Roque Fernández:

Roque Fernández: "Se está jugando todo a una ruleta política"

El ex ministro de Economía alerta sobre el aumento del gasto con miras a 2011 y, sobre todo, por el deterioro institucional del país. 23 de Febrero 2010
A 10 años de su alejamiento del ministerio de Economía, a Roque Fernández se lo nota distendido. Tal vez, porque no rinde examen ante ninguna bandera política. Parece otro. Ya no está enfundado en los oscuros y solemnes trajes de funcionario público. Tampoco usa anteojos. Lookeado en un estilo elegante sport, en el que hasta se anima a un saco cuadrillé, recibe a APERTURA. A las cuatro de la tarde, tras un almuerzo en su casa, a pocas cuadras de UCEMA –donde trabaja– y una siesta. Un rito que heredó de su Córdoba natal y la razón, también, de por qué sus días terminan cerca de las nueve de la noche. El ex funcionario del Gobierno de Carlos Menem mantiene el low profile de siempre, tal vez, por su poca voluntad para la política de barricada. “Soy un técnico. Tengo vocación para el Ejecutivo y para analizar temas”, se autodefine. ¿Le gustaría volver a la función pública?  “Soy liberal y no veo que la Argentina sea liberal, como para tener un respaldo político”, responde y empieza la charla, con un balance del escenario macro del país en el último año y de cara a 2010.

¿Cómo ve la situación económica?
No hubo un daño importante sobre la economía argentina. Perdimos actividad económica. Pero otros países sufrieron más la crisis internacional. La inflación no se disparó. No obstante, sigue siendo bastante preocupante. Lo que sí se deterioró es el tema institucional. La falta de inversión frena la recuperación. Algunos hablan de un crecimiento para este año del 5 por ciento pero me parece mucho. Me conformaría con un 3 ó 3,5.

¿La falta de inversión es una respuesta a las medidas intervencionistas?
En parte sí. Lo que percibo, en las conversaciones con los empresarios, es que no hay clima de negocios. Ninguno piensa en cuál será el próximo desarrollo, sino en mantener lo que hoy tiene.

¿Cree que, a esta altura, puede haber un cambio en la política del Gobierno?
No. Nadie cree que pueda cambiar. Y ellos mismos dicen que van a profundizar el modelo. Eso aplaca la economía. Si la oposición –que sería más amigable con los mercados, por lo que se ve en los debates– se consolida como alternativa para 2011 en las encuestas, la expectativa de cambio podría alentar un poco la inversión. En ese caso, los empresarios no esperarían al cambio de gobierno e invertirían antes.

¿Piensa que el gasto público seguirá en aumento?
El Gobierno tiene una expectativa de jugar todo o nada en la próxima elección, algo que siempre ocurre en los recambios. La lógica es gastarse todo. Y, si gana, verá después cómo resuelve el problema. Si pierde, no le dejará nada a los que vienen. Se está jugando todo a una ruleta política.

¿Cómo se revierte esta situación, desde el aspecto macroeconómico?
Se pueden poner frenos a la utilización de las reservas. El Congreso tiene facultades de control sobre el Banco Central y podría fijar límites a la conducta que pone en marcha el Gobierno, de administrar el país en base a preservar el poder y no en base a una asignación eficiente de los recursos y la solvencia del Estado. Esa es la esperanza. Vamos a ver si se concreta.

Pero, desde el punto de vista técnico, ¿qué problema encararía primero? ¿La inflación?
Es difícil. Cualquier política requiere credibilidad de largo plazo en la ejecución. Para que la economía se reactive por medio de la inversión, el empresario necesita estar más seguro en la seguridad jurídica y en la línea de conducta que va a tener el Gobierno.

¿Por qué cuesta tanto encontrar consensos entre la clase política?
La Argentina abandonó hace décadas el curso institucional. Desde el golpe a Yrigoyen, cambió la trayectoria que traía el país desde el siglo XIX y nunca volvió a reconstruirse el orden de la constitución de 1853. En el tema del federalismo, por ejemplo, siempre se hizo un planteo de naturaleza federal pero con un doble mensaje. Cuando Rosas tomó el poder, hacia 1830, lo hizo bajo la bandera del federalismo, pero no hubo gobierno más unitario que el de Rosas. Ese es un defecto que quedó en la Argentina: quien tomaba las rentas del puerto tenía la suma del poder público. Hoy tenemos esa centralización de la caja, con un ex gobernador de Santa Cruz que repite la tradición.

Al respecto, ¿cómo ve a las provincias en este contexto? ¿Hay riesgo de cuasimonedas, si continúan creciendo los déficit?
Las provincias necesitan reglas claras y una Ley de Coparticipación para poder proyectar sus recursos y sus gastos. Pero no hay que creer que son víctimas del Poder Ejecutivo tampoco. A muchas les gusta este juego de echarle la culpa de sus males al Gobierno central. Nací y viví en Córdoba y recuerdo que, los viernes, el gobernador se subía al avión para reclamar fondos a la Nación. Si bien algunas provincias son ordenadas, hay otras que, alegremente, aumentan sueldos, comprometen gasto, emiten deuda y, luego, vienen a tocar el timbre del Gobierno nacional para que las rescate de una conducta fiscal imprudente. Una vez que se resuelva cómo se distribuyen los recursos, se forzará una mayor responsabilidad, tanto del Gobierno nacional como de los locales. Incluso, habría que habilitar la posibilidad de que una provincia quiebre, como en los Estados Unidos. 

En retrospectiva, ¿la convertibilidad fue un error?
No, fue la medida correcta para salir de la hiperinflación. Prácticamente, todos los países que tuvieron éxito en la salida de una híper lo hicieron fijando el tipo de cambio a una moneda fuerte. No creo que los problemas de la Argentina pasen por la política cambiaria. La crisis de 2001 no tuvo nada que ver con la convertibilidad. Pensar que el tipo de cambio estaba atrasado es no entender lo que pasó.

¿Qué fue, entonces?
Lo que hubo fue una falta de ordenamiento fiscal. Se descontroló la situación y, en vez de ajustarla, se apeló a sacarle la plata a las AFJP y al Banco Central. Cuando Pedro Pou, que era presidente del Central, le dijo “No te doy las reservas”, Cavallo lo echó. Esa es la crisis de 2001, no la convertibilidad.

Pero había un problema con la deuda pública…
Al final de mi gestión, la deuda era 40 por ciento del PBI, el mismo nivel de principios de la década del ’90. Lo que hizo Alfonsín fue dar el 82 por ciento móvil a las jubilaciones pero no las pagó. Esa deuda estaba y lo que hicimos, al emitir los bocones, fue reconocerla. La década terminó con un nivel de endeudamiento razonable para la Argentina. Después, la situación externa adversa y el no querer tomar las medidas correctas complicó las cosas. Ricardo López Murphy hizo un plancito para ajustar US$ 4000 millones y lo echaron, duró 15 días. Y vino Cavallo, con su promesa mágica que era sacarle la plata a las AFJP y al Banco Central. Otra vez, el tema institucional.

¿Hay un paralelismo con la situación actual? Se acudió a las AFJP, a las reservas… Totalmente. Ya se metió mano a las AFJP, ahora vienen los bancos públicos y las reservas del Central… Por eso, espero que el Congreso ponga un límite. Necesitamos institucionalidad política para poder enfrentar estos temas: que el Congreso se ponga las pilas.

¿Y cómo puede terminar?
No va a terminar como en 2001 porque esos fenómenos no se repiten. Pero un experimento de gasto desbordado no puede terminar bien. Hay que acotar el problema antes de que se desencadene.

Usted es productor agropecuario. ¿La Argentina puede terminar importando carne en el mediano plazo, como advierten muchos?
Hubo una liquidación importante de vientres. Si se quiere mantener el nivel de consumo alto, la única salida será importar. Pero mucho antes, el mercado reaccionará con reducción de oferta, suba de precios y cada medida que intente tapar esa realidad será peor. Ya lo vivimos en los ’70, con este mismo modelo de control de precios. En Córdoba, comíamos asado con carne de caballo, que es horrible. Fue la política del (Guillermo) Moreno de aquella época.



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