Lula da Silva: secretos del día después

Lula da Silva: secretos del día después

Dejó el poder como el presidente más popular en la historia de Brasil. Se considera a sí mismo como un político nato y, aunque él guarda silencio sobre su futuro mientras suena para ocupar varios cargos internacionales, nadie se anima a descartar su regreso en 2014. ¿Estará Dilma condenada a gobernar a la sombra del carismático líder? 07 de Enero 2011

Fue el primer sindicalista en alcanzar la Presidencia de Brasil y, tras ocho años de permanecer en el poder, dejó ese cargo en el cenit de su popularidad dentro y fuera de su país. Y a pesar de sus ingentes esfuerzos por cortar con las voces que apuntan a la posibilidad de que reaparezca como candidato dentro de cuatro años, hoy nadie cree seriamente que Luiz Inácio Lula da Silva, con 65 años ya cumplidos, esté pensando en su retiro político.

"No puedo decir que no, porque estoy vivo, soy presidente honorario de un partido (el de los Trabajadores); soy un político nato y construí una relación política extraordinaria", confesó hace apenas semanas, embargado por la emoción, cuando un periodista le preguntó sobre un posible retorno al poder en 2014. Consciente de inmediato del revuelo que causó su comentario, Lula intentó volver sobre sus pasos y enmendó: "Vamos a trabajar para que Dilma haga un buen gobierno y, cuando llegue la hora, veremos qué sucede". Pero esa breve definición de Lula frente a las cámaras de TV fue suficiente para echar a rodar nuevamente todo tipo de especulaciones sobre el futuro de este ex tornero mecánico de Pernambuco que se graduó -con honores- de estadista sin siquiera haber pasado por la escuela secundaria, convirtiéndose en el presidente más popular de la historia brasileña. Méritos no le faltan, claro.

El crecimiento económico (Brasil es hoy la octava economía del planeta) y los avances sociales (20 millones de personas salieron de la pobreza y otros 30 ascendieron a la clase media) fueron los sellos distintivos de su gestión, al igual que la inédita proyección internacional que lo llevó en 2009 a ser consagrado por la prensa internacional como el líder político del año. Por todo eso, no son pocos los que lo imaginan regresando triunfante como presidente en 2014, a tiempo para disfrutar las mieles del Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos de 2016, dos eventos clave que tendrán sede en el país del samba.

Pero, ¿y mientras tanto? Hay una famosa frase que el ex presidente español Felipe González acuñó poco antes de terminar su gobierno y que suele ser citada cuando un mandatario se despide del poder, pero no de su vida política: “Un ex presidente es como un jarrón chino que siendo tan valioso nadie sabe dónde colocarlo y al final acaba estorbando en todas partes”. Y la verdad es que a Lula no le será nada fácil escaparle a ese destino. Mucho se ha especulado sobre su futuro desde que, aún con viento político a favor, se rehusó a reformar la Constitución para presentarse en 2010 (la Carta Magna brasileña solo permite dos mandatos consecutivos) y, en cambio, decidió ungir como sucesora a quien acaba de reemplazarlo en el Palacio del Planalto: la flamante mandataria Dilma Rousseff. Ya fuera del poder, algunos llegaron a imaginarlo en un rol de dimensión global (secretario de las Naciones Unidas propuso el presidente de Francia Nicolás Sarkozy), pero él se apresuró a descartarlo. Y lo mismo hizo con un hipotético ofrecimiento de Barack Obama para catapultarlo a la presidencia del Banco Mundial. “Es una tontería. La ONU no puede tener como secretario general a una figura fuerte, tiene que ser un burócrata. Con relación al Banco Mundial, no tengo cara de banquero”, bromeó el brasileño, en una entrevista en vísperas de finalizar su mandato.

Tras la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, se llegó a barajar su nombre como posible secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). De hecho, no es ningún secreto que Lula ha sido el impulsor de ese espacio regional, al que hoy no le resulta fácil encontrar una figura de consenso. Pero hay muchos que opinan que ese puesto le quedaría chico.

Por ahora, se sabe que en los planes del brasileño está la creación de un instituto de políticas públicas con su nombre, emulando a su antecesor Fernando Henrique Cardoso. También regresar a sus raíces en Sao Bernardo, la ciudad del Gran San Pablo donde lideró las luchas sindicales en los ‘70.

La marca Dilma
Pero al margen de cualquier marquesina internacional a la altura de su talla, el interrogante que desvela a los analistas tanto dentro como fuera de Brasil es hasta qué punto Lula podrá tolerar su “saudade” del poder. ¿Buscará convertirse en una suerte de presidente en las sombras, manejando tras bambalinas los hilos del gobierno de Dilma? ¿Cómo será la relación política entre ambos? ¿Podrá Rousseff evitar la percepción social de que es él y no ella quien está detrás de cada una de las decisiones importantes?

“El rol de Lula va a ser relevante. Rousseff va a necesitarlo por su fuerte popularidad, pero también puede ser un problema que limite la posibilidad de una personalidad propia. Por lo pronto, él ha dicho que se dedicará a promover programas contra la pobreza tanto en América Latina como en el mundo, y éste será su primer paso”, sostiene Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.

Celso Roma, politólogo de la Universidad de San Pablo, no ve futuras “injerencias en el gobierno. Lula puede dar su opinión cuando sea consultado o manifestar su apoyo en momentos difíciles del gobierno. Pero Dilma podrá crear su propia marca”.
Mónica Hirst, profesora de Política Internacional de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), coincide: “No imagino injerencias. Pero se va a manifestar todas las veces que sienta la necesidad de poner su visión y su carisma sobre la mesa”.

Lo cierto es que hoy resulta difícil pensar que un presidente que llegó al final de su gobierno con más de 85% de popularidad pueda perder su influencia.

La clave, quizá, habría que rastrearla en otro lado: en la capacidad que demuestre su sucesora para hacer su propio camino. Sin ir más lejos, fue el caso de Michelle Bachelet, en Chile, quien parecía en sus inicios destinada al padrinazgo de Ricardo Lagos, pero que terminó su mandato con niveles de popularidad superiores a los de su predecesor.
“La personalidad de tecnócrata de Dilma, carente de carisma, hará que necesite a Lula. Pero más de una vez los presidentes con poco carisma terminan generando una base de poder propia”, arriesga Fraga.

El experto en Relaciones Internacionales, Luiz Alberto Moniz Bandeira, también le da un voto de confianza a Rousseff: “Dilma es una mujer de mucha personalidad, mucho carácter, honesta y valiente. Tiene coraje y sabe muy bien administrar, como lo hizo como jefa de gabinete de Lula”.

“Dilma tendrá un desafío con el que Lula se ha enfrentado en los últimos ocho años. Ella necesitará la habilidad para tratar con los intereses de los partidos que forman la base del gobierno. Michel Temer (su vicepresidente) fue presidente de la Cámara de Diputados. Es un articulador habilidoso, así que podrá compensar la falta de habilidad política de Dilma en su gobierno”, agrega Roma.

Hirst cree que Dilma tendrá que aprender. “Al principio atravesará un período de ensayo-error, pero tendrá detrás a un Estado capacitado y con una buena elección de sus colaboradores. Después de una etapa de aprendizaje, como es una persona con capacidad de gestión, saldrá adelante”. Tiene cuatro años para demostrarlo.



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