Benjamín Vicuña:
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Benjamín Vicuña: "No tomo decisiones por el dinero"

El actor chileno protagoniza Entre caníbales, la miniserie dirigida por Juan José Campanella. Su rol como empresario cultural. Qué piensa de la situación de Chile.  Por Alejandra Canosa 23 de Julio 2015

 

Me encanta encontrar proyectos que tengan alto grado de resonancia, de trascendencia... Sentir que son útiles, que cumplen una misión, más allá de ser una historia bien contada. Cuando elijo un buen proyecto, siento que mi trabajo como actor no se evapora”. Tan categórico como comprometido se expresa –vive y trabaja– el actor chileno Benjamín Vicuña en un alto de las grabaciones de Entre caníbales, la miniserie dirigida por Juan José Campanella que protagoniza junto a Natalia Oreiro y Joaquín Furriel (Telefé). El reloj marca las 13.15 y, si bien sabe que en menos de una hora retoma las grabaciones, nada modifica su sonrisa encantadora ni el brillo de sus ojos en cada instancia del diálogo con Clase Ejecutiva, sencillamente porque en él prima el respeto como marca de fábrica.

Embajador de Unicef desde 2008, Vicuña tomó contacto con el crudo día a día en Haití, África y la Franja de Gaza. En materia de ficción, su compromiso social está igual de presente: su actual personaje en la tira del prime time, Agustín Larralde, es un subsecretario de Políticas Sociales que, por sus actitudes y valores, podría ser considerado un héroe... ¿Acaso también un ingenuo o un mártir? “Es un personaje que llega para darle luz a la historia y a las trastiendas de la política: cree en el poder de la gente, en que es posible ayudar desde el servicio público. Y en ese recorrido conoce a Ariana (NdR: Natalia Oreiro), quien viene con una misión personal: la venganza. A medida que avanza la historia, se enamoran. Y es maravilloso ver la transición de esa pareja donde ella, siendo una mujer mutilada sexualmente, que ya no cree en nada, empieza poco a poco a tener fe en la vida, en el amor. En el programa se habla de femicidio, y tratar un tema tan delicado es una responsabilidad tremenda para todos. Pero tenemos un guión muy sólido y el respaldo absoluto de un gran director, como Juan José Campanella, quien más allá de la complejidad de la historia también acentúa el costado humano y entrañable de cada uno de los personajes”.

Tanto en la telenovela Farsantes (El Trece, 2013) como en las películas Fuera de carta y Muñeca (ambas estrenadas en 2008), Vicuña interpretó personajes que contribuyeron a la visibilidad del colectivo gay. Y, fiel a su elección de roles jugados, hoy también se lo puede ver en la serie Sitiados (Fox+ Latinoamérica) como antagonista del actor colombiano Andrés Parra (NdR: Saltó a la fama con su papel como Pablo Escobar en El patrón del mal), donde se aborda un hecho ocurrido en Chile en tiempos de la Conquista: “Está ambientada entre 1590 y principios del 1600, e interpreto a un capitán del Ejército español. La historia habla del encuentro entre los nativos y los españoles... Hace tiempo que Chile está intentando tener políticas de compensación y yo, particularmente, siento un gran respeto por los habitantes originarios... Fue un afano lo que se hizo con ellos”.

Ese vocablo tan lunfardo, tan rioplantense, es una de las señales de que el corazón del actor trasandino, en pareja hace 10 años con la modelo Carolina Pampita Ardohain –con quien tuvo cuatro hijos: Blanca (fallecida en 2012), Bautista, Beltrán y Benicio– late a ambos lados de la Cordillera. También lo demuestra su pasión futbolística: allá es hincha del Colo Colo, acá simpatiza con Boca.

Empresario cultural

Vicuña, nacido en 1978, se crió en el seno de una familia tradicional, sin ningún vínculo con el mundo artístico. Como no tenía referentes en la escuela ni en el hogar, su búsqueda “abarcó un recorrido más largo”, define. Así recaló en el teatro independiente, donde conoció a su colega Gonzalo Valenzuela, con quien debutó en la televisión chilena y forjó tal vínculo de amistad que, posteriormente junto con el arquitecto Cristóbal Vial, se convirtieron en socios en un emprendimiento de producción de contenidos y espectáculos que es polo de la vanguardia en cultura audiovisual en su país.

Hace una década inauguró el Centro Mori, en Santiago de Chile. ¿Ya le tomó el gustito a su rol empresario?

Estamos muy contentos. El proyecto arrancó como una salita de teatro para compañías jóvenes, para alentar la dramaturgia local. Y se fue instalando. Hoy, tenemos cinco salas funcionando. Y estamos felices, no sólo por generar empleo y tener un espacio cultural sino, porque sedujimos a nuevos espectadores. Estrenamos Le Prenom, Toc toc y El crédito, propuestas de teatro que fueron fenómenos en la Argentina, pero con elenco chileno.

¿Gestionar su productora la garantiza la libertad de concretar proyectos que quizás no tendrían financiamiento mainstream?

El proyecto nació como un centro cultural con la misión, concretamente, de darle una mano a los artistas y dramaturgos jóvenes, devolviéndole a ese mundillo, de alguna manera, algo de lo que viví cuando empecé en el teatro independiente. Fue creciendo mucho porque hemos trabajado en la formación de equipos. Hoy trabajan allí cerca de 60 personas, incluidos periodistas, técnicos y comerciales.

¿Cómo administra su tiempo cuando, como ahora, tiene varios protagónicos como actor?

Siempre tuve claro que es importante mantener el equilibrio entre el mundo privado y el público. Actualmente, el actor se lleva gran parte de mi día. Pero el Centro Mori tiene su autonomía. Aunque, por supuesto, lo superviso constantemente.

¿Se lleva bien con las finanzas?

¡No me llevo! Precisamente porque no es un tema al que le dé prioridad. El dinero es un medio que te da la posibilidad de cumplir algunos sueños, como cuando produje en la Argentina la obra La celebración, con 25 actores. En ese sentido, sí, se valora, pero no es algo a lo que le preste demasiada atención. El dinero es pasajero y no está entre mis prioridades tener que tomar decisiones por y para el dinero, o que mi estilo de vida esté condicionado por eso.

En La celebración, que produjo y protagonizó a ambos lados de la Cordillera, puso el foco en el abuso sexual infantil, otro tema de agenda pública internacional...

Sí, me empapé mucho de lo nefasto de los abusos sexuales contra los niños, que se vincula con lo que tapa, esconde y miente la sociedad. Muchas personas se acercaban al camarín después de las funciones y me contaban sus dramas, las violaciones que habían sufrido, y que ver la obra les había gatillado la cabeza... Ahí descubrí una gran misión.

De hecho, la temática reaparece en la película El bosque de Karadima, que estrenó recientemente en su país, donde se plantea la vinculación de la Iglesia católica con ese delito. Un tema que la sociedad chilena quizás no se habría animado a debatir cuando usted comenzó a actuar...

Al gran encubridor del caso Karadima, Juan Barros, lo designaron obispo de Osorno. Fue una orden enviada desde el Vaticano que causó indignación total. Y Chile dijo basta. La película habla tanto del abuso de poder como del abuso sexual dentro de la Iglesia, un tema incómodo y doloroso. Se consiguió el tan anhelado debate social. Chile cambió, y el público se hizo eco de todo lo que está sucediendo en la coyuntura política. Hay un estado de indignación por hechos de corrupción y de profunda injusticia... Y la película hace que el ciudadano sea parte y no tenga miedo.

Eleva su voz ante los temas de actualidad chilena. ¿Por qué no hace lo mismo sobre la coyuntura argentina, sea como artista o como ciudadano?

Prefiero no hacerlo porque siento que no tengo autoridad: voy y vengo, entro y salgo. La Argentina es un país que quiero, con el que gozo y sufro.

Alguien avisa: “¡En 5 al set!”. Y Vicuña se despide con un anticipo, que quizás suene a aclaración: “En septiembre se estrena B-Aires, mi primer película en la Argentina, un policial donde también aparece el tema del narcotráfico”. 



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