Refugios en Sierra de la Ventana

Refugios en Sierra de la Ventana

Al pie de las montañas más altas de la provincia de Buenos Aires, esta comarca seduce a los viajeros con sus paisajes quebrados, sus ríos y el verde de sus campos. 08 de Abril 2011
Hace más de un siglo, desde el año 1903, se encaró en los extremos de Buenos Aires la construcción del ramal Ferrocarril del Sud que pasaba (y aún pasa) por Olavarría, Coronel Pringles y Bahía Blanca.

Entre esos puntos principales se crearon otras estaciones, una de ellas, Sierra de la Ventana, actualmente Saldungaray. El tren, elemento civilizatorio por excelencia en aquellos tiempos, trajo consigo emprendimientos como el Club Hotel de la Ventana, un edificio majestuoso del que solo quedan ruinas. La construcción requería que el tren trajera materiales y personal, por lo que surgió una nueva estación, que llevó el nombre de Sauce Grande. Y al mismo tiempo, un terrateniente local de apellido Meyer construyó en la localidad otro hotel, menos espectacular, para dar alojamiento a los capataces de la construcción.

De haber sobrevivido, el Club Hotel habría cumplido este año su centenario. El hotel era no sólo enorme (6.400 metros cuadrados construidos) sino de gran lujo; contaba con solarium, un restaurante con mobiliario Luis XVI, jardín de invierno, salones de fiesta y casino, además de una de las mejores canchas de golf del país. El siglo le pasó por encima y hoy sus ruinas son visitadas y están camino a la senda que permite escalar el Cerro Tres Picos, en la zona de Villa Ventana. Pero lejos de caer en una época oscura, toda la zona de Sierra de la Ventana recuperó sus brillos. En realidad, otros diferentes en los que, con menos lujos, las propuestas para los viajeros se relacionan más y mejor con el entorno que, sin dudas, es la gran riqueza local.

Más y mejor
Desaparecidos los grandes hoteles, la misión quedó a cargo de un amplio abanico que incluye desde estancias turísticas hasta pequeños complejos de cabañas.

Entre los alojamientos más destacados están las estancias El Retiro, que ya fue visitada en varias ocasiones desde estas páginas, y Cerro de La Cruz. Ubicada en el corazón mismo de las sierras, esta última es propiedad de la familia Ayerza. El campo, de corte agrícologanadero, creció de la mano de Eduardo Ayerza y de Gertrudis Herrera Vegas de Ayerza, y su nombre deriva de la presencia de una cruz de origen desconocido que existió allí hace tiempo. Seguramente un vestigio de los años en que las serranías eran una frontera caliente, paso y refugio alternado de soldados, aborígenes y ganado. El casco de la estancia cuenta con el plus de belleza que le otorga el diseño del arquitecto Bustillo, y con la comodidad que proveen una vivienda principal, secundada por una casa para el mayordomo y otras para el personal.

Otro de los campos emblemáticos de la región es La Luisina, que en sus 1.100 hectáreas alberga un casco de 107 años de antigüedad. Alrededor de la casa de estilo inglés, que se reconstruyó en 1965, hay cinco hectáreas de parque iluminado, poblado con diferentes especies arbóreas y animales domésticos. Apenas 6 habitaciones para 12 personas aseguran la paz del lugar, mientras que el spa con piscina cubierta, el sauna, jacuzzi, ducha escocesa y el servicio de masajista profesional (a pedido) garantizan que el cuerpo sea tratado de la mejor manera. Por supuesto, las cabalgatas, las salidas en mountain bike, o las caminatas con avistaje de aves están a la orden del día.

Más jóvenes, hay que mencionar algunos alojamientos que han sabido traer a estas tierras elevadas lo mejor de otros destinos. Así, lugares como la Posada Agua Pampas, ubicada en Villa Ventana, ofrece 17 habitaciones, singles, dobles, triples y suites concebidas para el descanso y el relax. Cada detalle apunta a mejorar la estadía. Como ocurre con el desayuno campestre o las artesanías y, vale decir, inusuales, bañeras y bachas hechas de troncos. La piscina exterior, la pileta interior con jacuzzi, las hamacas paraguayas y un amplio parque con costa del arroyo Las Piedras completan un cuadro para el disfrute.
Más alejada de la villa, en dirección a Coronel Suárez, la Casa de Campo Matietxe también reclama su instante de atención. Se trata de un alojamiento pequeño, de solo tres habitaciones, que seduce desde el parque perfecto que lo rodea, pero también desde la calidez del salón con hogar a leños o la simpatía de los ponys que se ofrecen a los más chiquitos. En definitiva, al igual que en los alojamientos de diverso nivel que pueblan estas sierras, aquí lo que siempre termina por convencer al viajero son esos pequeños detalles que hacen la diferencia.



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