Bill Gates:
Lifestyle

Bill Gates: "La tecnología no salvará al mundo"

Pese a lo que creen Mark Zuckerberg y el resto de Silicon Valley, Internet no hará nada por los pobres del planeta porque la conectividad no es un bien social en sí mismo: ese es el credo del otrora magnate techie, reconvertido en filántropo 24x7

Por Richard Waters (Financial Times) 26 de Noviembre 2013

 


Bill Gates se define como un tecnócrata. Pero no cree que la tecnología vaya a salvar al mundo. O, para ser más precisos, no cree que pueda resolver la maraña de problemas arraigados y entrelazados que afligen a los más vulnerables: la propagación de enfermedades en el mundo en desarrollo, y la pobreza, la falta de oportunidades y la desesperanza que engendran. “Sin dudas que amo la IT –señala–. Pero, si queremos mejorar las vidas, tenemos que abordar cosas más elementales, como la supervivencia y nutrición de los niños”.

Por estos días parece que cada magnate de la costa oeste estadounidense tiene una idea sobre cómo la tecnología puede mejorar al mundo. Una parte central en este nuevo consenso es que Internet es la fuerza inevitable en los avances sociales y económicos, que la conectividad es un bien social en sí mismo. Es la idea que hace poco llevó a Mark Zuckerberg a esbozar un plan para poner online a los 5 mil millones de personas que no están conectadas, esfuerzo que el presidente de Facebook considera “uno de los mayores desafíos de nuestra generación”. Pero cuando se le pregunta a Gates si conectar al mundo a Internet es más importante que encontrar la vacuna de la malaria, el cofundador de Microsoft y segundo hombre más rico del planeta no esconde su irritación: “¿Como prioridad? Es una broma”. Y, con el sarcasmo que suele aparecer cuando se apasiona, agrega: “¿Qué es más importante: la conectividad o la vacuna de la malaria? Está perfecto pensar que la conectividad es la clave. Pero no es mi caso”.


bill gates CARTAS
Crédito: Bloomberg

A los 58 años, Bill Gates no ha perdido nada de la impaciencia ni del apasionamiento intelectual por los que se lo conocía en su juventud. Sentado en su oficina sobre la costa del lago Washington, en Seattle, el hombre que abandonó la Universidad de Harvard hace casi cuatro décadas para edificar la primera fortuna mundial del software está más relajado que antes. Tiene un mejor corte de pelo y un más pronunciado sentido del humor autocrítico, algo que suele derivar del hecho de estar casado y tener dos hijos que llegaron a la adolescencia. Pero, con la implacable energía intelectual que siempre dedicó a cualquier tema que lo interpelara, sigue sin resistirse a ironizar sobre las ideas que considera equivocadas. Después de la entrevista, sus agentes me llamaron para convencerme de no publicar los comentarios sobre Zuckerberg: al estadista del mundo de la tecnología y la filantropía no le conviene generar peleas...


Pero no hay forma de eludir el hecho de que Gates suena enfrentado con la nueva generación de magnates tecnócratas. Fue él quien primero imaginó que la computación podía infiltrarse en la vida cotidiana, con aquella misión de Microsoft de poner una PC en cada escritorio y en cada hogar. Pero, mientras otros hablan del poder de Internet para cambiar al mundo, Gates no se hace ilusiones sobre cuánto podrá lograr para mejorar las vidas de los más pobres del planeta.





“La innovación es una cosa buena. La condición humana –dejando de lado el bioterrorismo y algunas notas al pie– está mejorando debido a la innovación”, asegura. Pero “si bien la tecnología es asombrosa, no llega a la gente que más lo necesita en el plazo de tiempo en que debería hacerlo”. Dice que planteó este argumento a Thomas Friedman cuando el columnista de The New York Times estaba escribiendo su libro El mundo es plano, publicado en 2005, una obra que llegó a definir, con un optimismo propio del fin de la historia, el ingreso de China y la India al mercado laboral internacional, una transición ayudada por la revolución de Internet. “Bueno, están esos centros de Infosys (N. de E.: Una de las compañías de servicios tecnológicos más grandes de la India) en Bangalore, pero también vayamos unos kilómetros más adentro y veamos al tipo que vive sin baño y sin agua corriente –protesta Gates–. El mundo no es plano y, en la jerarquía de las necesidades humanas, las PC no están en los primeros cinco lugares”.

Son ideas como estas las que llevaron a Gates no sólo a gastar su fortuna sino gran parte de su tiempo en acciones humanitarias. Otros millonarios se entregan a la filantropía como señal de estatus social pero, en el caso de Gates, tiene la fuerza de un imperativo moral. La decisión de volcarse a causas como impedir la mortalidad infantil en el mundo en desarrollo o mejorar la educación en Estados Unidos fue consecuencia de una cuidadosa evaluación ética, explica.


Citando un argumento propuesto por Paul Singer (N. de E.: Titular del fondo NML Capital, que trabó un embargo sobre la Fragata Libertad en Ghana, en octubre de 2012, como parte de su reclamo del pago de una deuda de u$s 284 millones adquirida durante la crisis de 2001), Gates se pregunta por qué alguien prefiere donar dinero para construir un nuevo sector en un museo en vez de gastarlo en prevenir enfermedades que pueden causar ceguera. “El equivalente moral sería que tomáramos al 1 por ciento de las personas que visitan el museo y las cegáramos –ironiza–. ¿Estarían dispuestas a correr el riesgo en razón de que el museo tendrá un nuevo sector? Umm, tal vez lo de cegarlos sea un poco bárbaro”.

BILL_GATES_crop_1382458070548.jpg
Crédito: Bloomberg

Con sólo escribirlo en su chequera, Gates posiblemente tiene hoy más poder para influir en la vida y el bienestar de una gran cantidad de seres humanos que cualquier otro individuo de la historia. La Fundación Bill & Melinda Gates, que creó con su esposa en 1997 y donde trabaja desde que dejó sus funciones fijas en Microsoft hace cinco años, dona u$s 4 mil millones al año. Gran parte del dinero se destina a mejoras sanitarias y a luchar contra la pobreza en países en desarrollo, enfrentando la malaria o solventando campañas de vacunación contra enfermedades contagiosas. Es casi la mitad de lo que invirtió el gobierno estadounidense en planes de salud mundiales en 2012...


En muchos sentidos, Gates fue el arquetipo del emprendedor tecnológico exitoso, el nerd apasionado que creó una industria con poco más que entusiasmo y anticipación. Pero, entre la generación de aspirantes a tecno-visionarios que vinieron después, la carrera de Gates ya no tiene el atractivo de antes. Y ya ni siquiera se da por sentada su categoría de ícono. Entre ellos está Peter Diamandis, un emprendedor serial que fundó el Premio X, que en 1996 ofreció u$s 10 millones a la primera organización del sector privado que pudiera crear un cohete espacial suborbital. A Dimandis le gusta pensar en grande y su última idea apunta a tratar de extraer minerales de asteroides. En su opinión, la Fundación Gates, con su énfasis en aliviar el sufrimiento de los pobres, se parece a la filantropía que hacían los barones de la usura a comienzos del siglo XX, hombres como Andrew Carnegie y John D. Rockefeller, quienes construyeron y explotaron monopolios antes de pasar sus últimos años repartiendo dinero a causas dignas. Diamandis cree que la última oleada de tecno-visionarios se concentra más bien en crear nuevas industrias capaces de cambiar el mundo.


En el apogeo de su poder, la forma en que Microsoft ejerció su monopolio sobre las PC para maximizar ganancias en la industria informática hizo que fuera temida y odiada por rivales y start-ups. Ahora, con el mundo de las PC en decadencia y el liderazgo (y el rumbo) de la empresa en duda, se habla de ella casi con desdén en Silicon Valley, a pesar de que es la tercera empresa más grande del sector tecnológico en cuanto a valor de mercado, detrás de Apple y Google.


Gates rechaza preguntas sobre Microsoft aunque señala, en contra de las conjeturas constantes, que no volverá a dirigirla, como alguna vez Steve Jobs retornó para revivir Apple. También admite que la empresa se lleva una porción más grande de su tiempo que el día semanal por el que firmó antes de retirarse. Como presidente y miembro del comité que busca reemplazante a Steve Ballmer en la presidencia ejecutiva, Gates cuenta que mantiene reuniones habituales con algunos de los grupos de producción de la compañía, y que espera dedicar un tiempo considerable a trabajar con el nuevo jefe una vez que sea designado. Al argumento de Diamandis de que se puede hacer más por el mundo construyendo nuevas industrias que repartiendo dinero, Gates responde con brusquedad: “Las industrias sólo son valiosas en tanto atienden necesidades humanas. En mi psiquis, al menos, no está la idea de que ‘Ah, necesitamos nuevas industrias’. Lo que necesitamos es que los chicos no mueran, que la gente tenga la oportunidad de recibir una buena educación”. Para eliminar plagas como la polio se precisa más que dinero, aunque contar con baldes de efectivo sin duda ayuda. También se precisan objetivos ambiciosos, habilidades organizativas y la capacidad de plantear ideas nuevas ante problemas viejos. Son las cosas que, además, sirven para crear una exitosa compañía tecnológica. Aunque esta vez el Bill Gates presidente ejecutivo tiene que dejar lugar a un personaje menos conocido: Bill Gates, el diplomático.


Cuando, hace cinco años, la Fundación Gates convirtió a la erradicación de la polio en una prioridad, la campaña mundial contra la enfermedad estaba patinando en el barro. Hacia el cambio de milenio, más de 10 años de avances habían dado paso a un estancamiento debido a que las iniciativas de vacunación en países donde existe la enfermedad no habían llegado a los niveles necesarios para empujarla hasta la extinción. Las organizaciones que las impulsaban –como Rotary International, que por mucho tiempo lideró la campaña– “habían supuesto, con ingenuidad, que funcionaban, pero no era así”, comenta Gates. Y detalla que “tuvimos que abandonar la idea de que los métodos habituales iban a servir, porque no era así. Tal vez hubiera sido mejor que abandonáramos antes que hacer las cosas con los métodos habituales. Pero eso habría sido horrible”.


gates
Crédito: Bloomberg

Gates no parece más que disfrutar con el desafío a los métodos tradicionales, por lo general con la aplicación de una dosis de pensamiento más ambicioso. Fue el mismo ímpetu que lo llevó a repensar las estrategias tradicionales de la filantropía: volcar su dinero en la búsqueda urgente de soluciones a grandes problemas, antes que hacer donaciones por goteo que no habrían servido más que como apósitos. Mientras que fundaciones creadas por Howard Hughes y el líder farmacéutico Sir Henry Wellcome siguen figurando entre las más ricas del mundo decenios después de la muerte de sus fundadores, la Fundación Gates ha sido programada para repartir todo su dinero y disolverse 20 años después de la muerte de sus titulares.


El instinto de sacudir a los complacientes e interpelar a los perezosos intelectuales no siempre le gana amigos a Gates. Poner su dinero y reputación al frente para erradicar una enfermedad también le granjeó acusaciones de vanidad, como si fuera un ejemplo de la “filantropía del ego” que suele distorsionar los objetivos cuando los que están en el medio son los súper-ricos.


Sólo una vez se ha podido barrer con una enfermedad: ocurrió cuando la Organización Mundial de la Salud declaró eliminada la viruela en 1980. Su contribución a financiar y organizar una segunda erradicación señalaría a la Fundación Gates como la entidad de caridad privada más importante en el mundo de la salud. También establecería un antecedente ineludible para los otros males que se espera eliminar con el tiempo, empezando por la malaria. Gates descarta preguntas sobre los méritos de las campañas de erradicación y acerca de si otras iniciativas podrían ser mejores inversiones en cuanto a la cantidad inmediata de vidas salvadas. “Las erradicaciones son especiales. El cero es un número mágico. O hacemos lo que hace falta para llegar a cero, y nos alegramos; o nos acercamos, abandonamos y volvemos al principio, en cuyo caso habremos derrochado toda esa credibilidad, actividad o dinero que podrían haberse aplicado a otras cosas”. Desde que volcó su organización en la campaña, la polio fue erradicada en la India. Pero sigue arraigada en Afganistán, Nigeria y Paquistán, desde donde se derrama esporádicamente a sus vecinos. Que esos tres países figuren entre los más complicados del mundo para trabajar –en Paquistán, los talibanes atacan a los equipos de vacunación acusándolos de trabajar para la CIA– da una pista de por qué, 30 años después de iniciada la campaña, la polio persiste. La erradicación tiene poco que ver con los avances en ciencia y tecnología, aunque el trabajo en nuevas vacunas que apunten con más precisión a las cepas perdurables de la enfermedad, ayuda a la batalla.


Veamos uno de los mayores desafíos en el manejo de las campañas de inmunización contra la polio y otras afecciones en el mundo en desarrollo: llevar las vacunas hacia donde se las precisa, conservando la temperatura a entre 2ºC y 8ºC, que impide que se dañen. Administrar la denominada cadena de frío necesaria –desde grandes congeladores en centros de distribución regionales hasta los recipientes que llevan los vacunadores sobre el terreno– exige de una complicada organización logística. Lo común es que falten querosén u otros combustibles usados en la refrigeración, o que los equipos anticuados fallen por falta de mantenimiento. Para Gates, ese tipo de problemas son demasiado poco tecnológicos para atraer a los mejores cerebros del planeta. “Lo triste es que es una cosa mundana, práctica. Pero poco atractiva desde un punto de vista científico”.


La comprensión que tiene un empresario de los incentivos puede ayudar. La cantidad de heladeras necesarias no es tanta como para ofrecer un mercado lucrativo para los fabricantes. Por eso, su fundación tuvo que hacer aportes financieros como anticipos. Los modelos empresarios de los productores de vacunas les dan pocos motivos para bajar sus costos de producción de modo que sus productos sean más económicos, agrega. Sus costos elevados quedan más que cubiertos por los precios que pueden cobrar en el mundo en desarrollo, y cualquier error que cometan al perturbar sus procesos de producción cuidadosamente regulados pondría en peligro sus negocios actuales. “No es ciencia. Es, más bien, ¿cómo demonios producimos vacunas por 50 centavos?”. Los métodos administrativos que de inmediato resultarían familiares para cualquiera que esté vinculado al cambiante mundo de la tecnología, también están siendo puestos a trabajar. Entre ellos figura el uso del ciclo rápido de ensayo y error al que apelan las empresas tecnológicas antes de volcar dinero en una fórmula que funciona, un proceso denominado scaling, y que tiene lugar mientras se apresuran a capitalizarse en el nuevo mercado antes de que surjan competidores.

BILL GATES CARTAS DOS
Crédito: Bloomberg

Apporva Mallya, un directivo de programación de alto nivel que trabaja en implementación a escala nacional, cifra el éxito de la erradicación de la enfermedad en la India en la entrega de dinero a iniciativas locales que tenían la capacidad de ser eficaces en todo el país, pero que se ejecutaban a una escala demasiado pequeña para marcar diferencias. Algunas de ellas consistían en asignar trabajadores comunitarios a barrios específicos antes de que empezaran las campañas de vacunación, con la idea de organizar reuniones con mujeres para superar desconfianzas. “Fuimos y financiamos una expansión masiva por toda la India”, evoca.


Otro método propio del mundo tecnológico consiste en una recolección y análisis más eficaces de los datos: las campañas de vacunación fracasan si demasiados niños se filtran por la red. Para adquirir una mejor comprensión de la eficacia, la Fundación solventó equipos de investigadores que usan muestreos estadísticos con el fin de determinar si se alcanzaron niveles adecuados de cobertura. También se apela a las mediciones para tener una comprensión detallada de cómo se acumulan costos en las campañas de vacunación. “Sin esos datos, es difícil saber dónde fijar la atención para tornar más efectivos los programas mundiales de salud”, indica Orin Levine, director a cargo de las campañas de vacunación de la Fundación. “Todavía no diferenciamos en qué parte del sistema están los costos, por lo tanto es más difícil afirmar que una innovación (en una zona en particular) será lo que en verdad queremos”, explica.


Esa clase de rigor sería algo familiar en una empresa centrada en la producción, como Microsoft, donde impera la racionalidad. Pero en el mundo más caótico de la ayuda internacional, con su alianza despareja de entidades gubernamentales, ONGs y asociaciones sin fines de lucro –muchas de las cuales funcionan con información parcial– no rinde dar por supuestas esas habilidades.


Uno de los grandes desafíos para alguien como Gates es aprender a trabajar en ese mundo. “Está bien que la gente no entienda de números y de pensamiento sistémico, de ciencia o de lógica. Sólo preciso que la mitad de la gente que colabora piense de un modo en el que pueda decirles que aquí hay una teoría de cambio. ¿Comprenden que, si esa parte no ocurre, todo lo demás va a quedar embrollado?”.


Al igual que muchos hombres de negocios que se hicieron solos, Gates desconfía de la capacidad del Estado para atender algunos de los problemas más acuciantes de la sociedad. Eso tal vez se deba a su experiencia personal. Hace más de una década, su disputa con el Departamento de Justicia estadounidense acerca de si Microsoft había actuado en forma ilegal al defender el monopolio del software en las PC terminó en derrota, aunque un arreglo con la Casa Blanca de George W. Bush salvó a la compañía del desmembramiento obligatorio que había ordenado un juez. Gates se define como un optimista nato. Pero admite que esa pugna con el gobierno estadounidense afectó gravemente su creencia de que siempre sucederá lo mejor. Con una tendencia a la generalización histórica típica en él, declara que los gobiernos “funcionaron muy bien, en general, en su rol para mejorar la condición humana” y que en Estados Unidos, desde 1776, “el gobierno desempeñó una función absolutamente central”. Pero eso no aquieta su malestar. “Mientras más nos acercamos y vemos de qué está hecha la salchicha... Más decimos: ‘¡Dios mío!’ Esa gente ni siquiera conoce el presupuesto. Te lleva a pensar si pueden hacer funcionar cosas tecnocráticamente profundas, complejas, como el sistema de atención médica, en cuanto a impacto y costos. Es algo que está en duda”.


No se trata únicamente de que los gobiernos no estén a la altura de la tarea. En el análisis de Gates, el proceso democrático en la mayoría de los países también se esfuerza para atender problemas creados por el mundo moderno, y asignan a los votantes responsabilidades que difícilmente puede esperarse que cumplan. “La idea de que toda esa gente vaya a votar teniendo opiniones sobre temas increíblemente complejos, en los que la respuesta que parece fácil no es la respuesta verdadera, es un problema interesante. ¿Hacen bien las cosas las democracias que así enfrentan esos asuntos?”.


Comparados con el sistema de atención médica en Estados Unidos, los temas de salud y desarrollo planetario abordados por la Fundación Gates son, según su propia evaluación, relativamente simples. Pero este trabajo lo obligó a desarrollar nuevas aptitudes: la disposición a negociar con políticos y desarrollar reservas de diplomacia y persuasión. Con unos 1.000 empleados y la ambición de moldear las estrategias globales dirigidas a resolver los problemas que afronta, la Fundación hace mucho más que entregar dinero. Depende de asociaciones con una amplia gama de entidades gubernamentales y otros organismos, y eso obligó a Gates, el líder tecnológico intransigente e impaciente, a aplicar el toque humano. Empleados de la Fundación revelan que colaboró a nivel regional o distrital para ganarse el necesario apoyo político. El propio Gates afirma que se “vinculó” en persona con Nitish Kumar, el respetado primer ministro de Estado indio de Bihar, debido a su fuerte respaldo a las campañas de vacunación.


Sin embargo, a veces basta con ser Bill Gates: la fama y la riqueza obran su propia magia. “Si hay que ir al parlamento indio y decirles que tomen con seriedad lo de las vacunas... Dado que estoy dando mi propio dinero a gran escala, le dedico mi vida y soy un tecnócrata, sí, es muy valioso”.


Pero aunque esta rama de la diplomacia internacional precisara de nueva habilidades, algunas cosas no han cambiado. Cualquiera que haya trabajado con Gates tiene una anécdota sobre su intensidad. Es incansable en los viajes al exterior y termina por agotar a todos a su alrededor. Dentro de la Fundación exhibe esa clase de resistencia que alguna vez motivó (y agotó) a los gerentes de productos de Microsoft. “Quiere hacer el trabajo con nosotros al nivel más elemental: asiste a reuniones de cuatro horas revisando página tras página de las presentaciones”, cuenta Raja Rao, encargado en la Fundación del proyecto de perfeccionamiento de la cadena de frío para las vacunas. “Lo he visto sentado durante 11 horas en una habitación hablando sin parar sobre tecnología, comiendo snacks y bebiendo Coca Diet”.


gates2
Crédito: Bloomberg

Muchas de las obras que hay en los estantes de la biblioteca en la oficina de Gates, sobre el lago Washington, son trabajos científicos sobre las enfermedades que está combatiendo, acerca de las cuales, con diligencia característica, posee ahora una profunda comprensión personal, afirman otras fuentes en la Fundación. Lector voraz –siempre se ha tomado descansos periódicos de su rutina habitual para leer y sopesar los grandes problemas que aborda–, su conversación está salpicada de referencias a autores. Ante la menor excusa, se zambulle en una descripción de los diferentes tipos de polio y de vacunas, y después pasa a las pruebas genéticas que demuestran que la enfermedad persistió y se difundió en zonas como Uttar Pradesh, incluso cuando eran inusuales las epidemias.


Ese es el Bill Gates que dirigió Microsoft con un dominio de los detalles y una intensidad intelectual que produjo la cultura capaz de dominar el mundo tecnológico, aun cuando incurrió en comportamientos que provocaron la respuesta de los reguladores. “A los 20 años era una persona híper intensa y muy impaciente –evoca–. No creo haberme desprendido del todo de esas cosas... Pero espero haberlas moderado en algún sentido”.


Si los modos se moderaron, la actitud intransigente sigue bastante a la vista. Resulta, a la vez, una de las mayores ventajas y el principal obstáculo en su plan de salvar a los pobres del destino al que los relega un mundo a veces distante. Aprender a impulsar una lógica implacablemente personal sin enemistarse con las personas sigue siendo una tarea pendiente para él. “Hace unos años, cuando en una reunión algunos no pensaban bien sobre cómo combatir la polio, me ponía muy crítico”, recuerda. El mensaje que les daba a los empleados reunidos era: “Eh, esa no es una buena idea, no está bien, no va a llevarnos a nada”. Pero el nuevo Gates ya no deja las cosas ahí. Después de aquella reunión hizo lo que los maridos en todo el mundo suelen hacer en esos casos: “Le pregunté a Melinda si había sido demasiado duro, si debía mandarle un e-mail a alguien, si los había motivado o no. Todo depende de cómo se lo mire”.
 



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos

Notas Relacionadas