"No se puede hacer un acuerdo de precios y salarios mientras el Gobierno alimenta la inflación"

En un mano a mano exclusivo con El Cronista We, el ex ministro de Economía analiza la coyuntura local y los desafíos económicos pendientes de cara a 2012. Alerta sobre la aceleración de precios y dice que la recaudación récord no es mérito de Cristina sino de la inflación. 18 de Marzo 2011

Alejado de la función pública desde su renuncia al Palacio de Hacienda en abril de 2008, y al frente de la consultora LCG, Martín Lousteau se muestra relajado. A poco de embarcarse con destino al Viejo Mundo -esta vez, y merced al intenso entrenamiento vernáculo, brindará asesoramiento a Irlanda para superar los estragos de la última gran crisis- y luego de presentar su tercer libro, Economía 3D (Sudamericana), el ex ministro de Economía recibe a El Cronista We y se dispone, en un mano a mano exclusivo, a reflexionar sobre las deudas a corto y mediano plazo de la Argentina en tiempos preelectorales.

Aunque es optimista, y afirma que el país tiene potencial, cree que encontrar un camino para el desarrollo todavía llevará bastante tiempo. Y alerta sobre los riesgos de no tomar medidas para frenar la inflación. 

¿Cuánto hay de cierto en eso de que la Argentina es cíclica?
Cuando, en 2005, con Javier González Fraga escribí Sin atajos, creía que en la Argentina había un mito colectivo: “Fuimos ricos, caímos en desgracia, no nos merecemos esto, volvamos a ser ricos”. Y el apuro te lleva a tomar atajos, a inventar fórmulas que, finalmente, tienen problemas. Creíamos que la configuración macro que había era tan sana que nos iba a evitar esto. Pero, finalmente, igual se cae en los ciclos. Entonces, hay que ir a buscar causas más profundas. Y una de esas es la destrucción de los partidos políticos, de esos espacios en donde se forma gente y donde hay una plataforma que se va adecuando al nuevo contexto. Cuando la sociedad tiene comunión con los valores de esa doctrina, el partido gana y lleva un presidente al poder. Hoy funciona al revés. El orden está subvertido. Entonces, cualquiera que mida más o menos bien es un potencial candidato y es capaz de llevar a todo un partido al poder. El problema es que, después, el presidente es el dueño de la plataforma y es capaz de hacer cualquier cosa, porque es quien concentra el poder y pone en riesgo la propia sostenibilidad de la política y de la economía. Y el partido no se anima a decirle: “Pare un momento. Con esto no se puede meter; no puede tener el 30% de inflación, no se pueden gastar los recursos que no son renovables”. 

¿Qué cambió con la muerte de Kirchner?
Por un lado, el humor colectivo con respecto al reconocimiento de una parte que Kirchner hizo muy bien. Como toda muerte, uno comienza a rescatar las cosas buenas. Y eso, desde el punto de vista colectivo, es positivo. Hubo batallas que fueron importantes y algunas se ganaron. Lo otro que cambió es que él era una persona con un carácter muy duro, confrontativo, irritante, intolerante y parte del enojo se fue con él. Parte del enojo dentro del propio Gobierno y dentro de la sociedad se fue con él. Me parece que hoy discutimos cuatro o cinco tonos más abajo de lo que lo hacíamos con Kirchner. Hoy, a la Presidenta la veo más siendo Cristina, creo que es más ella. No me cabe duda de que ellos dos tenían facetas que se complementaban pero él era más un primus inter pares, por historia o por experiencia porque había ocupado el rol de ella antes. Creo que CFK está haciendo unos giros afines a su personalidad. 

¿En qué sentido?
Está reflejando diferencias que son más de forma. Durante siete años, el Gobierno no se hizo cargo ni discursivamente ni con medidas del tema de la seguridad. Cristina acaba de crear un Ministerio y cuando ves a quien pone a cargo, a la gente a la que empieza a escuchar, a la gente de afuera que tiene relevancia, hay como algo de un movimiento hacia afuera del peronismo más ortodoxo. La incorporación de segundas líneas, el recorte de poder a ciertos personajes o funcionarios es parte de un giro. Cierta confrontación discursiva, y también en los hechos, con una parte de los gremios no sé si se habría dado con Kirchner. Desde el punto de vista de las elecciones, eso te pone más cerca del electorado de clase media. Pero desde el punto vista de la gestión posterior de 2011, necesitás que ese grupo en el cual te estás volcando tenga mucho más que discurso. Y está por verse.

¿Cómo visualiza octubre?
Es un año electoral atípico porque faltan siete meses y, en rigor, no hay ningún candidato. Sabés que Sanz quiere ser presidente, que Ricardo quiere ser como el padre, que muchos quieren que Cristina se postule y otros que dicen que ella también quiere hacerlo, aunque todavía no lo va a decir. Y sabés que Macri no sabe. Que a siete meses de las elecciones no tengas definidos candidatos es muy extraño. Eso es producto de que la movida de la reforma política de llevar las internas a dos meses antes de las elecciones hace que sea gratis ser candidato. ¿Qué quiero decir? Para ser candidato, tenés que tener estructura; para hacer campaña, tengo que tener plata. Como la interna es en agosto y no podés hacer campaña antes, es gratis ser candidato. Si mañana te levantás y decís “quiero ser candidato” podrás serlo. Eso hizo que hubiera una gran cantidad de potenciales candidatos y ninguno pasa el test ácido de si realmente tiene algo para ofrecer. Un segundo punto, es que no sabés quién se va a oponer a Cristina. ¿Va a ser Macri por derecha y Ricardo Alfonsín en el medio o va a ser Sanz y Macri se baja? Pero veamos la foto hoy. La foto es una presidenta que tiene un nivel muy alto de aprobación, que tiene detrás una estructura mucho más clara y que, además, tiene la posibilidad de hacer campaña desde antes y que está mucho mejor posicionada. A mí me gustaría que haya ballotage. Es importante que las fuerzas estén equilibradas para que se vuelva a regenerar la sana competencia en la política. 

¿Cuáles son las deudas de la Argentina?
En 2005, dije que la estructura macroeconómica estaba bien y que había dos elementos preocupantes: la inflación y la energía. Pasaron cinco años y son más o menos los mismos puntos. La inflación es el más importante porque afecta el corto, el mediano y el largo plazo. Es como una persona gorda: si tenés cuatro kilos de más, dejás de ingerir algunas cosas, caminás, hacés ejercicio y te ponés en forma. Cuando te sobran 40 kilos, si empezás a hacer ejercicio, te duelen las rodillas y cortar la ingesta calórica tiene que ser mucho más drástico. Quedan secuelas de largo plazo. Me parece que ésa es la situación. Cualquiera que discutía estos temas adentro del Gobierno tenía problemas, dejamos pasar mucho tiempo y nos va a costar más. 

¿Por qué la negativa por parte del Gobierno a reconocer la inflación?
Hay una parte que es ciertamente política y otra en la que no hay una comprensión cabal de por qué estás viviendo un proceso inflacionario. No es que el ministro de Economía tiene que hablar con tres asesores de la Presidenta antes de llevarle un diagnóstico. Pero, por el costado, otro lleva otro diagnóstico y si vos tenés un diagnóstico lindo y un diagnóstico malo, muchas veces preferís quedarte con el lindo. Por ejemplo, el discurso presidencial del 1° de marzo me dio la sensación de que, más allá de si menciona la palabra inflación, no termina de comprender las causas y consecuencias reales. Cuando habla de recaudación récord, más que un mérito de ella o del modelo, es un mérito de la inflación. Cuando hablás de la acumulación de reservas, es la contracara de estar emitiendo para comprar los dólares que vienen. Cuando hablás de financiación récord en tarjetas de crédito, es porque la gente adelanta consumo y compra para no sufrir la inflación posterior. Y cuando le echa la culpa a los bancos también. Los bancos ganan fortunas, casi $ 12.000 millones pero porque hay inflación. El dinero es muy barato para conseguirlo como depósito y después te lo presto al 40%. Son todas consecuencias de la inflación.

¿Cómo se combate?
Para que la inflación se transforme en un fenómeno grave tiene que estar ocurriendo algo: entrar en déficit y estar emitiendo. La primera inflación, producto de la tensión de un crecimiento muy fuerte, en 2005, se podía moderar. Hoy se transformó producto de un gobierno que gasta más que ningún otro en la historia. Al principio, gastaba con recursos genuinos renovables, después tocando los stocks y ahora con los ingresos extraordinarios. Esto hace que estés, por un lado, mirando mucho a la economía por el lado del gasto -y no me refiero a las asignaciones universales por hijo porque es una parte muy pequeña- y, por el otro, financiándolo con la emisión. El combo genera inflación. Entonces, primero tenés que empezar a sacarte la grasa de encima de las cosas en las que no querés gastar. Cuando comiences a dar esa señal, y cuando el Indec sea creíble, vas a poder ordenar la discusión y hacer un pacto de precios y salarios. Una discusión más adulta. Lo que no podés es hacer un acuerdo de precios y salarios mientras el Gobierno sigue alimentando la inflación. Cuanto más tiempo dejes pasar, más complejo es. También hay un tema de cómo usar los términos. La palabra ajuste suena horrible. En los ‘90 se ajustaba cuando no se tenía que hacer. Ahora, que el manual dice “tranquilícese un poco porque si no va a tener más problemas”, no te tranquilizás.

¿Cómo analiza la discusión por el mínimo no imponible?
La discusión entre Moyano y el Gobierno está mal manejada de los dos lados. El Gobierno lo mira como un problema de caja. Y Moyano está preocupado por el mínimo no imponible que, en realidad, afecta a los que más tienen. Suena feo decir esto, pero la gente que tiene un trabajo en blanco y con un sueldo por encima del mínimo no imponible es de un sector minoritario. Tenemos que recordar que el 40% de la población está por fuera de la formalidad laboral. En general, los países más desarrollados cargan más impuestos a las ganancias y cargan menos de otras cosas. Lo que pasa es que acá está todavía muy mezclado. Esto que podía ser cierto antes, ahora que la inflación es del 25% y que los salarios suben un 28%, el mínimo no imponible lo tenés que ajustar. ¿Cuánto? Se puede discutir de acuerdo a si querés una visión más progresista o no. Con inflaciones tan grandes no hay forma de no ajustarlo.

¿Cómo debe seguir el tipo de cambio?
Tenés un globo aerostático, que es la inflación, y le estás inyectando aire por un lado, que es el gasto fiscal, y aire por el otro, que es la emisión. El globo se va para arriba. Y decís, ¿qué tengo para tirarlo para abajo? Un yunque: el dólar. No lo llegás a dejar clavado porque la inflación sigue subiendo. Pero estás usando ese yunque. El problema es que la inflación sube, el tipo de cambio lo dejás clavado y cada vez sos menos competitivo. Al Gobierno le conviene porque a todos nos da más posibilidad de consumo, todos ganamos más en dólares y los salarios son más altos si tenés que comprar productos importados. Pero, a medida que transcurre el tiempo, se va achicando el balance positivo de divisas que entran, que ha sido un fenomenal colchón para que la Argentina no se contagiara de los problemas ajenos y para que los problemas internos tampoco tuvieran mayor repercusión.

¿Cómo va a ser 2012?
El 2011 va a terminar con un nuevo presidente. Creo que el Gobierno va a gastar mucho recurso público. Tiene que volcar dos puntos del PBI para crecer un 7%, es mucho dinero, con lo cual vamos a tener déficit, vamos a tener un poco más de inflación, eso lo que hace es que todas las tensiones que ya están hoy el año que viene van a estar agravadas.

En su último libro traza un paralelo entre la crisis griega y el crack local de 2001. ¿Qué experiencias internacionales debería hoy mirar la Argentina?
Hay países que tienen afinidad histórica, como Australia, que tuvo una progresión parecida a la Argentina hasta que, por los años ‘50, tuvieron comportamientos distintos. Pero también creo que la Argentina tendría que mirar más en detalle lo que pasó con el sudeste asiático, que pudo generar industrias competitivas a nivel global, invertir en educación y cambiar la calidad de vida de su gente. Después, el primer paso es controlar algunas cosas que están desbordadas en la Argentina. Hay muchos ejemplos alrededor, ni siquiera hay que ir muy lejos. En nuestra propia región, tomando un avión sin gastar más de u$s 300, lo tenés. Tomando un Buquebus, también.

¿Y la relación con Brasil?
Brasil tiene un peso del que nosotros carecemos, por volumen y por un desarrollo político que ha tenido. Es un país más grande que nosotros. Me encantaría ser el Canadá de Brasil. El país que está al lado, que tiene mejor calidad de vida, que es más seguro, que es más igualitario. Donde los servicios públicos, la atención hospitalaria, la cobertura social y las jubilaciones sean mejores.

¿Volvería la función pública?
Sí, pero dentro un contexto más amplio. Tuve buenas experiencias. Cuando trabajé en el Banco Central, apenas había estallado la crisis, había que dar vuelta y recrear la regulación bancaria. En el ministerio de la Producción en la Provincia también. En el Bapro también. En esos ámbitos me sentí cómodo. Me sentí más incómodo en la otra experiencia. Pero sintiéndome cómodo con la gente que me gusta trabajar, sí, volvería.

¿Aspira a ser presidente de la Nación?
No. En esta sociedad, hay que ser más que neurótico para querer ser presidente. Me parece que requiere de cierta estructura psicológica de la que carezco.



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