Lavagna:

Lavagna: "Siempre se puede hacer una fiesta y dejar que la pague el que sigue"

Inflación, pobreza, violencia social, su vuelta a la política... Roberto Lavagna analiza a fondo la economía, en una entrevista exclusiva. 23 de Febrero 2010

Un banco, envuelto en llamas. Delante, un grupo de jóvenes que, enardecidos, tiran objetos al fuego. El cuadro del joven artista argentino Fermín Eguía resume algunos de los más intensos momentos en la vida profesional de Roberto Lavagna (Buenos Aires, 1942). Es por eso que lo colgó en la sala de reuniones de la oficina que tiene a metros del Obelisco, en pleno centro porteño. “Sirve para no olvidarse de cómo fueron esos días”, le cuenta a APERTURA, con cierta melancolía, quien fue, entre 2002 y 2005, piloto de tormentas de las administraciones de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. En el año del Bicentenario, Lavagna cuenta en un mano a mano exclusivo por qué está preocupado, pero no desesperado, por el futuro y anticipa cuáles serán sus próximos pasos. 

¿Cómo ve el panorama de este año para el país?
Veo un panorama mixto. Desde el punto de vista de la producción, desde el Producto Bruto Interno (PBI), habrá una recuperación de la pérdida de 2009, que, con un estimado del 4 por ciento, fue importante y la primera desde la poscrisis de 2001. De la mano de la soja –el “yuyo”, como dice el Gobierno–, de la industria automotriz y toda su cadena de valor, y de las exportaciones a Brasil, habrá una recuperación. En cambio, hay signos negativos en materia de inflación, con una aceleración, sobre todo, en alimentos, lo cual tiene un impacto social muy fuerte. Se suman inversión y creación de empleo estancadas.

¿Qué tasa de inflación estima?
Estará en el orden del 17 o 18 por ciento. Si consideramos que tuvimos tres hiperinflaciones, puede parecer poco. Por otro lado, no se olvide que la cifra representa, también, más de tres veces la inflación promedio de países en desarrollo y es siete veces el promedio mundial. Por eso, no hay que minimizarla. Sobre todo, porque tiene un impacto muy negativo sobre la pobreza.  Recordemos que, entre 2002 y principios de 2006, se redujo el número de pobres de 18 millones a 9 millones de personas. Pero, desde mediados de 2006 hasta ahora, volvió a aumentar en tres millones. O sea: tres de los nueve que habían salido de la pobreza hasta hace tres años volvieron a recaer. Y eso tiene que ver con la inflación que empieza en 2006.

¿La hiperinflación puede volver?
No. Hoy por hoy, no. El mundo cambió, es distinto. Sí importa la tasa relativa de inflación con el resto del mundo. Que tengamos tres veces y medio la del promedio de Brasil, Indonesia, India, Sudáfrica, o sea, países del mundo en desarrollo, es un tema grave.   Comentó que la búsqueda de un arreglo con los holdouts y la salida al mercado de capitales no era una buena idea de este Gobierno... No. No dije eso, sino algo más amplio: en el sentido de que, desde 2002 hasta 2006, primero, con la administración Duhalde y, después, con la administración Kirchner, uno de los pilares del programa macroeconómico que mantuvimos durante cuatro años era la reducción de la deuda y el desendeudamiento. Ahora, las cosas cambiaron: todo lo que se hace en el plano financiero va dirigido a aumentar la deuda. Personalmente, creo que un índice de deuda/PBI para países en desarrollo, como el nuestro, no debería estar mucho más allá del 40 por ciento. Pero, hoy, estamos en alrededor del 50.

Entonces, ¿arreglar con los holdouts sigue siendo una buena idea?
Me hace una pregunta correcta pero que, en buena medida, está influida de buscar títulos. Aun así, le respondo: cualquier medida de carácter financiero –ya sea holdout, Fondo Monetario–, puesta en el marco de un programa para continuar con la reducción de la deuda y, en consecuencia, tener superávit fiscal interno, que es lo que permite no aumentar la deuda, puede tener lógica. Hoy, no, porque el programa es volver a endeudarse. Y, para eso, ya tenemos la experiencia de los ’90: sobre la base del endeudamiento, el esquema macroeconómico duró más años de los que podía durar. Y sabemos cómo terminó eso: en una crisis fenomenal.  

¿La cuestión dólar cuándo y cuánto puede llegar a influir en la economía de este nuevo año?
El modelo que iniciamos en 2002 tenía una serie de puntos centrales. Primero, poner al consumo como motor de crecimiento. Segundo, superávit fiscal. Tercero, un tipo de cambio competitivo, pero sin emisión monetaria. Quiere decir, comprando dólares a través del superávit genuino de la Tesorería. Cuarto, reducción de la deuda. Y, quinto, tasa de interés en baja para el sector privado. No olvide que, cuando el Estado se retira como tomador de fondos, las tasas bajan. Todo eso se fue desarmando a partir de 2006. La mitad del superávit fiscal lo gastaron antes de la cuasirreelección presidencial y la otra mitad, después. Entonces, ese pilar no está. Al no estar, se vuelve al endeudamiento, las tasas de interés suben porque el Estado vuelve a competir con el sector privado, hay aumento de inflación, se debilita el consumo y así todo el conjunto. Con el tipo de cambio pasa lo mismo: la inflación se come los salarios, las jubilaciones y, también, el tipo de cambio. En el caso hipotético de que mañana haya elecciones y que se diera un cambio de gobierno.

¿Qué tiene que hacer para reenfocar la economía y crecer más allá del 4 por ciento obligatorio que todos proyectan para el próximo año?
Hay que tener un programa que sea económicamente consistente, que son los mismos pilares que les mencioné anteriormente. Por el simple hecho de que son temas estructurales. Con dos agregados extra: la situación institucional y la ubicación de la Argentina en el mundo. Para darle ejemplos: la modificación de la Magistratura; se reimplantan los superpoderes presupuestarios, que habíamos eliminado; se interviene, a partir de abril de 2006, el Indec. Estas son cuestiones institucionales muy pesadas. Otro ejemplo: la falta de inversión en el país. No sólo se dio por cuestiones económicas, sino, también, institucionales. Y el quiebre se da en 2005. En 2006, se inicia la fuga de capitales. En estos cuatro años, llegamos a una salida del orden de US$ 50.000 millones. Por eso, enojarse con el funcionario tal o cual de los Estados Unidos, o de cualquier otro país, es una gran tontería si uno no se preguntó, seriamente, antes, por qué se fueron US$ 50.000 millones en cuatro años. Entonces, hace falta un programa económico. Hace falta una política institucional. Y hace falta una forma de inserción política y económica en los mercados internacionales. Porque un programa de gobierno es como un mecanismo de relojería: las piezas sueltas no sirven.

El Gobierno fue apoderándose de diferentes fondos. ¿Puede haber una posible nacionalización del sistema bancario, como se habló alguna vez?
No me parece.

¿Resiste la economía hasta 2011 por la falta de voluntad política para reducir el gasto?
Justamente, para eso se endeuda. Para tirar para adelante, como lo hizo siete años la Convertibilidad: sobre la base del endeudamiento. Siempre se puede hacer una fiesta y dejar que la pague el que sigue. Me parece una gran irresponsabilidad. Pero fíjese: 48 horas antes de que la Presidenta anuncie por cadena nacional un fondo que llama de desendeudamiento, sale en el Boletín Oficial el decreto 1953, cuyo artículo tercero autoriza al país a endeudarse por US$ 15.000 millones. 

La coparticipación es uno de los problemas más evidentes que arrastra el Gobierno. ¿Cómo se puede reenfocar la cuestión?
Las provincias más grandes, Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, están en una situación de déficit. Nadie puede pensar que una redistribución entre las provincias puede resolver el tema. Porque eso significaría que, para que dos o tres provincias –o, incluso, una sola, Buenos Aires–, por su tamaño, recuperen la participación en función de sus necesidades, las otras 14 ó 15 deberían bajar su participación. Sería un absurdo. La conclusión es muy sencilla: sólo cediendo el Gobierno Nacional los recursos que hoy maneja se puede reequilibrar esto. No es una redistribución entre las provincias, sino del Gobierno Nacional hacia las provincias.

¿Hay riesgo en el corto plazo de volver a las cuasimonedas más allá de lo hablado en los últimos días?
Claro, y no lo digo yo. Lo anunciaron los gobernadores. Hasta hace unas horas, era el de Córdoba. Ahora, parece que le llegó la plata. Entonces, no. En cambio, habló el Gobernador de Santa Fe y, en voz baja, habla el de Buenos Aires.

¿Cómo ve un ex funcionario público el deterioro de la economía que él mismo ayudó a enderezar?
Da bronca.Y mucha, obviamente. Aunque, también, hay que saber no tomárselo de forma personal. Pero sí creo que se ha perdido una gran oportunidad.

El alto nivel de violencia social, de piquetes, de inseguridad, ¿también puede aguantar hasta 2011, en el sentido de que no va a explotar?
Es difícil. Por mi experiencia de 2007, recorriendo distintas zonas empobrecidas del país, entre otras, el Gran Buenos Aires, el Gran Córdoba y el Gran Rosario, veo, y esto debe ser motivo de preocupación, un gran divorcio entre el grueso de la sociedad argentina y los más pobres. Ojo, hay muchas operaciones puntuales de solidaridad. Pero los que están en situación menos favorecida, hoy, ya no esperan más nada. No creen en este Gobierno. Ni en el anterior, ni en el que sigue. No esperan ninguna respuesta seria. Por supuesto, cuando uno habla con los líderes barriales, siempre hay otra clase de intereses. Pero la gente, el ciudadano común, cayó en una situación de anomia. Eso no es un fenómeno exclusivamente argentino. Pasa en muchos países que tuvieron, habitualmente, grandes niveles de pobreza: Sudáfrica, Brasil. Pero, volviendo a la Argentina, los grupos que uno ve hoy en las calles son los que fueron armados, en los últimos dos o tres años, por el propio Gobierno. Y, como suele ocurrir en estos casos, se les empiezan a ir de las manos. Al Gobierno le costará, cada vez más, calmarlos sin que, necesariamente, eso mejore la situación social. Por otro lado, tampoco se olvide que una cosa son estos grupos y otra, el resto de la gente.

¿Cuáles pueden tener frente a la barbaridad del Indec?
Ninguno. 

¿Entonces?
Es muy fácil. Al Fondo no hay que tenerle miedo. Dejar que haga la revisión y uno tiene que dar su opinión. El tiempo demostró que, cuando el FMI creía que la Argentina no salía y nosotros opinábamos lo contrario, tuvimos razón. No sólo no hay que temer una revisión técnica, sino estar dispuesto a que se publique de manera inmediata, para que no haya privilegiado que tenga información reservada.

¿La función pública es una opción para usted?
Si pregunta por la Ciudad de Buenos Aires, la respuesta es no. Más allá de eso, no sé. Recuerden que la función pública, tomada con seriedad, tiene enormes costos aunque, también, enormes desafíos. Uno tiene que estar muy seguro del para qué. Hoy, no busco un puesto público.  Sin embargo, con las mismas credenciales de haber estado al pie del cañón, uno de sus antiguos jefes se muestra dispuesto a tratar de corregir el rumbo.

¿No sería posible algo similar en su caso?
No descarto nada. El hecho puede darse o no, uno puede contribuir. Después de la elección presidencial (2007), dediqué el tiempo a dar charlas en las universidades, a los jóvenes, alguna actividad social, conferencias en el exterior. Opiné sobre todos los temas, tanto sobre críticas y alternativas, desde las AFJP hasta Aerolíneas. Todo. Es lo que creo que hay que hacer. La oposición por oposición no sirve para nada. Lo que hay que lograr es hacerle entender a la gente que hay una alternativa de gobierno. No simplemente oposición. En eso estoy: es lo que he hecho en 2009 y lo que voy a hacer en 2010.

¿Se reúne con Eduardo Duhalde?
Sí. Hablé y me reuní con todos y de distintos partidos. Soy de los que creen en el diálogo y la búsqueda de consensos.

¿Le ofreció alguna candidatura?
(Silencio). Todos saben cuál es mi posición, que es la que les estoy contando a ustedes. Yo ni pido nada ni quiero que me regalen nada. 



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