La puerta de Oriente

La puerta de Oriente

Punto de encuentro entre Europa y Asia, descubrir Estambul y la Capadocia permite apreciar la mezcla de culturas que se vive en esa región. 12 de Enero 2012
Cinco veces por día, se escucha la plegaria a Alá en Estambul. Es imposible pasarla por alto y, más allá de la religión que cada uno profese, es un llamado que invita a la reflexión personal, al menos, por unos instantes. Esta ciudad, embebida en los ritos musulmanes, es conocida como “la Puerta de Oriente”, donde conviven Europa y Asia y se fusionan las culturas del mundo bizantino y del otomano.

“Recorrer conociendo la historia tiene un sabor especial”, dice Martín Berardi, gerente General de Ternium Siderar, quien viajó a Estambul y Capadocia con su mujer y sus cinco hijos. Hay tanto para ver  y descubrir que cuesta decidirse por dónde empezar. La Mezquita Azul puede ser un buen punto de partida. Su silueta, con seis imponentes minaretes que se lanzan hacia el cielo, en busca de la eternidad, y el azul dominante de su interior cautivan la atención. Frente a ella, emerge Santa Sofía, el único monumento de la Humanidad que nació como una iglesia católica en el año 360, bajo Constancio II;  luego, se convirtió en una mezquita y, hoy, es un museo, donde se pueden observar las influencias de los imperios bizantino y otomano bajo una misma cúpula. 

Durante el horario del rezo, no está permitido el acceso a los turistas aunque hay quienes logran persuadir a los guardias para participar de la ceremonia.  A pocos metros, vale la pena desviarse a la cisterna bizantina, que, durante años, sirvió como almacenamiento de agua para la ciudad y donde se observan dos extrañas cabezas de medusas, esculpidas en las columnas. “Estambul es fascinante: la mezcla de las culturas occidental y oriental, los bazares, las especias y la majestuosidad de los palacios”, dice Rafael Berges, gerente de Desarrollo y RR.HH. de Banco Galicia, quien viajó a Turquía con su mujer y cuatro parejas de amigos. Almorzar en el restaurante del parque del palacio Topkapi puede ser una buena alternativa para descansar un rato y tomar fuerzas para recorrer el palacio, que sirvió de residencia oficial de los sultanes otomanos desde 1478 hasta 1855.

Las joyas, entre ellas, un diamante de 86 quilates rodeado de 49 brillantes, son uno de los principales atractivos de este lugar.  La mezquita de Solimán el Magnífico, con cuatro alminares en su exterior en honor a Solimán –el cuarto soberano de los otomanos–, también merece un vistazo.  Hay que tener en cuenta que, para entrar en estos lugares sagrados, es importante no llevar los hombros descubiertos y el largo de la vestimenta debe pasar la rodilla. No obstante, ningún turista se queda afuera debido a un atuendo inapropiado, ya que, en la entrada, se reparten túnicas y bolsas de plástico para guardar los zapatos e ingresar descalzos. Recorrer el Gran Bazar es una experiencia única y muy divertida. Para los argentinos, acostumbrados a regatear, suele ser una tarea bastante entretenida y desafiante: los turcos no dan su brazo a torcer fácilmente.

Si se quiere conseguir buenos precios, es necesario armarse de paciencia, disfrutar en el interín de un té de manzana y, así, negociar mejor. “La ciudad es un mundo de gente: nadie molesta y no da miedo. El Gran Bazar es fantástico. Si a un vendedor le aceptás el precio de entrada, se muere. El regateo es un juego en todos los lugares”, dice el empresario agropecuario Kuki Monasterio, quien viajó a Estambul y la Capadocia en julio de 2011. En los últimos años, el bazar se profesionalizó mucho y, hoy, se puede encontrar todo tipo de bienes, desde copias perfectas de artículos de cuero de las mejores marcas europeas, como Hermés, Gucci o Ferragamo, hasta tiendas de joyas y alfombras, que se alternan con los típicos objetos de cobre repujado. “Es imperdible. En especial, para los amantes de las alfombras como yo. Recorrerlo lleva su tiempo”, cuenta Berardi.

El mercado de las especias es otro must de Estambul. Sus colores, olores y sabores son fascinantes y ayudan a transportarse al pasado e imaginarse a los antiguos mercaderes mientras comerciaban sus exóticas especias. Aquí también se puede regatear y, para los amantes de la cocina, es una verdadera fiesta (para el paladar). La visita al Palacio Dolmabahce, el primero de estilo europeo (neobarroco), permite apreciar los mármoles traídos del Mar de Marmara, el alabastro de Egipto, una imponente escalera con baranda de cristal de Baccarat y la mayor araña de cristal de Bohemia del mundo, un regalo de la Reina Victoria. Un guía, en inglés, explica la historia del palacio y los detalles de cada sala y acompaña al grupo durante el recorrido, que dura unos 45 minutos.

El paseo en crucero por el Bósforo es imperdible. Navegar por este estrecho natural de 32 kilómetros, que conecta el Mar Negro con el Mar de Marmara, es un tour muy relajado que no se puede dejar de hacer. Desde el agua, se percibe otra mirada de esta ciudad mágica, donde navegan unos 150 barcos por día y hay 300 cruces de ferries diarios.  Subir a la Torre de Galata, construida por los genoveses hacia 1348, es otro atractivo. Para llegar al mirador y admirar la panorámica de la ciudad, basta acceder a través de 143 escalones o en ascensor. “Cenar abajo del puente iluminado al borde del Bósforo, que une Europa y Asia, es algo muy lindo también”, recomienda el CEO de Siderar. La vida nocturna en Estambul es muy interesante y la oferta de restaurantes y discotecas, amplia.

Uno de los lugares más originales y de moda es Reina, un complejo de siete restaurantes sobre el Bósforo, con distintas especialidades: desde platos típicos turcos hasta comida japonesa. A partir de la medianoche, se convierte en una gran discoteca. Ulus 29 es un restaurante situado en un barrio residencial, sobre una colina, desde donde se pueden apreciar imponentes vistas de la costa asiática. El menú es variado e incluye desde sushi y langosta fresca hasta una libre interpretación de la tradicional comida turca. Zuma es otro restó a tener en cuenta. Sobre todo, en verano, cuando se puede disfrutar de una mesa en la terraza.

Un lugar romántico a orillas del Bósforo es Feriye Lokantasi: el chef Vedat Basaran sirve platos otomanos en un palacio del siglo XIX, que, durante la ocupación otomana, se usó como estación de policía.  Tomar un trago en la terraza del hotel Ciragan Palace Kempinski, el más lujoso de esta ciudad, permite apreciar la belleza del atardecer sobre el Bósforo. En tanto, en el elegante barrio de Nisantasi, Park Samdan ofrece una refinada comida tradicional con algunos toques continentales. También en esta zona, especialmente, para el almuerzo, se recomienda la Brasserie Nisantasi, con deliciosas ensaladas y entradas (mezes) típicas.

A pocas cuadras, se encuentran algunos hoteles internacionales, como el Hilton y el Swissotel, con habitaciones que arrancan en los 140 euros por noche. Combinar la visita a Estambul con un par de días en la Capadocia, en Anatolia central, es una manera de optimizar el largo viaje hasta esa parte del globo. “Conocí la Capadocia a raíz de un viaje de trabajo que me llevó a Estambul. Ofrece la oportunidad ideal para aprovechar el tiempo al máximo y realizar una visita memorable”, cuenta Juan van Peborgh, socio de una firma de consultoría internacional.

Aproximadamente una hora de avión separa a Estambul de Kayseri, donde se puede contratar un guía con auto o alquilar un vehículo para manejar hasta Uchisar, un pequeño pueblo dominado por un empinado pico rocoso en cuyas paredes se abren muchas ventanas y donde los hoteles cavados en la roca tienen un encanto especial. Precisamente, Berges, el ejecutivo de Banco Galicia, recomienda el Yunak Evleri, donde él se alojó.  La región está formada por un triángulo situado entre las poblaciones de Neveshir, Avanos y Urgup y cubre unos 200 kilómetros cuadrados. La erupción de varios volcanes dio origen a las peculiares formaciones rocosas que hicieron famosa esta zona. El museo al aire libre está en Goreme, donde un grupo de monjes construyó iglesias en las rocas para el culto cristiano, en el siglo X y XII, y fue declarado patrimonio mundial de la UNESCO.

Una tradición local sostiene que existieron 365 iglesias, una para cada día del año, de las cuales hoy sólo se pueden visitar alrededor de 30, decoradas con frescos que, gracias a la impermeabilidad de la toba calcárea y al clima interno de los ambientes, mantienen sus colores vivos.   “Disfruté, en particular, de las iglesias de los primeros cristianos, talladas en la roca y con frescos muy bien conservados. Y me llevé una impresión realista y positiva de los habitantes de Turquía, de quienes, en Occidente, en general, tenemos una imagen muy borrosa, por no decir teñida de prejuicios”, añade Van Peborgh.

Almorzar en Goreme, en una de las tabernas que ofrecen los platos típicos, como los diferentes tipos de kebabs, es una buena opción para conocer el gusto local. Sin duda, el plato más curioso es el Testi kebab, una especie de guiso de carne que se cocina en un recipiente cerámico, que se rompe para servir. Además, se puede acompañar con los deliciosos panes turcos; los infaltables entremeses y la famosa baklava de postre.  Cerca de Zelve, en el valle de Pasabag, se encuentran las formaciones de piedra cónicas, conocidas como “chimeneas de hadas”, debido a una leyenda que surgió en la antigüedad. Este lugar es verdaderamente mágico y vale la pena el desvío. “En Capadocia, me sorprendieron las chimeneas de hadas y las cavernas donde los antiguos cristianos se escondían, escapando de los romanos en el siglo I. Son más de ocho pisos subterráneos y pudimos llegar hasta el cuarto subsuelo. Fue espectacular”, explica Berges.  

Sin duda, un punto obligado es la excursión a las ciudades subterráneas, como la de Kaymakli, utilizadas por los primeros cristianos para protegerse frente a las invasiones y saqueos árabes, donde vivían unas 6000 personas.  No es recomendable para quienes padecen de claustrofobia, ya que estas  ciudades, a metros de profundidad, están conectadas por angostos túneles, que forman auténticos laberintos y donde resulta fácil perderse.

Uno de los detalles a destacar es el sistema que utilizaban para cerrar las entradas de los principales túneles de acceso, en caso de peligro: constituido por enormes piedras de pesada roca, en forma de rueda. “Lo que más me impactó fueron los paisajes, producto de la erosión, porque le dan un aspecto de ciencia ficción, casi mágico, lo mismo que las ciudades subterráneas”, dice una empresaria, que cuenta con una pequeña fábrica de trajes de baño y prefirió mantener el bajo perfil para relatar sus vivencias de esa travesía. Por último, el paseo en globo al amanecer no tiene desperdicio. “Esta experiencia fue inolvidable. Al principio, se escucharon unas risitas de miedo. Pero se pasaron inmediatamente y todos nos lanzamos a disfrutar de esa vista maravillosa. Llegamos hasta 600 metros de altura de una forma muy lenta”, relata Monasterio. Y cuenta una anécdota: “Mi mujer decidió no volar por problemas de vértigo. Pero pudo admirar la salida de todos los globos desde el Hotel El Museo, donde nos alojamos”.

Por su parte, Berges relata su vivencia: “Me impactó el paisaje, el amanecer y la sensación de estar suspendido en el aire sin ruido, con una calma absoluta y rodeado de cientos de globos multicolores”. Son varias las empresas que ofrecen este servicio, a un precio promedio de 150 euros, ya que esta excursión, de una hora, es una de las más demandadas en ese lugar. En general, los globos tienen capacidad para unas 20 a 25 personas y el viaje es tan placentero que hasta los miedosos lo disfrutan, ya que, si bien el globo se aleja del suelo, uno no es consciente del movimiento. Sí, de vivir esta sensación única de acariciar las nubes y descubrir, desde el aire, este tesoro de la naturaleza.



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