Los inmigrantes del Bicentenario

Los inmigrantes del Bicentenario

La UE ha apretado el cerco respecto del ingreso de extranjeros con renovadas políticas restrictivas. Por eso, muchos eligen a la Argentina para afincarse. Quiénes son y por qué vienen. Cómo gestionar ese flujo migratorio para que se traduzca en un motor de crecimiento, como sucedió en el pasado. El desafío de la integración. 10 de Septiembre 2010

Los momentos históricos fueron distintos, pero hay un flujo que corre como el río que pasa debajo del puente: el de los inmigrantes. Cien años atrás, una nación se forjaba en el Cono Sur y celebraba su primer siglo con un aluvión que incrementaría la población en un 350% en sólo 40 años, alcanzando las 7 millones de personas. El Bicentenario encuentra a la Argentina atravesando un nuevo proceso de conformación que, aunque en proporciones más reducidas que antaño y de raíces y etnias diferentes, prometen asentar un nuevo paradigma para el país. Quiénes son, a qué se dedican y cuáles son los desafíos a los que se enfrentan en una tierra nueva.

Cruce de selvas y mares
La población argentina, según estimaciones, rondaría los 41 millones de habitantes, cifra que ajustará el censo del 27 de octubre, que también dará precisión sobre la cantidad de inmigrantes en suelo local. El censo de 2001 había arrojado poco más de 1,5 millón de inmigrantes, un número similar al que subrayó la Organización Internacional de las Migraciones (Cono Sur) en su informe de 2005. “La inmigración representa el 4,2% de la población total”, afirma a WE Mario Santillo, director del Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos (CEMLA). Sin embargo, la novedad de los últimos años en el mapa migratorio está dada por los ciudadanos llegados de África y de Europa del Este.

Si bien existió una primera ola de africanos entre fines del siglo XIX y comienzos del XX -caboverdianos y sudafricanos, en su mayoría-, una camada distinta comenzó a arribar en los tempranos ‘90, haciéndose latente ya a partir de esta última década. “Esta nueva inmigración surge en un contexto histórico y político diferente, enfrentada a regímenes jurídicos y estatutos administrativos cada vez más restrictivos, enmarcada en la creciente globalización de la economía, con consecuencias devastadoras para muchos de estos países”, explica Marta Maffia, antropóloga especialista en inmigración africana e investigadora del Conicet.

Este flujo, que está constituido por ciudadanos de diferentes naciones de África subsahariana -como Senegal, Camerún, Nigeria, Malí, Ghana, Costa de Marfil, Liberia, Sierra Leona y Congo-, encuentra su origen en los coletazos de la economía mundial y los desequilibrios políticos entre las regiones de ese continente. Hoy en día, las guerras endémicas en África suman miles de refugiados en busca de seguridad jurídica. Y, en este marco, la Argentina se alza como uno de los países con mayores pedidos de refugio.

Si bien no es fácil cuantificar esta tendencia -ya que se trata de una inmigración reciente-, se estima que en el país residirían entre 5000 y 10.000 africanos. Según Maffia, a 2006, eran 200 las personas llegadas desde Senegal aunque hoy esa cifra se habría incrementado significativamente. Advierte, no obstante, que se trata de un flujo inestable porque de cada tres senegaleses llegados, tras una década, dos se han ido a otros países buscando mejores posibilidades. A 2001, según el censo, había 1883 africanos, 328 egipcios, 287 marroquíes y 213 sudafricanos, entre otros.

Asimismo, según la Dirección Nacional de Migraciones (DNM), entre 2000 y 2009 se registraron 2950 pedidos de radicación de inmigrantes africanos, de los cuales 2907 responden a oriundos de Senegal, seguidos por los de Egipto, Nigeria y Marruecos.

Los africanos abandonan el clima apacible de los trópicos por lo que consideran un crudo invierno porteño. Mientras tanto, otros permutan los rigurosos fríos de la estepa rusa por un clima menos rudo. La ola de Europa del Este data de los ‘90 y se acentuó a partir de la sanción de una resolución que facilitaba el ingreso para ciudadanos de esos países. Los ucranianos respondieron con mayor ahínco y constituyeron el 71,5% de un conjunto que, entre 1994 y 1999, ascendió a 14.723 personas, según la DNM. No obstante, antes de 1990, entre 8000 y 15.000 ucranianos se habían establecido en la Argentina. Acompañaron en cantidad los inmigrantes rusos (17%).

Los motivos son simples de explicar, aunque dramáticos. La caída de la Unión Soviética jugó la carta de una fuerza centrífuga que expulsó camadas de rusos por amplias zonas, incluyendo Europa occidental y los EE.UU. a pesar de las restricciones producto de medio siglo de confrontación política “fría”. En los ‘90, la resolución del gobierno de Carlos Menem abría las puertas del país a entre 200.000 a 300.000 inmigrantes del antiguo bloque, por entenderse que esa inmigración traería buenas perspectivas de crecimiento. Actualmente, entre emigrantes y descendientes, llegan a 250.000, a pesar del retorno de muchos por la crisis de 2001.

Fuera de estas dos camadas novedosas, los flujos migratorios son principalmente regionales y no han cambiado mucho respecto a los últimos años. La inmigración limítrofe predomina. “En efecto, el 67,9% de los extranjeros proviene de países latinoamericanos, y de ellos, el 88% de países limítrofes”, agrega Roberto Benencia, sociólogo e investigador del Conicet.

Dentro de los países limítrofes se destaca el ingreso de ciudadanos de Paraguay, Bolivia y Perú. “Constituyen casi el 90% de las residencias iniciadas en los últimos tres años por nacionalidad Mercosur”, advierte Federico Agusti, director de Asuntos Internacionales y Sociales de la DNM.

Paraguayos y bolivianos continúan siendo las dos principales corrientes que se instalan en la ciudad de Buenos Aires y en el conurbano. En cambio, los uruguayos oscilan entre permanecer y retornar. “Se rigen más por la oferta de trabajo y toman una decisión en función de la utilidad”, explica Silvia Lépore, investigadora del Departamento de Sociología de la UCA.

Los paraguayos, en tanto, son la comunidad extranjera más grande radicada en el país, con un 21,2% del total de inmigrantes, seguida por la boliviana (15,2%) y la peruana (5,8%). En menor grado, están los asiáticos (chinos, coreanos y japoneses), ucranianos, rusos y africanos. Hay 330.000 españoles e italianos, en su mayoría producto de migraciones a lo largo del siglo XX, cuya edad supera los 65 años en el 60% de los casos. “La población de distintos países de Europa constituye el 28,2%, mientras que la de origen asiático alcanza un exiguo 2%”, sintetiza Agusti.

Tierra de oportunidades
“Hacer la América”. Fue, quizás, una de las frases que mejor representó el movimiento migratorio del siglo XX. Hoy, el interrogante es cómo gestionar ese flujo para que se traduzca en un motor de crecimiento como en el pasado.

La Argentina tiene una fuerza laboral de 16,4 millones de habitantes. Sin embargo, resulta difícil contabilizar a muchos inmigrantes porque “suelen insertarse en la economía informal, en trabajos de baja calificación y mal rentados”, explica Guillermo Cantor, sociólogo investigador del Conicet.

El caso de los inmigrantes de Europa del Este es otro cantar. En general, se encontraron sobrecalificados para las magras posibilidades que ofrecía un mercado laboral flexibilizado y con desempleo crónico como el argentino en los prolegómenos de la crisis de 2001. Muchos ingenieros y técnicos rusos debieron contentarse con empleos en donde poco se incentiva su inserción laboral. Otros han optado por empleos informales, como las jóvenes camareras.

El caso de los africanos es distinto. Aunque no gozan de amplia calificación, se cuentan los estudiantes. “La Argentina se ha convertido en el principal objetivo de los vendedores ambulantes y estudiantes del continente africano”, indica un informe del Centro Nueva Mayoría. “En cada universidad hay un promedio de cuatro estudiantes africanos, un promedio de 25 vendedores ambulantes africanos por provincia y otros 15 que se dedican a diversas actividades”, agrega.

La venta de bijouterie en las calles es la principal actividad, pero también “la enseñanza de danzas africanas, ejecución de instrumentos musicales y empleos en restaurantes y hoteles”, explica Maffia.

La población inmigrante de países limítrofes, en tanto, no goza de gran calificación, a excepción de la peruana, última en llegar y que presenta un mayor nivel educativo. Por eso, en general, están sobre educados respecto a las tareas que logran conseguir. Si bien los asiáticos no vienen en grandes cantidades como los anteriores, “tienen buena educación y un capital suficiente para realizar emprendimientos comerciales o de talleres industriales”, afirma Lépore. Según los registros de la DNM, en el período 2004-2009 hicieron el trámite de radicación temporaria 146.574 paraguayos y 113.809 bolivianos, frente a 10.728 chinos.

Gobernar es poblar
Mientras que Europa cerca el ingreso de los inmigrantes y América Latina presenta más benevolencia hacia su llegada, los extranjeros en el Viejo Mundo temen ser expulsados. En este sentido, la Argentina hoy vuelve a presentarse como una tierra de oportunidades. De los miles de africanos rechazados en las puertas de Europa, muchos terminan arribando a nuestros pagos australes. Es fácil conseguir el visado a Brasil, y de allí sólo resta un paso para llegar a la Argentina.

Sin embargo, y a pesar de ser un país de inmigración, se idealizó la llegada de grupos blanco-europeos del pasado. Esa imagen aún prevalece. “Existe una fuerte racialización del fenómeno migratorio. Por lo tanto, las apreciaciones sobre el impacto de los recién llegados suelen estar sesgadas”, opina Benencia.

Arribar a un nuevo país no es fácil. Pero para el caso de los migrantes de naciones vecinas es menos difícil por la proximidad cultural y porque la inmigración de ese tipo tiene larga data. “Existen redes de familiares y amigos que les facilitan la inserción laboral y los ayudan con la vivienda”, explica Lépore.

Los recién llegados, generalmente, se encuentran en una situación de vulnerabilidad. Al respecto, muchas veces las redes informales prometen posibilidades de mejora que no siempre se cumplen. Sin embargo, desde el punto de vista legal, la situación del inmigrante ha mejorado respecto de épocas precedentes. La sanción de la Ley Nº 25.871 impuso un avance en el sentido de conducir a una política orientada a la integración del bloque regional. Poco después de la sanción de la ley de 2004, se creó el Programa Nacional de Normalización Documentaria Migratoria. Más tarde, en 2006, el Programa Patria Grande, por el cual se regularizó la situación de inmigrantes de países de la región, priorizando los casos Mercosur. Según datos de la DNM, a 2008, 447.746 personas ya se habían acogido al programa y otras 400.000 habían regularizado su situación. “La regularización es un mecanismo importante para reducir la vulnerabilidad”, infiere Cantor.

En realidad, los principales desafíos son dos: lograr la inserción laboral de los recién llegados y recabar estadísticas sobre la inmigración. Pero es problemático saber quién ingresa y egresa por día. Según estimaciones, fuera de las migraciones regionales, se supone que entran un africano y un asiático por día a nuestro suelo.

“La Argentina tiene una de las legislaciones más abiertas a la inmigración aunque su aplicación sea desordenada”, sentencia Lépore. No obstante, queda mucho por hacer. El resultado del censo 2010, en palabras de Agusti, permitirá actualizar y actuar sobre la realidad migratoria del país “por medio de la implementación de políticas adecuadas y siempre respetuosas de la protección de los Derechos Humanos de nuestros migrantes”, puntualiza. Con este marco de fondo, el agua seguirá fluyendo con fuerza debajo del puente.

Argentinos en el exterior
Según datos del Banco Mundial, los argentinos residentes en el exterior, a 2005, eran 806.369. El principal destino es España, seguido por los EE.UU., Paraguay, Chile, Israel, Bolivia, Brasil, Uruguay, Canadá e Italia. Mediciones del BID afirman que la Argentina recibía u$s 920 millones en 2008 en calidad de remesas.

La DNM no cuenta con cifras certeras sobre los argentinos que retornaron del exterior. Sin embargo, hay esfuerzos para lograr la repatriación. El Conicet creó el Programa Raíces, una iniciativa destinada a afianzar vínculos con los investigadores en el exterior, promover la permanencia en la Argentina de los que están y repatriar a profesionales capacitados. En 2004, logró el retorno de 185 científicos.

Otro ejemplo es el Plan de Retorno Voluntario de España. Desde 2008 propone la vuelta de los residentes de 20 nacionalidades. Por primera vez en 15 años, ha decrecido el número de argentinos en el país ibérico. Según cifras del español Instituto Nacional de Estadística (INE), se redujo en un 2% en 2009. Cerca de 6000 volvieron al país.



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