Yendo del croquis al bastidor

Yendo del croquis al bastidor

Con la espontaneidad de siempre, Clorindo Testa rememora los comienzos de su carrera y repasa los hitos de su vida. Además profundiza sobre la interacción entre la pintura y la arquitectura. 22 de Julio 2010

Su espíritu lúdico y creador, su incansable actividad aún hoy a sus 86 años, su mirada vivaz, el clima que genera cuando habla y la necesidad casi compulsiva de dibujar para explicar lo que dice son sus rasgos invariantes, casi como la marca registrada de su pose en las fotos: anteojos sobre la frente y cara seria.

Clorindo nació en Nápoles el 10 de diciembre de 1923 pero vino a Buenos Aires antes de cumplir un año. "Cuando estaba en quinto año del colegio nacional, papá -que era médico- me preguntó si ya había pensado qué iba a estudiar. Yo no sabía pero le respondí que quizás, medicina. De ningunísima manera, me contestó. Con lo cual, se terminó la medicina. Pero a mí la medicina me divierte y me gusta. Siempre que salen cosas, las leo. Si no fuera por eso, quizás ahora sería médico. Pero bueno… primero entré a en la carrera de ingeniería electromecánica de la Universidad de La Plata porque pensaba hacer ingeniería naval para diseñar barcos, eso se estudiaba en Italia. Yo estaba dos años adelantado, porque terminé el secundario con 15 años. Entonces tenía 16 y 17 de chance. Después entré en ingeniería civil, aprobé dos materias, me bocharon en una. Fue entonces que descubrí arquitectura, que estaba al lado. Me reconocieron matemática, que se llamaba de otra manera, y también diseño. Así que hice un primer año fantástico, porque sólo tenía que dibujar. Lo más difícil ya había pasado. Seguí y finalmente me recibí de arquitecto", dice casi sin interrupción.

Después de graduarse en 1948, Clorindo viajó a Mar del Plata. "Me quedé desde diciembre hasta marzo. Claro, después de tres meses, me llamaron desde casa para preguntarme cuándo volvía. Querían que haga algo", recuerda. Entonces volvió y entró al Plan Regulador como dibujante. Era la época en la que trabajaban Ferrari Ardoy, Kurchan y Bonet. "Pero sólo estuve un año porque en la facultad salieron las becas para viajar a Italia. Fuimos diez alumnos con Villalonga, nuestro profesor. Desembarcamos en Génova y recorrimos casi todo el país". Inevitablemente, mientras enumera las ciudades, dibuja con fibra azul el recorrido que va narrando. "Yo me bajé en Roma para ir a la casa de mi abuela y me quedé ahí como dos años. No hice ningún curso. Sólo descansé y estuve con ella". Pero nuevamente sonó el teléfono con la voz del otro lado del océano reclamándolo. "Entonces volví. Fue aproximadamente en 1951 cuando me encontré con Pancho Rossi, que había sido compañero mío de la facultad. Él me propuso hacer el concurso para la Cámara de la Construcción". Así fue como Testa con Rossi, Davinovic y Gaino ganaron el concurso del edificio ubicado en Paseo Colón e Independencia.

Tal como hoy, que Clorindo va de su oficina a la habitación que funciona como su atelier, ya entonces proyectaba y pintaba. Entre 1960 y 1965 pasó por un período de fascinación por el blanco, el negro y el gris. "Terminó el día en que pinté cinco cuadros para el premio Palanza. Todos esperaban que presentara obras en blanco y negro, como las que venía haciendo. Pero como ya me había aburrido de esos colores, hice unos ondulados. La culminación de ese período está señalada por una frase que me dijo mi suegro, el papá de Teresa, cuando entró a la galería Witcomb, donde se exponían los premios. Mis cuadros estaban en la primera sala, pero Borthagaray -su suegro-entró y nos los reconoció. "¿Y dónde están sus cuadros, Clorindo?", me dijo. "Son éstos", le contesté. Entonces él miró así (hace un gesto por encima de los anteojos) y dijo: "Lo felicito, veo que se ha sacado el medio luto". Y esa fue la frase que marcó el final del período".

Desde 1952, Testa realizó incontables muestras individuales y colectivas, en diversos museos y galerías del país y del exterior. Formó parte del Grupo Siete Pintores Abstractos junto a Osvaldo Borda, Víctor Chab, Rómulo Macció, Martha Peluffo, Josefina Robirosa y Kazuya Sakai. En 1999, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una "Retrospectiva". Obtuvo el primer premio en la Bienal Internacional de Punta del Este, Uruguay; el primer premio en la exposición 30 años de las Naciones Unidas en Zagreb, entonces Yugoslavia y actualmente Croacia, el gran premio de la XIV Bienal de San Pablo junto al Grupo de los Trece, el primer premio nacional del Instituto Torcuato Di Tella y el premio Konex de Platino en la disciplina Artes Visuales- Arquitectura en Buenos Aires. Fue nombrado Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires y, en 2006, fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Algo más que un cuento
Consultado por la arquitectura que hoy haría, Clorindo asegura que jamás se le ocurrió pensar en eso. "Yo imagino lo que estoy haciendo. Si me piden una casa, yo pienso y hago esa casa. Yo nunca propuse… Había un industrial italiano que siempre me agarraba del brazo y me decía "Bisogna avere volontà di emergere". Eso significa: tenés que tener voluntad de sobresalir. El la tenía. Llegó sin un centavo a Buenos Aires. Esta historia nos la contó a Servente y a mí cuando estábamos haciendo un pabellón en el Hospital Italiano. Él pertenecía la asociación y siempre estaba ahí. El cuento fue fantástico y después me di cuenta porqué lo había dicho. Resulta que cuando partió de Génova, su madre le dio un paquete de plata. No imagino que fuese mucho, suponte cinco mil dólares. Al día siguiente, el barco paró en Marsella y él bajó a caminar. Entonces vio a una señora toda vestida de rosa. Era una cocot. Estuvo toda la noche y todo el día con ella. Al día siguiente, sacó la plata, la puso ahí y le dijo: "signora, tome lo que usted quiera". Y ella tomó todo. Yo estoy seguro de que él tenía tanta volontà di emergere que no quería llegar a la Argentina con plata regalada. Con esto quiero decir que la gente se divide en dos: los que tienen la volontà di emergere y los que no. Yo no la tengo. A mí nunca se me ocurrió irme a vivir a Roma o a los Estados Unidos y pensar que lo que hago acá, lo puedo hacer allá. El que tiene esa voluntad necesita estar de un lado para otro, llamar a la gente, promoverse. A mí eso ni se me pasa por la cabeza”, concluye el maestro, dando cátedra.



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