Un largo camino a casa

Un largo camino a casa

Las oportunidades profesionales, muchas veces, exigen trasladarse lejos del hogar. Para ellos, el fin de semana arranca en un aeropuerto o una ruta. 05 de Diciembre 2011
Tienen amigos en el aeropuerto. Las azafatas los saludan. Los viernes van a trabajar con su equipaje. Y, por la tarde, empieza su verdadero regreso a casa: ese avión que los lleva a la ciudad en la que viven con sus familias. Tienen todo planeado para no perder ni un segundo: sentarse lo más adelante posible, no despachar equipaje y cuentan con alguien que los vaya a buscar. Al definir una propuesta que lo obligue a estar lejos de su familia, un ejecutivo tiene en cuenta infinidad de cuestiones que, principalmente, se pueden englobar en dos categorías: económicas y de crecimiento profesional. Encontrar el equilibrio es el mayor desafío y que, en definitiva, condiciona la decisión.

Para Brenda Baran, manager de las divisiones de RR.HH., Supply Chain & Engineering de Michael Page, cada vez, hay menos casos porque las compañías prefieren trasladar. “Antes, era más común. Había más oferta de profesionales y, de acuerdo con la necesidad, se aceptaba esta rotación”, explica.

Ahora, por lo general, las empresas quieren que estén dispuestos a mudarse. Uno de los motivos es que entienden a la familia como un complemento de la vida laboral de sus empleados. “El ejecutivo es más productivo con su familia cerca y adaptada, por más que, cuando están lejos de su entorno, trabajen más horas”, asegura Silvina Ambrosini, socia en Suárez Battán & Asociados.

Otra dificultad que encuentran las empresas es la poca previsibilidad de contar con esa persona. “Por ejemplo, que no esté los viernes a las 18 para una reunión o que surja un problema el fin de semana y haya que esperar a que él llegue el lunes”, agrega la headhunter. 

Pero trasladar a las personas no es tan fácil. “La mujer también trabaja y la reinserción suele ser complicada. Hay menos oportunidades”, asegura Edgar Medinaceli, socio local de Russell Reynolds. Más allá de lo laboral, la adaptación de los hijos y los cambios estructurales a nivel personal suelen ser lo más conflictivo. Para Alejandra Salinas, directora de Alejandra Salinas & Asociados, la reflexión tiene que ver con edades vitales. “Uno entiende que, cuando ya se criaron hijos, queda más espacio. Lo mismo sucede cuando son más pequeños”, destaca. Un ejecutivo cuenta que no supo ver la posibilidad de trasladar la familia cuando su hija era pequeña y podía soportar el desarraigo. Tiempo después, se arrepintió de no haber aprovechado la situación.

“A fin de año, traslado a toda la familia de Tucumán a Buenos Aires y puedo asegurar que, con hijos de 12 y 8 años, es muy complicado”, cuenta otro manager, en off the record. Oriundo de Bahía Blanca, vivió en Catamarca, San Juan, Santiago de Chile y Tucumán. Desde hace unos meses, viaja todos los lunes a Buenos Aires y regresa los viernes, cuando termina su jornada laboral. “El sacrificio es muy grande. Pero, cuando nos mudamos a San Juan, lo hicimos a mitad de año y fue más duro. Quiero que mis hijos estén en el mismo entorno durante el año escolar”, dice.

Para algunos, estar lejos de su familia no es una opción. Sebastián Soria, director del Área de Compensaciones a nivel global de Dow, recibió varias ofertas para expatriarse a los Estados Unidos. Pero la idea de estar lejos de su hija no lo convencía. “Cuando, en 2008, mi hija (8) se fue a vivir a Sudáfrica con la madre, expatriada de una empresa, entendí que todo el resto de las relaciones se podían manejar”, recuerda. Soria aprovecha su tiempo libre para jugar al básquet y al fútbol. Cada tres meses, se encuentra con su hija en la Argentina, Sudáfrica o Midland (Michigan, los Estados Unidos). “La tecnología ayuda mucho. Los fines de semana hablamos por Skype”, cuenta. 

Para Fabián Melnitzky (40), todo pasa por el equilibrio. Como Country manager de un laboratorio holandés en la Argentina, pasaba 15 días por mes en el país europeo. “Tomarme un vuelo un domingo a la noche y que mi hija se quede llorando, sin pedirme nada del viaje, era fuerte”, recuerda el ejecutivo, padre de hijos de 3 y 6 años. Evoca su primer regreso a Buenos Aires, cuando compró un chocolate en el free shop. “Una persona a mi lado, vestido de traje, me dijo: ‘El tamaño del chocolate es proporcional a la culpa’”. Así, Melnitzky, actual gerente de Seguros Retail Financiero en Cencosud, decidió cambiar de vida. “Te perdés actos del colegio, cumpleaños... Sentí que ya no podía”, explica. Para él, el rol de la familia es fundamental.

El principal inconveniente para el ejecutivo local es, justamente, la familia. Para los expertos, la permanencia de un ejecutivo lejos de su familia es de corto plazo. “Es viable por un tiempo. No veo casos que el esquema sea así porque alguien se quiebra: el trabajo, la familia o la persona”, destaca Matías Ghidini, de Ghidini Rodil. Sin embargo, estas alternativas siempre enriquecen. “Muchas personas valoran estos empleos por la experiencia. En ingeniería, puede ser bueno participar de este proyecto”, explica Baran. 

Encrucijada
La decisión de aceptar o negarse conlleva un análisis que debería ser exhaustivo e involucrar aspectos familiares, financieros y laborales. “La decisión, sobre todo, familiar, contrapone lo atractivo de la experiencia con la ruptura del círculo de confort”, explica Medinaceli. 

Alejandro López Triaca (38), ingeniero de Operaciones para SSA de DHL, aterriza en el aeropuerto El Plumerillo, de Mendoza, donde está el coche que lo lleva a su hogar. Ese mismo auto lo busca el lunes, antes de embarcar a Buenos Aires. Mendocino por adopción, nacido en Olavarría, vive en Luján de Cuyo desde los 5 años, cuando su padre repatrió a la familia. A principios de 2009, la empresa le propuso cubrir un puesto de jefe de Operaciones de la planta de Parque Patricios, durante seis meses. Pero, tras avanzar en distintas funciones, hace más de dos años que vive entre Mendoza y Buenos Aires. “Llega un momento en el que te transformás en un invitado de tu propia casa. Pregunto por qué cambiaron eso de lugar”, cuenta. López Triaca, casado y con una hija, explica que siente los 40 años como un punto de inflexión. “Ahí pensaré que haré los 15 años que me quedan”, destaca. Aunque en algún momento pensó en trasladar a toda su familia, replicar su estilo de vida en Buenos Aires no lo convencía y descartó la alternativa de una mudanza. Desde hace unos meses, cuenta con un régimen distinto: tres semanas de trabajo en Buenos Aires y una en Mendoza. “Lo que no puedo evitar es que mi trabajo siga estando lejos de mi familia”, aclara el manager.

Quienes transcurren esta vida sienten una mayor focalización en sus tareas. “Nunca trabajé tantas horas. Tu vida es el trabajo y está mal porque tenés que generar actividades extra para que sea sostenible”, asegura  López Triaca.

Los problemas con los vuelos, muchas veces, se convierten en un obstáculo. Mariano Gilardi (33), gerente de Recursos Humanos de la comercializadora agropecuaria Lartirigoyen, no sufre dificultades aéreas, sino la niebla. Su cambio fue radical. Después de ser gerente de RR.HH. en Cervecería y Maltería Quilmes y en Massalin Particulares, aceptó la propuesta de Lartirigoyen para trabajar con base en Catriló, La Pampa. La decisión demandó seis meses de análisis. De entrada, la oferta lo sedujo desde lo laboral. Pero la necesidad de trasladarse todas las semanas lo hacía dudar. “Tuve una reunión en la que estaban el presidente de la empresa y mi mujer”, recuerda. Así, cada mañana de martes, le esperan 525 kilómetros por la ruta 5 y, tres días después, está de nuevo en camino. Gilardi asegura que su balanza es su familia. Está casado y tiene una hija de un año. “Lo viví como un proceso de maduración. Es una decisión que no se toma de un día para otro y es de la familia”. Su expectativa es mantener los viajes. De hecho, construye una casa en Buenos Aires. 

Santiago Castagneto (34), gerente Financiero de la planta de Unilever en Gualeguaychú, vive una situación similar. Tras 14 años en la compañía, en noviembre del año pasado, le ofrecieron el puesto en Entre Ríos. “En una compañía como Unilever, uno siempre ve la posibilidad de ir a otras provincias o al exterior. No me sorprendió”, dice. En ese momento, pensó en trasladar a toda la familia y hasta viajaron a la ciudad y buscaron colegio para su hijas, de 4, 6 y 8 años. Pero los 240 kilómetros y dos horas de viaje no lo justificaban. Así, todos los lunes a la mañana, marcha de Castelar hasta el camino al Ñandubaysal, en el barrio Pueblo Belgrano, donde la empresa le alquila una casa acorde al tamaño de su familia. Sus primeros tres meses fueron con la compañía de su mujer e hijas, ya que estaban de vacaciones.

Aunque las distancias son cortas, los ejecutivos destacan el esfuerzo. Hace cinco años que Diego Achával (47), abogado interno de Banco Santa Fe, divide su vida entre Rosario y Buenos Aires. Al principio, tenía tres hijos, de 9,7 y 2 años. Hasta que, durante su estadía en la ciudad santafesina, nació el cuarto.

“El tema principal pasa por mi relación con la familia: trato de tener presencia, aun estando lejos”, asegura. El ejecutivo recuerda que lo que más le costaba cuando volvía a Buenos Aires, durante los primeros meses, era querer volver a ser padre tiempo completo. “Después, me di cuenta: en la semana, se acuerdan de los retos. Aprendí que tengo que tratar de disfrutar esos días que estoy con ellos con actividades y tiempo libre”, asegura.
Al cabo de cinco años, el ejecutivo busca la forma de volver a la City. Es que, aunque desde la palabra es fácil, todos emigran con la ilusión de, en algún momento, volver a su casa.



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