Los riesgos de castigar a la industria exportadora

Los riesgos de castigar a la industria exportadora

El empresario vitivinícola escribe en exclusiva. Advierte sobre el problema de rentabilidad del sector y cuestiona a la Casa Rosada por inclinarse “a favor de la industria que sustituye importaciones en lugar de elegir una estrategia de crecimiento apoyada en la exportación industrial”. 18 de Febrero 2011
La Unión Industrial Argentina (UIA) ha manifestado al Gobierno su preocupación por la reciente suba de las importaciones, a lo que el Gobierno ha contestado que protege a las empresas argentinas cuidando que no haya una importación desmedida de los productos que podemos fabricar. Claramente este tema aparece motivado por las cifras de la balanza de comercio durante 2010, donde se observa una disminución significativa en el excedente comercial respecto al año anterior (ver cuadro). Sin embargo, analizando la evolución del tipo real de cambio durante estos últimos meses, debemos concluir que el superávit tenía necesariamente que disminuir vía incremento de las importaciones y descenso de las exportaciones. En realidad, no olvidemos que tratamos de exportar más con el único propósito de poder importar más.

Las exportaciones e importaciones, principalmente las industriales, dependen del tipo real de cambio, definido como el cociente entre el precio de los bienes no comerciados internacionalmente y los comerciados. A fin de de tener una medida del tipo real de cambio y calcular su influencia sobre la balanza comercial podemos aceptar como un indicador aproximado el nivel del salario en dólares (ver cuadro). Su crecimiento en los últimos meses es significativo y nos muestra el incremento en los costos de las industrias que compiten internacionalmente, las que sustituyen importaciones y las que exportan. Indudablemente hay un momento en que estos aumentos de costos determinan que la empresa no puede seguir produciendo. Unas antes otras después, si el aumento del salario en dólares continúa, el problema de rentabilidad de cierta parte de la industria es serio. Y podemos suponer que el superávit comercial seguirá disminuyendo hasta alcanzar algún nivel de equilibrio de largo plazo.

No es simple resolver este problema, aunque el Gobierno decidiera ayudar a las empresas industriales. Una ayuda consistiría en acumular más reservas incrementando el valor nominal del dólar, o sea devaluando, financiando estas compras de divisas endeudándose en pesos o recurriendo al producido del impuesto inflacionario. Ambas industrias, las que sustituyen importaciones y las exportadoras, se beneficiarían con un dólar más caro. La otra ayuda podría consistir en frenar de alguna manera las importaciones, intentando evitar represalias o sanciones, que es aparentemente lo que le promete el Gobierno a la Unión Industrial. Pero este último camino perjudicará a la industria exportadora. Esto hay que entenderlo bien. Cada restricción a las importaciones es equivalente a un cierto impuesto sobre las exportaciones, o sea que las restricciones, al disminuir la demanda de dólares, permiten un dólar más barato. Conclusión: lo que beneficia a una parte de la industria perjudica a la otra.

Resulta difícil entender por qué los industriales exportadores, socios de la Union Industrial, no se oponen a todo tipo de restricción a las importaciones. Y también resulta difícil entender por qué el Gobierno se inclina a favor de la industria que sustituye importaciones, cuando existe un enorme consenso académico respecto a la conveniencia de elegir una estrategia de crecimiento apoyada en la exportación industrial. Desde el punto de vista del nivel de empleo, no hay motivos para preferir uno u otro tipo de industria, pero desde el punto de vista de los aumentos en la productividad, o sea, de aumento en el salario real, hay coincidencia de que la estrategia exportadora, la estrategia asiática, es preferible. Pero lo más, más difícil de entender es por qué no se produce un inteligente debate político sobre estrategias de crecimiento. Hemos sobrevivido estos últimos años gracias al beneficio de mejores precios internacionales para los granos acompañados de una revolución tecnológica agrícola, pero esto no basta. Es obvio que no alcanza para resolver ni siquiera el terrible problema de la pobreza extrema.



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