Residuos que abren una oportunidad productiva

Residuos que abren una oportunidad productiva

Javier Santiago comercializa subproductos derivados de la industria alimenticia que se usan para las dietas de animales en tambos y feedlots. Un negocio que convirtió un problema de alto costo ambiental en una oportunidad productiva. 10 de Febrero 2011
Hay quienes dicen que las oportunidades están en todos lados, sólo hay que saber mirar. Y animarse.

Algo así le sucedió a Javier Santiago. Comenzaba el año 2000, era ex empleado de una empresa textil y sólo tenía, en el campo de un amigo, unas pocas vacas. Además, eran tiempos de sequía y se volvía imperioso encontrar recursos alternativos (la compra de maíz o forraje no era una opción) para alimentar los animales.

“Esto comenzó de la nada, con cero peso y por casualidad. Fui a una planta cervecera que me quedaba de paso y les propuse comprar el bagazo de malta que quedaba de la elaboración de cerveza. Hasta entonces, ellos pagaban para que se lo retiraran”, cuenta el empresario. Este primer camión de bagazo implicó el desembolso de u$s 200 (eran tiempos de uno a uno). La primera carga la consumieron los animales de Santiago, pero la cervecera generaba 100 toneladas por día, mucho más de lo que podían comer sus 50 vacas.

Armar la red
El bagazo es el residuo de queda luego de exprimir frutas o cereales, para extraer su jugo. Al ser utilizado en alimentación de ganado, se puede mezclar con otros productos como maíz o pasto. Pero la clave está en que tiene poca vida útil por lo que debe ser usado de forma relativamente rápida. “Como la cervecera me ofreció ese gran volumen de bagazo, con la segunda carga comencé a armar una red de tambos comerciales que estuvieran en esa zona de la provincia de Buenos Aires (cercana a Zárate), a no más de 200 km a la redonda”, relata.

Hay que hacer un poco de historia: a partir de 1999, la producción de leche en la Argentina había ingresado en declive (pasó de más de 10.000 millones de litros anuales en 1999, a menos de 8.000, en 2003), a expensas de la mayor competitividad que ofrecía la agricultura (en particular, la soja). Hasta el tercer trimestre de 2002, la fuerte recesión interna se vio acompañada por los precios internacionales más bajos de los últimos 15 años, por lo que la lechería no podía competir con actividades alternativas del sector agropecuario. Tampoco eran buenos tiempos para el sector transportista.

En ese entorno, Santiago siguió adelante con su proyecto: “Era un momento de crisis total pero, más allá del negocio, yo veía que hacía algo que servía. Además, debo destacar la dignidad comercial de los productores tamberos, que me permitieron desarrollar este proyecto”, remarca Santiago, quien en diciembre pasado recibió el premio BBVA Banco Francés al Emprendedor Agropecuario del año.

Como todos los ciclos, éste también llegó a su fin y la cervecera le pidió a Santiago que extrajera, también, la levadura líquida (20 toneladas por día), otro subproducto de la industria alimenticia que sirve para la nutrición animal. Y en 2006, el negocio volvió a expandirse, cuando acordó con Unilever el retiro de 50 toneladas diarias del residuo derivado de la producción de los jugos de soja Ades, un desecho que debe ir a tratamiento, según dispone la Secretaría de Ambiente. Para entonces, Santiago contaba con camiones propios. Hasta 2003 alquiló el transporte pero, ese año, compró las dos primeras unidades usadas a un amigo quien, a su vez, los había recibido como pago de una deuda. Hoy tiene cuatro camiones y cinco semirremolques adecuados para el traslado de este tipo de productos.
El siguiente proveedor importante fue una panificadora que descarta, por día, entre 15 y 20 toneladas de pan de sus líneas de producción, porque está mal horneado o es de tamaño inadecuado. “Le compramos ese pan y con eso también elaboramos alimentos para animales”, dice el empresario que creció, exclusivamente, reivirtiendo capital.

Experimentar, crecer
Al mismo tiempo, en 2004, Santiago compró un campo pequeño en Exaltación de la Cruz, donde armó corrales y creó un feedlot que fue creciendo hasta llegar, actualmente, a 1.000 animales. Ese fue su principal centro de experimentación para este alimento, aunque tampoco desdeñó la capacitación formal. “Me vi en la obligación de aprender mucho sobre el tema. Hice cursos sobre nutrición animal en la Sociedad Rural y la Universidad del Litoral”, cuenta.

Hoy, los clientes de Javier Santiago son tambos de alta producción y feedlots. También cuenta con una pequeña planta de secado de levadura, donde ésta se convierte en un polvo que se usa para producir alimento para perros. “Reutilizamos proteína vegetal, que no debería tirarse. Con la necesidad de alimentos que existe en el mundo, los cereales tienen que ser para los humanos. Debemos bajar el volumen de granos destinados a los vacunos. Estos subproductos son una buena alternativa y permiten abaratar las dietas de los animales”, advierte el empresario. A diferencia del pellet de soja, por ejemplo, el producto que vende Santiago no requiere de un proceso industrial ya que se trata sólo de mezclar leche de soja, con malta húmeda y pan. Aunque, la distribución requiere de un plan logístico muy complejo para llegar a cada establecimiento. Por otra parte, en verano, cuando crece el volumen de estos subproductos, es cuando el pasto está en su mejor momento y los tambos y feedlots requieren menos alimentos. En esa época, la firma ofrece el servicio de embolsar el material en silobolsas para reservarlo para el invierno.

Ficha
- Actividad: gestiona 200 toneladas diarias de subproductos de la industria alimenticia destinados a dieta para ganado.
- Atiende 40 tambos y participa de la alimentación de 20.000 vacas en ordeñe.
- Empleados: 10.
- Precio promedio del alimento: $ 180 por tonelada (incluye transporte).
- Facturación: $ 5 millones anuales.



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