Los CEOs del mar

Por la desconexión que genera el agua, cada vez más ejecutivos se animan a la náutica a motor o a vela. El paralelo con el mundo corporate. 19 de Noviembre 2010

La comunión con el agua, la adrenalina de desafiar a la naturaleza, el encuentro cara a cara con el río, el horizonte, la sensación de libertad que genera el viento, el silencio, la tranquilidad...

Los aficionados a la náutica coinciden en que se trata de una práctica casi adictiva. “La vida  a bordo es un vicio. Es terapéutica”, define Gustavo Rodríguez Colman, vicepresidente de Cuentas Regionales de MasterCard.

En el país, es una actividad casi virgen, en comparación con otras partes del mundo. Fundamentalmente, en lo que hace a náutica a motor. En Australia, hay una lancha cada 43 habitantes. En los Estados Unidos, una cada 243. En la Argentina, se estima un mercado de 130.000 embarcaciones –0,3 cada 100 personas–, con un crecimiento del 20 por ciento anual. “A diferencia de los veleros, la lancha no requiere de esfuerzo físico. La conducción es sencilla y hasta podés salir solo”, comenta Sebastián Frangi, gerente General de Punto Naútico, centro integral de náutica, distribuidor de las marcas de embarcaciones Fórmula Quicksilver y Bayliner.

 La elección de una u otra actividad dependerá de quien lo practique. Lo cierto es que ambas garantizan desconexión total. Los problemas quedan en tierra.   “A pocos kilómetros de su casa, el agua permite sentir como si uno estuviese a un millón de millas de distancia del bullicio y del ajetreo de su rutina diaria”, agrega Frangi.

“Es un nivel de desenchufe que, ni siquiera, logro durante los viajes de placer”, comenta Daniel Razzetto, socio titular del estudio contable Razzetto, Lopez, Rodriguez Córdoba. Paradójicamente, el efecto rélax no anula cierto paralelismo entre la vida a bordo de un velero y el mundo de los negocios. “Tomar decisiones en una empresa es como timonear un barco: hay que estar permanentemente corrigiendo el rumbo”, comenta Razzetto, propietario de una lancha Hard Top, de 50 pies. “La destreza necesaria para dirigir una nave es parecida a la que se aplica para gobernar una empresa. Uno tiene que ser líder natural y, en situaciones extremas, debe ser claro y mantener el equilibrio. Además, hay que tener serenidad en los momentos de tormenta para anticipar los peligros. Hay que poseer don de mando”, explica Adolfo Ablático, presidente de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE). Rodríguez Colman agrega que tanto en la náutica como en los negocios, “tenés la discreción de alterar el futuro en base a las decisiones que vas tomando”.  En su caso, en la náutica es extremadamente más cauto que en los negocios. “Será porque llevo algo menos de dos años haciéndolo, mientras que en los negocios llevo ya unos 24. Pero, en ambos mundos, aunque de maneras muy distintas, llevás la familia a bordo”, sintetiza. 
Ablático practica náutica desde 1975, cuando no era cool hacerlo. Hoy, disfruta de un barco de 34 pies, el tercero en su historia de navegante. Recorrió los mares australes y visitó dos veces el Cabo de Hornos. También, las Islas Malvinas. Su última aventura fue en enero. En el velero, se enfrentó a las aguas más agresivas de navegar, para llegar a la Antártida. Cruzó el pasaje de Drake, 1000 kilómetros de mar abierto entre el Cabo de Hornos y la península antártica, donde soplan vientos de entre 80 y 100 kilómetros por hora. “Es el único lugar del planeta en el que el agua da la vuelta al mundo, sin toparse con ningún continente”, comenta el ejecutivo, quien tiene un sinfín de anécdotas relacionadas con su pasión.

Adrián Lamandía, presidente y CEO de Novatech Solutions, agrega que, como en los negocios, “usás tu cabeza, toda tu capacidad para sacar lo mejor de la naturaleza, que es el viento”. Lamandía disfruta del agua desde los 7 años, cuando competía en optimist (veleros de chicos). A los 18, fue uno de los pocos conscriptos que extendió su permanencia en el servicio militar como voluntario de la fragata Libertad.

“Cuando uno navega, hay que esperar lo mejor y estar preparado para lo peor. Nunca, perder el miedo porque es una emoción inteligente que hace que no te olvides de todo lo que debés hacer”, agrega Jorge Kitroser, presidente y Managing director para el Mercosur de Eaton Power Quality. El ejecutivo tiene un barco de 29 pies con el que suele, al menos, “dar una vuelta al perro” –pasear un par de horas, en la jerga– todos los fines de semana. “Uno siempre debe saber el destino, incluso, cuando es incierto”, aporta Ramiro Mamberti, CEO de la marca alemana de artículos de audio Thonet & Vander, y aclara que, si bien el capitán consulta, siempre es quien toma la decisión final.

“El capitán toma riesgo y el equipo debe confiar”, agrega Matías Haverbeck,  gerente General de Hagraf, la representante exclusiva de Heidelberg Druckmaschinen AG, dedicada a la distribución y comercialización de maquinarias e insumos para la industria gráfica. Define a la actividad como un pasatiempo con cierta dosis de romanticismo que genera buena camaradería.

Es que la necesidad de trabajar en equipo, coordinar, alinear y comunicar es otro punto en común con el liderazgo empresarial. “Se aprende a convivir, a compartir en un espacio estrecho”, describe Ablático. “Por otra parte, cada integrante debe tener en claro su función, no dudar cuando se da una instrucción y tener paciencia para enseñar”, enumera Kitroser.
Tal es el paralelismo entre la realidad corporativa y la naútica a vela, que el consultor Andrés Ubierna, experto en desarrollo organizacional, y Joaquín Moreno, un ex ejecutivo de Techint, crearon “El Barco del CEO”, una especie de novela que utilizó las herramientas de la Web 2.0. Se actualizaba vía Twitter, con un capítulo por semana. Transcurría en el barco del presidente de una compañía y planteaba los problemas que suelen generarse en las dinámicas grupales. “En la historia, en la que cada capítulo semanal terminaba con una pregunta, se buscó mostrar cómo se convierte un equipo con problemas en uno de alto desempeño”, comenta Ubierna. “Quisimos que el lector aprendiera de management en una situación diferente a la de la oficina”, agrega Moreno, hoy dedicado a un emprendimiento propio, en el que relacionó a la tecnología con la náutica.

Además de liderazgo, quienes lo practican afirman que navegar a vela enseña sobre la vida misma. “Enriquece. Se aprende a ser más compañero, a confiar en los otros y a ser más tolerante porque, una vez embarcado, no hay marcha atrás”, explica Kitroser. Alejandro Rehor, VP Consulting Services de Byte Tech, recita una frase a la que hacen honor los fanáticos del agua: “El pesimista se queja del viento, el oportunista espera que cambie y el realista ajusta las velas”. Otro encanto es la envidiable sensación de perderse del cauce principal del río. “Uno se siente dueño de ese tramo”, dice Mamberti. Apunta la posibilidad que brinda el agua de acceder a lugares inhóspitos, al extremo de poder encontrarse con ríos cristalinos, de arenas blancas.  Entre las ventajas, al margen de la posibilidad de disfrutarlo en familia –a diferencia del más individualista golf–, la náutica sirve de networking porque, además de afianzar la red de contactos, permite generar nuevos. “Es un deporte segmentado, que te permite seguir generando negocios porque estás en un nicho con el perfil al que apunta tu empresa”, comenta Mauro Heredia, ejecutivo de la concesionaria Bremen Motors y propietario de un crucero con camarote. En fin, para sorpresa de muchos, la vida a bordo brinda mucho más que una experiencia renovadora. Logra conjugar la magia de la naturaleza con los negocios y hasta la posibilidad de aprender sobre la vida misma.



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