Carolina Herrera: “Las mujeres podemos tenerlo todo, pero no al mismo tiempo”
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Carolina Herrera: “Las mujeres podemos tenerlo todo, pero no al mismo tiempo”

La diseñadora venezolana, de 73 años, repasa las claves de su éxito en el competitivo mundo de la moda: tener una mirada propia, ser consistente con ella e involucrarse en todas las decisiones de la compañía. Su punto de vista sobre la situación política en su país.

Por Vanessa Friedman, editora de moda de FT 24 de Octubre 2013



En verano, Nueva York tiende a convertirse en una ciudad fantasma, con su área norte desierta en favor de las playas privadas en Los Hamptons o los verdes acres de Connecticut. Además, en verano es raro encontrar a alguien cuyo nombre está grabado encima de una puerta que realmente esté detrás de esa puerta. Excepto, por supuesto, en el mundo de la moda, porque la New York Fashion Week, que se realizó a principios de septiembre, dicta una agenda diferente.

“Oh, yo estoy acá todos los agostos”, ríe la diseñadora Carolina Herrera, quien construyó un negocio de miles de millones de dólares vistiendo a quienes –como Caroline Kennedy, la nueva embajadora de los Estados Unidos en Japón y veraneante asidua en Martha’s Vineyard– sí se van de la ciudad en esta época. “Es el precio de este trabajo. Pero realmente me gusta: una puede ir a cualquier lugar que quiera y no hay que hacer filas en ningún lado”.

CHerrera BloombergCiertamente no hay que hacer hilera cuando nos encontramos en Sant Ambroeus, un café italiano en las refinadas inmediaciones del West Village, la zona de Manhattan con elegantes casas de ladrillos rojos y perales florecientes. Está tan vacío, de hecho, que no puedo dejar de preguntarme porqué estamos aquí. ¿Por qué la diseñadora más asociada con la alta sociedad, cuyas oficinas están no sólo en el centro de la ciudad sino incluso en el corazón del distrito textil de Nueva York, optó por ir hasta el Downtown para almorzar? ¿Qué significa? ¿Es acaso para sumarle un condimento al encuentro (los diseñadores consagrados siempre parecen tratar de sumarle un condimento a sus acciones). ¿Acaso está buscando locaciones para una nueva tienda? ¿Es un intento, al estilo Garbo, por estar sola (Andy Warhol hizo un retrato serigrafiado de Herrera, con un cierto look Evita, en 1979, y desde entonces ella es ampliamente reconocida donde vaya)? “Mi hija Patricia vive a la vuelta”, aclara Herrera, cuando le pregunto. “Venimos acá todo el tiempo. Espero que le guste. Creo que tiene un lindo ambiente familiar”.

La señora Herrera, como es reverencialmente nombrada –tanto en señal de respeto a su edad (73 años) como porque responde al arquetipo de dama chapada a la antigua que parece reclamar ese tipo de tratamiento–, construyó un imperio en base a una cierta actitud: la de querer compartir con otros el brillo exterior de su propio estilo de vida, que es el de alguien adinerado, culto, internacional, discreto... Algo ampliamente personificado por ella misma.

Llega impecablemente vestida con una blusa verde estampada con dalias abstractas en beige y negro (de la colección otoño-invierno), una chalina a tono, pollera negra y perlas en sus orejas. Su cabellera corta y rubia está perfectamente peinada, con un brushing que le despeja el rostro. Es un hecho que siempre está impecable, motivo por el cual fue incluida en múltiples ocasiones en la lista internacional de los mejores vestidos y, en 2011, proclamada por Vanity Fair como una de las mujeres mejor vestidas de todos los tiempos. Ella es su propia y mejor modelo: la mujer que elevó a la entallada camisa blanca y la falda de fiesta en tafeta al estatus de ícono para varias generaciones. Incluso para una editora de moda, como es mi caso, este alto grado de glamour constante puede ser un poco intimidante viniendo de alguien con quien se comparte un almuerzo. No es difícil de entender porqué otras mujeres la miran y piensan: “Quiero un poco de eso”. Ella simplemente capitalizó la respuesta.

Carolina Herrera diseñadora 3No es que ella lo diría de esa manera exactamente, por supuesto. Lo que a Herrera le gusta decirles a quienes, como yo, le preguntan, es: “Sólo hago ropa. Estoy interesada en la belleza y en hacer bellas a las mujeres”. Podría parecer una declaración bastante anodina, especialmente por el hecho de que “sólo” haciendo ropa, Herrera, nacida en Caracas, también se transformó en un símbolo de multitud de tópicos modernos: el empoderamiento femenino (es una mujer que creó su propia compañía a los 41 años), la creciente importancia de América latina como mercado de la moda y el posicionamiento de la figura del diseñador de celebrities y socialités. Pero la cuidada neutralidad de su respuesta también es una de sus características. Dicho de otra manera: aunque se le pidió varias veces que fuera jurado de Project Runway, siempre lo rechazó. “Esos reality shows...”, dice –sacude su cabeza de forma apenas perceptible cuando el mozo comienza a servirle un poco de mi botella de agua con gas, al tiempo que le aclara, con un murmullo, que pidió sin gas– “Mob wifes (N. de E.: Reality show que sigue la vida de un grupo de mujeres de Staten Island tras el encarcelamiento de sus maridos por crímenes relacionados con la mafia) y todos esos programas que tratan sobre uno: ¿quién quiere vivir así? Piense en toda la atención mediática que hubo sobre Kim Kardashian y su peso. Estoy segura de que fue a propósito, para que en algún momento pudiera conseguir un contrato con WeightWatchers”. Pone los ojos en blanco y me pregunta: “¿Sabe cuál es el tema más aburrido del que puede hablar una persona?”. Abro la boca para contestarle y ella me interrumpe: “Se lo voy a decir: ¡De sí misma!”.

Es una manera muy poco auspiciosa de empezar una entrevista donde lo que me interesa es que me hable sobre su persona... Pero Herrera fue criada, como ella dice, “para casarse y tener hijos, para ser culta y discreta”. O, como agrega después, “sé que se supone que una tiene que pensar en sí misma como si fuera una marca hoy en día, pero yo pienso en mí como una persona”.

Luego de ordenar nuestro almuerzo (pasta para ella, salmón tartare y ensalada de alcaucil para mí) decido sacar a colación la política, y particularmente a Nicolás Maduro, el presidente venezolano electo en abril por un margen muy angosto, un tema que me parece bastante impersonal. “¿Votó?”, le pregunto.

“Por supuesto que lo hice”, dice Herrera. “Siempre voto, pero desde Nueva York. Voté por Henrique Capriles. Venezuela necesita un cambio. Si las cosas estuvieran bien, diría... bueno. Pero la economía es un problema. Y el candidato de la oposición (Capriles) era un hombre joven, con nuevas ideas, entonces, ¿por qué no?”. Herrera regresa a Caracas con frecuencia; de hecho, estuvo allí en noviembre pasado para el casamiento de un nieto. Pero, dice, “trato de no hablar sobre la política venezolana porque mi hija y mi nieta viven allá. Es un país maravilloso, pero también puede ser peligroso, y no quiero arriesgar a nadie”. Lo cual cierra, en la práctica, ese tema de conversación.

Sé que se supone que una tiene que pensar en sí misma como si fuera una marca hoy en día, pero yo pienso en mí como una persona

Es Mercedes, su hija mayor, quien vive en Caracas. Tiene dos (Patricia y Carolina Jr.) con su marido actual, Reinaldo Herrera, editor de Proyectos Especiales en Vanity Fair. Las otras dos (Mercedes y Ana Luisa) son de su primer matrimonio con el terrateniente Guillermo Behrens-Tello (se casaron cuando ella tenía 18 y se divorciaron cuando tenía 24). Carolina Jr. trabaja en la compañía, específicamente en el área de fragancias, mientras que Patricia se concentra en la línea ready-to-wear. “Es muy útil tener a los hijos en la compañía: si algo no les gusta, te lo dicen inmediatamente”. De hecho, sus hijas tienen el mérito de haber descontracturado sus colecciones y, así, haberlas vuelto más amigables para sus pares veinteañeras.

Junto a su familia, parte de la aristocracia latinoamericana, Herrera viajó extensamente cuando era niña y adolescente, tanto por Europa como por los Estados Unidos (su padre era oficial de la fuerza aérea y llegó a alcalde de Caracas). Ella y Reinaldo se movieron en círculos internacionales similares. Un día estaba hablando con su amiga Diana Vreeland, entonces editora de Vogue USA, y mencionó que estaba pensando en crear telas. Vreeland le dijo que “esa era una idea muy aburrida y que, en cambio, debería hacer vestidos”, recuerda Herrera. En ese momento, toda su experiencia profesional eran los 6 meses que había trabajado en la boutique de Emilio Pucci en Caracas luego de su divorcio. Pero la idea le quedó dando vueltas y, al poco tiempo, Herrera conoció en un cóctel a Armando de Armas, el dueño de la editorial de revistas más grande de América latina, y él le ofreció convertirse en su socio. Carolina Herrera lanzó su compañía homónima en Nueva York en 1981, y allí están sus headquarters desde entonces. Herrera dice que se considera a sí misma una mujer venezolana pero una diseñadora estadounidense. “Nueva York es la capital de la moda. Si uno tiene éxito aquí, lo tiene en todos lados”.

“Bueno, sí”, digo, mientras llegan nuestros platos, “eso es lo que cantó Frank Sinatra”. Pero, en términos de moda, en verdad, Nueva York no es tan respetada. ¿No ha pensado, a veces, que sería tomada más seriamente como diseñadora si estuviera en Europa? “No sé porqué dicen eso”, responde Herrera. “Es ridículo. Es decir, todos los diseñadores europeos quieren vender acá. Entonces, ¿por qué tendría que ir allá? Me enoja mucho”.

Trato de no hablar sobre la política venezolana porque mi hija y mi nieta viven allá. Es un país maravilloso, pero también puede ser peligroso, y no quiero arriesgar a nadie

Hizo su primer desfile en el neoyorquino Metropolitan Club. “Creí que iba a hacer una colección y listo”, dice, picoteando lánguidamente su pasta. “Pero todos compraron. Y, a partir de entonces, seguimos”. Lanzaron una línea más económica, CH, en 1986; luego, en 1987, el grupo español Puig, con foco en moda y fragancias, lanzó su perfume. En 1995, Puig le compró su participación a Armando de Armas para convertirse en su socio. “Tenemos valores similares”, señala. Actualmente, Carolina Herrera posee 95 tiendas propias en el mundo, y hay otros 400 puntos de venta de su ropa. Vistió a Jacqueline Onassis así como a Laura Bush, e hizo el vestido de bodas para la película Amanecer, la cuarta de la saga Crepúsculo. Dada la preeminencia de Brasil y México como mercados de lujo emergentes y el posicionamiento de Herrera en el mundo hispanohablante, todo haría prever un crecimiento incluso más exponencial. El año pasado desembarcó en 10 países nuevos, incluyendo Bulgaria, Indonesia, Panamá, Paraguay y Uzbekistán. En mayo, fue la invitada de honor en la Singapore Fashion Week a propósito del corte de cintas de su primera tienda en ese país.

carolina herrera espejoAunque fue parte de la primera ola de diseñadores de moda provenientes de la alta sociedad –mujeres cuyo entrenamiento y calificaciones eran resultado, mayoritariamente, de su habilidad para vestirse con distinción y su profundo entendimiento de ese segmento del mercado, como también ha sido el caso de Jacqueline de Ribes y Mary McFadden– es la única cuya empresa sigue en pie. Y no tiene planes de retirarse. “No confundo a la mujer que compra Herrera cambiándole todo de repente en la tienda. Represento glamour y consistencia”, sintetiza. Sin embargo, entiende las suspicacias que despierta el hecho de que alguien ingrese a una industria sin haber pagado el derecho de piso. Cuando lanzó su marca, dice, le contó sus planes a su amigo, el diseñador Halston, quien le dijo: “¿Te volviste loca?”. Quizás sea por eso que lo siente por figuras como Tory Burch, Victoria Beckham y las gemelas Olsen, quienes fueron noticia por ser personalidades que, habiendo alcanzado la fama en otras áreas, incursionaron en la moda. Carolina Herrara conoce los obstáculos a los que se enfrentan. “El problema es que hoy cualquiera es un diseñador. Uno es un cantante o tenista exitoso... ¡también puede ser diseñador! Y no hay nadie que no sepa sobre moda o tenga una opinión al respecto. ¡Incluso mi chofer sabe sobre moda! Pero para realmente tener éxito se necesita tener una cierta mirada. Eso es lo importante, más importante que cualquier cosa que se aprenda en la universidad. Se necesita tener ojo para la proporción, la textura y el color. Motivo por el que me enojo cuando las personas dicen cosas sobre Victoria (Beckham), como que debe tener a alguien que le hace los diseños y demás... Una no puede crear un punto de vista, y ella lo tiene, sin estar realmente involucrada en todas las decisiones”.

Habla desde la experiencia: aunque quizá no dibuje cada vestido ni corte las telas, está profundamente involucrada en su propia marca, desde definir la temporada hasta editar su concepto de comunicación. Pero nunca se ufanaría de que hace todo. De hecho, su consejo para las mujeres es: “Traten de no hacer todo ustedes mismas. Tengan a alguien que maneje la empresa”. Le pregunto si leyó el libro de Sheryl Sandberg (N. de E.: Directora de Operaciones de Facebook, publicó el libro motivacional Lean in: Women, work and the will to lead). Me dice que no, pero que le interesa. Cuando le pregunto si cree, como postula, que las mujeres pueden tenerlo todo, dice que sí “pero no al mismo tiempo”. Sin embargo, replico, ella se las arregló para tener una familia y una empresa casi al mismo tiempo. Me aclara que sus hijas estaban en el colegio a turno completo cuando comenzó y, en ese momento, el mundo de la moda era mucho más manejable. “¿Podría haber hecho las dos cosas ahora?”, se pregunta. “No sé. Quizás no”. Dice que su marido la apoyó mucho. Cuando le pregunto si él ayudaba en la casa, comienza a reírse. “Oh, no”, contesta, pero agrega que igualmente no lo hubiera aceptado: “Creo que es divertido que la mujer se haga cargo de la casa”. Entonces, la mayor contribución del señor Herrera, más allá del apoyo emocional, fue “llevar a las chicas de vacaciones en verano para que yo pudiera trabajar en la semana de la moda de otoño-invierno”. Queda claro que, así como no está interesada en ser una activista de la política venezolana, tampoco pretende ser una vocera del feminismo. Lo que no quiere decir que no se tome seriamente sus responsabilidades como modelo a imitar. Cuando alguien de una mesa cercana se acerca y le pregunta si es la diseñadora, Herrera sonríe y le estrecha la mano. “¿Pasa seguido?”. Admite que sí. “Estoy encantada. Significa que estoy haciendo bien algo”.

Podrán gustarle los fans, pero odia el backstage de los desfiles, donde los diseñadores son acosados por periodistas preguntándoles el sentido de la colección y editores diciéndoles que son genios mientras les tiran besitos al aire. “Cuál es tu inspiración es la peor pregunta en el mundo. Y todas esas personas diciéndote cosas lindas... Reinaldo siempre me dice: ‘¿Qué van a decirte? ¿Que lo odian?’. Tienen que decir algo. Pero eso no significa que una se lo crea”.

Es el momento de pedir la cuenta. El mozo sonríe: “Ya está cubierta”. Está claramente orgulloso: el restaurante está siendo generoso con su invitada estrella de la moda. “Pero no saben la regla de esta nota: FT siempre paga”, le explico. El manager se acerca, estrecha la mano de Herrera y me dice que el departamento de comunicaciones corporativas del restaurante dejó en claro que corría por su cuenta. “¡Ella necesita pagar! Es de un diario”, dice Herrera, regañándolo. El encargado finalmente se rinde y se aleja. Ella se ríe: “¡Qué problema! No quieren que pague. Usualmente llega la cuenta y, de repente todos, están en el baño”. Ella está bromeando, o algo así... Porque las dos sabemos que, sin importar cuán discreto se sea, al final, de una manera u otra, todos pagamos la cuenta.

 



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