La ley primera

La ley primera

Se ponen de acuerdo, se pelean, se reconcilian, siguen adelante... ¿Socios? Sí. Pero, también, hermanos. Compartir apellido y empresa puede ser gratificante pero, a la vez, complejo. 19 de Mayo 2010
Un hermano es un compañero de la infancia, un confidente, un rival, un amigo y, en algunos casos, un socio. ¿Qué sucede cuando esta relación, íntima y profunda, trasciende el umbral de la familia y se desarrolla en el ámbito de los negocios?

A principios de los ’90, Agustina Ricci, una estudiante de Diseño de Modas que cosía y vendía billeteras y portacosméticos, le preguntó a su hermana, casi cuatro años mayor, si quería sumarse a su emprendimiento. Paula, quien, en ese momento, tenía 22, aceptó. Así, ambas invirtieron sus ahorros y compraron los primeros metros de género. “Arrancamos con 20 modelos y 12 artículos por cada uno”, comenta Paula. Hoy, la marca Paula y Agustina Ricci cuenta con tres locales (dos en Recoleta y uno en Palermo) y tres líneas de productos: indumentaria, accesorios y bolsos y carteras.

“Los primeros cinco años, hicimos todo juntas, en la casa de nuestros padres. Dormíamos con las carteras colgadas de la cama y había pilas de bolsos en todo el cuarto, que era, a la vez, nuestra oficina”, relata Paula. Las chicas crecieron, se casaron, tuvieron hijos y, con menos tiempo disponible, Agustina se ocupó, cada vez más, del diseño y de la producción y Paula, de la administración. “Lo bueno de ser dos es que, cuando una no anda bien, puede apoyarse en la otra. Además, cada una pauta su propio trabajo y no nos estamos controlando”, explica la mayor de las Ricci. Las hermanas se reconocen muy diferentes. “Pero eso es espectacular: nos complementamos mucho”, afirma Paula.

Fabio y Mario Ganiewich son los directores y fundadores de Centro Estant Argentina. En 1992, comenzaron a exportar y a comercializar estantes y soportes. Tres años más tarde, decidieron fabricarlos. “Hasta entonces, los dos cubríamos todas las posiciones del negocio”, explica Fabio, el menor. Mario es psicólogo y estudió Ingeniería Industrial, mientras que su hermano se licenció en Administración de Empresas y Marketing. Para ellos, definir sus tareas respondió a sus diferentes vocaciones. Centro Estant acompañó el crecimiento de las grandes cadenas de retail y, hoy, su planta industrial tiene una capacidad de producción mensual de 35.000 muebles ready to assemble. “Apenas empezamos, nos pusimos metas de mediano y largo plazo. Teníamos claro que todo lo ganado se reinvertía y nuestras familias también lo sabían”,  recuerda Fabio. Y aconseja: “Es fundamental conversar acerca de los valores que cada uno respeta y saber que los comienzos son siempre muy duros y que la prioridad es el trabajo”. En 2010, Centro Estant planea desembarcar en el mercado de las casas de sanitarios e incrementar su producción en un 30 por ciento. 

HE es la insignia que representa a los hermanos Estebecorena: Alejo, diseñador industrial, y Javier, diseñador de indumentaria. En 2000, lanzaron su propia marca de ropa para hombres. Cinco años antes, trabajaban en la firma familiar, relacionada con la industria metalúrgica. “No tenía mucho que ver con lo que queríamos hacer. Así que decidimos abrirnos”, comenta Alejo. Javier continúa: “Nos compramos una Mac y empezamos con trabajos de diseño gráfico, cuando todavía éramos estudiantes. Una importante empresa plástica confió en nosotros y nos permitió crecer en otros ámbitos, como el del Diseño Industrial”. Cuando se les pregunta sobre las dificultades de trabajar juntos, ríen con ganas. Desde el año pasado, consultan a un psicólogo especialista en equipos de alto rendimiento. “Nos ayuda a tener un mejor entendimiento y objetivos claros”, explica Javier.

Los Estebecorena lograron explotar la combinación de diferentes disciplinas del diseño. Hoy, mientras planean llevar sus modelos a Australia y Japón (además de España y los Estados Unidos, en donde ya están), realizan diseño de imagen y de producto para empresas como Essen, Freddo, Hotel Faena, Malba y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. 

 Los hermanos sean unidos...
“Para que una sociedad de hermanos funcione, deben invertir tiempo y esfuerzo en cultivar su relación. Además, tienen que estar de acuerdo en que hay que estar de acuerdo. Si no, empiezan los problemas”, sugiere Ernesto Niethardt, socio director de la consultora de empresas familiares que lleva su nombre y profesor a cargo del programa de Gestión de Empresas Familiares de la Escuela de Negocios de la UCA. Graciela Filippi, profesora de Psicología del Trabajo de la UBA y asesora de empresas, aconseja rodearse de empleados que no sean de la familia: “Está la fantasía de la confianza implícita y eso puede ser causa de fracaso. Deben profesionalizar la empresa con gente capaz, que, en lo posible, no sea de la familia. Porque, para familia, ya están ellos”. 

Los Davalli se criaron en Chungo, la heladería que, en Núñez, fundó su padre, en 1973. “Estoy en la empresa desde que nací. Dormía debajo de la silla de la cajera o del escritorio de papá”, relata Mariano Davalli. Cuando terminó el colegio, decidió meterse de lleno en el negocio, como ya lo habían hecho sus hermanos mayores, Daniel y Ariel. Hoy, Chungo cuenta con 15 locales, entre propios y franquiciados, y, en 2010, está prevista la inauguración de uno más, en Belgrano. Las tarjetas de presentación de Ariel y de Mariano (en 2000, Daniel optó por seguir su propio camino), dicen “vicepresidente” y “director”, respectivamente. Su padre, Jorge, aún está detrás de las decisiones ejecutivas. Pero son sus hijos quienes llevan el día a día. 

Hace ya muchos años que evitan las cuestiones laborales los fines de semana. Pero esto requirió de asistencia profesional. “Al principio, la empresa y la familia estaban muy mezcladas. Con el tiempo, nos fuimos dando cuenta de que no era lo mejor. Ni para la empresa, ni para la familia. Fue un cambio fundamental”, explica Ariel. Para Mariano, el coaching los ayudó a darse cuenta de que los problemas del negocio eran del negocio. “Muchas veces, no estamos de acuerdo. Pero lo planteamos siempre desde lo profesional”, detalla.

Como los Davalli, los Izrastzoff crecieron junto con la inmobiliaria que fundaron sus padres, hace 35 años. Sin embargo, cuando terminaron el colegio, tenían sus propios planes: Marusia estudió Hotelería y Marketing, y Iuri, Comunicación. Pocos años después, la idea de trabajar con soltura en un negocio que, además, les era propio, los sedujo. En 1997, los dos eran parte del equipo full time.

Con las dificultades propias de las empresas familiares y con la ayuda de consultores externos, los Izrastzoff lograron organizarse. Marusia se abocó al aspecto comercial y, en 2007, abrió una oficina en Pilar. Iuri desarrolló la imagen y el marketing de la firma. En 2009, las cosas cambiaron por el fallecimiento de sus padres. “El golpe fue tremendo. Pero la dirección de la empresa no perdió el rumbo porque ya teníamos una estructura medianamente equilibrada”, admite Iuri.

Los hermanos conversaron largamente sobre cómo continuar y descubrieron grandes diferencias. “Marusia creía que lo mejor era que yo realizara las mismas funciones que papá y mamá. Las discusiones eran a los gritos, muy parecidas a cuando éramos chicos, pero 20 años después”, agrega el único varón de la familia. El diálogo y la ayuda de los demás hermanos y familiares fueron fundamentales. “La ausencia de papá y mamá hizo que la gente profesional que teníamos empezara a ocupar el rol que le correspondía. Entonces, dejó de ser una empresa familiar”, comenta Marusia. Para ella, la experiencia fue elemental: “Es clave respetar al otro y maximizar lo que puede dar, sin tratar de imponerle lo propio”.  

“Lo mejor de trabajar juntos es la confianza. Como soy el más chico, siempre aprendo mucho de ellos”, afirma Lucas, refiriéndose a sus hermanos mayores, Roberto y Christian. Juntos son más conocidos como Los Petersen Cocineros, responsables de las delicias que se sirven en La Rural, la Fundación PROA, el Yatch Club Argentino y el Club Náutico San Isidro. Su madre, Tatana Castro Videla, inició la empresa hace 30 años. Sus hijos estudiaron y siguieron sus pasos. “Los tres compartimos la misma virtud: la vocación de servicio. Entendemos que lo primero es atender bien a la gente y mantener un alto estándar de calidad”, aclara Christian. Cada uno se ocupa de su área y dosifica su propio crecimiento. “Jamás nos peleamos. Siempre nos llevamos bien, desde chicos. Pero no nos vemos todos los domingos. Nuestro padre nos inculcó mucho el deporte y nos enseñó a ser buenos perdedores. Cuando nos fue mal, ninguno de los tres falló en echarse culpas o en reclamar algo que no le correspondía”, explica Christian. Reflexiona: “Si son buenos hermanos, tendrán un buen negocio. Pero, si desde el principio, no son buenos hermanos...”.



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