Trabajar sin prisa

Trabajar sin prisa

En la era de la velocidad, el movimiento del slow work se instala para de-sacelerar el ritmo de los ejecutivos en pos de una mejor calidad de vida. 29 de Julio 2011
El reloj es tirano en esta sociedad que vive a mil y casi no tiene tiempo ni para respirar. La globalización, los avances tecnológicos y la moda de estar conectado en cada instante transformaron la modalidad de trabajar y de hacer negocios. Hoy, la velocidad es una prioridad para muchos y la idea de hacer más cosas a la vez y a mayor prisa pareciera ser la garantía de la eficiencia y la felicidad.  Sin embargo, son cada vez más los ejecutivos que rechazan esta filosofía y comulgan con la cultura del slow work, que propone tomar el control del tiempo más que someterse a su tiranía, promoviendo la desaceleración en pos de una mejor calidad de vida.

 “Asocio lo slow a la profundidad, la reflexión y el análisis. Esto es algo propio de mi especialidad –el derecho administrativo–, donde cada caso es distinto del otro y donde se requiere un enfoque artesanal y un servicio personalizado”, dice Sebastián Raggio, socio del estudio homónimo, Raggio & García Mira. En 2009, en plena crisis vital, decidió adoptar una posición distinta frente a su vida:  “Los 45 años me pegaron más que los 40 y me di cuenta de que el perfil del estudio no se adecuaba a mi forma de ejercer la profesión”. Fiel a su anhelo y con 17 años de experiencia en un bufete jurídico mediano, con formas y hábitos de los grandes estudios, armó, junto con otros dos colegas, un estudio boutique especializado en Derecho Administrativo, orientado a la industria del gas y la energía. “Mi especialidad se aleja del trabajo commodity o como cadena de montaje”, aclara Raggio. Para él, esta predilección por lo reflexivo y profundo es un correlato de su personalidad y lo ayuda a lograr un equilibrio en su vida. Ahora tiene más tiempo libre para leer entre cinco y seis libros a la vez, dedicarle más horas a su familia y hacer yoga.

Una colega que tomó una decisión aun más radical, de la cual hoy no se arrepiente, es Marga Clavell, de 46 años. La abogada también se identifica con la filosofía del slow work y su vida es una muestra de ello: abandonó una carrera con proyección en el mundo jurídico para dedicarse a la literatura, su verdadera pasión intelectual. Con sólo 21 años, se incorporó a Klein y Mairal, luego realizó un posgrado en Derecho en la Universidad de Harvard y, al terminarlo, regresó al país para trabajar con Guillermo Walter Klein en el estudio que formó con Carlos Franco. Allí, llegó a ser la tercera socia del bufete, pero, a fines de 2007, decidió abandonar el barco y empezó a cursar el doctorado en Letras en la Universidad del Salvador. En la actualidad, está trabajando en su tesis doctoral sobre la interrelación entre la literatura y el derecho. “Fue una decisión muy difícil porque tuve que renunciar a una profesión en la que me iba muy bien. Me tomó muchos años decidirlo y esperé el momento adecuado para hacerlo”, explica.  Para ella, se había cumplido un ciclo: “Mi vida familiar se fue filtrando en mi vida laboral y quería pasar más tiempo con mis hijos” dice Clavell, quien ya tiene publicados dos libros de cuentos y el último lo presentó en la Feria del Libro de Miami. “La vorágine del trabajo atenta contra el tiempo y contra la paz que uno necesita para encontrar los valores esenciales de la vida”, añade. Por supuesto que esta resolución implicó una renuncia en lo económico, pero, según ella, “la felicidad no tiene precio”. 

Slow broker
Pese a que suena casi contradictorio por el tipo de actividad que ejerce, Leopoldo Olivari, director y gerente General de Bacqué Sociedad de Bolsa, es otro de los ejecutivos que adhiere a la filosofía del slow work. Su identificación surgió en forma espontánea hace unos cinco años, cuando se dio cuenta de que dedicaba todo su día al trabajo y no tenía espacios para su vida personal. “En aras de proteger mi tiempo libre fuera de la oficina, la primera decisión que tomé fue no tener como clientes a parientes ni amigos. Además, empecé a ser más selectivo con mi número de celular”, explica Olivari. En la oficina implementó un nuevo horario laboral, de 9:30 a 17:30, para optimizar la jornada. “Como vivo en Zona Norte, aprovecho para irme más temprano y no agarrar tanto tráfico. Esto repercute en mi calidad de vida, ya que tengo tiempo para hacer otras actividades y no llego tan estresado a mi casa”, aclara. 

Con el objetivo de bajar un cambio en la oficina frente a  tanta adrenalina bursátil, los viernes, en lugar del sandwich al paso, instauró el hábito del almuerzo relajado con sus colegas. Además, dos veces por semana desayuna temprano en su bar favorito: “El Ramón”, en Madero Este. “Es una forma de cortar con la locura de la Panamericana y arrancar bien el día”. 

En 2001, tuvo altos picos de estrés y noches enteras sin dormir porque no se sabía si al día siguiente abría el mercado. “Canalicé esta angustia y ansiedad en la comida y subí 20 kilos. También, dejé el deporte. Se me empezaron a pelar las manos y el dermatólogo me dijo que era nervioso”, recuerda Olivari. Todos estos síntomas le hicieron tocar fondo y lo impulsaron a realizar un curso en la fundación El arte de Vivir. “El objetivo de este curso es enfocarte en términos de liberación de estrés a través de técnicas de respiración”, comenta. Por eso, todos los días se levanta a las 6:30 para hacer su rutina diaria de respiración y sus 10 minutos de meditación. “De esta manera, puedo estar centrado y me ayuda a vivir el presente. Además, aprendí a tomar distancia de la realidad cotidiana en función  de rendimientos a pesar de que en mi profesión es muy difícil no contagiarte de los humores del mercado”, confiesa. 

Para Olivari, el slow work consiste en trabajar al 100 por ciento durante las horas que pasa en la oficina pero su tiempo libre es sagrado.  Todos los fines de semana juega al tenis y sale a correr dos veces por semana para oxigenarse y mantenerse saludable. Un curso de El Arte de Vivir también transformó el ritmo de vida de Verónica González, quien resignó su carrera corporativa en American Express y luego en Ogilvy & Mather para dedicarse de lleno a esta fundación internacional. Ingresó en 2002 y presidió la filial argentina entre 2004 y 2009. En la actualidad, dicta cursos y conferencias en todo el país y es coordinadora en América latina del Programa Achieving Personal Excellence (APEX), un curso de auto-liderazgo orientado a las empresas, que trabaja simultáneamente sobre el fortalecimiento del individuo y del equipo dentro de la organización potenciando el entusiasmo, compromiso y responsabilidad. “Las poderosas técnicas de respiración y relajación que se enseñan en el programa apuntan a la eliminación del estrés individual, beneficiándose no sólo a nivel laboral sino también personal, para enfrentar los desafíos en los distintos ámbitos de la vida”, remarca González.

Para ella, la filosofía del slow work no pasa por la velocidad del hacer sino por el foco: “El estrés no surge de trabajar demasiadas horas, ni de tener muchos empleados, clientes, familia y trabajo que atender: lo genera una mente que no está en el lugar donde tiene que estar y que no está donde el cuerpo está en ese momento”. Según el médico psiquiatra Walter Ghedin, el movimiento slow work está logrando cambios que parecían imposibles: “Centrarse en uno mismo, en el cuidado personal, no sólo actúa en la prevención de enfermedades, sino que permite tener una visión más objetiva de los problemas, la percepción y las alternativas se amplían, se destacan las prioridades y el tiempo adquiere un valor más ajustado a la realidad. Todo esto redunda en un resultado más efectivo, con efecto feedback sobre la persona”.

Freno de mano
Precisamente, la búsqueda personal de María Celeste Meana la ayudó a detenerse y establecer prioridades. Llevaba una vida muy acelerada y frenética como instrumentadora quirúrgica y vendedora de implantes de traumatología y neurocirugía. El libro del periodista Carl Honoré, “Elogio de la lentitud”, fue el disparador de este vuelco en su vida. Así, conoció el movimiento y decidió abrir D. spacito, un espacio de recreación slow para niños de cuatro a 12 años. “Como soy docente, sentí la necesidad de volver a los chicos, que son mi fuente de energía y felicidad. Me di cuenta de que hacía falta una propuesta de juego libre que los desacelere y les ayude a desarrollar su imaginación y creatividad”, afirma Meana. Fue así cómo, en noviembre de 2008, nació este emprendimiento en el barrio de Palermo, que ofrece talleres de yoga, danza, expresión corporal, teatro y cocina desde una manera libre y no forzada que les permite a los más pequeños relajarse y cambiar su actitud. “Trabajamos con grupos reducidos y la propuesta es para un momento de la semana y no para todos los días”, aclara la también socia fundadora del convivium (especie de sede) de Palermo Slow Food.

Por otra parte, en las grandes empresas, el slow work se alinea con la idea de que una mayor inversión de tiempo no garantiza una mayor productividad. Concientes de ello, algunas compañías implementaron horarios flexibles. Tal es el caso de Google, donde un 20 por ciento de la jornada laboral se destina al slow work sin horarios, agenda ni deberes. Por su parte, IBM trata de  integrar las demandas de sus empleados en lo que se refiere a su vida personal y laboral. Un ejemplo es el horario de trabajo individualizado: “Los empleados pueden modificar hasta en dos horas el horario de entrada y salida para acomodar sus necesidades de tipo personal”, aclara Raffaella Temporiti, gerente de Recursos Humanos de IBM Argentina. Otros beneficios son: la licencia sin goce de sueldo por un período de tiempo para manejar una situación personal, una opción de empleo regular que requiere menos tiempo que el horario completo, la posibilidad del homeworking y el telecommuter. 
Queda claro que la base de esta filosofía, que está modificando los hábitos en las empresas y en sus ejecutivos, se encuentra en esta actitud sin prisa que no significa hacer menos ni reducir la productividad. Todo lo contrario, implica trabajar en forma más eficiente, con una mayor conciencia en mejorar la calidad de vida. Algo comparable con lo que buscan las nuevas generaciones a la hora de elegir una organización: el equilibrio entre la vida personal y laboral.



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