Los lugares que frecuentan los políticos cuando no quieren ser vistos

Lejos del exhibicionismo de otras épocas, los políticos prefieren resguardarse en restaurantes tradicionales o sedes partidarias para sus reuniones privadas. Guía práctica para saber dónde se define la política vernácula. 18 de Junio 2010

La clase política tiene pocas ganas de salir. Inmersa en escaramuzas mediáticas y con escaso debate parlamentario, los políticos observan hábitos gastronómicos modestos. “Puede ser una consecuencia de 2001, cuando ya no se podía tomar un café en un bar a la calle porque te exponías a que te escracharan, lo cierto es que se sale poco”, conjetura el asesor de prensa de un diputado que cumplió dos períodos legislativos.

La presidenta Cristina Kirchner y su marido, Néstor Kirchner, por ejemplo, no son amantes de las salidas ni visitan restaurantes de Buenos Aires, aunque en funciones de gobierno agasajan a invitados extranjeros con delicias de carne vacuna. El año pasado, durante la visita del ex presidente norteamericano Bill Clinton, se reunieron con él para una comida en La Cabaña, el restaurante de Puerto Madero por cuyo sector VIP han pasado varias de las personalidades artísticas y políticas que visitan el país. Esta vez, el menú presidencial dejó de lado el cordero patagónico para dedicarse a las achuras -las mollejas a la parrilla son la debilidad de la Presidenta- y el bife de lomo de 400 gramos, regado con vino tinto.

Cuando están en Santa Cruz, Néstor Kirchner frecuenta desde hace décadas el céntrico Café Mónaco, en Río Gallegos, que se popularizó durante su presidencia y hoy tiene hasta una página en la red social Facebook con más de 400 fans. Si se quedan en El Calafate, frecuentan los sábados el restaurante del hotel Los Alamos, donde el matrimonio tiene una mesa esperándolos.

A diferencia de otras épocas, los miembros del gabinete y prácticamente todos los colaboradores K se mantienen alejados de los reductos de moda. Un joven funcionario nacional acercó su interpretación al respecto: “Eso de hacerse ver en ciertos lugares y pedir siempre lo mismo para comer es muy menemista, yo no se de nadie del Gobierno que tenga una parada hoy en día”.

La mesa de la militancia
Los restaurantes y otras vidrieras glamorosas han sido reemplazados por las comidas multitudinarias en las que los funcionarios y dirigentes políticos toman contacto con los militantes. “Esta noche del lunes 3 de Mayo de 2010, nos vamos a reunir a comer en el restaurante y Centro Cultural Torquato Tasso, de San Telmo (...). El cubierto cuesta $ 45 (+ $ 2 de propina) (...) Viene la querida compañera Mercedes Marcó del Pont a relatarnos con que se encontró en el Banco Central y como fueron los pormenores de su designación y lucha...”, así comienza la convocatoria que realiza Martín García, un dirigente K de la agrupación Oesterheld, que organiza cenas temáticas en este centro de Parque Lezama.

Además de Marcó del Pont, en los encuentros han participado el jefe de Gabinete Aníbal Fernández, el presidente de Aerolíneas Argentinas Mariano Recalde, el secretario general de la CGT Hugo Moyano y el titular del COMFER, Gabriel Mariotto.

El reducto radical
En Moreno al 1900 y a tres cuadras del Congreso, el restaurante Lalín es un comité honorario desde hace más de tres décadas. Allí, alrededor de suculentos platos de pescados, jamón crudo, tortillas y rabas, departen políticos de la UCR y sus derivados. Raúl Alfonsín, que ahora perpetúa su presencia en fotos, era habitué y apreciaba la comida gallega que sirven en el restaurante. La elección del lugar tenía razones más profundas que el origen gallego del fallecido ex presidente. Su dueño, Aurelio Cortizo, era su amigo y lo cobijaba con frecuencia a él y a sus correligionarios durante la dictadura. Cuando visitó España como presidente, Alfonsín hizo una parada en el pueblo de Lalín. El restaurante es apto para grandes convocatorias y es frecuentado por Gerardo Morales, Ricardo López Murphy, Margarita Stolbizer, Elisa Carrió y Rubén Giustiniani. También asisten Ricardo Gil Lavedra, Silvana Giudici y Federico Storani.

Ricardo Alfonsín conserva el apego por el lugar y organiza allí frecuentes reuniones. La última fue un almuerzo con varias decenas de militantes e invitados del Grupo Progreso, agrupación liderada por el ex diputado José Bielicki. La consigna fue buscar acuerdos cívicos mientras daban cuenta de platos de abadejo.

No muy lejos de allí están las oficinas de Felipe Solá, diputado del PJ poco afecto a las charlas de café o de restaurante. Muy de vez en cuando, sin embargo, organiza almuerzos en el restaurante Vasco Francés, de Moreno al 1300, donde acompaña pescados y mariscos con gaseosa light.

Mauricio Macri, por su parte, reserva sus salidas a comer para las ocasiones sociales. Si está en funciones como jefe de gobierno porteño, el minimalista Museo Renault (a pocos metros de su casa) es su lugar elegido para desayunos y almuerzos con sus funcionarios. En esas ocasiones usa el salón reservado del entrepiso.

Cóctel histórico
Los representantes de partidos de derecha, radicales retirados de la pelea en las urnas pero no del debate y algunos peronistas son habitués de La Biela, el restaurante fundado en 1850 en lo que era una pequeña calle peatonal cerca del cementerio.

Con inicios reos y períodos de espacio para la bohemia, tuvo en los ‘70 su período de búnker de la derecha con asidua concurrencia de integrantes de la Triple A. Allí almorzaba Ramón Camps, jefe de la Policía Bonaerense durante la dictadura, “pero si ahora venís a las dos de la mañana ves a los políticos de todos los bandos porque La Biela es como Suiza”, dijo en un reportaje Francisco Ripoll, socio del local. Allí, se mezclan habitués del barrio, ejecutivos, operadores políticos, actores y turistas que se toman un descanso en su deambular por la Recoleta. La sombra del gomero de 50 metros de diámetro roza el frente del local y en su hora le ha dado cobijo a Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, habitués de La Biela.

Los otros peronistas
“Todos los martes organizamos almuerzos del PJ disidente a los que vienen la senadora Chiche Duhalde, el senador Eduardo Menem, el ex senador Héctor Maya, el ex ministro Raúl Granillo Ocampo y muchos otros”, dice Walter Juan, gerenciador del restaurante de la Recoleta Lola, que reúne en el trabajo el entusiasmo por la política, su afinidad al duhaldismo y el management del local. Los encuentros empezaron el año pasado, con un grupo que se desprendió de la “mesa de Gendarmería”, que aún coordina Antonio Cafiero. “Cuando él se acerca a los Kirchner, yo propongo que los que no estuvieran de acuerdo se vinieran para acá y así empezaron estos almuerzos donde se puede conversar con discreción”, dice Juan. Los últimos invitados a disertar en los encuentros fueron el sociólogo Manuel Mora y Araujo, el economista Luciano Laspinta y el politólogo Vicente Massot.

El ex senador Cafiero mantiene su reunión mensual en el restaurante del Círculo de Gendarmería, a la que asisten Alicia Pierini, Teresita González -ex esposa de Solá-, Alberto Iribarne y Osvaldo Papaleo.

Sindicalistas
Es difícil dar con algún restaurante que sea frecuentado por sindicalistas, ya que una reunión con los íntimos no baja en general de los 40 asistentes. “Hugo Moyano tiene entre seis y ocho guardaespaldas y los demás sindicalistas también se mueven acompañados, así que necesitan lugares grandes donde puedan estar cómodos”, dice un hombre que conoce de cerca al gremialista.

Esos lugares son el moderno quincho de la sede del gremio de Camioneros, el quincho de la CGT o, para mayor disponibilidad de espacio, distintas sedes del gremio de los taxistas, que conduce Omar Viviani.



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos