La ventaja de India sobre China: el poder cultural

En la lucha por conseguir apoyo en Asia, la apertura de la India la deja mejor parada que China, escribe el columnista John Lee. 28 de Junio 2010

Mientras los vecinos de China ven su crecimiento con una mezcla de aprensión y admiración, el emerger de India como una potencia es más atractivo a los ojos de muchos estados en la región. Después de todo, a diferencia del gigante asiático, India no tiene historia de invasiones o dominación en el Este y el Sudeste asiático y no reclama territorios en el sur del mar de China ni con ningún otro país. Más aún, en noviembre pasado el entonces ministro de Estado para Asuntos Exteriores, Shashi Tharoor, dijo que “en el mundo actual no es el tamaño de los ejércitos lo que determina el ganador, sino quién cuenta la mejor historia”. Como la democracia más grande del globo, con una creciente industria del entretenimiento, India tiene una enorme ventaja en su poder cultural sobre China y sus medios controlados por el estado. Y así podría ganarle terreno en la batalla de los gigantes por ganar la influencia en la región y alrededor del mundo.

Tharoor no se equivoca en señalar esta ventaja. Pero la buena voluntad hacia India y su enorme poder cultural o “blando” –la habilidad para influenciar en el comportamiento de otros estados a través de la atracción o cooptación en lugar del uso de la fuerza militar o medios económicos– no surge simplemente de la creciente popularidad de las películas de Bollywood o el hecho de que las concursantes indias (junto con las venezolanas) sean las que más veces hayan ganado la competencia Miss Mundo. El hecho de que a uno le interese la cultura del país no necesariamente lleva a que gobiernos extranjeros accedan y se sumen a los objetivos de política exterior de India.

En cambio, el poder, cultural o de cualquier otro tipo, necesita ser entendido en el contexto de cómo se adquiere y ejerce el atractivo y la influencia. El orden regional se caracterizó en las últimas dos décadas por un movimiento hacia la apertura de los mercados, cooperación multinacional, un estado de derecho internacional y una comunidad democrática en evolución, todo apoyado por la preeminencia estadounidense, las alianzas de seguridad de Washington y sociedades con capitales clave como Tokio, Seúl, Canberra, Singapur, Manila y Bangkok. La duradera preferencia de todos estos gobiernos (a excepción de China) es mantener este orden con las nuevas potencias emergentes como China e India.

Estratégicamente cómodo
El crecimiento indio es posible gracias a una completa participación en el orden regional conducido por Estados Unidos que le genera una ventaja y de la que no se arrepiente. Y si bien no está buscando convertirse en un aliado estadounidense, Nueva Delhi está fundamentalmente satisfecha con la estrategia de poder actual. Como señaló el ministro del Exterior de Singapur, George Yeo, en una entrevista al diario The Hindu en enero de 2007: “Vemos la presencia de la India como un factor beneficioso para todos en el Sudeste asiático”.

Además, la India ya era un país con una democracia robusta que se mantuvo intacta a pesar de las heridas abiertas de décadas de desastrosas políticas económicas socialistas. Eso le permite al país apalancar lo que el profesor Michael Mandelbaum, de la Johns Hopkins School of Advanced International Studies, llama el “ejemplo democrático”, un paradigma emergente de exitosos ejemplos, no solo el de Estados Unidos pero de las democracias liberales evolucionadas del Este y Sudeste de Asia.

En particular, los políticos y la sociedad india están alineados con los estándares regionales de lo que constituye un sistema social y político moderno y legítimo. A diferencia de la intolerancia del pluralismo político en China, los hábitos locales de negociación y compromiso de India, con 60 años de democracia estable, ofrecen una mayor seguridad a los gobiernos de que, a la hora de interactuar con otras capitales, Nueva Delhi aplicará las mismas virtudes. 

No tanta aprensión
Por ello, además de estar impresionadas con el poder tradicional adquirido recientemente por India (como su flota de más de 60 buques) y una economía que ha venido creciendo a una tasa de entre 7 y 8 por ciento por casi dos décadas, las elites políticas y estratégicas ven a India como un predecible, estable, cooperativo y atractivo poder emergente. 

Esa notable ausencia de preocupación sobre el crecimiento indio y la impaciencia por hacerla emerger como un nuevo centro de poder en Asia es demostrada por la sorprendente velocidad con la que la India fue bienvenida como un jugador confiable y estratégico en la región por todos los gobiernos, lo que cumple con el objetivo de Nueva Delhi de convertirse en un player indispensable y crucial en la seguridad de la zona.

Pero si las elites políticas y estratégicas están más que dispuestas a ayudar al país a ser una potencia, encuestas como el Anholt-GfK Roper Nation Brands Index o las del Chicago Council muestran que entre los líderes económicos y sociales y entre la población general la influencia de su poder blando todavía es débil. Uno de sus problemas es de imagen: sus éxitos en el ámbito del poder tradicional desde 1991, aunque impresionantes, son usualmente ignorados o desestimados.

Una de las razones es la relativamente pobre integración de su economía con las del Este y el Sudeste de Asia. Y es también el mismo caso de la descripción que el presidente Harry S. Truman realizó en 1947 (como cuenta Robert L. Beisner en su libro de 2006, Dean Acheson: A Life in the Cold War) de un país “abarrotado de gente pobre con vacas caminando libres por las calles”, que se mantiene en gran parte como una verdad. La economía india es al mismo tiempo de última generación y medieval. A pesar de tener, aunque discutiblemente, la mayor clase media del mundo, más de un quinto de su población todavía vive bajo la línea de la pobreza y un tercio son analfabetos. La reputación de emprendedorismo del país convive con un sistema discriminatorio de castas que es muy fuerte en regiones rurales y pequeños pueblos.

Y a pesar de tener micro fortalezas a nivel mundial en industrias como la farmacéutica, biotecnología, outsourcing de IT y telecomunicaciones, su record de haber alcanzado una reforma amplia y duradera en el plano macroeconómico –sumada a la construcción de infraestructura y la educación de los ciudadanos– todavía se mantiene sin ser probado.

¿Modernización irreversible?
Finalmente, a diferencia de un país como China, donde la información está restringida y las fallas sociales son normalmente ocultadas de los ojos extranjeros, las enfermedades sociales indias son mostradas y debatidas abiertamente. Nueva Delhi no puede manejar fácilmente a los medios para construir o dar forma a un mensaje consistente sobre los éxitos del país a una audiencia externa.

La nación sufre de un gap de percepción: su confianza en el futuro todavía no es compartida por las audiencias extranjeras, que se no se convencen del irreversible camino de modernización y prosperidad. A excepción de los ministros regionales de Defensa y de Exterior, la historia de éxito de India en el siglo XXI –tan importante para su poder cultural– todavía es vista como una apuesta especulativa. En la lucha por ganar a apoyo en Asia, India tiene una importante ventaja sobre China. Pero no podrá hacerla efectiva hasta que le pruebe al mundo que sus días de estancamiento social y económico (sumado a la despectiva frase, “la tasa de crecimiento india”) son verdaderamente parte del pasado.

Dr. John Lee es investigador del Center for Independent Studies en Sydney y profesor visitante en el Hudson Institute de Washington, D.C. Su informe, "Unrealized Potential: India's Soft Power Ambition in Asia" (“Potencial no explotado: la ambición india por el poder cultural en Asia”), será publicado por CIS este mes.

 



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