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Damián Szifrón: "No necesitamos más políticos sino nuevos próceres"

Después de 7 años de ostracismo creativo, el director de la recordada serie Los simuladores vuelve con Relatos salvajes, una película sobre la injusticia, la corrupción y la burocracia como detonantes de la violencia cotidiana. Por qué piensa que “para entretener solamente, las cosas deberían estar demasiado bien”.  Por Andrea del Río y Leo González 24 de Julio 2014

 



“Los hijos de puta gobiernan el mundo. Y así está el país: todos quieren que estos personajes tengan su merecido, pero no quieren mover un dedo”, sentencia la áspera cocinera de un parador de ruta cuando el usurero del pueblo asoma por allí sus prepotentes narices. “Sos un negro resentido”, le espeta el trajeado conductor de un auto de alta gama al humilde trabajador que, al volante de un vehículo baqueteado, se niega a cederle el paso en un desolado y corcoveante camino provincial. “Los que trabajan para delincuentes, son delincuentes. Sos un miserable servidor de este sistema corrupto”, vocifera un pacífico ingeniero en la ventanilla donde le informan la descomunal suma que debe abonar en concepto de multa y acarreo de su auto supuestamente mal estacionado. “Son una manga de buitres”, se planta el empresario acomodado cuando decide que una coima a funcionarios policiales y judiciales deja de ser un buen negocio en términos estrictamente financieros. Frases comunes, quejas compartidas, conflictos cotidianos. Relatos salvajes, la película que marca el regreso de Damián Szifrón a la primera línea de fuego mediática, es una ficción incómoda estructurada en 6 episodios independientes donde resuenan los ecos de la indignación ciudadana que tiñe noticieros, charlas de ascensor y sobremesas domingueras.

Tras 7 años de retiro creativo, el guionista y director de las exitosas series televisivas Los simuladores y Hermanos & Detectives (ambas con remakes en España, Italia, México, Chile) y de las películas de culto El fondo del mar y Tiempo de valientes, está listo para compartir su visión sobre el lado oscuro del sistema capitalista y democrático, cuyas altas dosis de corrupción, injusticia y violencia convierten a los ciudadanos de a pie en vengadores revanchistas de mecha corta. Con fecha de estreno local prevista para el 14 de agosto, Relatos salvajes –coproducción de la argentina K&S Films y la española El Deseo, de los hermanos Almodóvar– llega precedida por su arrollador desempeño en el Festival de Cannes, donde fue aclamada (de pie y durante 10 minutos) por la crítica más exigente y participó de la competencia por la Palma de Oro, ambos hitos sin precedentes en la cinematografía argentina. Y Sony Pictures Classic anunció la adquisición de los derechos para su distribución en Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda.
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Crédito: Nico Pérez

Luego del photocall con el Mediterráneo como telón de fondo, Szifrón y parte de su multiestelar elenco (Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Oscar Martínez, Érica Rivas y María Marull; faltaban Darío Grandinetti, Rita Cortese, Nancy Dupláa y Julieta Zylberberg) brindó una conferencia de prensa que lo consagró como el nuevo niño mimado de la industria. Las crónicas reprodujeron, celebratoriamente, sus reflexiones sobre procesos creativos, búsquedas artísticas y desafíos de realización. Pero, entre tanto laudo, se coló la realidad. Los corresponsales consignaron que una periodista española le preguntó, directamente, cómo creía que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner recibiría la película, que hace foco en temas calientes de la coyuntura, como la violencia: “No creo que Relatos refleje a la Argentina, sino que es algo universal”, se desmarcó rápidamente, para luego conceder que “si los políticos hicieran su trabajo bien, haría otras películas”.

Entre esas declaraciones y el encuentro con Clase Ejecutiva transcurrió apenas un mes. Tiempo suficiente –o necesario– para que Damián Szifrón apelara a su legendario perfeccionismo para afinar su resistencia a dar respuesta a esas preguntas incómodas que su propia película inspira.

El público te asocia con historias de humor inteligente, luminosas, de triunfo natural del bien sobre el mal. En Relatos, sin embargo, los mansos le ganan al sistema cuando se vuelven salvajes. ¿Es lo que opinás sobre nuestra realidad después de 7 años de mirarla de afuera?
Creo que, de alguna manera, el bienestar te permite tener una mirada crítica mucho más aguda respecto de cómo funcionan la sociedad, las personas, los vínculos. Realmente lo podés ver sin ser parte, sin esa furia o esa cosa contenida que a veces no te deja analizar el tema porque lo estás viviendo y experimentando. Pero no fueron 7 años sabáticos: no soy ni remotamente rico, no lo era en ese momento, ni recibí una herencia. El propio trabajo me iba permitiendo avanzar y vivir de lo que escribo. Además, tenía un contrato cerrado con una productora, pero tampoco es que estaba en una situación económica como para pasarme 30 años sin filmar. La película tiene mucha violencia, oscuridad y densidad temática, energética y dramática porque va al hueso de lo que cada historia toca. Tenía ese deseo de penetrar y no dejarla superficial, que no fuera un simple enfrentamiento sino ir hasta el final del conflicto que se planteaba en cada relato. Por eso, creo que es fruto de poder observar en profundidad una sociedad respecto de la que tengo una mirada muy crítica. Y no me refiero sólo a la Argentina, sino al mundo, al capitalismo universal.

¿Qué es lo que más te molesta?
La idea de que la gente viva vidas y tenga conductas que realmente no elige aunque cree que sí, porque hay un sistema que nos aglutina a todos, que está prediseñado y que tiene beneficiarios muy claros, aunque no son visibles, y eso hace que perdamos enormes cantidades de tiempo en... ¡la declaración jurada! Cuando escribís, te dedicás a pensar y ver el mundo, más allá de vivirlo. Y yo a veces junto papeles y veo esa situación de que compro algo, tengo un papel, lo pongo en una caja y después todos esos papeles los tengo que separar y dárselos a alguien... ¡Me parece una locura! El sistema impositivo tiene beneficiarios que, en mi opinión, no son necesariamente ni mayormente los ciudadanos. Esas cosas producen presión.
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Crédito: Nico Pérez

¿Y desigualdad?
La desigualdad social... Cuando pienso en el episodio de Relatos donde dos hombres se pelean en la ruta y son víctimas de un mismo sistema... Uno, representa a una enorme cantidad de gente que, a mi criterio, está criada para producir, lo que llamamos gente humilde o pobre, que nace para ocupar puestos de trabajo. Cuando se dice que se está tratando de resolver la pobreza... ¡Ningún país capitalista quiere hacerlo porque se necesitan pobres para ir a las plantas, para barrer las calles, para cosechar alimentos, para extraer minerales de la tierra, para colgarse de un piolín para construir un rascacielos! Esa gente es necesaria, es parte de lo que se llama la mano de obra. Y después hay un montón de otra gente que normalmente nos hacen creer que es la gran favorecida de este sistema, que es la gran clase media, criada para consumir. Y eso también conlleva un estrés enorme, porque viven un montón de años deseando cosas que nunca van a tener y viendo cómo se las ingenian para poder ser propietarios de algo –una casa, un auto, una computadora– y desde que se despiertan hasta que se van a dormir son bombardeados con una cantidad de publicidad descomunal. Entonces, siento que eso deviene en gente muy estresada y alterada que, cuando se toca en cualquier situación, deriva en una tragedia. Obvio que la película tiene un tono exagerado por momentos, pero también leo noticias así en los diarios. Es exagerado pero verosímil. Me pasa a mí, cuando leo que un tipo se tiró nafta, se prendió fuego y salió corriendo por ahí: nunca pienso que es un loco ni un extraterrestre, siempre la sensación que tengo es: ‘Y sí, entiendo cómo podés perder los estribos en este mundo’.

¿Ves noticieros, programas de debate político? Porque muchos de los diálogos de tu película parecen extraídos de ahí...
No, la verdad es que veo poca televisión y leo poco los diarios: los reviso, pero me voy alejando de a poco de esa información diaria porque me parece que no refleja la realidad, sino que la tapa y la distorsiona.

Pero sabés que en los medios están presentes los ejes de tu película, como la violencia, la injusticia, la corrupción, la burocracia. Si bien insistís en la universalidad de Relatos, los conflictos se resuelven de una manera muy argentina...
¿Te referís a la corrupción y ese tipo de cosas? Porque yo lo siento parte de este sistema sociopolítico pero también me parece que la especie humana genera ese tipo de vínculos. Hay sistemas o sociedades que podrían atenuar muchísimo ciertos impulsos negativos en vez de exacerbarlos, exagerarlos y fomentarlos. Pero no diría que esta película es una crítica a este país. De hecho, la mostramos en Cannes y todo el mundo se reía o se tensaba ante las mismas situaciones. Claro que varían los matices: hay países con otro tipo de síntomas, donde uno pensaría que está todo bien y de repente entra un universitario con un fusil y mata a 18 personas.

Por eso, ¿tu película señala el modo argentino de resolver esos conflictos sociales? Porque el fenómeno del estudiante francotirador es anecdótico en la Argentina, igual que el del asesino serial...
O es un funcionario público, que lo hemos tenido... Bueno, obviamente no me refiero a nadie de la actualidad. (Se tensa) Eso, te pido, no lo lleven hacia la crítica al kirchnerismo porque de verdad pienso que es claramente algo general, no siento que esté hablando de eso. Creo que uno no puede evitar dos cosas: ni la nacionalidad ni la universalidad. O sea, si sos honesto y genuino, pertenecés a un mundo, a un país, a una región y a un determinado contexto; y si no filtrás, condenás ni acorralás tu imaginación, lo que surge tiene que ver con la sociedad en la que estás. Y, por otra parte, los países son dibujos imaginarios: somos parte de la misma sociedad global y todo lo genuino es universal.



Aunque insistas con que no es un retrato de este momento puntual de la Argentina, sabés que va a ser leído en este contexto...
Sí, te entiendo. Eso me parece bien: las películas tienen su momento y tienen su contexto. En ese sentido, acuerdo. La han llamado “un fresco de la sociedad” en el Festival de Cannes. Está bien... Quiero decir, no puedo juzgar cómo cada uno lee la película.

¿Y cuál de todas las historias te representa?
Puedo realmente identificarme con todos los personajes en distintos momentos de la vida y no necesariamente en momentos similares a los que viven. Empiezo por decir que me ha llevado el auto la grúa de lugares donde no estaba claramente señalizado que no se podía estacionar y eso genera una indignación. He ido manejando tranquilo por la ruta y que un salame en un Audi se me pegue atrás y me haga luces como diciendo: ‘Movete de ahí, basura insignificante, que tengo que pasar’, y en esos momentos te volvés loco. La conexión con esos espacios la comprendo. He asistido a casamientos en donde ves la tensión propia del ‘tiene que salir todo bien’ pero hay un conflicto de base que está ahí y que no deja disfrutar. También he escuchado historias de gente con dinero tratando de tapar un crimen. Y he deseado que se presente ante mí algún personaje que en algún momento dañó a mi familia o provocó sufrimiento en mis padres. Fantaseé con ese tipo de venganza, pero nada es directamente autobiográfico.

Dejaste muy en claro que es una interpretación posible, y que aceptás, que Relatos salvajes sea un fresco de la actualidad, pero enfatizás que no es tu opinión. ¿Es un llamado de atención?
Pienso que sí, que puede ser así pero no porque tenga carácter mesiánico o que quiero iluminar el futuro de una sociedad sino porque pienso que un director de cine tiene esa tarea: tener una mirada crítica sobre el mundo en donde vive porque justamente es alguien que se dedica a revisarlo, pensarlo, procesarlo. Así como te digo que las películas de entretenimiento no me parecen ni me parecerán jamás una mala palabra, no es algo sólo inherente a esta actividad sino que también aplica a tus amigos, a la persona de la que te enamorás: los vínculos están atravesados por el entretenimiento y, si te aburrís, te vas para otro lado. Entonces, así como eso tiene que estar, también hay algo en relación al contenido que me parece fundamental y a veces me resulta casi ofensivo que no lo tenga. Es decir, me parece que para entretener solamente, las cosas deberían estar demasiado bien. Hay tantas cosas que funcionan mal que me parece que al mismo tiempo hay que entretener y opinar, entretener y dar una mirada, una respuesta, una idea y como mínimo –o máximo, en el mejor de los casos– generar buenas preguntas.

¿La violencia, la inseguridad y la injusticia necesitan respuesta prioritaria?
Que fueran el eje temático es algo que ocurrió, no lo elegí. Te digo: las ideas aparecían como situaciones conflictivas, imágenes en la ruta... Me imaginaba ofender a alguien desde la comodidad y seguridad que te da estar manejando un auto blindado a toda velocidad, y después inmediatamente estar ante la orfandad del espacio abierto, con la goma pinchada y que ese a quien ofendiste viniera a emparejar la situación. Aparecía esa situación y no la intención previa de (imposta la voz) ‘retratar la lucha de clases para demostrar la peligrosidad del mundo en que vivimos’. Pero no ignoro que la película está teñida de todas esas cosas y que la idea, de por sí, conlleva un montón de opiniones relacionadas con la sociedad. Me parece algo bueno y positivo, que hace al contenido. Y además me parece inevitable que, si te imaginás que la situación está buena es porque intuís que en otros también está ese miedo, esa idea de ‘no inicies una pelea que no estés dispuesto a terminar’, que los actos tienen consecuencias. Esta película procesa esa temática, yendo de lo social a lo más íntimo.

En uno de los episodios, las redes sociales tienen un rol polémico como validadoras de una conducta extrema y justiciera. ¿Cómo te llevás con esos nuevos foros ciudadanos?
No pienso que estemos cada vez peor ni que estemos en medio de una larga serie de involuciones y que ahora es dramático y antes era la panacea. Ni tampoco tengo la ingenuidad de creer que estamos cada vez mejor y que el mundo es más sano, limpio, ordenado y nos hace más felices. Sí soy consciente de que hay una evolución técnica que trae un montón de progreso. Y también creo que no estamos a la altura social o intelectual para utilizarlo de la mejor manera posible y para beneficio de todos. Son tantas las cosas que tuvieron que suceder para que después alguien termine chateando idioteces sin prestarle atención a la gente que tiene al lado... ¡A veces es tan desigual el poder de esas tecnologías en relación con para qué se las usa! O la televisión: me parece un medio espléndido, maravilloso, que está utilizado, como el cerebro humano, al 4 % de su verdadero potencial. Son tantas las cosas involucradas –antenas, satélites, botones en la sala de control, ingenieros de imagen y sonido– para que de repente tengas programas de chimentos... Comunicá otras cosas, expresá otras cosas, hacete cargo de la responsabilidad de ocupar un lugar así.

Hace poco dijiste que “tendría que haber un comité de limpieza en la cultura que verdaderamente se meta en los canales y colabore, no por censurar, pero sí que nos dejemos de joder porque a esta altura de la civilización y la humanidad lo que es basura es basura”. Si lo hubieras dicho en medio del debate por la Ley de Medios, no habría pasado desapercibido...
Creo que hay muchísimo trabajo para hacer. Si miro la televisión, no se parece a lo que a mí me gustaría ver. Y no siento que esté diciéndolo desde un lugar de espectador sofisticado, con pretensiones. La siento tremendamente hostil, irrespetuosa. ¡No somos tachos de basura como para que nos tiren desechos las 24 horas por día! Y la explicación no es que ‘la gente lo elige, lo quiere ver’: hay un hábito creado pero, si hubiera otra cosa, la gente la miraría. Encuentro me parece una buena señal, ¿ves? Me parece que suma. Pero no es que todo tiene que tener una pátina cultural. Simplemente podría haber series de televisión bien hechas, con más ideas, con más tiempo de escritura, con más tiempo de realización, sin publicidad en el medio. Me parece una falta de respeto que en medio de una escena aparezca un cartel de una casa de electrodomésticos como pase a otra escena. Te vas habituando a cosas que son descabelladas, según mi metier: la gente está metida en una realidad paralela que alguien creó y no podés interrumpir así como así, cada tres o cuatro escenas, con un chirimbolo que entra y sale. ¡Es desvergonzado! Se fue prostituyendo al punto que dan pocas ganas de hacer algo en ese contexto. No critico tanto el resultado sino la falta de ambición o la falta de intento de hacer algo diferente. La televisión está evolucionando mucho en otras partes del mundo y hay series que son extraordinarias. Son muchas cosas que tienen que ir avanzando en paralelo en una sociedad, como la educación, la cultura. Pero pienso claramente que la comunicación y la televisión son parte de la educación y la cultura. Un chico aprende de lo que le dice una maestra y de lo que ve en la pantalla. Y diría que una pantalla tiene una autoridad. Es como algo oficial: hay mucha gente que autorizó que se vea algo para todos nosotros; son muchos los filtros que pasan los programas para poder estar en el aire, y de repente ves cosas que son una barbaridad. No sólo moral, estética también.
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Con lo cual, no es un tema de recursos. Porque en estos últimos años hay una política generosa de subsidios para producciones audiovisuales...
No, para nada, no me parece un tema de recursos. Me parece que muchas veces hay más plata que buenas ideas. Y me parece que no hay un esquema que reciba, busque o persiga las buenas ideas, lo cual me genera mayor angustia. ¿Se trata realmente de buscar buenas ideas, alguien trata de hacer acá, de verdad, Breaking Bad o Mad Men? ¿Ven ese intento en los esquemas de poder que son ciertas productoras?

Si no lo hacen los privados, ¿deberían hacerlo la TV Pública y otras señales estatales?
Sí, creo que sí. Pero ahí no veo que los intereses de unos atenten contra los de otros. Quiero decir: los gobiernos van a ir cambiando y espectadores de cine seguirá habiendo. Y la ficción genera entusiasmo porque es una necesidad en el ser humano desde las pinturas rupestres: hay algo en relación a capturar el comportamiento de nuestros semejantes que ejerce fascinación desde siempre y que va a seguir así. Sea privada o estatal, no veo un conflicto con que la televisión, además de ser buena, sea comercial: esa es una barrera que no reconozco ni voy a reconocer.

¿Alguna vez filmaste con subsidio oficial?
Tuve la suerte de que lo primero que hice fue Los simuladores y, naturalmente, un proyecto que fue muy exitoso atrae capitales para los siguientes. Entonces, no te puedo hablar como director del problema de conseguir financiación porque, sinceramente, no lo sufrí. Pero cuando otro director habla de lo difícil que es hacer cine, hay que darle micrófono. Yo lo escucho porque se que es tremendamente costoso filmar y me parecen válidos los señalamientos que quieran hacer, pero no los hago porque no los experimento. Al contrario, siento que me proponen muchas más cosas de las que puedo hacer: me veo diciendo que no a un montón de cosas que me atraerían, me dan ganas de producir y filmar más. Más que saber por dónde va el problema, tengo en claro por dónde va la solución: hacer cosas mejores. Y para hacer cosas mejores siento que hay que estudiar mucho, esforzarse y tener el deseo y la ambición de hacerlas. Luego, hacerlas.

¿Por qué genera tanta expectativa tu regreso?
Lo que puedo decir es que amo lo que hago, siempre trato de hacer las cosas lo mejor que puedo, no hago nada por el dinero. Quiero decir: cualquier otra persona en mi lugar, simplemente porque estaba la posibilidad, hubiese seguido haciendo más temporadas de Los simuladores. Pero donde siento que se cerró una etapa, estoy siempre dispuesto a pasar a la siguiente, aún asumiendo los riesgos de que lo próximo no sea tan exitoso. Me parece que eso transmite cierta confianza de que van a ver algo que al que lo hizo le importa mucho. No quiero hablar en detrimento de nadie, pero muchas cosas se hacen porque sí, porque está el hábito de hacerlas, porque está la necesidad económica, porque hay una industria que hay que mantener viva, y no tanto porque alguien tiene una idea que quiere comunicar. Y también me parece que, como espectador, me encanta un cine que le gusta a muchos, que coincide con ellos. Siempre me gustaron las películas que reúnen espectáculo y arte, entretenimiento y una mirada profunda sobre el tema que procesan. Me resulta difícil decir si El Padrino es arte o espectáculo: es flor de espectáculo y una gran obra de arte. Duro de matar también me parece una gran obra de arte cinematográfica... Eso debe establecer vínculos con la gente.

En Cannes dijiste que si los políticos hicieran bien su trabajo, no hubieras tenido que filmar Relatos salvajes...
(Sonríe, nervioso) No, fue un chiste. Quiero decir que obviamente esta película... No... O sea, si te tengo que decir la verdad, es muy compleja. Lo que siento es que los villanos del mundo, para decírtelo de alguna manera, o digamos, los grandes capitales, ya tienen perfectamente dominado lo que llamamos sistema democrático. Son palabras muy lindas, pero mi opinión es que el pueblo no gobierna desde hace muchísimos años. Y cambian los gobiernos, pero realmente no se produce este efecto que nosotros practicamos yendo a votar cada cuatro años: simplemente vamos y elegimos una boleta con un nombre y normalmente no estamos votando ideas. Creo que es bastante así. Y hay un sistema del que no veo a muchas personas en el mundo tratando de salir con convicción, proyectos y planes para plantear una salida del capitalismo. Y no lo hiere al capitalismo que haya un gobierno más de izquierda o menos de izquierda, más populista o menos populista: no cambia el gran mecanismo de extracción que es el capitalismo. Entonces, pienso que ese mecanismo, valores, concepto y modus operandi generan un montón de chisporroteo en la sociedad, incluso distorsionan los vínculos familiares, distorsionan nuestras necesidades y nos hace dedicarle tiempo a cosas que no van en la dirección de lo que queremos lograr o vivir, sino que hacemos lo que tenemos que hacer porque el mundo es así, entre comillas. Entonces, la película se concentra en la gente que vive en esa jaula y no es consciente de su existencia, como le pasa a muchos, y sobre todo a los más jóvenes, que quizás no lo piensan tanto. No es que necesitamos más políticos, sino que necesitamos nuevos próceres que cambien realmente... Como algo más cercano a una revolución que a un gobierno de cierta orientación... Es mi opinión. Te repito, no trataría de llevarlo a una crítica a este Gobierno...

Pero sabés que durante estos años de retiro creativo, la colonia artística atravesó el mismo proceso de polarización política que el resto de la sociedad. ¿Cuál es tu mirada? ¿Creés que eso habla de un vaciamiento de representatividad?
Me parece que la pregunta reduce de una manera muy drástica los conflictos a los que te estás tratando de referir. No pienso que se reduzca a apoyo o no apoyo. Eso no es nada. Me parece que uno opina mucho más desde lo que hace que desde lo que dice frente a un micrófono. Y además –y te pediría que no lo omitas– pienso que todo lo que uno dice frente a un micrófono es distorsionado de una forma descomunal por quien lo desgraba, lo segmenta, lo edita y lo publica. Lo que sí veo, es que tanto de un lado como de otro, en este mundo polarizado al que te referís, se termina yendo en detrimento de la gente que de pronto da una opinión o un parecer. Eso me parece que es una autocrítica que tienen que hacer ustedes, los periodistas, de cómo manejan esa información, de qué intereses defienden y si lo hacen por convicción o porque así se los pide el medio que les paga el sueldo. Veo mucho de eso, tanto del mundo privado como de periodistas que trabajan en sectores de la información apoyados por financiación estatal.

¿Y aún así no te parece que esté bueno que la política haya vuelto a ser tema de conversación?
Sí, claro. Tengo casi 39 años y desde que tengo memoria escucho hablar de la inseguridad como un gran problema. Por supuesto que hay, mucha, y creo que es consecuencia no sólo de este Gobierno. La cantidad de gente que quedó sin trabajo en los ‘90 es descomunal y eso genera inseguridad también. Todas las críticas y los pensamientos me parecen bien, pero me inclinaría por encontrar o que surjan personas que realmente... Eh... Sean capaces de pensar un nuevo sistema donde se termine tomando decisiones mucho más ideológicas... Uf, ¿ves? A medida que me escucho me lo imagino puesto ahí, como título, con algunas otras cosas sueltas... He sufrido mucho eso ya... Mientras más puedan dejar la nota relacionada con la película, el cine y la televisión se los agradezco, porque he visto a mucha gente pasarla mal y pensar ‘¿para qué?’.

¿Te referís a la polémica que se produjo en su momento entre Ricardo Darín y CFK?
Sí, fue justo durante la filmación de esta película. Y Ricardo la pasó pésimo. ¿Sabés lo que son cataratas de tuits puteándote? No lo podés ignorar. Así que, en ese sentido, les pido que me protejan de eso porque no es mi intención relacionarme... En todo caso, lo haría en un programa en vivo, sin interrupciones, donde me quede tranquilo de que lo que estoy diciendo es lo que está llegando, porque he visto muchas veces cosas que no dije... Somos grandes: la edición es todo. Les pido que sean responsables.



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