Los desafíos del cambio climático en la agenda global

Los desafíos del cambio climático en la agenda global

Al cumplirse veinte años de la primera Cumbre de la Tierra en Río, en junio próximo se hará un nuevo encuentro con los mismos objetivos, pero bajo un escenario distinto y, según los expertos, mucho más dramático. El aumento de la temperatura global y su impacto en la agricultura, la producción y el desarrollo son la gran deuda que dejó la última cumbre de Durban. 02 de Marzo 2012

Veinte años no es nada, dice el tango Volver... Pero el 20 de junio de 2012, cuando los delegados de los países se sienten en la Cumbre de la Tierra Río+20, comprobarán que "las nieves del tiempo" se están derritiendo por el Cambio Climático, un fenómeno que en 1992 se esbozaba y actualmente es una realidad contrastante.

La nueva Cumbre de la Tierra tendrá como tarea retomar la senda del desarrollo sostenible y capear los problemas que, lejos de resolverse, no han hecho sino agravarse con el paso de los almanaques.

Según las proyecciones del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (el organismo de Naciones Unidas que recopila estudios científicos realizados en todo el mundo), la temperatura promedio en la superficie de la Tierra aumentó 0,74° C desde fines del siglo XIX, y se espera un aumento de entre 2° C y 4° C hasta el 2100, si no se toman medidas para evitarlo. Se trataría del mayor aumento de la temperatura global en los últimos 10.000 años, y existe amplio consenso científico acerca del origen antropogénico de este fenómeno.
Si bien la presencia de dióxido de carbono -principal gas de efecto invernadero- en la atmósfera es necesaria para la vida en la tierra, ya que tiene la capacidad de preservar el calor del sol, su excesiva concentración genera un aumento de las temperaturas y de los eventos climáticos extremos (olas de calor, pero también heladas, lluvias torrenciales, i-nundaciones y sequías).

La paradoja del cambio climático es que, si bien la información científica es clara acerca de la gravedad de este fenómeno que demanda respuestas urgentes, las decisiones económicas y políticas al respecto van por un camino trabajoso y lento. Los magros resultados de la última Cumbre de Cambio Climático celebrada en Durban, Sudáfrica, en diciembre, son muestra de ello.

Lo que Durban dejó
Con todo, los acuerdos de Durban dejaron abiertas varias ventanas para seguir negociando en busca de un consenso global. En primer lugar, se acordó extender el Protocolo de Kyoto, que vence este año, para llegar en 2020 a un nuevo tratado que comprometa a todas las naciones -no sólo a las industrializadas- a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. La Argentina, en representación del G77 + China, fue impulsora de esta opción.
En rigor, se acordó un segundo período de compromiso de reducción de emisiones bajo el protocolo firmado en 1997, cuya primera fase se extendió de 2008 hasta 2012. De este modo, de 2013 a 2017, 36 países industrializados que figuran como Anexo 1 mantienen su obligación de seguir reduciendo emisiones al menos un 5 por ciento por debajo de las registradas en 1990 (salvo Canadá, que anunció que no asumirá este segundo período de compromiso). En tanto, los dos principales contaminadores mundiales, los EE.UU. y China, no participan de este acuerdo. El primero por no haber ratificado el protocolo y el segundo por no ser considerado como país Anexo 1.

Asimismo, los representantes de los 194 países que componen la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC), reunidas en la sustentable ciudad de Durban, acordaron delinear un nuevo tratado climático que entraría en vigencia en 2020. Involucrará a todos los países en la reducción de emisiones gases GEI, según el principio de "responsabilidades comunes pero diferenciadas". Ambas resoluciones aseguran la continuidad de los mercados de carbono, que permiten a los gobiernos y empresas privadas cumplir con la cuota de reducción de emisiones, invirtiendo en proyectos de producción y energías limpias en países en desarrollo.

En la cumbre también se lanzó un fondo climático (Green Climate Found), destinado a financiar la adaptación al cambio climático por parte de los países de menor desarrollo. En todas estas iniciativas, tanto los gobiernos como la sociedad civil y las empresas tienen mucho por hacer. El camino hacia una economía baja en carbono implica inversiones en tecnologías limpias, mayor utilización de energías renovables, nuevas modalidades de producción, distribución y consumo.

Asegurar la transformación
Para lograr los compromisos globales de reducción de emisiones sin atentar contra el desarrollo humano, hay sectores clave:

Energías renovables y de eficiencia energética: el sector energético es el principal responsable de las emisiones de gases de invernadero globales, y el que mayores oportunidades de reducción ofrece. En la Argentina, la matriz energética se asienta en un 80% de combustibles fósiles, con una pequeña participación hidroeléctrica y nuclear. Esto deberá cambiar para 2016, según lo establece la ley 26.190 de fomento a las energías renovables. Según esta norma, dentro de cuatro años, el 8% del consumo energético nacional deberá provenir de fuentes limpias (hoy esa proporción es menor al 5%, de acuerdo al informe (R)evolución energética, de Greenpeace. El Programa nacional Genren es un primer paso para cumplir con la meta. A mediados de 2010 puso en marcha la licitación de 895 megavatios para proyectos eólicos, biocombustibles, centrales hidroeléctricas y energía solar. El 84 por ciento correspondió a generación eólica.

Cuidado del agua y agricultura inteligente: las dificultades de acceso al agua potable, así como su uso ineficiente, son un problema agravado por la variabilidad climática y el advenimiento de sequías e inundaciones. En tanto, los océanos y su biodiversidad cumplen una importante función como fuente de reducción de gases de efecto invernadero y como moderadores de la temperatura global. Por ello se está hablando de mecanismos de protección específicos (blue carbon). Asimismo, la agricultura intensiva en el uso de agroquímicos, mal uso del riego y el corrimiento de la frontera agropecuaria están agravando los problemas de desertificación y degradación del suelo. Esto podría en el futuro comprometer la seguridad alimentaria, aún en países como la Argentina, tradicional productor de alimentos.

Ciudades sustentables: más del 50 por ciento de la población mundial vive en ciudades y se estima que esa proporción será del 70 por ciento en 2050. La urbanización creciente genera un desafío para la sustentabilidad y constituye un foco de contaminación y uso de energía, especialmente en las "megaciudades" de más de 10 millones de habitantes. En ese sentido, Buenos Aires presenta indicadores de sustentabilidad por debajo de sus pares latinoamericanas, según el Latin American Green Cities Index.
Sin duda, hay mucho por recorrer en el camino hacia la sustentabilidad. Veinte años después de la primera Cumbre de la Tierra, los desafíos son los mismos, pero las urgencias son mayores.



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