Cuáles son las cepas que quieren destronar al malbec en el país
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Cuáles son las cepas que quieren destronar al malbec en el país

Aunque la Argentina es sello de calidad en el malbec, hay otras variedades de uvas que, de a poco, comienzan a conquistar los paladares de los amantes del vino. Las opciones que buscan posicionarse en la mesa local.

Por María Paula Bandera 19 de Junio 2017

Blanco o tinto, malbec o cabernet sauvignon, chardonnay o sauvignon blanc. El mundo del vino nunca fue binario, pero el mercado y el gusto de los consumidores tendía a encerrarse en esa lógica.

Sin embargo, en las estanterías de las vinotecas también se lucen nombres poco comunes, como ancellota, cadaloc o fiano. Es que, gracias al número creciente de etiquetas y al mayor conocimiento de los consumidores, la industria vitivinícola nacional apela, cada vez más, a vinos de cepajes poco explorados por estas latitudes.

Vale aclarar que las cepas en sí no se pueden calificar como exóticas o tradicionales, ya que, como dice el refrán, “todo depende del cristal con que se mire”. Así, para un argentino, un vino varietal de verdejo es atípico, en cambio para un español es de lo más clásico. El factor determinante para saber si se trata de una cepa tradicional es la superficie implantada, y la adaptabilidad que presenta al suelo y al clima local.

Un ejemplo clásico es el malbec, que nació en Francia y se convirtió en la cepa más tradicional de la Argentina, pero que, desde hace décadas, viste la camiseta del territorio nacional y juega de visitante en su tierra de origen, donde casi no se cultiva.

 

Recorrido

Ganarse el título de “tradicional” implica, en general, un largo recorrido para una cepa. Varias que hoy se consideran clásicas, como el viognier o el cabernet franc, comenzaron como desconocidas hasta hacerse un nombre.

En ese camino mucho tuvo que ver la bodega Familia Zuccardi, ya que fue pionera en experimentar con este tipo de cepas. Tal era la apuesta que, a fines de los ’90, lanzó Zuccardi Q Tempranillo, el primer vino premium del país elaborado con una variedad no tradicional.

Para los enólogos, trabajar estos cepajes es todo un desafío. “Nunca se puede saber cómo se va a adaptar una variedad y, por ende, si va a dar para alta gama”, explica Laura Sotelo, sommelier y brand ambassador de Zuccardi. “Las cepas en experimentación siempre van a vinos jóvenes y, si dan muy buenos resultados, se llevan a otras líneas”, agrega.

Pero hay otros obstáculos más allá del desconocimiento sobre el de-sempeño que tendrá la cepa. En algunos casos, incluso, hay que importar los plantines, como explica Carlos Muñoz, winemaker de Finca Las Perdices: “Cuando arrancamos con el albariño, en 2008, no había material en los viveros, así que lo trajimos de Europa. Para eso tuvimos que seguir un protocolo especial de Senasa porque un producto vegetal nuevo entra en cuarentena por el peligro de plagas”.

Y el proceso de vinificación no es el único que se complejiza. La comercialización también exige esfuerzos adicionales, ya que, en general, el consumidor va a lo seguro. “Son vinos que la gente no agarra por sí sola. Los primeros años, cuando presentábamos el albariño, nos preguntaban cuál es la variedad, porque ni siquiera la identificaban como cepa”, explica Muñoz.

Por eso, estos vinos se comercializan solo en vinotecas. Por un lado, así lo exigen las partidas limitadas y, por otro, las bodegas saben que, a la hora de venderlos, la atención personalizada es clave. Para el sommelier Juan Casarsa, quien tiene una larga trayectoria en servicio, “los primeros que se animan a probarlos son los clientes que viajan al exterior, porque eligen variedades que no son tradicionales en la Argentina pero sí afuera, como un sangiovese o una garnacha”, señala.

Volver del olvido

El último año aparecieron en el mercado vinos elaborados con cepas de nombres desconocidos, pero bien criollos, como Pedro Giménez.

Esta es la cepa blanca más plantada del país. Y, aunque el nombre suena igual al de la española Pedro Ximenez, no hay que confundirlas, ya que el Instituto Nacional de Vitivinicultura demostró que tienen un ADN diferente.

Su anonimato sorprende al considerar las enormes extensiones de tierra donde se cultiva, pero se explica por el desprestigio. Es que esta cepa siempre se usó para hacer vino de mesa -el famoso tetra brick- y también como base de espumosos de calidad baja y media. Pero, ahora, hay enólogos que trabajan para demostrar que, cuando se la trata bien, puede aportar algo más que volumen y dar buenos vinos.

Ya se ven etiquetas donde se lee clara la expresión varietal. El año pasado, por ejemplo, salieron a la luz Alma Gemela, de Onofri Wines, y Tío Excéntrico, una edición limitada de Bodega Gimenez Riili, ambos elaborados en un 100 por ciento con Pedro Giménez.

Otro caso emblema es el de la criolla. Según diferentes registros, esta cepa, considerada autóctona, data de comienzos del 1900 e ingresó a América de la mano de los españoles. Luego, adoptó diferentes variaciones clónicas en cada región. Así, en la Argentina pasó a conocerse como criolla y en Chile, por ejemplo, se la denominó Uva País.

El año pasado, El Esteco lanzó una Criolla en su línea “Old Vines”, elaborada con vides que superan los 70 años de antigüedad. “Provienen de la Finca Las Mercedes, donde están entremezcladas en parcelas dominadas por parrales de torronés. Por eso, para poder recolectar la criolla, se la señala en forma especial. Son vinificaciones muy exclusivas y de baja escala”, indica Alejandro Pepa, enólogo de Bodega El Esteco.

Otras etiquetas son Cara Sur Criolla, procedente de Barreal, San Juan, y Vía Revolucionaria Criolla, de Mendoza. “Estos vinos demuestran que las variedades típicas argentinas no son solo para vinos de mesa, también pueden dar vinos elegantes y de calidad. Encima está bueno probarlos porque tienen que ver con nuestra identidad”, señala Casarsa.

Del mundo a la Argentina

Hoy es posible recorrer gran parte de las regiones vitivinícolas del mundo con vinos elaborados en la Argentina. En Bodega Santa Julia, por ejemplo, cuentan con un área de experimentación donde se dedican a estudiar cepas no tradicionales. En este momento, hay 30 en análisis y alrededor de 10 en el mercado. “En nuestra línea Innovación ofrecemos variedades de España, Francia e Italia. Buscamos acercarle al consumidor especializado y al curioso vinos diferentes que expresen tipicidad a un precio accesible”, señala Nancy Johnson, embajadora de Marca. Entre los ejemplares de la última cosecha, que está a punto de agotarse, se encuentran verdejo, touriga, arinarnoa, pecorino, albariño, falangina, fiano y graciano.

Claro que hay cepas poco convencionales que viven un verdadero boom. Primero fue el cabernet franc y ahora es el turno de la garnacha, que ya está en boca -y copa- de todos los enófilos. “La garnacha gusta mucho por varias razones. En primer lugar, se consigue en casi todas partes del mundo, así que el que viaja la conoce. Además, es elegante, ligera y fresca, por eso da vinos que están en línea con lo que hoy pide el mercado”, explica Casarsa.

En la Argentina se hizo conocida gracias al trabajo de la bodega Ver Sacrum, que salió al mercado en 2015 con un varietal de garnacha, y también la ofreció en un blend combinada con syrah y monastrell. Ambas etiquetas se agotaron en menos de tres meses, así que para degustarlas habrá que esperar la última cosecha, que estará disponible a partir de junio.

“Tanto la garnacha como el resto de las cepas que trabajamos son variedades típicas del valle del Ródano. Es porque el perfil de vinos que nos gusta tomar a nosotros es bien rodanesco”, señala Eduardo Soler, enólogo de Ver Sacrum.

Por eso, también integra el portfolio otro vino que es típico de Hermitage, en la parte central del valle, un blend de marsanne y roussanne al que llamaron Geisha de Jade. Es un vino complejo, sutil y elegante con gran potencial de guarda.

Otra cepa que hizo ruido el año pasado es la ancellota, oriunda de la zona de Emilia Romagna, en el norte de Italia. En general, no se utiliza como varietal y se prefiere para cortes, ya que tan solo un pequeño porcentaje aporta color, vigor y estructura en boca. Sin embargo, da muy buenos resultados con el tratamiento correcto. Muñoz, de Las Perdices, lo explica: “La ancellota es una uva cargada de taninos, polifenoles y antocianos, por eso necesita de una crianza media a larga para poder expresar todo su potencial”. Así, con un paso de 15 meses en barrica y un año de estiba en botella, en 2016 llegó a las vinotecas Ala Colorada Ancellotta 2013.

También habrá más posibilidades de probar el nebbiolo, una cepa clásica del Piamonte italiano. “Son vinos suaves, de poco color, pero bastante tánicos y con muchísima personalidad”, resume Soler. Ver Sacrum presentará un varietal bajo la etiqueta “La dama del abrigo rojo”, que llegará a las vinotecas en el mes de septiembre.

Y llegarán novedades de la mano del verdejo, la cepa blanca más clásica de la zona de Rueda, España. Zuccardi lo lanzará dentro de la familia Polígonos. “Lo plantamos en San Pablo, una zona alta del Valle de Uco, y el resultado fue excelente”, asegura Sotelo, y cuenta que esta variedad se caracteriza por “su elevada acidez, su capacidad de guarda y su textura grasa en boca”.

Queda claro, entonces, que no hace falta viajar para recorrer las diferentes zonas vitivinícolas. Tan solo alcanza con destapar una botella. 

 

 

La versión original de esta nota fue publicada en el one shot Campo del diario El Cronista Comercial.



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