiples ceros aclara que su concepto de evolución no significa dedicarse a la innovación en la gastronomía, sino más bien volver a los orígenes y conocer en profundidad qué es lo que ponemos en nuestro plato. “Ferrán Adrià es un genio pero, con todo respeto, la cocina molecular me parece una pérdida de tiempo. No me interesa ver cómo se transforma la molécula de agua a una determinada temperatura porque creo que la cuestión de fondo es más sencilla, pero también mucho más trascendente. Hemos desatendido los procesos naturales porque el hombre dejó de vivir de manera orgánica con su entorno. En lo que a alimentación se refiere, para mí es más importante conocer el proceso anterior: cómo se genera el alimento, cómo producirlo de manera correcta para que sea bueno para mi salud y esté en armonía con la naturaleza. Hay que volver a los orígenes: dejar de pasar horas frente a la computadora y plantar un árbol o una cebolla”.

No faltaron quienes le dijeron que estaba chiflado y que no podía ir “en contra del mundo”. A Martiniano, ese tipo de críticas no le importaron. Su cambio, profundo y radical, ya estaba en marcha. Y no había vuelta atrás. Dejó su residencia en un country de Pilar y construyó él mismo una casa sustentable hecha de chapa, cañas y madera en la ribera de su Quilmes natal. Allí también armó su huerta, donde hoy cosecha lechuga, rúcula, tomate, arvejas, habas, pimientos, acelga, remolacha, zanahoria, cebolla de verdeo: “Lo que se te ocurra”, define, para dejar en claro que la lista de posibilidades es infinita. “Cualquiera puede tener una huerta en su casa. Podemos ser más autosustentables de lo que pensamos, y así ayudaríamos muchísimo a vivir en equilibrio con el medio ambiente. ¿Sabe la gente que de una semilla de tomate salen 150 plantas, y que cada una de ellas da unos mil kilos por año? ¡O sea que pueden conseguir el equivalente a $ 60 mil en tomates en 365 días!”, tienta.

Su revolución personal fue más allá de lo ecológico. Hoy trabaja con cooperativas, huertas comunitarias y organizaciones como Aldeas S.O.S., Fundación Huerta Niño, La Usina, Fundación Flexer y Fundación Camino Abierto. Con esta última, ubicada en Carlos Keen, acaba de inaugurar una Escuela de Cocina Conciente, en la que le enseña a chicos provenientes de los juzgados de menores cómo manejar una huerta y una granja, y luego a utilizar sus productos para cocinar. También colaboró en la creación de una escuela Waldorf en Quilmes. Y firma el menú de los vuelos de Aerolíneas Argentinas: “No pretendo cambiar la empresa pero me gusta darle la posibilidad a la gente de que, al menos una vez, prueben la quinoa”, dice. “Hace una década, tenía 20 trabajos distintos y con uno me habría bastado para vivir. Volvía a mi casa con todo el cuerpo dolorido y sin voz, porque me la pasaba gritando, esforzándome por convencerme de cosas en las que no creía. Cuando largué todo, me encontré con que este nuevo compromiso me llevaba a trabajar aún más, aunque con menos exposición mediática. Y ya no me canso como antes porque estoy en paz. Cuando uno encuentra su camino y lo recorre poniendo lo mejor de sí mismo, nace una energía inagotable”, afirma. Y enseguida bromea: “Más que un cocinero, ¡parece que hablara un manochanta!”.

La autocomparación chistosa no apaga su convicción. Martiniano es muy consciente de su influencia y sabe leerla en clave política: “Cualquier persona que está en los medios tiene una gran responsabilidad, porque está difundiendo por la pantalla un conjunto de valores, o disvalores, que llegan a muchísimas personas. Pero falta compromiso y abundan las contradicciones. Yo estuve en ese ambiente y sé lo que es: un vacío total. Por eso, hoy elijo trabajar en el llano, metiendo la mano en la tierra. Sin hacer política, porque la huerta no es de derecha ni de izquierda, ni radical ni peronista. Aunque, al mismo tiempo, no niego que yo, a mi manera, hago política. Siendo cocinero, no puedo no preocuparme por los chicos que mueren de hambre en mi país y en el mundo. El escenario que nos plantean hoy los poderosos es que hay dos bandos enemigos, pero en vez de pelearnos, deberíamos unirnos para ir en contra de todo lo que está mal. Cuando vemos al prójimo y decimos: ‘Esta gente está perdida’, ¿qué nos pasa? Los perdidos somos nosotros, que no podemos salirnos de nuestro egoísmo para acercarnos a ellos como verdaderos hermanos, que no podemos dedicarles ni un mínimo de tiempo para ayudarlos”. Para Martiniano Molina, a sus 41 años, el tiempo ya llegó.



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