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Al límite: cómo correr 100 km y no morir en el intento

En un duelo contra el cuerpo y la mente, un periodista de Clase pasó de trotar por la ciudad a participar de una de las carreras de aventura más duras del país. La crónica, metro a metro, de una experiencia inspiradora en la Patagonia. Por Manuel Torino 30 de Abril 2015





Paso a paso. Como un mantra, la célebre frase de Mostaza Merlo resuena en mi cabeza, mientras me arrastro pendiente arriba en el ataque final a un cerro de 1.830 metros en Villa La Angostura. Una capa de ceniza volcánica, todavía omnipresente en esta región de la Patagonia argentina, me cubre hasta los tobillos y parece contagiar a mis gemelos que, agarrotados, hace rato se niegan a responder. Sin embargo, a los pies de la Cordillera de los Andes, con 50 kilómetros corridos y con la misma cantidad por delante para terminar una de las carreras de aventura más duras del país, uno no puede elegir. Sencillamente, aprende a lidiar con el cansancio. A convivir con el dolor.

La verdadera elección –impulsiva, temeraria, pero consciente– la hice cinco meses antes, en el momento en el que decidí anotarme en una carrera de montaña de 100 kilómetros sin antes haber participado siquiera de una caminata solidaria de 5K en Buenos Aires. Sucedió allá por septiembre cuando, tras una extenuante vuelta de 1,6 kilómetros al Rosedal, con mi novia, una mezcla de enamoramiento y orgullo me hizo asentir sin dejar de mirarla a los ojos cuando me preguntó: “¿Querés hacer una carrera de montaña conmigo?”.

Ese lapso de insensatez y un nuevo par de zapatillas bastaron para que, de la noche a la mañana, me convirtiera en corredor. En un espécimen más de la expansiva fauna del running porteño, aunque con un objetivo considerable: ponerme a punto para intentar completar la cuarta edición de El Origen 100K que organiza TMX Team. La prueba, de tres días de duración, está entre las más exigentes dentro del calendario local de trail runnning, modalidad que consiste en correr fuera de pista, es decir, por senderos de montaña, con despiadadas trepadas y abruptas bajadas.

Durante los meses de entrenamiento, cuando mis amigos me preguntaban cómo era posible que yo –un deportista casi sedentario, de fútbol 7 los fines de semana y algún ocasional trote apurado por la llegada del verano– de pronto pudiera correr tanto, siempre proponía la misma analogía: la peregrinación a Luján. “Si una profesora de catequesis o un hincha bocón pueden caminar 60 kilómetros desde Liniers hasta la Basílica para cumplir una promesa, cómo yo, con el entrenamiento adecuado, no voy a poder correr 100”, repetía a quien dudara de la viabilidad del desafío.

No quiero decir que correr sea una cuestión de fe. Lejos estoy de ser uno de esos predicadores del running y la vida saludable. Pero, como runner converso, estoy convencido de que cubrir distancias largas tiene mucho de voluntad. De querer llegar a un destino. De creer que se puede alcanzar un objetivo.

“Si una profesora de catequesis o un hincha bocón pueden caminar 60 kilómetros desde Liniers hasta la Basílica para cumplir una promesa, cómo yo, con el entrenamiento adecuado, no voy a poder correr 100”

Volvamos a la Patagonia. Tras casi cuatro horas de ascenso, alcanzamos la cumbre del cerro Dormilón. Apenas tengo unos minutos para sacarle una foto con la retina a la imperial vista del Nahuel Huapi y a los picos que marcan el límite fronterizo con Chile. La falta de aire en la cima me recuerda a aquella advertencia que los corredores experimentados me habían hecho la noche anterior, durante la charla técnica en el campamento base: “Subir, sube cualquiera; el problema es bajar”.

Quien haya marcado la ruta de descenso, seguro no sufre de vértigo. Para darme ánimo, me felicito por cómo hice la mochila. Se necesita la pericia de un artesano y el ingenio de un jugador de Tetris para armar bien una backpack de trail. Porque a 1.800 metros, y con una maratón y media encima, cada gramo que se lleva en la espalda cuenta. La organización exige que cada participante cargue con una veintena de ítems obligatorios, entre ellos, casco, linterna frontal, calzas largas, buzo polar, anteojos de sol, gasas, sales rehidratantes, desinfectante, calmantes y hasta una manta de supervivencia. Suena exagerado, pero lo cierto es que, en las carreras de aventura, el clima manda. El año pasado en El Cruce, la prueba de aventura más masiva del país, cientos de corredores mal equipados debieron abandonar, algunos con principios de hipotermia, vencidos por una persistente tormenta de aguanieve.

Al principio, la bajada no parece ser un calvario permanente como fue la subida. Ayudados por las misma arenilla volcánica que nos liquidó en el ascenso, nos deslizamos cual esquiadores haciendo zigzag por un bosque de lengas. Cubrimos en pocos minutos lo que nos costó sudor y lágrimas subir. En el raid de descenso superamos incluso a una decena de parejas competidoras, lo que despierta en mí una sensación parecida a la felicidad por primera vez en los 70 kilómetros de carrera que marca mi GPS.

Una hora más tarde, sin embargo, los cuádriceps –junto a unos músculos de la parte anterior de las piernas que en mis 33 años no había tenido la necesidad de utilizar– empiezan a latir hasta que el ardor se vuelve insoportable. Aprovecho el parate para engullir uno de los geles de rehidratación: los hay de distintas marcas y sabores, pero nadie aún encontró la fórmula para hacerlos medianamente ricos. Mientras, mi novia toma agua de deshielo que había cargado en el camel-back de la mochila. A esta altura, vale una advertencia: este tipo de experiencias no sólo ponen a prueba el físico sino también a la pareja. En nuestro caso, su preferencia dromedaria frente a mis geles regeneradores fue una de las pocas diferencias que tuvimos en 72 horas de convivencia al límite. Tras casi 3 mil metros acumulados de desnivel, la carrera vuelve a bajar a los lagos. Costeamos el brazo Machete del Nahuel Huapi, unos 15 kilómetros en dirección al campamento, que se levanta borroso en el horizonte, como un oasis. Repaso mentalmente los desniveles del recorrido y pienso que lo más duro ya pasó.

Simplemente, en ese momento, durante esa tarde límpida de febrero, siento que haber viajado hasta la Patagonia a correr 100 kilómetros tiene todo el sentido del mundo.

Pero la montaña me vuelve a mostrar que estoy equivocado. El ansiado trote en el llano se vuelve una batalla contra la mente, ya no contra el cuerpo, que se arrastra instintivamente hacia la meta. Mis pensamientos se ensombrecen a cada metro, aunque mantengo un límite: nunca me cuestiono por qué corro. Simplemente, en ese momento, durante esa tarde límpida de febrero, siento que haber viajado hasta la Patagonia a correr 100 kilómetros tiene todo el sentido del mundo.

Después de una cena rica en hidratos esenciales para recuperar las reservas de glucógeno (léase, una fuente rebosantes de fideos con salsa) y unas mucho menos abundantes horas de sueño, amanecemos al alba para encarar el tercer y último día de El Origen. Mecánicamente, rearmo mi mochila y me calzo las zapatillas de trail, no sin antes untarme los pies en vaselina (correr largas distancias requiere cantidades obscenas de vaselina). Apenas bajo los dos escalones para salir de la cabaña, se me inmovilizan las piernas del dolor otra vez. Parece literalmente imposible correr los 28,4 kilómetros finales por el trazado que va dentro del Parque Nacional Los Arrayanes. Camino a la largada, vuelvo a pensar en aquello de que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Debajo de un arco inflable erguido en la playa de la Bahía Brava, los más de 300 corredores elongan sin rastros de cansancio. El riff contagioso de “Thunderstruck”, de AC/DC, levanta la temperatura de la mañana patagónica. Estalla la cuenta regresiva. Tomo a mi novia de la mano y nos mezclamos en la multitud. Comienzo a repiquetear en el lugar, igual que hacía antes de esos partidos importantes. Como una descarga, la voluntad me vuelve al cuerpo. “Sólo se trata de correr”, me digo. Y avanzo.

 



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