"Las ciudades no pueden crecer indefinidamente"

A los 96 años, el arquitecto trabaja con la misma pasión que hace más de siete décadas. En una charla íntima, sentó su posición sobre las torres, habló de diseño y urbanismo. También contó su historia de vida. 17 de Junio 2010

La felicito por la puntualidad. Algo que me enoja mucho, además de la mentira, son las personas impuntuales", dice Mario Roberto Álvarez a modo de saludo mientras abre la puerta de la sala de reuniones de su estudio, en la calle Solís. El dicho popular dice que “una frase pinta a una persona de cuerpo entero”. Pero el recuerdo de sus años de estudiante y sus inicios en la profesión, ayudan a completar el retrato del arquitecto que proyectó el teatro San Martín, la Bolsa de Comercio, el edificio IBM y la primera torre Le Parc, sólo por mencionar algunos hitos de su trayectoria. "Era el único de mi clase que trabajaba. Lo hacía para ayudar a mi familia. Y, a pesar de que en esa época era obligatorio asistir turno completo, yo no iba ninguna mañana. Recuerdo que un profesor con una mentalidad absurda, cuando le fui a avisar que no podía ir a sus clases, me dijo: jovencito, o se estudia o se trabaja. En vez de alentarme, trató de decepcionarme. Pero no le llevé el apunte y seguí trabajando. Me recibí y fíjese cómo serían de vagos mis compañeros que fui también medalla de oro".

El hombre y sus valores
Por esa misma exigencia y rectitud fue que Álvarez renunció a sus cargos públicos al comienzo de su carrera. "Por honradez y por no contradecirme conmigo me quedé dos veces sin trabajo, pero conforme de no ser cómplice de lo que no había que hacer. Primero, en el Ministerio de Obras Públicas y luego en la Municipalidad de Avellaneda", cuenta. En su paso por la función pública, creó la oficina de arquitectura e hizo obras para la ciudad, entre ellas el primer jardín de infantes del país, un asilo de ancianos donado por la familia Fiorito. Además luchó para que la avenida Mitre conservara su nivel (querían elevarla) a la altura de “Crucecita” y consiguió que se levantara el ferrocarril. "Un intendente me pidió que cambiara una documentación en un contrato que ya se había firmado. Yo me opuse y, a raíz de eso, me entró a perseguir. Y renuncié. A partir de ahí,me empezó a ir bien".

Trofeos profesionales
Doctor Honoris Causa, alumno sobresaliente, ciudadano ilustre, multipremiado. Álvarez exhibe estos trofeos en la sala de su estudio. Pero también hay fotos de sus obras, dibujos suyos de 1937, una foto de su equipo de colaboradores tomada décadas atrás y el diploma de su padre, Jerónimo Álvarez, cuando recibió la medalla de honor de su clase en Soria, España, a fin del siglo XIX. "Además, uno de mis hermanos, que falleció en 1959 en un accidente aéreo, fue médico y medalla de oro igual que yo, en la facultad y en el colegio Nacional Buenos Aires". Álvarez dice ser la excepción a la regla: “Soy uno de los raros casos en los que además de buen alumno, después me fue bien. Yo pensaba ser el dibujante de un arquitecto que me gustara. Nunca esperé llegar a donde hemos llegado, lo juro. Evidentemente tuve la suerte de tener buenos equipos con gente sana, buena y sencilla, que fui formando o deformando de acuerdo a mi forma", comenta.

De penas y glorias
En cuanto a logros personales, Mario Roberto habla de sus padres, sus hijos, su nieto de 15 años, su buen estado de salud, "que todo el mundo se olvida y es lo más importante", acota, y sus amigos. "Ellos no son de la profesión, porque uno es amigo por afinidad, no por interés. Quizás no me he dedicado a buscarlos o no he tenido la suerte de que eso se produzca en el trabajo. Y, a mi edad, me han quedado pocos amigos desgraciadamente", agrega con pena.

Y hablando de dolores del alma, Álvarez señala dos obras que le causaron ese malestar. Una fue cuando Evita, al pelearse con las damas de la Sociedad de Beneficencia, dejó inconcluso el asilo de huérfanos que se había comenzado a construir en San Justo. Otra, la casa del Comandante en Jefe de la Armada, sobre Panamericana, que fue demolida con la llegada de la democracia. "No puedo entender cómo una cosa construida, bastante eficiente, no haya podido encontrar otro uso".

En cambio, con el Hilton fue diferente. "Habíamos sufrido su pérdida porque tuvimos un hermoso terreno y un encargo para hacerlo en la esquina de Esmeralda y Arenales, cuando éramos más jóvenes. Yo viajé varias veces a los Estados Unidos para que me aprobaran los planos. Pero, Relaciones Exteriores lo expropió para hacer ahí su Ministerio. Pasaron los años y el señor González, un hombre pionero, no solo donó el Puente de la Mujer, sino que nos encargó el Hilton actual. Asícomo con las otras dos obras, también lamentaba haber perdido el Hilton, pero volvió. “Siento que he sido un hombre de suerte. Además de haber tenido la suerte de elegir bien a mis padres".



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