Vivir para contarlo

Vivir para contarlo

Experimentaron situaciones extremas, que los pusieron al límite de la muerte. Cómo capitalizaron, tanto para la vida como para sus negocios, la enseñanza de haber estado al filo del peligro. 03 de Mayo 2010
Estuvieron en la estrecha cornisa que divide a la vida de la muerte. Fueron sorprendidos por una situación límite, que los expuso, tal vez, a la mayor prueba: la lucha por la propia existencia. Son ejecutivos que pudieron capitalizar una experiencia traumática como un terremoto, un naufragio o un accidente aéreo. Conviven con la sensación de que la supervivencia es el estado más cercano al renacimiento –“Volver a nacer”– y coinciden en que el vértigo de haber estado tan cerca del precipicio genera transformaciones, tanto a nivel personal como laboral. Es que la alta exigencia de rendir al máximo para salvarse los llevó a sacar lo mejor de sí y a descubrir aptitudes en ellos, hasta ese momento, desconocidas. “En las crisis es cuando triunfan los líderes, que son quienes saben ver el lado bueno de las cosas malas y se aferran a él para convertir lo negativo en positivo”, sintetiza Javier Methol, uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes, ocurrida en 1972.

“La enseñanza más fuerte fue la determinación del ser humano para salir de una situación de crisis cuando se da cuenta de que la ayuda, de afuera, no llegará”, comenta Ricardo Romanelli, director Ejecutivo de The Sandstone Group, boutique financiera que fundó en 1991.

En mayo de 1995, fue el único sobreviviente de las siete personas que iban a bordo del Cessna de LAER que cayó al Río de la Plata. Del accidente, recuerda el momento en que el avión despegó y el golpe que, dos minutos más tarde, lo dejó en shock. Acto seguido, el agua, que ingresaba por todos los rincones de la cabina. Romanelli, quien se salvó gracias a lo ajustado que llevaba el cinturón de seguridad, tiró de la palanca y salió del avión. Venció con su corpulencia la fuerza del agua, que presionaba para ingresar. “En el río, tomé conciencia del accidente y me entró la desesperación”, narra. Su primera reacción, sumergirse en busca de los demás. Pero la noche y la lluvia no le dejaban ver. Romanelli sabía que tenía las horas contadas para no morir de hipotermia. Su lucha no sería sencilla: las botas texanas que llevaba puestas le imposibilitaban nadar. “Estuve cerca de 40 minutos intentando sacármelas y no podía. Tragaba agua y me hundía. Hasta que pensé: ‘Me entrego’”, relata. Pero la imagen de su hija, diciéndole “Tengo miedo de que algún día te pase algo y no vuelvas”, le dio fuerzas para lograrlo. Tras una hora y media de nado ininterrumpido por un picado Río de la Plata, llegó a Punta Carrasco, con su cuerpo a una temperatura de 26 grados, el límite en el que los órganos dejan de funcionar. Los posteriores fueron días de angustia, pesadillas y malos recuerdos que, hoy, vuelven a su memoria en situaciones de estrés o mucho cansancio. “Fue una gran experiencia de vida”, define el ejecutivo, quien reconoce que el accidente exacerbó su tesón y su perseverancia. “Para mí no existe la expresión ‘No puedo’”, asegura. Además, cuenta que cambió su escala de valores y sumó la fecha del accidente como nuevo cumpleaños. “Perdí el miedo a la muerte”, sintetiza.

“En algunos casos, hay cambios de hábitos y personas que eran terriblemente trabajadoras empiezan a darle más tiempo a la familia. Otras se vuelven negadoras y se meten mucho más en su trabajo, como una forma de no enfrentar la situación”, analiza Daniel Mosca, presidente de la Sociedad Argentina de Psicotrauma. 

Un antes y un después 
“A diez años, el accidente vuelve a mi memoria todos los días. La vida sigue siendo la misma pero diferente”, define Benjamín Buteler, uno de los 33 sobrevivientes del vuelo 3142 de LAPA que se despistó el 31 de agosto de 1999 y dejó un saldo de 67 muertos. Buteler perdió un pie y una de sus piernas, justo, debajo de la rodilla, además de su brazo izquierdo.

Emprendedor y optimista nato, esas circunstancias del destino no lo detuvieron. Hoy, el cordobés está a punto de cerrar un acuerdo con una empresa de tecnología de Brasil para abrir sus oficinas en la Argentina. Después de abandonar su trabajo como consultor de automotrices, al año del accidente, abrió Vectra Agropecuaria, una empresa de sembrado, y El Yatan, que brindaba servicios al agro. Hasta que, en 2007, decidió venderlas. En el medio, Buteler ingresó al ámbito público: fue concejal y, finalmente, candidato a intendente de Villa Allende (obtuvo el tercer lugar). Además, disfruta de cabalgatas de hasta cinco horas, pesca y hace travesías en cuatriciclo. Es consciente de que su vida depende de una silla de ruedas. Pero las prótesis le permiten moverse libremente. “Tener una segunda oportunidad es algo maravilloso. La vida es lo que es y a mí me tocó que fuera de esta manera”, explica. 

Las experiencias límite representan mucho más que un punto de inflexión en la vida de quien las protagoniza. En lo personal, se modifican actitudes y resurgen valores olvidados. Desaparecen muchos miedos y el éxito se percibe de otra forma. Se aprende a diferenciar con una mayor claridad lo urgente de lo importante y emergen virtudes, como la templanza. Son vivencias que hacen tambalear la estantería y se convierten en verdaderas lecciones de vida.

“Hubo un antes y un después. Le perdí el miedo a todo. Minimizo los problemas. Descubrí que era una persona ágil, rápida en las decisiones y con coraje para asumir riesgos”, enumera Roberto Guerrieri, CEO y fundador de Romipack. Hace 35 años, estuvo, con un amigo, a la deriva en una lancha, mar adentro, seis días, sin comida y, ni siquiera, agua. El viaje original era Buenos Aires-Punta del Este. Pero el motor de la embarcación se detuvo y terminaron en el medio del océano Atlántico. Fue una tormenta de más de 15 horas, con olas gigantescas y ondulaciones de agua que elevaban la lancha seis metros; la verdadera salvadora de aquel naufragio: les permitió tomar agua y los acercó a un barco de pescadores, que los divisó en las cercanías de África. “Tras esa experiencia, aprendí que no siempre todo sale bien y que no hay que desesperarse ante los problemas”, recuerda el ejecutivo, quien, en ese momento, empleaba a 10 personas en su empresa de packaging. Hoy, tiene más de 200 empleados.
La convivencia con su compañero también fue clave para el feliz desenlace. Ambos pusieron a prueba sus capacidades para mantener buenas relaciones interpersonales en medio de la tensión y la incertidumbre y aprendieron a bajar las barreras de la resistencia al cambio.

“No nos hablábamos durante horas”, recuerda Guerrieri. Reconoce que la experiencia los obligó a tener una visión compartida. Como en los equipos de trabajo, cada uno se ocupaba de fomentar la convicción y la confianza en el otro. Es que, en esos momentos, aptitudes como iniciativa, paciencia y cooperación son clave para un liderazgo efectivo.

“Los golpes sirven para que uno pueda afianzarse. Las cosas pasan. Afuera, hay datos orientativos. El potencial para salir adelante está dentro de uno”, sintetiza Antonio Zayat, CEO de Muaa, la marca de indumentaria para adolescentes. Zayat fue uno de los 500 turistas varados por el alud que azotó a Machu Picchu a fines de enero último. Sin esperarlo y, en plenas vacaciones, la naturaleza desafió la frialdad del ejecutivo para atravesar conflictos. “Me preocupaba la poca claridad, la desorganización y falta de contención. Igual, tenía analizadas diferentes vías de escape y sus riesgos según la contingencia”, recuerda Zayat. Con su mujer, permaneció aislado cinco días, en los que convivió con helicópteros que evacuaban gente a cuentagotas y pronósticos que adelantaban otra tormenta y un futuro desolador. “La clave es apostar a la vida, siempre. Todo sirve, modela”, sintetiza.

Hoy, ante cualquier problema, el ejecutivo se pregunta: “¿Se resuelve con dinero?”. “Si la respuesta es sí, no es importante”, profundiza. Habla con conocimiento de causa y no porque le hayan sobrado los billetes. En 1995, volvió a empezar: se fundió y, cuando estaba a punto de comenzar a manejar un taxi, lo llamaron de un trabajo. “Si ellos confían en mi capacidad, ¿por qué no hacerlo yo?”, reflexionó. Hoy, tiene 80 locales, con una proyección de alcanzar los 100 antes de que finalice el año. Además, desembarcó en España, Costa Rica y Bolivia, y avanza en negociaciones para llegar a Perú. 

Un accidente o una catástrofe natural se transforman en una herramienta de valoración de los peligros reales y de los verdaderos conflictos. En muchas personas, salen a la luz valores y condiciones que estaban latentes porque, cuando se enfrenta un desafío de tan alto riesgo, las enseñanzas perduran. Jackie Maubré, CEO de Cohen Sociedad de Bolsa, sabe cómo evacuar un lugar en caso de incendio o terremoto desde el jardín de infantes. La ejecutiva vivió el terremoto que, en 1971, azotó a California, con un saldo de 65 muertos. “Eran las seis de la mañana. Empecé a sentir piedras que venían por debajo de la tierra. Los pájaros se volvieron locos y la cama se comenzó a balancear de una pared a otra. Mis padres no podían agarrarme hasta que me engancharon de los pelos”, recuerda Maubré, quien, desde aquel momento, tiene un gran respeto al imprevisto.

Durante aquella tragedia, durmió cinco noches en el auto. En su memoria también permanece intacto el recuerdo de su mamá cargando mantas, remedios y víveres para sobrevivir, y hasta el día que su padre sacó la puerta de entrada de la casa para facilitar el escape. Maubré está convencida de que, como uno no puede sobre lo externo, la clave es adaptarse a la situación. Y, en las límite, jamás perder la calma. Todos, principios que la ejecutiva aplicó cuando, en 2002, defaulteó la cartera de US$ 5500 millones del Grupo Siembra, empresa de la que era responsable de Research y Riesgo.  

Marcas indelebles
Una vez superada la prueba, la riqueza del aprendizaje se relaciona directamente con la sorpresa. Nadie está preparado para enfrentarse a una situación extrema. Todo lo contrario. Son episodios que sacan a la persona de lo cotidiano y la sumergen en lo desconocido. Sorprenden, alteran y desordenan la mejor de las postales. Como la que la familia Magnasco vio la mañana del 26 de diciembre de 2004.

Cielo azul, sol radiante, nada de viento, aguas color turquesa, sin olas, arena blanca. Espectacular para la foto. Los nueve integrantes estaban subidos a un bote a motor, rumbo a la isla de Krabi, en Tailandia. Pasadas las 11, disfrutaban su primer baño y 20 minutos después...

“Me estaba secando la cara, de espaldas al mar. Me doy vuelta y veo a unos 400 metros una ola verde… ¡Una pared!”, relata Jorge Magnasco, presidente de la compañía de seguros Magnasco Asesores, quien sacó a sus nietas del agua, al tiempo que le gritaba al resto que saliera del mar. Segundos después, la ola había revolcado y los rumores de la inminente llegada de una segunda embestida generaban la sensación de estar esperando la muerte. Después del tsunami, llegó lo peor: hoteles destrozados, llantos, hospitales desbordados y cuerpos desperdigados. “Fue lo más parecido a la guerra que vivimos”, relata Martín Laplacette, yerno de Magnasco y gerente Comercial de Noble Grain Argentina, quien, por entonces, trabajaba para la empresa en Singapur. 

La fe y seguridad en uno mismo es otro basamento en el que insisten los entrevistados. “Nunca tuve miedo a la muerte”, recuerda Daniel Tedín. Hace seis años, flotaba en la mitad del Río de la Plata después de que el barco en el que viajaba a Colonia se hundió, después de incendiarse. El accidente los dejó a él y otras cuatro personas en el agua, sólo sostenidos por un palo. Cuando empezó el fuego, y a pesar de la poca señal, Tedín marcó al celular de su amigo Francisco Billoch, socio del estudio de arquitectura Billoch & Asociados, para pedirle ayuda. Dos horas después, el arquitecto llegó con el improvisado equipo de rescate que, finalmente, los salvó.

Otra tragedia con final feliz en el Río de la Plata fue el naufragio de Laura Di Battista y Luis Crespo. “Fueron horas en las que me replanteé la vida. Hoy, priorizo disfrutar todo lo que hago”, relata Di Battista. Esperó en el agua durante las ocho horas que su pareja, Crespo, nadó en busca de ayuda. Di Battista no tenía donde refugiarse, ya que la lancha en la que se subieron el 24 de marzo de 2009, para ir a Colonia, se hundió cinco minutos después de romperse. Protegida por dos chalecos salvavidas, Di Battista dejó que pasara el tiempo y hasta dormitó.

“El instinto humano de supervivencia es mucho más fuerte que cualquier otra cosa”, coincide Micaela Schettini, quien pasó 13 días perdida en el Parque Nacional Chobe, de Botswana, cuando la camioneta en la que ella y su ex pareja salieron (solos) de excursión se empantanó. “Jamás pensé en rendirme”, aclara la empresaria hotelera, quien está a punto de abrir su segundo hotel boutique y es una de las dueñas de la cadena de heladerías Bajo Cero, de Madrid. Hasta que el ejército los encontró, Schettini durmió rodeada de leones, vio pasar una manada de 200 búfalos y caminó, durante tres días, un total de 100 kilómetros, bañada en nafta, para no despertar la atención de los animales con el olor humano. “No me quedé con miedo y, en mi vida diaria, cada vez que me pasa algo, pienso: ‘Si pasé la selva, tengo que poder con esto’”, reflexiona. La alta dosis de tensión y obligado rendimiento máximo lleva a la persona a desarrollar una capacidad mayor para asumir riesgos, ir detrás de las metas finales y no parar hasta cumplirlas.
Juan Miguel Lahitte, director de Cementos Colón y de CINA (Cimenterie Nationale d’Haiti), no vivió un accidente ni una catástrofe. Pero el destino lo llevó a estar inmerso en una cultura con otra escala de valoración de la vida humana. Entre 2001 y 2002, fue CEO de Eastern BulkCem en Port Harcourt, Nigeria, país con 150 millones habitantes, más de 100 tribus y tres predominantes: Igbo (cristianos, en el sur, con ciudad principal Port Harcourt), Yoruba (cristianos, al oeste, en región de Lagos) y Hausa (musulmanes, al norte, con Abuja como ciudad principal).

“Las comunidades son ingobernables y ejercen poder en sus territorios, originando riñas que terminan con gran cantidad de muertes”, describe. El ejecutivo permaneció 24 meses en ese país, sin alternativa de movimiento: en una casa custodiada –en muchos casos, refugio del equipo directivo–, un auto con chofer y policía armado, y una salida de emergencia para cuando llegara el momento...

“Fue clave mantener la calma, a pesar del miedo”. Lahitte recuerda cuando su chofer tocó ligeramente, sin daño, a una persona en plena ciudad. Al ver el auto nuevo, lo rodearon de a cientos para lincharlos, haciendo honor al concepto de la “familia extendida”. Otra anécdota: una mañana, al observar la producción parada, le pidió a un técnico europeo que viera qué pasaba. Los mecánicos y electricistas locales se sintieron celosos e intentaron tirarlo desde unos 20 metros. Más allá de los tintes amargos del temor a morir por nada, el ejecutivo reconoce que esa experiencia le enseñó a ser más tolerante.

 Quienes pudieron sobrevivir a situaciones riesgosas saben que corren con ventaja: tuvieron la oportunidad de reescribir sus vidas, algo que no se les da a muchas personas. Sufrieron, padecieron, desesperaron y, aún hoy, en muchos casos, conviven con el sabor amargo de algún recuerdo. Llevan consigo marcas indelebles, las mismas que les enseñaron a encontrar el lado bueno, aun, de las más duras experiencias.



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