Así es el proceso creativo de Eduardo Sacheri, el ganador del premio Alfaguara
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Así es el proceso creativo de Eduardo Sacheri, el ganador del premio Alfaguara

El día a día de un hombre que escribe porque "le ordena la cabeza". Por Déborah de Urieta 21 de Junio 2016

Eduardo Sacheri se declara “ateo” en política, pero no por su desinterés o incredulidad en la materia, sino por su falta de fanatismo. Tampoco le gusta dar su opinión al respecto, porque considera que no merece ser reproducida en los medios: prefiere guardarlas para un asado con amigos. Y es que él es escritor, y de ficciones, por lo que su postura al respecto es equivalente a la de cualquier ciudadano de a pie. O al menos así lo ve él.

Luego de ganar el premio Alfaguara de Novela por La noche de la Usina, que tuvo como disparador la imagen de una bóveda subterránea en medio del campo, el autor de La pregunta de sus ojos, en la que se basó la segunda película argentina ganadora del Oscar, habló con Apertura.com sobre su última obra, su vida como docente y sobre cómo, de alguna manera, la famosa “grieta” también lo toca de cerca, entre otros temas.

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¿Por qué escribís?

Porque me ordena la cabeza. Me hace bien, me hace más feliz.

¿Cómo es trabajar de escritor?

En mi caso, es dedicarle muchas horas por día a estar en “situación de”. Me refiero a estar en un bar o en mi casa, en el bolichito que tengo en la terraza, con la computadora “dispuesto a”. En ese “dispuesto a” te podés encontrar con un día de mucho divague; me meto en Internet, contesto correos y pelotudeo en Twitter. O días provechosos, donde decís “ah, se me ocurrió esto que va a funcionar”.

¿Cómo te das cuenta que una idea puede disparar un libro o merece ser escrita?

Soy menos entusiasta con lo que se me va ocurriendo. Se me ocurre algo y digo: “Vamos a ver si mañana y pasado, cuando lo vuelva a pensar, sigue resistiendo la demolición de mi autocrítica”. Si la resiste, estará lo suficientemente bueno o tendré la suficiente necesidad de escribirlo, más allá de lo bueno o malo que pueda resultar. Evidentemente es lo suficientemente significativo como para que mi cabeza recurra y vuelva sobre esto. Esta es como la prueba.

¿En qué te inspirás? ¿Cómo surgen las ideas?

Es una mezcla. En general, es una imagen que se me ocurre, que viene cargada de cierta fuerza para mí, y después empiezo a construir alrededor de eso otras cosas que le dan sentido.

En La noche de la Usina, ¿cuál fue?

El pueblo O’Connor y a algunos personajes los había creado para otra novela, Aráoz y la verdad. Me habían gustado y me había propuesto volver alguna vez. Pero puntualmente el motor para decir “esto arranca acá” fue la imagen de una bóveda subterránea perdida en medio del campo.

¿Se puede vivir de la escritura?

En este momento de mi vida, sí. Entre los libros y el cine, vale aclarar, porque con los libros solos, no. Somos pocos y los que lo somos, lo somos a lo mejor en algún momento. Hace seis o siete años te hubiera dicho que no. Y a lo mejor, si me lo preguntás dentro de tres te vuelva a decir que no.

¿Tenés una rutina o método para escribir?

En general, cuando se trata de novelas, tardo muchos meses en empezar a escribirlas. Hasta ese momento son cuadritos, flechitas y globitos, como cuando uno toma apuntes en la facultad.

La noche de la Usina, ¿cuánto te llevó?

Dos años. Pero de esos dos años, uno se me fue en flechitas y cuadritos. Después empecé a escribir concretamente. Hay gente que escribe todo el tiempo. Yo necesito tener todo el esquema en la cabeza antes de empezar.

¿Necesitás que te pongan una fecha límite desde la editorial para sentarte a escribir?

No. En este caso tuve que apurarme porque lo presentaba a un concurso. Pero no suelo combinar con la editorial una fecha ni comprometo libros que no he escrito. Primero escribo y después busco quién lo publique. Eso me da más libertad.

No necesitás trabajar bajo presión…

Prefiero que no, porque tengo miedo de que salga mal.

¿Qué no puede faltar en tus historias?

Eso. Contar una historia. Esa cosa tan básica que pasa con un chico cuando le decís “te voy a contar un cuento”. Y esa disposición hasta física de tensión de “quiero que me cuenten”. Eso es lo que intento lograr en mis libros.

¿Y cómo te das cuenta de que lo estás logrando? ¿Le pedís a alguien que la lea?

A mí mismo. Creo que uno es su primer lector y uno cuando escribe intenta responder a la exigencia de uno mismo como lector.

¿Pensás en los lectores potenciales?

No, porque sino creo que te paralizás. Después vas a una feria del libro y te encontrás con un auditorio lleno de gente que te lee. Y hay mujeres y hombres, heterosexuales y homosexuales, chicos y viejos. ¿Para quién escribís? Quiero decir, es muy difícil. La única solución que encuentro es seguir escribiendo para mí mismo, en la esperanza de que otros lectores sientan que eso que yo escribo les signifique algo y tengan ganas de volverme a leer.

¿Cómo te diste cuenta de que esto era lo tuyo?

Creo que es una de las cosas de mi vida, no la única. Ser profesor de historia también es algo mío. Me gusta tener más de un objetivo profesional en la vida y no abandonar el otro. Escribir surgió cuando tenía veintitantos años, en el ‘96. En esa primera etapa fueron cuentos, no novelas. Y escribir cuentos me acomodaba la cabeza. Mi mujer y mis amigos empezaron a leerlos y me convencieron de que los mandara a Radio Continental a un programa que se llamaba Todo con afecto, donde su conductor, Alejandro Apo, leía cuentos de fútbol. Dejé en la recepción de la radio tres cuentos y los empezó a leer y la gente empezó a llamar; ya no eran mi mujer y mis amigos, sino “¡Uh, mirá! Hay otra gente que no me conoce y no me debe nada, pero que disfruta esto”. Fue algo muy gradual.

 

Autor y docente

¿Qué creés que te aportará un premio como el Alfaguara de novela?

Te da visibilidad, sobre todo fuera de tu país. Por suerte en la Argentina creo que me va muy bien con los libros, pero en mercados como España, México o Colombia puede permitir que en esa multitud de libros que pueblan las librerías, de repente, un poco más de lectores más digan: “Ah, compremos este, en lugar de cualquier otro, ya que ganó el Alfaguara, leámoslo”. Es una gran oportunidad.

¿Y que tus libros hayan inspirado películas?

También, pero son como sucesivas oleadas de posibilidad. El hecho de que El secreto de sus ojos haya tenido tanto éxito, y haya ganado un Oscar, fue un gran envión. Pero es un envión que tiene un tiempo. Después eso se agota, naturalmente.

Cómo hacés después de tener un éxito tan grande a la hora de escribir el siguiente libro, ¿sentís mayor presión que antes?

No lo vivo así. Si uno tiene claro para qué hace lo que hace y que no hay un secreto “equis” que te conduzca a un éxito. Si se produce el éxito, a lo mejor hay un trabajo bien hecho pero aparte, hay un montón de azares que no dependen de vos. Como no podés reproducir esos azares, uno se tiene que conformar con hacer un buen trabajo la próxima vez. Si se dan otras casualidades y a ése libro le va bien, genial y buenísimo. Pero si no, corrés el riesgo de convertirte en un amargado, porque ¿Hay mucha chance de que otra película basada en un libro mío gane un Oscar? Y…son muy pocas. Casi inexistentes. Entonces, si uno se pone esa vara está casi condenado a la infelicidad.

¿Sos de los que prefieren el libro o la película?

Me gusta ir de uno a otro; ver versiones cinematográficas de libros que he leído, y a la inversa. Son experiencias distintas. La lectura es más íntima, más prolongada, más personal. Sí me gusta que haya como una cierta identidad compartida. Y cuando no la encuentro, me siento defraudado.

¿Por qué elegiste seguir dando clases en escuelas secundarias y no en la universidad?

Me pareció más útil porque ahí está el problema. No significa que no sea súper importante el estudio universitario, pero me parece que el incendio está sobre todo en la escuela secundaria.

¿Te cambió en algo dar clases después de volverte “conocido”?

Te cambia la primera clase. Porque cuando anotás tu nombre en el pizarrón y decís que sos el de Historia, muchos pibes van a decir “sí, ya sé”. Y antes no. Pero cuando cerraste la puerta y decís: “bueno, vamos a ver esto y aquello”, por suerte, lo que pasa, es lo que pasa ahí adentro. Es uno de los grandes misterios de la educación: lo que pasa adentro del aula. Para bien y para mal. Entonces, si logro construir un vínculo afectivo e intelectual con mis alumnos, van a aprender historia y, si no lo logro, por más que sea conocido no va a servir de nada.

 

Más allá de la realidad inmediata

La noche de la Usina habla de una bóveda enterrada con dinero, ¿temés que asocien tu libro con las denuncias por corrupción que trascendieron en los últimos tiempos?

Este libro lo terminé en diciembre. Todavía no se hablaba de Lázaro Báez en términos de bóvedas escondidas. Si no, no podés escribir de nada. Sí puedo aclarar es que jamás tengo la menor pretensión de servirme de la realidad inmediata para mis libros, porque me parece que es muy peligroso atar tu creación a lo coyuntural.

¿Por qué?

Porque pasado lo coyuntural pierde sustento.

¿Y por qué situaste la novela a partir de la crisis del 2001?

Porque pasaron suficientes años para poder elaborarlo íntimamente. No puedo escribir o no me sale involucrar el presente político y social en mis historias. Necesito cierta distancia. Y había una necesidad hasta policial de meter en medio de una crisis una estafa. Porque en la inestabilidad propia de las crisis es muy factible que pasen esas cosas. En las crisis hay gente que se perjudica, pero también hay gente que se beneficia. Me gustaba jugar con eso de uno de los pocos que se beneficiaron en medio de la malaria en general. Y ése es un poco el disparador.

Esa crisis, ¿te marcó?

No tanto como mis personajes, que sufren mucho más que yo. Me quedaron los pocos mangos que tenía metidos en el banco, como le pasó a todo el mundo que tenía un mango, porque había gente que no tenía un peso. Y sí, en esa época era profesor a tiempo completo en la universidad y en escuelas, y tenía la incertidumbre de dónde ubico los patacones, qué va a pasar mañana y cómo voy a criar a mis hijos en este contexto.

¿Qué pensás de los intelectuales y artistas que se expresan políticamente?

Me parece bien si sentís la necesidad de expresarlo, que lo puedas hacer. Sinceramente no considero que mis opiniones políticas sean importantes. O sea, yo escribo y escribo ficción. Lo que pienso sobre política, lo pienso como un ciudadano particular. No creo que mi opinión merezca ser reproducida por los medios. Eso no significa que esté con mis amigos y no hable de política. Pero entre otros motivos porque mis amigos son de la facu, estudiamos Historia juntos y prescindimos de los fanatismos, que es una clave esencial para poder hablar de lo que sea. Mucho más de política.

¿Notaste mayor fanatismo en los últimos tiempos?

Los últimos años se pusieron bastantes fanáticos, entre kirchneristas y antikirchneristas, y la verdad que para participar en discusiones religiosas, prefiero no hacerlo.

¿Te afectó la “grieta”?

Me afectó en el sentido de que hay que tener en cuenta con quién estás dialogando, sobre todo para evitar quedar en un debate que te parece inconducente. Tengo muy en cuenta qué decir para evitar que le hagan lecturas determinadas.

¿Y en lo personal?

No, pero porque tomo la precaución de saber que son cuestiones religiosas. Si vas a tomarte la política como una cuestión de religión, te lo respetaré, pero tendré la precaución de no ofenderte con mi ateísmo.

 



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