Managers clásicos

Managers clásicos

Melómanos confesos, para ellos, la música es fuente de inspiración, también, para el trabajo. La vida entre el pentagrama y la hoja de resultados. 05 de Julio 2011
De la mano de Daniel Barenboim, en agosto de 2010, más de 40.000 personas se reunieron en el Obelisco para escuchar a Beethoven. En enero de este año, la Zurich Gala del Mar, el concierto lírico sinfónico solidario que se organiza en Mar del Plata desde 2003, deleitó a más de 20.000 veraneantes en Playa Grande. De innegable valor y belleza, la música clásica despierta interés, fascinación y, para algunos hombres de negocios, una sana dependencia. 

El piano acompaña a Martín Zarich, director de Innovación y Desarrollo de BBVA Banco Francés, desde que tiene 13 años. “Mi hermano había empezado a tocar la guitarra y yo quise aprender piano. Por suerte, mis padres me dieron el gusto: me compraron uno usado y contrataron a un profesor. Hoy, les estoy eternamente agradecido”, recuerda. Si bien le gusta mucho el jazz, su mayor interés siempre estuvo en la música clásica. “Trato de escuchar todo lo que puedo. Vivo lejos de mi trabajo, lo que me garantiza, por lo menos, 60 minutos de música por día”, explica. Ya en su casa, practica entre ocho y 10 horas semanales. A fines de 2009, se presentó ante unas 100 personas, entre familiares y amigos. Durante una hora y media, interpretó una sonata de Beethoven, una balada de Chopin y el segundo libro de preludios de Debussy. “El piano me distiende y me despeja. El concierto es una experiencia diferente. Me preparé durante nueve meses. En términos de exigencia, podría decir que no se compara con el estrés laboral... ¡Es mucho mayor! Pero terminé relajado, muy a gusto”, aclara. Así, Zarich está preparando un nuevo concierto para este año. 

“Aprendí las notas antes de comenzar a leer”, relata Carlos Haehnel, CEO de Deloitte. Su madre lo animó a que tomara clases de piano cuando tenía 5 años. Estudió durante largo tiempo y, pronto, entendió que la música puede manifestar sentimientos allí donde el lenguaje se agota. “Para mí, es una forma superior de expresión humana. No me imagino la vida sin el acompañamiento de la música”, afirma. Los compositores que más le gustan son Bach, Mozart, Beethoven, Chopin, Puccini y Rachmaninov. “No quisiera que los lectores se confundan –advierte–. Soy un amante de la música clásica pero con escaso talento para interpretarla. Sin embargo, ello no es un obstáculo para gratificarme con el intento íntimo de hacer música”, confiesa Haenhel, quien, si tuviera la oportunidad de conocer en persona a Mozart, le preguntaría, con la mayor humildad, si podría darle clases de piano. 

Jorge Bacher, socio de PricewaterhouseCoopers (PwC), también aprendió a tocar piano de muy chico. Luego, se dedicó al canto litúrgico y, hace unos años, retomó el instrumento. Para él, escuchar es casi tan importante como tocar. Por eso, algunas semanas, es posible encontrarlo de lunes a viernes en el Teatro Colón. Dentro de la música clásica, lo cautiva la ópera. “A veces, no puedo entender a las personas que llegan apuradas al teatro, directo de la oficina, y se sientan cinco minutos antes de que empiece la función. Yo necesito salir del trabajo dos o tres horas antes, ir a mi casa, bañarme, prepararme y llegar fresco al teatro”, explica.

Su ópera preferida es Il Pagliacci, de Ruggiero Leoncavallo. “Refleja todos los eventos importantes de la vida de un hombre”, afirma. La música clásica le da la oportunidad para reflexionar, analizar y encontrar cosas nuevas. “En PwC, invitamos a directores de música muy prestigiosos que nos enseñaron sobre liderazgo. Ambos mundos están muy conectados. En última instancia, como profesional, el directivo que uno quiere emular es un hombre de equilibrio, paz, sustancia, cultura y de diseño”, sostiene.  

Aprender en escala
Según Marcos O’Farrell, músico y musicoterapeuta, la música es una lengua universal, un modo de expresión que trasciende la edad o la preferencia por algún género. “Los beneficios dependen de qué hace cada uno con la música. Todos tenemos una identidad musical asociada a quiénes somos y a nuestra historia personal. Quizá, para aquellas personas con un nivel de exigencia mental muy grande, la escucha les permite hacer un corte, renovarse y conectarse con otra cosa, remitirse a un campo más emocional y estimular la creatividad”, explica.

¿Cuánto lugar ocupan 2000 CDs de música clásica? Alejandro Mashad, director Ejecutivo de Endeavor Argentina, tiene la respuesta. Fanático proclamado, cuando era joven, comenzó a estudiar Ingeniería Civil y Música al mismo tiempo. Aunque no terminó la segunda carrera, siguió ligado a ella para siempre. Hace algunos años, junto con un amigo músico, organizó cursos de iniciación musical. Entonces, aprendió que, para apreciar algunos autores, no es necesario el componente racional. Pero, para otros, sí: “Es difícil que un neófito pueda estimar la música barroca y, especialmente, la música del siglo XX. Este camino es como una escalera y hay que subir un escalón por vez. A grandes rasgos, en el primer peldaño, pueden estar Chaikovski, Chopin, Liszt, Brahms. En el segundo, algo de Mozart, quizá. En el tercero, el barroco –Vivaldi, Händel, Bach–, lo medieval y lo renacentista. Y, después, el siglo XX: Arvo Pärt o Philip Glass, por ejemplo”. Mashad se conecta con la música cuando corre: “Cargo mi iPod con discos nuevos. Es el momento para descubrir melodías o para, simplemente, escuchar lo que me gusta”.  

Cuando Daniel Cohen canta, se olvida de todo y libera tensiones. “Siempre me encantó la música. Quise tocar el piano pero no pude porque soy muy ansioso. Aunque lo haré en algún momento de mi vida”, confiesa. Por eso, el director General de Miller Zell –compañía especializada en el diseño e implementación de locales comerciales– es tenor desde hace más de 20 años. Hoy, integra el Coro Abierto del Colegio San Andrés, en donde más de 70 personas interpretan temas clásicos y modernos. Respecto de la dinámica coral y su profesión, explica: “Es interesante ver cómo, sin una voz, las otras no funcionan. Y eso puede llevarse perfectamente a un equipo de trabajo. El director de coro es semejante al de una empresa. Todos están pendientes de él, mirándolo. Pero, al mismo tiempo, como en cualquier organización, cada uno sabe lo que tiene que hacer”.  Como Cohen, Ricardo Lammertyn, LA Sales manager de IBM, también es tenor. Él pertenece al grupo vocal Aequalis, en latín, “iguales”. “Nos reunimos una noche por semana y, a menos que tenga que viajar, no falto nunca”, aclara. Para este año, tienen planeado cantar en Salzburgo, Austria, y, luego, en Aix en Provence, Francia. 

Mientras describe con entusiasmo las múltiples presentaciones en Buenos Aires, los ensayos y los planes futuros del conjunto, pareciera como si Lammertyn tuviera una vida paralela. “Lo que me gusta de la música clásica es que tiene armonías más complejas, estructuras desafiantes”, reflexiona. El ejecutivo de la multinacional reconoce que aplica el espíritu de convivencia, de esfuerzo y de búsqueda de un logro común en el día a día laboral. 

Karina Sáez estudia canto lírico desde hace más de una década, participó en importantes musicales y realiza presentaciones y eventos líricos. Además, es gerente y líder de Proyecto en G&L Group, una empresa argentina que brinda servicios de tecnología informática y consultoría. Las clases semanales y los ensayos son un entrenamiento importante. “En la oficina, tengo que cuidarme. Trato de ponerme lejos del aire acondicionado e intento no contracturarme porque las cuerdas vocales están apoyadas en los músculos del cuello”, sostiene. Para ella, el canto es algo natural: “Vengo de una familia de músicos. Lo tengo incorporado, es mi esencia. Y trabajar en Sistemas me permite elegir qué hacer en lo artístico”. A veces, cuando tiene una reunión importante, apela a los mismos mecanismos que utiliza cuando tiene que subirse a un escenario. “Me dejo llevar, me relajo y confío en mis movimientos. Después de subirme a un escenario, aprendí a pisar de verdad. Cuando entro en una oficina, piso”. A pesar de tantos años de experiencia sobre las tablas –incluida la fiesta de fin de año de la empresa–, Karina se sigue poniendo nerviosa. “Uno siempre siente vértigo o miedo. Y, ahí, aumenta la adrenalina. Hay que superar los primeros minutos. Después, empezás a disfrutar...”. Con una voz dulce, muy femenina y llena de convicción, termina la frase: “Es una vivencia muy particular. Como la describe el personaje de Billy Eliot en la película: experimentás una especie de electricidad y, luego, la sensación única de que desaparecés”.



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