Patria bendita

Patria bendita

Cómo encuentra este bicentenario al país. Los logros, desafíos y asignaturas pendientes bajo la mirada aguda de intelectuales argentinos. La dirigencia política, la democracia, el peronismo y la educación. Cambalache y siglo XXI. 27 de Mayo 2010

Dos siglos. 200 años. 2400 meses. 73.050 días. Horas y minutos de intrigas, de luchas, de ilusiones, de orgullos y de penitencias. De una tierra de estilizada figura –resguardada por imponentes cumbres nevadas, amparada por la pampa húmeda, cobijada por los suelos  sabiamente marchados– que supo, con idéntica pasión, cultivar el mejor malbec, desplegar con maestría su sublime capital intelectual, ofrecer las carnes más sabrosas y dar a luz a las mujeres más bellas. De ella, cuna de inventos y cachivaches cotidianos, también los frutos y los pavores que tiñeron de gris los años de plomo. La tragedia de una guerra insensata que todavía no cura sus heridas. La aberración, poco más de un siglo atrás, de un enfrentamiento despiadado que dejó sin aliento a un país vecino. La mediación de un Papa, orgullo polaco, que evitó otro demencial escándalo. Los atentados, la discriminación, las ausencias. Pero, también, la genialidad indiscutida y la fantasía elegante. Borges, Cortázar, Sabato y Bioy; las proezas en Estocolmo de Houssay, Milstein y Leloir; la eterna sonrisa de aquella voz que, aun desde la eternidad, cada día canta mejor; la zurda gambeta de aquel deportista eximio que sigue generando amores y odios; las pinceladas de Berni y la sensibilidad de Quinquela Martín; la osadía marplatense cuyo bandoneón hizo romper en lagrimones a quien se dejara llevar por los acordes de Adiós nonino… Inabarcable. Profunda. Compleja. Así es la Argentina. Como su nombre. Plata. Pura. Preciosa. Aquella que enamora, que seduce, que provoca nostalgias y suspiros cada dos por cuatro. Que también, a veces, cuestiona. Que se equivoca. Que aprende. O, al menos, intenta. Apenas dos siglos pasaron desde que un grupo de soñadores natos, alentados por la experiencia pionera de aquel lejano norte, impulsaron los cambios que derivarían, en 1816, en la Declaración de la Independencia. Hoy, a la vera del Bicentenario, destacados intelectuales invitan a repensar el aniversario y analizan los principales logros y desafíos de esta joven nación. “Los 200 años deberían celebrarse con una cuota de mayor armonía, de mayor tendencia al diálogo y al consenso”, dice María Sáenz Quesada, historiadora, directora de Todo es Historia y ex secretaria de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

“El país se encuentra en un momento crucial de búsqueda de madurez cívica, con un arrastre de rasgos de adolescencia social que reclama un paso nuevo de madurez para que el consenso sea capaz de consolidar un proyecto nacional coherente y sustentable”, subraya Julio César Labaké, doctor en Psicología social y Miembro de Número de la Academia Nacional de Educación.

Oscuro como un túnel. Dicen. Aluden. Un clima en el que reina la incertidumbre y la crispación, marcado por un proceso inflacionario, crecimiento de la pobreza estructural, un desalentador respeto hacia las instituciones y márgenes delictivos en aumento. Así parece, de algún modo, querer la Argentina recibir este nuevo Centenario. Triste, duro, nostálgico. Al estilo tan propio del país que se mueve al ritmo del tango, que añora los tiempos de antaño y que se encuentra siempre proclive a lamentarse por lo que podría haber sido y no fue. Pero que, en definitiva, sobrevive. “La sociedad parece estar dispuesta a dar una vuelta de tuerca en pos de un futuro mejor”, dice, alentador, Miguel Ángel De Marco, director del departamento de Historia de la Universidad Católica Argentina y ex presidente de la Academia Nacional de la Historia. Vivir para contarla.

De la convulsión a la belle époque
“Para amar a la patria basta ser hombre.
Para ser patriota es preciso ser ciudadano.”
(Bernardo de Monteagudo, 1811)

Los primeros 100 años –desde aquella convulsionada Revolución de Mayo, pasando por los tiempos de anarquía, la hegemonía rosista, la caída en Caseros y la generación del ’80, que merece una mención aparte– dotaron a la nación de uno de los procesos de crecimiento más extraordinarios, al menos en el campo económico. “En 1810 era un rincón muy marginal del mundo hispánico, un territorio despoblado, una economía minúscula, casi sin ciudades de importancia”, explica el historiador Jorge Gelman, quien acaba de publicar, junto a Raúl Fradkin, Doscientos años pensando la Revolución de Mayo. De hecho, un censo realizado a fines del siglo XVIII contaba a poco más de 24.000 habitantes en Buenos Aires. En 1810, se estimaban cerca de 40.000. Por aquellos años, lo que hoy se conoce como territorio argentino representaba cerca del 2 por ciento de la economía de América latina –cifra que trepó al 50 por ciento un siglo después y que hoy retrocedió al 8 por ciento–. “En 1910, el PBI de Brasil era la mitad del argentino y ahora es cuatro veces más”, se lamenta Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios para la Nueva Mayoría.
Parte del esplendor que reinaba en el país durante su primer Centenario, cuando acuñó, no escaso de orgullo, el mote de Granero del Mundo o la París de Sudamérica, se vio materializado por el trabajado impulsado a partir de la conservadora y elitista Generación del ‘80. “Lo increíble es que se siga hablando de la ella como único hito de desarrollo plural en la Argentina. Será, tal vez, porque otros proyectos terminaron fracasando o alcanzaron sólo a algunos sectores y no al país en su conjunto”, considera De Marco.

A inicios del siglo XX, y a pesar de la fuerte tensión social que amenazaba con huelgas generales y del fraude electoral, la Argentina “reunía el 13 por ciento de la población latinoamericana, con poderosas urbes y una cultura pujante. Incluso, entre mediados del siglo XIX e inicios del XX sobrepasó las tasas de crecimiento de la más exitosa de las economías, la norteamericana”, agrega Gelman.

El Centenario, coronado por visitas ilustres y funciones de gala, encontró a la Argentina bebiendo la euforia del éxito. No sólo se jactaba de ser el primer PBI de América latina, sino que, además, pulcra y paqueta, se había convertido en el país con menor tasa de analfabetismo, superando a varios países de Europa. Fiel al estilo criollo, no obstante, no todos los sectores compartían el optimismo y mucho menos se aunaban en un proyecto largoplacista. “El país atravesaba una fuerte crisis política, tanto que los anarco-sindicalistas constituían una amenaza. A principios de mayo de 1910, se declaró el Estado de Sitio; la UCR obedeció las órdenes Yrigoyen y se negó a participar en el festejo del Primer Centenario; Julio A. Roca se fue a París para no presenciar las celebraciones; Roque Sáenz Peña, embajador en Italia, mandó a un periodista en representación de aquel país mediterráneo mientras hizo un gran baile en la embajada argentina en Roma. Había un mal clima por parte de la dirigencia local con respecto a Figueroa Alcorta, entonces presidente. Un clima de crisis política que se repite ahora, en el festejo del Bicentenario”, analiza José Nun, ex secretario de Cultura de la Nación, quien, para redondear su idea, recoge un trabajo de Joaquín V. González. “Dice que es un país con tierra próspera y con gran futuro pero con un problema recurrente que ya es ley histórica, la discordia nacional. Es decir, la Argentina es capciosa, siempre hay conflicto entre grupos que no son simplemente adversarios sino enemigos. Fue así en el siglo XIX, en el XX y se está reproduciendo ahora. Tendría que dejar de ser de este modo, aunque las probabilidades no son muy altas. Precisamente, por el clima en que cada sector le endilga a otro su falta de capacidad para el diálogo”, argumenta.
El Centenario, asimismo, generó también el debate sobre lo que era necesario cambiar. “Por eso, en 1912, se sancionó la ley del voto universal, secreto y obligatorio, que era una asignatura pendiente”, acota Fraga. La crisis de 1930 y las dos guerras mundiales marcaron un punto de inflexión en las posibilidades de crecimiento argentino “hacia fuera” y, con ello, floreció el nacionalismo económico y político. “Se dejó de confiar en el sistema democrático y se pasó a valorar algo llamado ‘intereses esenciales de la nación’, definidos, obviamente, por ciertos grupos ubicados por encima del respeto a las reglas de juego de la democracia”, agrega Gelman.

Eternos antagonismos
“Es justo que los pueblos esperen todo bueno de
sus dignos representantes, pero también es
conveniente que aprendan por sí mismos lo que
es debido a sus intereses y derechos.”
(Mariano Moreno, 1810)

“El Bicentenario es una suerte de pretexto calendario para que revisemos conductas y comportamientos de que las posiciones extremas no llevan a ningún lado y dejan un malestar muy grande en la población”, sentencia, con seguridad, Nun. 

Con igual fogosidad que un súper clásico que se disputa, cual arengue encarnizado, en el Monumental de Núñez o en la Bombonera Xeneize, la Argentina, a lo largo de sus 200 joviales años, ha sido proclive a caer bajo la tentación de los sagrados antagonismos, una especie de pincelada rauda capaz de imprimir el color de una época detrás de un choque ideológico. De los morenistas y saavedristas, que dividían su patriotismo entre ideas radicales, unos, y conservadoras, los otros. De la colorada divisa punzó –y otro tanto– que un día causó el hartazgo de aquel hombre que talló sobre una piedra en las tierras del zonda on ne tue point les idées (las ideas no se matan).  De quienes leían con devoción La razón de mi vida y de los otros que, acusando la existencia de un gobierno autoritario, se burlaban por lo bajo con Evita la corrida. De los de extremas derechas y los de extremas izquierdas, que tanto quieren diferenciarse y tanto terminan pareciéndose. Eternos antagonismos. ¿Que en paz descansen?

Pasaron ya 35 años de la muerte de Juan Domingo Perón, pero la política en la Argentina pareciera no poder concebirse sin hacer referencia al apellido como cabeza del Partido Justicialista. Mario Bunge, físico y filósofo de la ciencia, “ex gorila” confeso, cumple 91 años. Este hombre de cabellos blancos y ojos angelicales, que desde el hemisferio norte añora los teros y benteveos que pueblan las tierras australes, es uno de los intelectuales más destacados que ha dado el país y, a pesar de residir desde hace más de cuatro décadas en una Canadá que lo recibió con los brazos abiertos, sigue profundamente ligado a los temas que acontecen aquí, en el sur. “Hay que tener en cuenta que el peronismo ha cambiado, no permaneció idéntico. No es lo mismo el de Menem que el de Kirchner. Ha sabido adaptarse a los cambios. Fui muy gorila y víctima del peronismo. Pero con protestar no basta. Hay que reconocer los pocos méritos que tuvo y, también, las enormes fallas de los radicales, incluso del socialismo. El radicalismo, durante la presidencia de Yrigoyen, fue el primer partido en masacrar a los obreros. Los radicales tendrían que hacer una autocrítica y no seguir siendo yrigoyenistas”, aclara, siempre polémico, desde el otro hemisferio.

En lo ideológico, la Argentina es un país de centro que, de acuerdo a las circunstancias, gira más hacia la centro-izquierda, como sucedió con Raúl Alfonsín a comienzos de los ‘80 y con Néstor Kirchner al principio de la década que finaliza. “En cambio, tanto con Carlos Menem como con Fernando de la Rúa se apoyaron políticas más bien de centro-derecha. Pero en las dos direcciones, desde los años ‘40, siempre ha predominado cierto populismo. Desde esta perspectiva, hay una identidad común entre Menem y Kirchner, aunque su ideología y su estilo sean marcadamente diferentes. El peronismo es la fuerza política que mejor explica esta ambigüedad ideológica”, sintetiza Fraga.

Desde sus orígenes, como ya se ha mencionado, la Argentina registró diversos encontronazos ideológicos. “El antagonismo de hoy se plantearía, a mi modo de ver, entre autoritarismo y libertad”, agrega De Marco. “Pero esta prevalencia de la cultura ‘o’ nos sigue llevando a vivir confrontados en lugar de integrados”, agrega Labaké.

¿Cómo una calesita?
“El campo en que los pueblos debaten sus intereses industriales siempre fue agitado, y se halla
surcado, hoy como nunca, en el estado actual del mundo, por convulsiones profundas.”
(Nicolás Avellaneda, 1877)

El progreso acelerado no tardó en dinamitar la inestabilidad financiera, signada por el descontrol del gasto público y una coyuntura internacional desfavorable. Primero, la suba de precios y el aumento del costo de vida. Luego, las huelgas y las manifestaciones. Especulación, crecimiento de la deuda, corrupción y prácticas bancarias negligentes llevaron a la desaparición del crédito. Poco después, el colapso financiero, el adiós a los  ahorros y la ira de los inversionistas. ¿La postal suena familiar? ¿Los tórridos días de diciembre de 2001? La novela en cuestión culminó, luego de tres días de agonía, el 6 de agosto de 1890, con la renuncia del entonces presidente Miguel Ángel Juárez Celman.

Cualquier semejanza con la última gran crisis, ¿es pura coincidencia? ¿Es, entonces, la historia argentina cíclica? “Si así fuera, estaría condenada; presenta similares coyunturas pero con diferencias”, entiende Sáenz Quesada. Gelman, por su parte, coincide en que no se trata de procesos cíclicos: “Al menos en el sentido de vuelta atrás. Esto nunca sucede, aunque pueda parecerlo. Siempre hay fenómenos nuevos, contextos distintos y algo que puede parecer un comportamiento parecido de algunos actores, produce resultados diferentes”.

Sin embargo, a la hora de repensar el Bicentenario, algunos especialistas no dudan en destacar parecidos –y diferencias– entre 1810, cuando el alzamiento de Buenos Aires estaba lejos de representar una totalidad, poniendo en evidencia una profunda fragmentación de intereses, y la actualidad. “Hay equivalencias en cuanto a la disparidad de intereses que nos afectan. En 1910, se celebró el espíritu de convergencia entre las partes constitutivas del territorio nacional en la medida en que el progreso permitía reconocer cierta convergencia entre el interior y la capital; entre el inmigrante y quien no lo era; el trabajo, el ahorro y la educación aparecían como bienes que disolvían las disonancias en la integración”, analiza el filósofo Santiago Kovadloff, quien agrega: “El Centenario fue el reverso a los orígenes y el Bicentenario nos pone más cerca”.

Para Fraga, el problema de la dirigencia argentina, y no sólo en la política, es que muestra poca vocación por el cambio, como sí demuestran otros líderes regionales. “Lo peor de la decadencia es cuando se tolera o acepta como inevitable o como el único escenario posible. La dirigencia tiene que asumir que no hay maldiciones históricas y que es perfectamente posible para la Argentina generarse un horizonte diferente, como en la primera década del siglo XXI hicieron Brasil, Colombia y Perú, entre otros vecinos de la región”, dice.

Las conquistas
Las Bases, de Alberdi, sintetizaron el espíritu de la época: “Gobernar es poblar”. Y así, aunque no como Sarmiento lo hubiera soñado, la Argentina abrió su puerto, hizo gala de sus colosales –e inhabitadas- tierras y recibió, casi con la misma intensidad con la que años atrás había expulsado del desierto a los pobladores nativos y usado como carne de cañón a las etnias negras, a los inmigrantes del devastado Viejo Mundo. El país más austral practicó los pasos de la tarantela, preparó gustosas paellas, sirvió las especias de oriente, aprendió a hablar idish y hasta se estremeció con algún que otro fado. Era una sociedad pujante y de logros. Trabajo y educación fueron el pilar, casi emblemático en la región, que permitió el nacimiento de la tan venerada clase media. “El logro más grande, quizás, esté en el capital humano, que sigue siendo el mejor de América latina.

Lamentablemente, del lado de los retrocesos cabe mencionar la caída de la calidad en la educación pública”, comenta Fraga. “El Bicentenario es un espejo donde nuestra imagen se ve envejecida porque, de algún modo, refleja el semblante de la ineptitud, que tiene que ver con una dirigencia que no supo sostener las conquistas alcanzadas entre 1860 y 1930, cuando la vida republicana pasó a ser un pretexto para el autoritarismo y se ahondó la diferencia de clases. Más que para celebrar, tenemos que levantar la copa para preguntarnos qué nos llevó a extraviar lo que supimos conseguir y cómo hacer para que la Argentina siga avanzando”, propone Kovadloff.

No obstante, no todo es un largo y oscuro camino. Bunge, aunque reconoce que predomina el pensamiento neoliberal entre los economistas (“Incluso cuando Sarkozy declaró que habría que repensar el capitalismo”, polemiza), rescata algunos avances en los últimos años: “La industria, que había sido devastada por el gobierno de Menem, ha empezado a recuperarse; la ciencia, que nunca había sido apoyada decididamente por ningún gobierno, ahora tiene algo más de apoyo en materia salarial y de adquisición de equipos. Pero el principal logro es que las Fuerzas Armadas dejaron de desempeñar un papel político y ya no hay curas que confiesen a dictadores, como ocurría tanto con Rosas como en los ‘70”.

Adhuc tempus (aún hay tiempo)
Así como una década atrás, cuando los arbolitos volvían a reverdecer sobre la calle Florida, tras un breve otoño de 11 años, la palabra “coyuntura” parecía estar a la orden del día, hoy, si un término logró desplegarse con todo glamour ante la tiranía fraseológica de moda es la “crispación” y sus derivados. “Los que están crispados son sus dirigentes, no el país. Hay mucho para festejar. Pero esa celebración requiere de la construcción firme de un espacio de encuentro, de debate, de diálogo”, dice Nun.

Ya en El atroz encanto de ser argentinos, Marcos Aguinis parafraseaba a Paul Samuelson, clasificando a los países del mundo en cuatro categorías: “los opulentos, los miserables, Japón y la Argentina”. ¿Tan apocalíptico es, entonces, el futuro? ¿Cuáles son los desafíos a corto y mediano plazo para el país? ¿Todavía se puede? “Políticos con visión”, alienta Bunge. “Y es necesario desarrollar un estado de bienestar, no sólo para disminuir los efectos de la desigualdad sino, también, para aumentar la productividad: obrero pagado bien, trabaja mejor. Los Estados de Bienestar, como Francia y Alemania, frabrican los mejores productos”, agrega. “Madurez. No creer que todos debemos que pensar lo mismo sino que tenemos derecho a debatir. Nuestras estrofas hablan de entronizar la noble igualdad. Tenemos que pensar si somos un país igualitario, donde las fortunas tiendan a ser equitativas. El país fracasa  en esto. Es uno de los grandes temas pendientes y tiene que ver con el sistema republicano y las división de poderes”, propone María Sáenz Quesada.
Para Kovadloff, socialmente, la Argentina dio un gran paso desde la crisis de 2001 –el canto del que se vayan todos y de la desesperación– a 2008, con una demanda de institucionalidad y exigencia de vida parlamentaria. “El conflicto con el campo lo puso de manifiesto y la sociedad comprendió que es así cómo debía concebirse el poder político”, dice. Las elecciones de junio de 2009 pusieron sobre el tablero la disconformidad del oficialismo, analiza Kovadloff, y dieron una advertencia a la oposición. “Que nadie pueda sentirse plenamente victorioso hacia eventuales liderazgos hegemónicos. Se necesitan políticas de Estado que preponderen sobre las personales y capacidad de diálogo que devuelva al parlamento a través de la mayoría”.

En tanto, reconstruir la credibilidad institucional, reducir la desigualdad social, elevar la calidad de la educación pública son otras de las propuestas. “No es suficiente aprender a leer y escribir. Ni siquiera tener un título universitario alcanza: es indispensable educar para saber pensar. Debemos alcanzar la capacidad de integración de la cultura ‘y’, y redescubrir de verdad el valor incuestionable de la ley para organizar nuestra vida. Todo esto habla de la superación del estado adolescente que todavía vivimos como sociedad”, considera Labaké. En este sentido, Bunge también propone, como otro gran desafío, secularizar la sociedad. “Hay que llevar la cultura moderna a las masas y multiplicar bibliotecas populares. Con los gobiernos autoritarios, las primeras víctimas fueron las sociedades civiles”, dice.

Asimismo, reinsertar al país en el mapa global se presenta como otro de los puntos que rescatan los especialistas. “No resulta lógico, por ejemplo, que el riesgo y la inflación de Argentina sean mayores que en Venezuela. En cuanto al actual oficialismo, su reto más inmediato es mantener la gobernabilidad tras la derrota electoral. Para ello, el kirchnerismo debe cambiar su estilo político, porque ahora se requiere compartir el poder y la pregunta es si se adaptará a ello, lo que no parece fácil”, agrega Fraga.

Nun, por su parte, es optimista. Si bien cuestiona que aún hoy existan 28 puntos entre los que más  y los que menos ganan, cree que “2010 será un año de recuperación económica y del empleo, y que se avanzará en la redistribución del ingreso, que es un tema crucial”.
“La pacificación de los espíritus para no perder el tren de la historia, que avanza en la ciencia, en la tecnología y en la convivencia democrática. Es un mundo que requiere de nuestros productos y de la capacidad e inventiva de un pueblo que, más allá de sus constantes frustraciones, posee rasgos positivos”, concluye De Marco. Recursos naturales, capital humano, capacidad creactiva. Se levanta el telón y la función está por comenzar. Ojalá, esta vez, la Argentina memorice el guión para, de acá a algún tiempo, poder entrar por la puerta grande. ¡Salud!



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