Carlos Regazzoni: “Quiero que me quieran. No que me entiendan”
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Carlos Regazzoni: “Quiero que me quieran. No que me entiendan”

Le vendió obras a Madonna, Fortabat y Maradona. Mano a mano con el chatarrero que tiene un castillo en Francia.  Por Andrea del Rio 21 de Diciembre 2015

Artista ferroviario. Conchabado en un enjambre de galpones abandonados entre la villa de Retiro y la Recoleta for export. Hace esculturas con hierros viejos. Un Fangio, un Perón, un Principito o un Don Quijote, por encargo de funcionarios encumbrados o de las fuerzas vivas de un poblado del interior. Un dinosaurio de 40 toneladas, una mega oveja merino y hormigas dignas de un apocalipsis nuclear, comisionados por una petrolera, una sociedad rural o una empresa de carteles en vía pública. También le compraron obras celebridades de Hollywood, un obispo de Lourdes, Madonna, jeques árabes, Diego Maradona y la plana mayor de los coleccionistas argentinos de paladar negro (Fortabat, Otero-Monsegur, Cambiaso, et al). Pero nada –18 años de profesión, una exhaustiva labor de archivo para rastrear las notas previas, el binge-watching de su programa de cocina al pie de los rieles, la observación detenida de las efigies con su firma desperdigadas por la ciudad– es suficiente cuando llega la hora de conversar con el chatarrero que tiene un castillo en Francia.

¿De verdad me vas a sacar en la tapa? ¡Te van a echar a la m****a!

¿Qué estás cocinando, tan temprano? Son las 11 de la mañana...

Empanadas de avestruz y sopa.

¿Y de dónde sacaste el avestruz?

La cacé en Balcarce. Voy cuatro veces al año, maomenos. Jabalí también cazo.

¿Con escopeta?

Sí, con escopeta y revólver (Se inclina sobre esta cronista y baja la voz). Es muy peligroso.

¿Vas con amigos?

No, solo. Este es el diente de uno (Muestra el que lleva al cuello, como amuleto).

Tremendo bicho.

Tiene dos así. Y te mata si te agarra. Yo tengo una abertura acá (Se toca la barriga). Las tripas afuera tenía esa vez...

¿Cómo hiciste para no desangrarte?

El destino.

¿Quién te enseñó a cazar?

Aprendí, como aprendiste vos a hacer lo que hacés. Empecé cazando para comer, porque tenía hambre. Después, para vender. He llegado a cazarlos con el cuchillo también. Jodido.

¿En esa época ya habías empezado con el arte?

Tengo 71 años y hace 50 que cazo. Con el arte empecé a los 19. Fui a la secundaria un año y medio: largué porque no tenía sentido para mí. Y me casé muy joven. Tuve 7 hijos. El último nació hace un año. Se fueron dando las cosas así. La vida.

Me dicen que tuviste una breve pero buena experiencia como emprendedor de joven...

Sí, vendía querosene por la calle, con un carro y un caballo. Ahí por los barrios pobres de Glew, Guernica, Longchamps, donde fue candidato mi hijo (NdE: Carlos, médico, fue postulante a la intendencia de Almirante Brown por Cambiemos y, al cierre de esta edición, había sido confirmado por el presidente Mauricio Macri como titular del PAMI, tras haberse desempeñado como subsecretario de Gestión Económica y Financiera y de Administración de Recursos del Ministerio de Educación porteño). Las vueltas de la vida...

Eran años peliagudos también para el país, ¿no?

Sí, años jodidos, los años de los milicos. Con (Raúl) Alfonsín tendría 36 años y vi el desastre que estaban haciendo los japoneses en las vías del ferrocarril Roca, que estaban transformando en eléctrico. Vivía a 50 metros de los rieles y me levanté una madrugada, como a las tres. Los tipos laburaban toda la noche. Vi semejante dantesco episodio, las máquinas... Parecía que les salía fuego por la boca. Había luces de colores mientras ellos levantaban los rieles y ponían nuevos. Ahí pensé: “Tengo que pintar este espectáculo”. Y así empecé con el arte ferroviario.

Y largaste el negocio, porque para esa época ya tenías una estación de servicio.

Bueno, era una estación en un campo, tampoco te creas... Me la sacaron, la perdí. Soy mal comerciante. No puedo vender nada. No puedo encarar nada que sea comercial. Además, me di cuenta de que, con la pintura, nadie me jodía: tenía mi universo, volaba todo lo que podía y nadie me decía nada. Empecé a ganar premios y me fui armando un taller. Hasta que descubrí estos galpones y me metí de prepo. Ahora tengo como 10.

Siempre hay polémica sobre tu presencia en los galpones de Retiro. ¿Te metiste o te los dieron?

Fue con Alfonsín que me metí, en el ‘84. Estaba exponiendo en el Centro Cultural Recoleta: un día me quedé a dormir en el primer piso y no me bajé más. Yo, donde voy, copo todo: enseguida pongo una cocina y un catre. Entonces, el director me trató tan mal que agarré un semiremolque, metí todos los cuadros y me escapé. Dije: “Voy a tirar todo al Riachuelo y el arte se va a la m****a”. De repente, venía por (Avenida del) Libertador y veo galpones, galpones, galpones. La vía rápida no existía. Y dije: “Pará un cachito”. Porque todo eso lo estaban vaciando, habían despedido a muchos empleados y había una convulsión interna muy grande con los ferrocarriles. Me metí y pregunté por el jefe de la estación de carga. Me hizo pasar a la oficina y le pedí prestado un galpón por 10 días. El tipo me mostró una llave y me contó que me había visto en una nota que me habían hecho en el diario Crónica. “Vos sos de los nuestros”, me dijo. Y no me fui más. Trabajaba de noche. Y aprovechaba que, cuando los tipos dormían, yo estaba vivo. Prendía la luz y me armaba otro galpón. Igual, ni lo veían. Alguno, capaz, te decía: “Che, hace unos años no tenías tanto espacio...”. Ahora vivo en un vagón, Claudia (NdE: Su mujer y madre de su hijo más pequeño) tiene su propio camarote. Y después te muestro el que es social, donde tenemos cocina, living y microcine.

¿Y en 30 años nunca te vinieron a desalojar?

De todas las administraciones, la que peor me hizo fue la de (Florencio) Randazzo (NdE: Exministro del Interior y Transporte del kirchnerismo).

¿Qué pasó?

Son todos trepadores, son boluditos de La Cámpora, ineptos, analfabetos. Voltearon un cartel y me rompieron las esculturas de la puerta para hacer la bajada de la autopista. Sí, siempre los de abajo son los que no saben nada. Vino el ingeniero de obra, vio “una montaña de hierro” y correte. Les estoy haciendo un juicio. Es la única vez que me trataron mal. En general, Ferrocarriles Argentinos fue todo lo contrario: al principio me dieron este lugar y, de alguna manera, me apoyaron después. Hice muchas exposiciones para ellos en las estaciones de Retiro, Constitución, Bahía Blanca, Neuquén. ¡Viajé por todo el país en tren!

Y mientras tanto, tuviste 7 hijos...

Sí, el mayor es Carlos, con 46. También están Pablo, que es teniente coronel e ingeniero militar, Bárbara –que es pastelera y maneja el bodegón– y Grisel, la ‘malacara’, que tiene un carácter... Esos son de mi primera mujer, que falleció. Después están Valentín y Lorenzo, que nacieron en Francia y tienen unos 13 años (sic): ellos hacen salto a caballo y rugby. Y después viene Dante, de un año.

¿Es muy diferente ser padre a esta edad?

En realidad, se es padre una vez, no dos veces. Pero yo tengo esa capacidad de ser padre muchas (Guiña el ojo, con picardía).

Tenés un hijo médico y otro militar. Como que cumpliste el sueño que tenía, en una época, cierta clase media con aspiraciones.

Mis hijos son mis hijos, no mis esclavos.

¿Los ves seguido, te llevás bien?

Ellos vienen a comer. Yo no salgo. Lo mío es laburo, laburo, laburo. Igual, hay que preguntarle a ellos: la mochila que tienen conmigo es muy grande

¿Por qué?

Soy un tipo jodido, complicado.

¿Jodido o con personalidad? Es diferente.

Bueno, ponele (Se mira las uñas, frunce el ceño y hace un largo silencio).

Carlos, charlame...

No voy a hablar de mí. Pero algunas cosas te puedo decir... Soy justiciero. Muy, extremadamente, sensible. Autodestrucción. Todo el tiempo hago cosas en contra mío. Peleador. Como dijo una vez un amigo poeta, que ya murió: “Carlos Regazzoni: flaco, anarco, turro y cagador. Cuando hay que serlo”.

¿Qué te dispara el afán justiciero?

El abuso de poder de los ignorantes. La forma en que le roban a los pobres. La inoperancia de los jefes que no saben y actúan. Los que le roban a la Nación. Mi madre comía con Ricardo Rojas, el escritor, y con Hipólito Yrigoyen, el que fue presidente, por mi abuelo, que era un viejo dirigente radical de provincia. Ella dice que escuchaba que Rojas, el autor de El santo de la espada, decía: “De día, la Argentina muere porque todos le roban. Y de noche, como todos duermen, vuelve a nacer”. Ya en el año ‘30 decía eso. Imaginate.

¿Te parece que sigue siendo válido?

Absolutamente. Y en estos años más, con la corrupción que hay...

¿Te interesa la política?

Yo soy político, si entendemos que es el arte de lo posible. Mi pintura es política. El hecho de pintar ferrocarriles me inscribe en la acción política, porque no pinto cosas no comprometidas, como flores, jarrones, culitos...

¿Eso te trajo problemas?

Siempre. Me han robado hasta el apellido algunos intendentes que me encargaron esculturas. Hay una raza de inútiles y proxenetas a los que no se les cae una lenteja. En cambio, yo tengo ideas para hacer dulce todos los días. Como no son ellos los inventores de esas cosas maravillosas, les da bronca y me atacan. Además, les cobro. Y cuando me ven con el fajo de guita, les da más bronca todavía y se genera una relación de porquería (Se pone de pie, repentinamente, y va hacia las cacerolas que crepitan al fuego).

¿Cocinás todos los días?

Cocino hace 50 años. Primero, porque me gusta comer bien. Y segundo, porque me gusta hacer la comida para todos: hijos, nietos, mi mujer, amigos.

¡Vivís como si fuera un domingo todos los días!

O un lunes... Porque hago lo que se me canta. Por eso te decía que juego todo el tiempo en contra mío. Me destruyo todo el tiempo.

¿Sacaste solo esa conclusión o alguna vez hiciste terapia?

Noooooooo, los boludos hacen análisis.

Con algunas obras públicas te fue bien...

Sí, en Balcarce y en Esquel. ¿Dónde aprendiste tanto de mí? (Sonríe)

¿Te gusta que los políticos te compren obras?

Ahora me declararon Personalidad Destacada de la Cultura en la ciudad... Me dieron un diploma. Plata no, seguro.

¿Te hace bien ese reconocimiento?

Bué, no sé si eso es reconocimiento...

Dicen que los artistas, en el fondo, buscan que la gente los quiera.

Eso sí, todo el tiempo. Lo que quiero es que me quieran, no que me entiendan. Lógico.

¿Quién negocia cuánto te pagan?

Yo les digo... Primero les miro el iris. Después, les miro el bulto. La billetera, ¿no? El precio de la obra de arte es relativo. Lo más interesante es que te digan: “Hacé esto para tal lugar”. Eso es fantástico. Cuando son obras afuera, me voy con la casa rodante, las herramientas y los ayudantes.

¿De dónde sacás los materiales?

Busco y me dan. Sé dónde están los nidos en donde está escondido lo robado. Hay una cosa que no hago: comprar.

¿Trabajás todos los días?

Sí. Cuatro y media estoy en pie. Medio litro de café caliente y amargo, con pan. Ahí repaso algunas notas que hice.

¿Dibujás primero?

No, el dibujo, para mí, es una obra en sí misma. Con respecto a la escultura, me manejo con el espacio. Yo la siento antes de que esté hecha. Después, solo me queda construirla.

¿Por dónde empezás?

Por el lado más difícil.

¿Que viene a ser...?

Depende la escultura.

¿Pero buscás imágenes de referencia o te inspirás en el momento?

No, de la nada nadie crea, empecemos por ahí. Ya lo dijo Platón (sic): la botella, si la hago visible, la disminuyo al 50 por ciento. Es como en el amor: en cuanto agarrás una mina, se disminuyó todo. El hombre no sabe nada del amor...

¿Por eso reincidís?

Si me dieran a elegir, sería mujer. Para ver cómo es el quilombo.

¿Tuviste algún período de soltería o te gusta estar en pareja?

Las cosas surgieron porque surgieron. Mi primera mujer murió. La segunda, la encontré. Después estuve solo. Y hace un rato se vino Claudia.

Con ella conducís Vía Regazzoni, tu programa de televisión (NdE: Metro, también disponible en YouTube) al que definís como “performance culinaria ferroviaria”. ¿De quién fue la idea?

Mía. Es un éxito. Cuando la gente sale a comer, es maltratada, nunca les dan las cosas tratando de servirlos, siempre como un acto intrascendente. Quería mostrar que acá, en el Bodegón El Gato Viejo, no es así. Además, hacemos comidas exóticas. ¿Dónde comés una milanesa de avestruz? Acá. ¿Dónde comés un lomo de jabalí? Acá. ¿Y empanadas de conejo? Acá. Y eso es lo que hacen los ferroviarios, no es cosa mía. Lo aprendí cuando salía con ellos, en la zorra: a los 40 ó 50 kilómetros la tiraban a un costado de las vías, prendían un fuego y uno salía con la escopeta a ver si encontraba algún bicho. Dos liebres, ponele. Las cortaban, vino tinto, vino blanco, perejil y te hacían un tuco... ¡Faaaaaá! El otro hervía papa y hacía los ñoquis. ¡Mamma mía! Armé el bodegón para hacer eso. En la tele es distinto: le doy un toque histórico, cultural, porque hablo de otros artistas y muestro arquitectura. Y mi hija hace postres ferroviarios. Un popurrí.

En los programas, siempre te preocupa que a Claudia le gusten tus platos. ¿Cocinás por amor?

Nah... El hombre no se enamora, apenas hace cosas para que la mujer se enamore.

Y el hombre que decide ser artista, ¿con qué enamora, entonces?

Hasta con la manera de tomar mate y escupir (ríe a carcajadas).

¿Tuviste linda relación con tus padres?

Fueron extraordinarios. Sentí que me amaban. Venimos de una familia en donde los padres se ocupaban de los hijos (Interrumpe para hablar con su ayudante: “¿Cómo va la sopa? Tapala, que así se evapora”).

¿Te parece que hablemos de tus años en Francia?

Fui por 8 horas y volví después de 14 años (Se encoje de hombros, con fastidio).

¿Querés que hablemos de otra cosa?

No, pero es que no sabía lo que iba a pasar. Fui porque mi película (NdE: El hábitat del Gato Viejo, del cineasta Franck Joseph) había ganado un premio en el Festival de Vendôme, en el ‘91, y un amigo me dijo: “Acá todo el mundo te quiere conocer”. A la semana, llegué. Y me hice conocido enseguida porque me robé un galpón igual a este, donde empecé a vivir y trabajar. Y me quedé.

Te fue bien, porque te compraste un castillo en La Borgoña...

¿Sabés lo que laburé? Todo roto quedé de la epopeya francesa. Estuve tres meses sin bañarme, así nomás te lo digo. Laburaba, laburaba y me dormía envuelto en una manta, mientras afuera nevaba. Pero me fue muy bien y empecé a vender por todos lados. Todos los viernes hacía 6 corderos al asador. Les cobraba 50 euros la entrada y comida, venían los tipos y alguna escultura se llevaban. Así me compré el castillo y un Mercedes-Benz. Allá la gente tiene otra disposición: sos artista y valés lo mismo que un abogado y un carnicero. Igual. No menos, como acá, que dicen que los artistas son drogadictos.

¿Y por qué volviste?

Porque es mi patria. Y quiero educar al soberano (Abre la computadora y muestra imágenes de su época en Francia). Esto es en la embajada argentina, esta es una exposición que hice en el castillo de un amigo, esos son 500 ángeles que colgué en París...

¿Tenés un registro de tus obras?

(Molesto por la interrupción). ¡Nooo! Te estoy mostrando, nomás. ¡Qué voy a tener registro! No preguntés boludeces... Ya está la sopa. ¿Vas a comer?

***

Lo que hay en Regazzonilandia: barro, baches y chatarra; tiempo suspendido, penumbra y haces de sol colándose entre las chapas agujereadas del techo; ollas en permanente ebullición, gallinas amigables como perritos falderos y una mesa comunitaria con restos del desayuno y anticipos del almuerzo; un viejo televisor de tubo sincronizado con cámaras de seguridad fuera de foco, una soldadora castigada y sartenes hace tiempo amortizadas; varios vinos descorchados, varias botellas de cerveza ajusticiadas, varios vasos con huellas de dedos y labios superpuestas; paquetes de cigarrillos –cerrados, abiertos, abollados–, puchos a medio fumar y encendedores fluorescentes; lapiceras mordisqueadas, celulares huérfanos y cuadernos con los espirales estirados; un ayudante de cocina, un asistente de taller, un artesano que oficia de social media manager, una esposa exmodelo, un bebé que araña el año, un par de amigos empresarios que lo asesoran con las cuentas y los contratos entre tinto y tinto compartido a cualquier hora de cada día de todos los que pasan por allí; 7 galpones-atelieres ferroviarios que balconean sobre la Avenida del Libertador, tres vagones-vivienda con vista a las vías del ramal Mitre, la carcasa de un coche presidencial; una galería de arte para talentos emergentes, una sala teatral alternativa y un bodegón con menú ferroviario.

***

Dice Claudia Terceiro: “Esta es nuestra casa. En un vagón tenemos el living, comedor y cocina. Después está el baño social y el lavadero. Y enseguida los camarotes. ¿No es divino mi vestidor? Y tengo baño en suite en mi cuarto. Con Carlos dormimos separados porque ronca, se sienta en la cama sonámbulo o pone la radio sin sintonizar. ¡Ojo, que esto tiene calefacción eléctrica central! Acá vivís en el medio del campo en pleno Recoleta. Imaginate lo que es para mí estar acá. Primero, vivía con mis padres en Belgrano. Después estuve 10 años casada con un fotógrafo de moda. Cuando me separé, también vivía normal, en un departamento. Esto es toda una experiencia. Carlos es muy especial: todo lo que ves lo hizo él, reciclado. Este era un vagón correo de los años ‘40, creo que iba a Tucumán. ¿Si salimos? No, él no sale. A veces va a comer a Banchero, porque le encanta la pizza de ahí, a algún bodegón, al bar de un amigo o al campo. Por eso es tan puro como artista: no se deja contaminar con nada. Está aislado, porque así se desconecta del caos para crear. Le preguntan si puede dar clases, y él dice: ‘El arte no se enseña. Sí se aprende, pero no se enseña’. Te muestra que, para ser un artista, tenés que tener algo nuevo, que no tiene que ver ni con lo lindo ni con lo feo. La belleza es otra historia. Carlos es un bohemio: le das a elegir entre un cinco estrellas y un catre, y ahí se tira. Tampoco se mira al espejo. Y siempre se pone la misma ropa. Nació para irritar. Prueba todo el tiempo al otro, como los chicos. Es muy difícil encontrar una personalidad tan segura. Es muy auténtico. Como artista, no se limita en nada. Como persona, a veces es muy brusco cuando te dice algo, pero es muy buena persona, madre y padre al mismo tiempo, contenedor, siempre pendiente de lo que necesitás. Te diría que es un ser atemporal. Y que, como artista, lo van a entender dentro de 10 años”.

Dice Guillermo de Luque: “Lo conozco hace 15 años, pero hace unos meses que estoy trabajando acá porque necesitaba a alguien que le manejara la página de Internet y Facebook. ¡Tiene 200 mil visitas por mes! Soy artesano, músico y pintor. Y, aunque gano menos que si me fuera a hacer la temporada a Bariloche, vengo porque me gusta laburar con el tipo. Tiene un carácter muy especial pero, si lo sabés llevar, aprendés, porque todo te lo dice en la cara. Lo admiro: podría disfrutar más, viajar a Francia donde tiene un castillo, pero elige estar acá, laburando, dándole una oportunidad a un tipo común, cocinando para las visitas... Es un genio. Su obra me gusta, pero más me fascina su cabeza”.

Dice Carlos González: “Laburar con Carlos es intenso, hay que correr. Yo era mozo de barra en distintos restaurantes hasta que me invitó a ser su ayudante de cocina. Acá viene mucha gente a cenar los fines de semana, pero el tema más desafiante es interpretar lo que él quiere, sus recetas, su locura, porque te pide 20 cosas al mismo tiempo. Hay platos que probó en Europa y los quiere adaptar. Pero todo sin sal. Así que tenés que hacerlo rico sí o sí”.

Dice Mariano Correa: “Lo conozco desde cuando fue a Balcarce para hacerle un monumento a Fangio. Y hace un año me vine a vivir acá, como su asistente de taller. Soy metalúrgico, tornero y orfebre, pero trabajo en esto nada más porque Carlos te consume. Es de muy buen corazón, aunque hay que buscarle la vuelta: si lo confrontás, te lleva puesto. Mi mujer me quiere matar. Yo creo que es una oportunidad muy rara que se me dio, fuera de lo convencional”.

Dice Guillermo Menéndez: “Somos íntimos amigos desde hace 30 años. Además, soy su manager. Nos conocimos en Café París, en Lomas de Zamora. Me hizo sentar a la mesa y me dio un dibujo: ‘Te pinto como te veo el alma. No hago retratos’. Hasta el día de hoy, soy cómplice de todo su despelote. El día a día es intenso: Carlos tiene mucha energía, es una máquina de crear, tiene genialidades que a veces son inalcanzables, vive en un caos universal, es cósmico todo lo que hace. Que sea mi amigo es lo mejor que me puede pasar en la vida. Eso es intocable. Tenemos un enamoramiento. ¡Hasta han pensado que éramos pareja! Vengo todos los días porque le manejo lo administrativo. En una oportunidad, me había comprado un BMW y lo dejé acá estacionado, para ir al Microcentro. Cuando volví, vi algo raro... ¡Me lo había pintado! Me quería matar, pero me dijo: ‘No te hagas problema. Ahora te lo firmo y te comprás cinco’. Así vivimos todos los días: haciendo historia. Lo conocí sin un mango y lleno de guita: no cambió nunca”.

Dice Eric Kunath: “Soy su amigo y apoderado. La primera vez que entré acá y lo vi pintar, aguanté 10 minutos y me fui a sentar afuera. ¡Me cansaba verlo trabajar! Una vez le pregunté por qué no es más conocido. Y me respondió: ‘No trabajo ni para mí, ni para vos. No sé si para tus hijos. Pero en la época de tus nietos, van a saber quién soy’. Es mucho más importante el artista que el personaje, pero acá lo entienden al revés. Y es una lástima”.

***

Si la Argentina es la tierra de las grietas y los contrastes, Regazzonilandia es el costurón desprolijo, a la que te criaste, que tironea uno y otro extremo. Si no para que se unan, al menos para que la herida deje de sangrar.

Allá, las villas 31 y 31 Bis de Retiro, donde unas 40 mil personas convierten a ese predio de 15,5 hectáreas en uno de los barrios –aunque informal e ilegal– más dinámicos de la ciudad. Acá, el corazón más chic de Recoleta, con sus restaurantes bajo recova, sus hoteles cinco estrellas, sus galerías de arte de exportación, su patio de compras VIP, sus penthouses con vista al Uruguay. Y, en el medio, el artista chatarrero que tiene un castillo en Fontaine-Française, en el distrito borgoñés de Dijon...

“Si llegás a ver lo que Carlos tiene en Francia, te morís. Tiene muchas más obras que acá: creemos que 100 mil esculturas. Pensá que, además, estimamos que hay unos 5 mil acrílicos en todo el predio. ¡Y todavía no relevamos sus retratos y paisajes! Porque la gente no lo sabe, pero Rega también pinta”. Menéndez, su representante, fue testigo de primera mano de la era de esplendor en Europa. Y cuenta cómo el chubutense se convirtió en dueño de un château: “Al principio nos metimos en una estación abandonada. La copamos. Ahí era el atelier y restaurante. Igual, pagábamos todos los impuestos. En un momento, proyectaron hacer un microestadio. Así que nos sentamos a negociar. Allá hay muchos castillos a precio casi de remate, porque hay un hongo que les va comiendo la madera y se derrumban, entonces te los podés comprar por 100 mil euros. Y, si los reformás respetando su arquitectura, el gobierno francés te devuelve el 50 por ciento de lo que invertiste. Entonces, con la indemnización de la estación, compramos un castillo grande, de 149 habitaciones, donde Carlos dejó todo lo que hizo en sus casi 15 años allá. Porque, cuando le sacaron el atelier, fue como que le metieran una daga y le atravesaran el cuerpo. Por eso se volvió. Pero ya le dije: le guste o no, vamos a armar un museo allá”.

***

¡Ahora vas a comer mejillones a la provenzal!

¿Y vos no probás nada?

Ya comí. Tomá, acá hay papas fritas. ¡Tirales un poco de queso rallado encima!

Bueno, Carlos. Pero mirá que tenemos que seguir conversando...

(Claramente hastiado, señala la computadora) Mirá esta foto de Carlitos cuando era chico. Miralo ahora a Dante. ¡Son iguales!

¿Admirás a tu hijo mayor?

¡¡¡Vamos Carlitos!!! El que no lo votó es un b****o. Hasta chino habla y escribe. Como 7 idiomas tiene. Un día llegué a mi casa de Longchamps y había dos gansos hablando con Carlitos. Gansos, gansos. Va a ser presidente: desde ese día sostengo lo mismo. (Sigue pasando fotos en la computadora). Ese es mi castillo. ¿Querés ir?

La próxima vez que vaya a Francia, te aviso.

Pero hay que pagar peaje, eh (Ríe a carcajadas).



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2 Comentarios

Alonso Quijano Reportar Responder

Un asco de persona

Claudio Monchietti Reportar Responder

Un pelotudo importante

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