Alice Greenwald, directora del museo del 11-S: “El mundo no es un lugar bonito. Y no podemos ser neutrales”
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Alice Greenwald, directora del museo del 11-S: “El mundo no es un lugar bonito. Y no podemos ser neutrales”

Dirige el museo neoyorquino que rinde tributo a las víctimas del peor atentado terrorista sufrido por los Estados Unidos dentro de sus fronteras. En exclusiva, revela cómo lograron combinar los conceptos de memoria y política, contando la historia sin juicios partidarios.  Por María Paula Zacharías 25 de Septiembre 2015

 


En el lugar mismo de los hechos, en el hueco profundo que dejaron los rascacielos derribados, se puede visitar, desde mayo de 2014, el National September 11 Memorial & Museum, que cuenta la historia del 11-S, el ataque terrorista contra las Torres Gemelas, en la Nueva York de 2001, que cambió el rumbo del siglo XXI. Ya pasaron por allí 3 millones de personas, que se suman a los 21 millones de visitantes del monumento conmemorativo inaugurado en 2011. “Este museo no va a prevenir el terrorismo, pero su respuesta constructiva frente al mal lo define”, resumió Alice Greenwald, su directora, quien disertó en El Museo Reimaginado, el encuentro de especialistas de América celebrado a principios de septiembre en Buenos Aires.

Uno de los hallazgos del planteo del 911 Memorial –como se lo denomina en los Estados Unidos– es que cuenta los hechos a través de artefactos de escala monumental (restos de los edificios, fragmentos de escaleras mecánicas, autobombas casi irreconocibles) pero también de historias narradas en primera persona a través de tecnología multimedia. Así, evoca a las cerca de 3 mil víctimas fatales, pero también a los rescatistas y al resto de la sociedad estadounidense que acusó el impacto más allá de la distancia geográfica con la Gran Manzana. El memorial propiamente dicho son dos piletas con cascadas de agua y efectos de luz. Por su parte, el museo es un edificio de cristal y acero –diseñado por el estudio de arquitectura noruego Snøhetta– que costó u$s 700 millones y se recorre en forma descendente.

Son 7 subsuelos contenidos entre dos símbolos: en el ingreso, un par de tridentes de acero que formaban parte de la fachada de las Torres; y, al fondo, en el último subsuelo, las ruinas de lo que fueran los basamentos del World Trade Center. Desde su inauguración, el complejo continúa ampliando su colección de relatos y objetos relacionados con el 11-S, un acervo que ya atesora 23 mil imágenes, 12.500 elementos, 580 horas de video, 2.100 documentos y 1.990 registros orales. Organizar todo ese material llevó 8 años de trabajo. Ese fue el gran desafío que encaró Greenwald, quien anteriormente había trabajado en otros espacios de memoria, como el Museo del Holocausto de Washington y el de Historia Judía de Filadelfia. Su libro, The stories they tell: Artifacts from the National September 11 Memorial Museum, fue citado por The New York Times como uno de los mejores sobre esa ciudad publicados en 2013.

¿Cómo resolvieron el desafío de convertir la memoria en material de museo?

Fue todo un reto. Cada decisión que tomamos tuvimos que pensarla desde la perspectiva de cómo sería vista por los familiares de las víctimas y por los sobrevivientes... Constantemente hubo una serie de lentes a través de los que tuvimos que mirar cada decisión con los arquitectos pero también con los diseñadores de las exhibiciones, para pensar qué incluir y qué no. Cada aspecto fue seguido muy de cerca y con cuidado, porque es un tema muy sensible. Hubo personas que quedaron atrapadas en los pisos superiores de las Torres después del impacto y tuvieron que hacer una elección imposible: ¿quedarse en el edificio y arder hasta morir o a saltar 90 pisos? Uno no puede siquiera imaginar cómo fue eso... Sabemos que entre 50 y 100 personas se arrojaron al vacío. ¡Una ya hubiera sido demasiado! Pero eso es parte de la historia del 11-S y lo tenemos que contar. Entonces, ¿cómo hacerlo de manera apropiada, sensible y que no sea irrespetuosa con las víctimas ni con los visitantes? Probamos muchas maneras, y ninguna funcionaba. Había gente en el equipo que decía: “Es documentación y hay que usarla”. Pero no podíamos mostrar imágenes en movimiento y que la gente quedara saltando en loop, una y otra vez... Tampoco podían estar las imágenes copiadas en papel y enmarcadas en la pared, porque no podía darse margen a que se pensara que eran obras de arte. Finalmente, nuestro diseñador planteó que simplemente proyectáramos una imagen fija en un panel y que el visitante tuviera que mirar hacia arriba para verla. Después, la pregunta que se nos planteó fue: ¿una foto es suficiente? Terminamos usando cinco, porque no queríamos dar la idea equivocada de que fue una sola persona la que saltó. Desde luego, cuidamos que no pudieran ser reconocibles... Nos impusimos muchas reglas y nos llevó muchos ensayos encontrar una manera correcta de hacer las cosas. Es sólo un ejemplo de cómo fue cada decisión. En el área conmemorativa, donde recordamos a las víctimas, elegimos hacer foco en sus vidas y no en sus muertes. Invitamos a los familiares a grabar sus recuerdos en audio, y nos contaron historias maravillosas. Pero incluso eso fue difícil porque queríamos estar seguros de que eran las correctas. Fue un proceso tan cuidadoso como deliberativo y colaborativo.

Todavía no transcurrió una generación desde el atentado. ¿Influye el factor tiempo en el planteo?

El 11-S está fresco: todos recuerdan qué estaban haciendo cuando ocurrió el atentado. Pero también ya hay preadolescentes en la escuela que no tienen memoria directa del hecho. Y por eso el museo es muy necesario: tienen que enfrentarse a este capítulo porque ellos están heredando un mundo que ha sido definido por ese evento. La misión del 911 Memorial es recordar y honrar a las víctimas. Además, reconocer el heroísmo y el coraje de quienes prestaron auxilio, incluidos los cientos de trabajadores que estuvieron trabajando en los escombros y que ahora están enfermos por haber inhalado polvo tóxico. Sea en lo personal, lo social o lo político, esto no ha terminado. Por eso es un lugar para encontrarse, ver lo que pasó y empezar a pensar qué pasará después.

¿Un museo de la memoria es un instrumento de reconciliación, necesariamente?

Pienso que está en cada uno construir el mundo en el que quiere vivir. Se trata de reconocer nuestra propia capacidad y nuestro potencial, de hacer cosas grandes o pequeñas, pero moviéndonos en la dirección correcta. No quiero sonar naif ni, como decimos nosotros, pollyannaish (NdE: Vocablo coloquial que alude a alguien excesivamente, incluso absurdamente optimista. Se deriva del candoroso personaje principal de la novela Pollyanna, de Eleanor H. Porter, publicada en 1913). El mundo no es un lugar bonito. Vivimos en un planeta interdependiente, y ahora mismo vemos las consecuencias: si mirás atrás está el 11-S, Al-Qaeda, Iraq, luego la metástasis de Al-Qaeda en Isis que está creando una nueva situación de caos y de ahí surge ahora la crisis de los refugiados, en Hungría, Turquía, Libia... No podemos ser neutrales. Nos enteramos al instante de todo por televisión o iPhone. No podemos decir que no podemos hacer nada. O, si lo decimos, tengamos en cuenta que es para nuestro propio riesgo, porque un día esos podríamos ser nosotros.

¿Se habla en ese espacio de las decisiones de política internacional de los Estados Unidos?

Sí, hablamos de eso. Pero no hacemos juicios: contamos la Historia. Así, hablamos de la incursión en Afganistán después del 11-S, del terrorismo y de Iraq, porque eso viene del atentado a las Torres Gemelas, cuyas consecuencias continúan. Todo pertenece al mundo en que vivimos. Y todo el mundo es responsable. Volvemos a la actual crisis de los refugiados: ¿de quién es la responsabilidad? ¿Respondés como ser humano o como nación cuidando tus fronteras? ¿Desde qué parte de nuestra naturaleza respondemos: de modo egoísta o generoso? Al final, tenemos que tomar esas decisiones. Por eso, para mí, el museo es muy específico respecto a lo que pasó el 11-S. No somos un museo de terrorismo, sino de un terrorífico incidente que marcó una bisagra en la historia del mundo. Ese es el propósito: contar dónde vivimos y quiénes somos. Y hacer pensar. No vamos a decirte qué significa el 11-S: eso depende de vos.

¿Considera que un museo puede sanar una herida abierta en la sociedad?

Si pensamos en los mensajes clave que la gente se lleva tras su experiencia en el museo, lo primero es que los hechos son indefendibles. El mundo cambió radicalmente, se ha achicado, y eso nos exige decidir cómo vamos a compartirlo. El otro mensaje es que contamos lo que sucedió, pero no lo que significa. El 911 Memorial no está buscando la promoción de los valores de la libertad, no es su misión. Sí estamos para testimoniar lo que pasó, porque sin ello no podemos empezar a entender, y sin entender no podemos ser constructivos. El mensaje que queremos que los visitantes se lleven es que en el 11-S –y en los días posteriores– se vio lo peor de la naturaleza humana, una catástrofe que no tenía nada que ver con el acto de Dios que los perpetradores querían que fuera. Lo peor de lo que somos capaces como seres humanos sucedió ese día. Pero también fue una demostración de lo que es absolutamente mejor en nuestra naturaleza. Incluimos una historia maravillosa de un joven que trabajaba en programación de computadoras junto a un amigo cuadripléjico. Él no bajó las escaleras para escapar, sino que se quedó a su lado y, juntos, esperaron en el séptimo piso hasta que llegó un bombero y decidieron bajarlo, aunque se quedaban sin respiración. El bombero llamó a su novia, que estaba viendo por televisión cómo ya había caído una de las Torres y, pese a sus pedidos, le dijo: “Este es mi trabajo. Esto es lo que yo soy”. O el testimonio de una psiquiatra que veía que a los trabajadores que buscaban restos humanos entre los escombros se les derretían los zapatos por el calor de los incendios y decidió ir a darles masajes en los pies... ¡Y se quedó 9 meses colaborando! Entonces, está el 11-S, pero también el 12-S y los días posteriores, que también son importantes. Hemos diseñado cajas de pañuelos descartables estratégicamente distribuidas para que estén siempre al alcance del público. Sinceramente, no creo que se pueda recorrer este museo sin llorar al menos una vez.

¿Qué simbolismos encierra la decisión de que el edificio sea subterráneo, lo mismo que un búnker o una tumba?

Es muy simbólico, es cierto. Pero la razón fue puramente práctica: cada vez que el Gobierno de los Estados Unidos da dinero federal para una reconstrucción, el predio pasa a formar parte del Programa Nacional de Preservación Histórica. Entonces, como los pedazos que quedaron en pie, incluidos los basamentos, quedaron incluidos en esa ley de preservación, pensamos que debíamos tenerlos a la vista y darles un significado de cara al visitante. Por eso, los 7 pisos del museo se recorren hacia abajo, hasta llegar a los 20 metros bajo tierra, donde está la base de las Torres. Así, a partir de una razón puramente práctica, los arquitectos lo transformaron en una experiencia emocional: no bajás rápido en un ascensor, sino que vas caminando por una rampa levemente inclinada y, mientras recorrés el museo, vas llegando más y más abajo. Y eso es importante porque en el World Trade Center todo era una cuestión de escala: allí todo era enorme, gigantesco... Y ahora no te das cuenta de eso, a menos que vayas recorriendo el espacio vacío que dejó el atentado. Es una experiencia progresiva, y también tiene tiene algo de ceremonia de procesión, donde todo se va haciendo cada vez más oscuro. Cuando salís, encontrás la luz del memorial, lo cual es una narrativa muy conveniente. Mucha gente viene aquí a recordar a sus muertos, porque no se pudieron encontrar los restos del 40 por ciento de las víctimas.



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