Pasión por el pasado

Pasión por el pasado

Buenos Aires es una de las ciudades más ricas para los coleccionistas de antigüedades. Un viaje por la Historia, de la mano de sus anticuarios. 12 de Enero 2012
Como los personajes de la novela “Los anticuarios”, de Pablo de Santis (Editorial Planeta), los objetos antiguos viven detenidos en el tiempo. Su fisonomía y longevidad los hace capaces de evocar el rostro o los gestos de personas que ya no están y sus diseños se muestran como una especie de espejo, que refleja las costumbres de otra época. Ficción o realidad, estos objetos del pasado, hoy, residen en míticos recintos, que guardan en su haber piezas a través de las que los seres humanos y las historias trascienden.  Los tesoros están por todas partes: en los museos, los anticuarios, las ferias y hasta en las bibliotecas privadas, donde, en general, se encuentran los de mayor valor. Buenos Aires es una de las ciudades más afortunadas.

Desde fines del siglo XIX, la costumbre de muchos argentinos de las clases más pudientes era vivir entre las costas rioplatenses y las principales ciudades europeas. Así, llegaban a Buenos Aires barcos completamente cargados, con familias que, durante esos años, enriquecieron sus colecciones con muebles, porcelanas, platería y tapices. “Era una época en la que había una gran necesidad de consumir arte”, explica Hugo Pontoriero, curador del Museo de Arte Decorativo, que, junto al Museo Nacional de Bellas Artes, presenta una de las colecciones públicas de antigüedades más importantes del país. Los tiempos de bonanza dejaron su impronta: la de una Buenos Aires “europeizada” y la de distintas corrientes y tendencias, a través de las cuales se consolidó el gusto argentino por el arte. Pero, también, la de un selecto grupo de personas, dueña de las piezas y colecciones más importantes que quedaron en la ciudad. Piezas que, hoy, se exhiben en calles, vitrinas, lujosos recintos, así como en los rincones mágicos, que se encuentran desperdigados por la ciudad, que, como si se tratara de verdaderas máquinas del tiempo, generan en los más aficionados un viaje de placer. Esos recintos son los llamados anticuarios. 

Tradición y familia. Ubicado en un distinguido espacio de la calle Arroyo, Della Signoria es prueba del ojo experto de dos referentes, que plasman en las piezas que exhiben sus más de 30 años en este mercado. Provenientes de familias en las que el arte, más que un hobby, era un valor, Jorge Cifré y Patricio Ferrari hicieron de su local una pequeña Europa. En sus salones, se exponen muebles Luis XV, Luis XVI, así como de los siglos XVII y XVIII. Cada cómoda, mesa, lámpara y tapiz es un pequeño recorrido por la historia de la Londres, Francia o de la Italia de los años 1600 y 1700. “El límite para que un objeto se considere de valor lo marca la calidad de la pieza”, afirman los dueños de Della Signoria y miembros fundadores de la Asociación Argentina de Anticuarios, cuya Comisión Directiva hoy integran. Para ellos, la búsqueda es algo prácticamente nato. Tras el atentado a la embajada de Israel, en 1992, que dejó el anticuario bajo los escombros, Cifré y Ferrari tuvieron que reconstruir pieza por pieza todo el local.

Hoy, su ímpetu y su entusiasmo se mantienen intactos. Pero destacan la sensibilidad. “No existen los coleccionistas de antigüedades. Este es un mercado de seguidores de temáticas particulares, que pasan años buscando objetos pertenecientes a una época determinada. Por ejemplo, las piezas napoleónicas”, coinciden. En Buenos Aires, quienes están al frente del mercado de las antigüedades son fanáticos, apasionados por la Historia y por el Arte. Muchos llegaron al negocio por herencia. Tal es el caso de María Luisa Guerdile, representante de la tercera línea familiar al frente del anticuario Vetmas, uno de los más tradicionales del centro porteño; o de Renato de Benedictis, segunda generación del anticuario homónimo, hoy, uno de los principales referentes en materia de tapicería y textiles.

Sin embargo, también están quienes ingresaron al negocio casi por arte de magia. Alberto De Caro, uno de los dueños de Circe, junto a su socio y amigo, Enrique Rodríguez Hidalgo, conoció el mundo de las antigüedades cuando estudiaba un posgrado en Genética Animal en Holanda. “Un amigo heredó el castillo de un familiar y me invitó a que fuera a hacer el inventario. Cuando entré, el lugar estaba plagado de objetos de enorme valor”, cuenta. Recuerda que, en ese instante, la posibilidad de tener un pedazo de historia sobre sus manos lo cautivó. Desde entonces, y hace ya 28 años, el mundo de las antigüedades reemplazó en su vida a la Agronomía y la Genética. De Caro y Rodríguez Hidalgo comenzaron con un puesto en la legendaria Feria de San Telmo y, hoy, son dueños de un local, ubicado justo en la intersección de la calle Libertad y la emblemática Avenida Alvear, en el que predominan las piezas de origen ruso, sueco e italiano.

“Cada anticuario marca su línea y estilo que hace que, a algunos, los siga un determinado público y a otros, uno totalmente distinto”, revela De Caro. Aclara que el de las antigüedades es un mundillo pequeño, que sólo unos pocos saben apreciar. “Más que el objeto en sí mismo, el comprador tiene que ser alguien a quien le cautive coleccionar pedacitos de Historia. Cada artículo es la consecuencia directa de una situación socio-económica y cultural determinada. El comprador tiene que ser capaz de apreciar eso”, insiste. 

Viaje mágico y misterioso. “Los objetos antiguos se caracterizan por tener lazos afectivos muy fuertes. Muchas veces, se los conserva como homenajes o como forma de perpetuar a un ser querido”, describe Pontoriero. Explica que el valor artístico dependerá de “la calidad intrínseca del objeto, en su manufactura y, sobre todo, en la firma”. Agrega que, también, influyen la procedencia, la época y el hecho de que perteneciera a un personaje célebre o que formara parte de una ex colección. “Lo fundamental es que la pieza respire calidad”, coincide De Caro y agrega: “Las antigüedades son como las alhajas: debe mirárselas del revés. Si se le aplica la lupa y el objeto es bueno, se está frente a algo de gran calidad”. Explica que muchas piezas de valor sólo presentan “un buen lejos”.

Trascender. Apreciar. Valorar. Cautivar. Viajar. Sin dudas, son verbos familiarizados con el mundo de las artes antiguas. También, algunos sustantivos como magia, historia y herencia. Desde un secrétaire alemán del siglo XVIII con 14 secretos, pasando por una mesa inglesa para juego de laca con chinoiseries y fichas de marfil, como las que se exhiben en Della Signoria, o una cómoda sueca, de la que hoy sólo quedan dos ejemplares: una, en el Palacio de Tsarskoye Selo, de Catalina La Grande, y otra, en la galería porteña Circe. El miedo es, según revelan quienes hace años conviven con ellos, la pérdida. No sólo la de desprenderse de una pieza –más allá de la alegría que, por otra parte, produce la satisfacción comercial–, sino, también, por la incertidumbre de no saber si será posible reemplazarla. “La fábrica del siglo XVIII cerró”, ironiza Cifré. 

Libros abiertos. La versión bibliófila del paraíso reside en los libros antiguos. En palabras del semiólogo italiano Umberto Eco, “instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente, porque son buenos”. En el caso de este grupo de fanáticos, personalidades, a su vez, fetichistas y sabias, es aún mejor si se aproximan a la idea de un origen: manuscritos de autores, el primer esbozo de un ilustrador, una encuadernación de época o la primera tirada de un diario. “Técnicamente, un libro antiguo es aquel publicado entre 1450 y 1811”, indica Alberto Casares, dueño de Casares Libros y titular de la Asociación de Libreros Anticuarios de Argentina (Alada). Más de 40 años en el rubro –seis, en una editorial y 36, como librero– le demostraron, que en este oficio, no hay espacio para la rutina. “Es un trabajo apasionante, lleno de matices. Cada día, surge algo inesperado”, describe.

Como sucede con las pinturas, los tapices y los objetos, entre los bibliófilos, los libros antiguos también aparecen gracias a la información que provee un coleccionista amigo, a través de un rumor que circula de boca en boca o por mera intervención de la fortuna. Regenteado por los Breitfeld, una familia de libreros con trayectoria en Uruguay, The Antique Bookshop nació cuando llegó a manos de la familia un ejemplar antiguo de mucho valor. El encuentro inició una historia que, hoy, se refleja en los impecables anaqueles de madera de este sitio de look londinense, en los que descansan ediciones nacionales de principios de siglo XX. Predominan los libros con temática criolla y rioplatense, gauchescos, de la Patagonia, célebres libros de viaje, arte argentino, mapas y grabados de distintos temas. Todos, en versión original. “Apuntamos a un público selecto y chico, que busca en los libros una conexión que va más allá del texto. Son personas que los valoran más como piezas para regalo u objeto de decoración. Puro arte de colección”, sostiene el propietario, Gustavo Breitfeld. 

Es que, entre las páginas de cada pieza, así como en la cerámica de una porcelana o en los hilos que componen un tapiz, viven las historias de quienes fueron sus iniciales dueños. “Hay libros que presentan anotaciones del propio autor, dedicatorias o dibujos. Eso es lo que más atrae a los aficionados”, explica Breitfeld. Así, un Quijote del año 1700 o un libro de viaje con mapas de 1800, entre otros que se pueden encontrar en esta librería, resultan invaluables para quien lleva años obstinado en encontrar un ejemplar que no aparece o que busca, en un libro, una encuadernación que refleje el paso de las décadas y las castigadas marcas que dejó el tiempo. Así, Buenos Aires presenta un mundo de antigüedades para todos los gustos. Desde los 270 puestos que conforman la popular Feria San Pedro Telmo, en la que el visitante puede encontrar objetos tan insólitos como típicos, a los museos y anticuarios que recorren los barrios porteños, la ciudad respira historia y, todavía esconde sorpresas.
 



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