Rescatando el edificio más antiguo de la ciudad

Rescatando el edificio más antiguo de la ciudad

San Ignacio de Loyola, que cumple 300 años, estuvo a punto de derrumbarse. Su estructura colapsó y necesitó un apuntalamiento de urgencia. Hoy, con fondos públicos y privados que llegan a los $ 12 millones, la primera iglesia de Buenos Aires está siendo restaurada con materiales que emulan los originales. 22 de Abril 2010

Cuando el cardenal Bergoglio me designó párroco hace casi cinco años, estábamos en una situación de desesperación y de alarma. En primer lugar porque parecía que la iglesia se caía. Fue cuando se apuntaló por fuera". Así comienza la historia el padre Francisco Baigorria, quien tiene a cargo la administración de la obra, además de las tareas propias de sacerdote. El proyecto de rehabilitación y puesta en valor realizado por el arquitecto Eduardo Scagliotti y el de consolidación estructural del ingeniero Jorge Fontán Balestra, están siendo ejecutados por el ingeniero Jorge Beverati y un equipo de arquitectos, ingenieros y especialistas en restauración. "Luego de la etapa de proyecto, realizamos las obras de urgencia. Se consolidaron los muros y los túneles históricos", cuenta el padre. "La iglesia sufrió un colapso por una pérdida de un caño de agua que ingresó por el túnel histórico que pasa debajo de las columnas de apoyo del cimborrio (ndr: cuerpo cilíndrico u octogonal que sirve de base a la cúpula) y su deformación empujó la nave central y el muro sobre Alsina, provocando fisuras en la fachada y en la propia nave", explica Jorge Beverati, director ejecutivo de la obra. "El cimborrio tiene un apuntalamiento de 60 toneladas para poder ejecutar el refuerzo estructural", agrega. "Fue un trabajo muy serio, porque realmente la fachada estuvo en riesgo de colapso. Ahora queda la consolidación que es como una brochette: se introducen tensores que funcionarán como costillas de apoyo", suma Scagliotti. Esta consolidación estructural es un trabajo novedoso: "Es la primera vez que se hará este tipo de proyecto a través del alma de un muro, perforándolo longitudinalmente sin tocar la fachada. La gran virtud de esta metodología es que no alteramos el edificio en sus paramentos y trabajamos todo por dentro de las paredes. Haremos grandes agujeros que pasarán de lado a lado el campanario y lo atarán con estos tensores", precisa el arquitecto Luis Martínez D´Auro de la constructora Leguizamón - Ezcurra.

La iglesia en una caja
Mientras esperaban la firma de un convenio con el Estado para financiar parte de la obra, se realizó una prueba piloto en la sacristía y la contra sacristía. Luego, se construyó el templo provisorio para poder intervenir el interior de la iglesia sin cerrarla operativamente. "Diseñaron un ámbito cerrado herméticamente que está metido dentro de la iglesia, como una caja. Detrás de eso y también por encima está todo andamiado y se está trabajando toda la envolvente interior", detalla el párroco, empapado en el tema. Las tareas consisten en el tratamiento de humedades y las instalaciones de los servicios: luz, sonido, seguridad, tensiones bajas, telefonía. "Había cosas que no existían y otras estaban en malas condiciones. Hubo que retirar lo antiguo y canaletear toda la iglesia de acuerdo a las exigencias nuevas", acota. Además, esta parte incluye la intervención de techos, cúpulas y solados. La última etapa estipulada es la de la restauración de la fachada, que se financiará con fondos del Gobierno de la Ciudad y privados. Es importante llegar con la envolvente exterior este año, porque San Ignacio cumple 300 años", concluye Baigorria.

300 años de historia
Aunque la consagración del templo fue posterior, San Ignacio de Loyola se comenzó a construir en 1710. Es el edificio más antiguo que tiene la ciudad de Buenos Aires. "Ayer, en una reunión con el ministro de Hacienda de la ciudad, yo les contaba que en este lugar se gestó gran parte de nuestra historia. San Ignacio fue albergue de cabildos abiertos anteriores al 25 de mayo. Aquí, en este colegio San Ignacio, que después fue el Colegio Real de San Carlos, se formaron todos nuestros próceres y los miembros de la primera junta. Hicieron acá su catequesis y tomaron su primera comunión", dice con lágrimas en los ojos el sacerdote.

Hubo una capilla anterior hecha con adobe, pero se demolió para levantar el proyecto del jesuita Juan Krauss, hecho a imagen y semejanza del Jesú de Roma (donde está enterrado San Ignacio), con planta en forma de crucero, una nave principal y dos laterales. El propio Krauss, junto a Andrea Bianchi y Juan Bautista Prímoli, estuvo al frente de la obra. "Se diseña de acuerdo al barroco europeo del siglo XVIII, pero incorporando elementos nuestros. Por eso no se construye con piedras, sino con ladrillos del primer horno que existió acá y pertenecía a los padres jesuitas", continúa el padre.

"Este claustro es lo único que quedó del antiguo colegio San Ignacio, que no se demolió en 1906 cuando se construyó el nuevo colegio", cuenta Scagliotti mientras camina por la galería. "Además de las condiciones históricas, esta obra es también un documento al que hay que tratar de alterarle su autenticidad lo menos posible", agrega. Por eso, para una etapa posterior aún no definida ni presupuestada, se pretende recuperar la condición original de esa galería, abierta al exterior. "Así se recompone un poco la distribución funcional de llenos y vacíos que tenía el viejo colegio". La intención del especialista en Preservación Patrimonial es recuperar el lenguaje original de la obra. "Fue propio del siglo XX modernizar el vocabulario colonial porque se lo despreciaba. En esta corriente europeizante de nuestra arquitectura se lo consideraba un elemento de menor jerarquía", sostiene Scagliotti. "A pesar de las pinturas, de las intervenciones, de las colmataciones, el edificio está pidiendo, de alguna manera, contar su verdadera historia", concluye Scagliotti.



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