Lula, el gran elector

Lula, el gran elector

01 de Octubre 2010

No es candidato. Y sin embargo, Luiz Inácio Lula Da Silva es el protagonista excluyente de la elección presidencial que el próximo domingo va a definir el nombre del jefe de Estado de Brasil a partir del 2 de enero de 2011.

Lula es como a una estrella de rock, todos lo quieren cerca, todos quieren mostrar que alguna vez fueron tocados por su carisma. Los oficialistas, para acumular votos o estrechar las diferencias. Mientras que los candidatos opositores utilizan su figura, sus fotos de archivo, o un video del pasado, para demostrar que Lula ha rozado sus vidas, que no son la contracara de este presidente que deja su oficina de Brasilia, luego de dos mandatos consecutivos, con el 80 por ciento de imagen positiva. Una aceptación inédita en su país y en el mundo. La envidia de todo dirigente político.

Es la primera vez que Lula no es candidato a presidente en 21 años. Perdió tres elecciones: en 1989, 1994 y 1998. Pero cambió su suerte en los comicios de 2002 y fue reelegido en 2006 para un segundo mandato.

La Constitución brasileña no le permite insistir por su reelección, por lo que a principios de año, dijo: "A rey muerto, rey puesto" y bendijo a su jefa de gabinete, Dilma Rousseff como su sucesora, a pesar del desconcierto que generó en el Partido de los Trabajadores (PT), la agrupación que él mismo fundó en los ‘80, cuando era ya un sindicalista metalúrgico reconocido en todo Brasil.

Dilma no es Lula. Nunca se presentó a una elección legislativa. Tiene su historia de lucha personal por los derechos de los trabajadores durante la dictadura militar, pero no se afilió al PT hasta hace 11 años. De ahí el resquemor inicial de la dirigencia partidaria y también de muchos brasileños que hasta hace diez meses no terminaban de confiar en Dilma, según las encuestas que daban ganador a su rival del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) José Serra.

Contra todo y más peleó el presidente brasileño personalmente. Ha participado de todos los actos políticos con Dilma y ha ido más allá de los límites que su investidura le permiten para lograr que el domingo los brasileños que lo admiran tanto voten a su elegida. Tanto como para ser multado por el Tribunal Superior Electoral por propaganda anticipada.

A Lula nada le importa. En los últimos meses su figura de estadista maduro se diluyó en el regreso del militante apasionado que supo ser. Con gritos, con actos maratónicos, con discursos encendidos, con lágrimas. Decidió abandonar la comodidad de una salida victoriosa para apostar por su heredera, y se puso virtualmente al frente de su campaña electoral. Si gana será todo alegría, pero si pierde Lula se irá con un sabor a derrota indirecta, pero derrota al fin.

Las últimas encuestas muestran que Dilma pasó de ser una dirigente casi desconocida a tener posibilidades de ganar en primera vuelta y convertirse en la primera mandataria mujer de la historia de su país. Todo gracias a su mentor, el presidente de Brasil.

Cuando hace unos meses, durante una entrevista con TV Record, le pidieron que enumerara los logros de sus ochos años de gobierno, Lula lloró.

Por los números asombrosos de la economía de Brasil, ya instalado como un país potencia, por los yacimientos petroleros hallados durante su mandato que garantizan un futuro prometedor, por la reciente capitalización de la estatal Petrobras, la más grande de la historia del Planeta, por las millonarias inversiones en su país, por la conquista de capitales brasileños en países del primer mundo (la compra de Burger King son la muestra de poder brasileño), pero sobre todo por las políticas sociales que permitieron a 40 millones de brasileños salir de la pobreza.

"Sinceramente, soy consciente de que voy a entregar otro país. Un país con gente menos pobre, un país con los trabajadores ganando más, un país en el que la democracia está más consolidada, un país mucho más fuerte de lo que hayamos tenido en cualquier momento", dijo emocionado en aquella entrevista.

Lula también lloró cuando convenció a un jurado de que Río de Janeiro sea sede de los Juegos Olímpicos en 2016, además del Mundial de Fútbol del que ya era anfitrión en 2014. Y comparó la victoria con la política: "Los que se imaginan que Río no tiene condiciones se sorprenderán, así como se sorprendieron los que creían que nosotros no seríamos capaces de gobernar Brasil".

A simple vista, Da Silva se va de la mejor manera en la que puede dejar el poder un político. Amado después de ocho años de gobernar un país inmenso habitado por 190 millones de personas.

Pero Lula también aprendió a brillar en el mundo que lo miraba con un signo de interrogación cuando ganó en 2002. Con un historial de lucha sindical, los mercados le desconfiaban y por consiguiente también los países desarrollados.

Y aunque tranquilizó a los capitales internacionales con sus políticas pro-empresa, encontró también su propia personalidad y espacio de liderazgo en el mapamundi.

Se enfrentó con los Estados Unidos por subsidios comerciales, por el reconocimiento del nuevo gobierno de Honduras luego del derrocamiento de Manuel Zelaya, por su reciente viaje a Irán, país del que defiende su derecho a desarrollar un plan nuclear pacífico y con el que firmó un acuerdo que no conformó a la Casa Blanca. Pero también viajó a Washington a entrevistarse con con su colega estadounidense Barack Obama. La relación, se sabe, seguirá siendo ríspida para quien sea su sucesor o sucesora.

Además, si hay algo que en sus ocho años de mandato es indiscutible, es que Lula consolidó a Brasil como el líder regional reconocido. Por su relación fluída con el venezonalo Hugo Chávez, el castrismo en Cuba y la Argentina de los Kirchner.

En el pasado, la Argentina supo celar ese espacio, pero hoy nadie duda de que el rol es brasileño, a partir de las numerosas gestiones e intermediaciones que Da Silva hizo en América Latina, incluso en medio de la hecatombe económica y política que la Argentina sufrió en 2001.

Por si faltaran elementos para teñirlo de leyenda, este hombre barbudo que aprendió a leer y escribir a los 10 años, que trabaja desde los 12 años, que fue limpiabotas y luego tornero, séptimo de ocho hijos de una familia humilde de Pernambuco, que se hizo solo, fue elegido en 2010 como la persona más influyente del mundo por la revista Time.

La revista justificó la elección con un perfil del presidente escrito por el cineasta Michael Moore en el que aseguraba con cierta nostalgia que "lo que Lula quiere para Brasil es lo que nosotros solíamos llamar el sueño americano".

"Dios es brasileño", dijo Lula con un casco en la cabeza y las manos embebidas con crudo en 2007, cuando anunció que Brasil podría duplicar sus reservas petroleras con el hallazgo de un nuevo yacimiento.

De inmediato instrumentó la creación de un Fondo Social, que con las futuras ganancias por hidrocarburos, será destinado a educación, ciencia y tecnología. Un plan que sucederá mucho después de que deje la Presidencia.

Y quizás ése sea el secreto de Lula. El haber pensado un país mejor a largo plazo, más allá de sí mismo. Una actitud que escasea en la dirigencia política principalmente latinoamericana.

Evidentemente cree que Dilma puede seguir su camino, aunque también admite que en política "nunca hay que decir nunca", cuando le mencionan la posibilidad de su regreso como presidente en 2014.

Hoy se va como vino, haciendo campaña. No es candidato, pero es el gran elector. z we

No es candidato, pero sin duda es el protagonista excluyente de la elección del próximo domingo en Brasil.

* En el último tiempo, abandonó su perfil de estadista maduro y se puso al hombro la campaña para apuntalar a su candidata, Dilma Rousseff, la favorita de las encuestas.

* Hoy admite que en política “nunca hay que decir nunca” cuando le preguntan sobre su eventual regreso como presidente en 2014.



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