Las empresas que agregan valor al campo

Las empresas que agregan valor al campo

No todo el campo es soja y grandes productores. Los agricultores pequeños y medianos, los fabricantes de maquinaria agrícola e insumos y los emprendedores que brindan servicios agropecuarios componen una cadena que crece generando empleos y valor en las economías regionales. Un panorama de las pymes agroindustriales. 15 de Septiembre 2011

A mediados de los ‘80, en la localidad santafesina de Villa Chañás (los pagos de Mirta y Silvia Legrand), un ingeniero químico montó una planta para procesar jugo de frutilla. Así nació Fragaria, una compañía que pronto viró de negocio, al compás del boom de la soja. Ya en los ‘90, la empresa se centró en la producción de inoculantes (concentrados de bacterias que mejoran el desarrollo del cultivo) y coadyuvantes (un producto que se aplica con los agroquímicos y permite su absorción), destinados al hoy omnipresente “yuyo”.

Con 60 empleados, en su mayoría técnicos y especialistas, esta pyme santafesina se destaca por la innovación en sus productos. Fue la primera compañía nacional en lanzar un inoculante líquido al mercado (N-Fixer Dúo), que compite con similares fabricados por multinacionales. En 2003, presentó la versión N-Fixter Full, un producto que combina inoculante con fungicida; en 2004 certificó las normas de calidad ISO y hoy está enfocada en aumentar sus exportaciones. Actualmente, un 15% de la producción se vende a Uruguay, Paraguay, Bolivia, Venezuela y México, y el plan es ampliar mercados hasta llegar al 50% de ventas externas. “El contexto es favorable para nuestra actividad, por el aumento de la demanda. Sin embargo, la rentabilidad cayó por la suba de costos, sobre todo el transporte”, dice Héctor Cattena, gerente de la compañía. Detrás del furor sojero, están los pequeños y medianos productores, los proveedores de servicios, insumos y maquinaria. Es en estos eslabones de la cadena donde se generan más valor agregado y empleos. Y este sector es el principal destinatario del Plan Agroalimentario Nacional, lanzado por la presidenta Cristina Fernández el 5 de septiembre, cuyos objetivos para 2020, además de incrementar las cosechas a 160 millones de granos (hoy está en alrededor de 95 millones), expandir la frontera agraria y las exportaciones; contemplan la generación de mayor valor agregado local a los productos primarios, y así generar empleo y crecimiento en las economías regionales.

El sector de maquinarias agrícolas, por caso, es uno de los más dinámicos en cuanto a innovación tecnológica, aumento de la producción (un 95% se destina al mercado interno) y las exportaciones. Según datos de Proargentina, de la Secretaría de Industria, existen unas 665 fábricas de maquinaria agrícola y agropartes, distribuidas principalmente en las provincias de Santa Fe (47%), Córdoba (24%) y Buenos Aires (20%). La Argentina es el segundo país en el mundo en adopción de tecnología de agricultura de precisión, después de los Estados Unidos. El sistema de Siembra Directa, de creación nacional, explica en gran medida el aumento de los rindes por hectárea en las últimas dos décadas, además de impulsar el desarrollo de equipamientos innovadores como las sembradoras y autopropulsoras de arrastre, donde la industria nacional domina el mercado.

Tractores de la recuperación
La historia de la fábrica de tractores Pauny, en Las Varillas, Córdoba, refleja bastante los avatares de la Argentina reciente. Fue fundada en 2001, tras la quiebra de Zanello, empresa que llegó a tener 1.000 trabajadores y empleaba en forma directa o indirecta a 10% de la población de Las Varillas (10.000 habitantes). “En el momento del cierre quedábamos 400 personas. Los empleados, la gerencia y toda la red de proveedores y concesionarios exclusivos decidimos hacernos cargo de la producción. Por suerte la Justicia actuó rápido y nos permitió la continuidad”, rememora José María López, actual gerente comercial, quien ingresó a la empresa en 1986.

Transcurrida una década bajo el nuevo nombre, la fábrica no sólo mantuvo la producción y puestos de trabajo, sino que los multiplicó y se colocó a la vanguardia en innovación tecnológica. Por su desarrollo de una caja de transimisión con comando electrohidráulico, obtuvo una mención de los premios CITA (Centro de Innovación en Tecnología Agropecuaria), en la Exposición Rural de Palermo.

Hoy Pauny produce unos 1.500 tractores al año (entre u$s 60.000 y u$s 120.000 por unidad), destinados un 70% al mercado interno y un 30% a la exportación: Rusia, Holanda, Colombia, Venezuela, Paraguay, Uruguay y, próximamente, Brasil. Este año, la empresa montó una fábrica autopartista propia en Santiago del Estero, con 80 empleados, y firmó un acuerdo con la brasileña Stara para fabricar localmente tractores Pauny Stara y distribuir los productos Pauny en Brasil de la mano del socio local. “Desde la devaluación empezamos a repuntar y seguimos con viento a favor. Estamos planificando a cinco años y con muy buenas perspectivas”, confiesa López.

Con Más de 80 años de historia y tres generaciones en su directorio, Favot y Cía., fundada en 1930 por Pedro Favot en Cruz Alta, Córdoba, sobrevivió a múltiples crisis y hoy coincide en un momento de expansión. Desde 1987, con el advenimiento de las técnicas de labranza cero y siembra directa, la compañía se enfocó en dispositivos para el control químico de malezas. “Para esto creó una pulverizadora (Cacique 3000), que revolucionó el concepto de velocidad máxima de aplicación”, cuenta María Emilia Favot, encargada de ventas y nieta del fundador.

Con 100 empleados y 80 concesionarios directos en todo el país, Favot tuvo varios premios CITA a la innovación en la protección y mantenimiento de los cultivos por sus equipos autopropulsados. Exporta 10% de la producción a Bolivia, Paraguay, Uruguay y Rusia, entre otros.

Inversiones productivas
El boom del agro va más allá de la pampa húmeda. El paisaje de Catamarca, con sus distintos tonos de verde -como dice la zamba de los Chalchaleros-, no tiene soja pero sí olivares y viñedos. Invertir en estos cultivos en forma de fideicomisos se ha vuelto una alternativa rentable y diferenciadora. En Altos de Tinogasta, un emprendimiento de Real Estate productivo, la propuesta es adquirir parcelas para cultivar uvas y aceitunas, con el fin de lograr vinos de alta gama y aceite de oliva varietal personalizados.

La inversión, desde u$s 16.000 para las parcelas de olivos y u$s 18.000 para las de vides, permite combinar “la seguridad de las inversiones en tierras, con los altos rindes de los productos agroindustriales”, destaca Diego Torrea, gerente comercial de la finca de 400 hectáreas en el corazón del valle Catamarqueño.

La propiedad se encuentra a 1.300 metros por sobre el nivel del mar, en una zona de gran amplitud térmica e insolación, determinantes para la calidad de las uvas. Con cada parcela -de un mínimo de 2.500 m2- se pueden producir unas 2.000 botellas por año. Y la rentabilidad anual fruto de la comercialización de los productos, se distribuye en forma proporcional entre todos los propietarios de parcelas.

El predio cuenta con certificación orgánica internacional y normas ISO 9001, 14000 y 14001, lo que garantiza la calidad y sustentabilidad de los productos, y un alto valor en el mercado nacional e internacional. En la producción no se utilizan pesticidas ni fertilizantes y el riego se efectúa por microgoteo.

El proyecto se inició hace cuatro años, de la mano de los ingenieros agrónomos Horacio Fernández Mendez y Fernando Frisicaro, y ya cuenta con 70 socios en el fideicomiso. La primera cosecha llegará a las góndolas a principios de 2013.

Tecno tambo
Como su familia tenía un tambo en Brandsen, Martín Abouf Petit estudió Agronomía en Buenos Aires. Pero se quedó trabajando en la Ciudad en una cadena de zapaterías, de la que llegó a ser gerente. A mediados de los ‘90, cuando fallecieron sus padres, Martín sintió la obligación de hacerse cargo del emprendimiento familiar. Se trasladó al campo con su esposa e hijos y allí conoció en la práctica el sacrificado negocio de los tamberos. “Además de levantarme a las tres y media de la mañana de lunes a lunes, me tocó una época muy dura, porque el negocio es muy estacional y cuando hay mucha oferta hay que regalar o tirar la leche”, recuerda.

En su experiencia, Petit se convenció de que contar con los datos adecuados en el momento justo, es vital para no perder dinero. Y así comenzó a armar planillas de Excel mientras ordeñaba. “Esto me llevó a pensar que necesitaba un software de gestión para el tambo, y como no había en el mercado, decidí desarrollarlo yo mismo”, cuenta. Así se puso a estudiar programación. En el interín, vendió el tambo y se mudó al pueblo, donde comenzó a dar cursos de informática a distancia para productores agropecuarios y escribió varios libros sobre tecnologías de la información para el campo. Finalmente, se asoció a dos programadores y luego de tres años, en Mercoláctea 2005 lanzaron al mercado Gestambo, un software de gestión integral para la cadena láctea. El sistema lleva ya nueve versiones, dado que han ido modificando y creando aplicaciones según la demanda de los usuarios. Hoy se comercializa en 400 tambos de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Paraguay, Perú y Bolivia. Por este desarrollo, los emprendedores obtuvieron un premio de la entidad holandesa BiD (Business in Development) y resultaron finalistas, este año, del concurso para desarrolladores de aplicaciones Open App del grupo Telefónica. El próximo paso es lanzar una versión en portugués.

A partir del éxito de Gestambo y del contacto con productores de diversos rubros, Petit decidió crear sistemas de gestión para otras actividades como producción de hortalizas, arándanos o carne. Para ello solicitó financiamiento al Fonsoft del Ministerio de Ciencia y Tecnología.

Más allá de la comercialización del software, Petit está embarcado en la difusión de la tecnología en el ámbito rural, mediante cursos y talleres a distancia. “Hoy sólo el 20% de los productores están informatizados, algo que no ocurre en otros sectores de la economía. Nadie con una empresa que vale u$s 1 millón se da el lujo de no contar con sistemas de información, salvo en el campo. Para revertir esto las tecnologías existen, sólo falta capacitar a la gente”, afirma.



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