"La inversión es el talón de Aquiles de la economía argentina"

El ex director Ejecutivo de la Fundación ExportAr, Marcelo Elizondo, dice que la inflación en los costos de producción “es un problema para captar inversores”. Sostiene, además, que medidas como las licencias no automáticas son útiles pero no suficientes ante una balanza comercial que se achica. 04 de Marzo 2011

Tres presidentes, siete ministros de Economía y tres cancilleres vio pasar en sus ocho años al frente de la Fundación ExportAr. Siete años en los que estuvo cómodo, con autonomía, con respaldo profesional. Un año en el que no. Fue el último. En febrero de 2010, Marcelo Elizondo fue removido como titular de la institución del Estado encargada de promover las exportaciones argentinas en el mundo. “Se empezaron a ver sutiles diferencias de visión. Y nosotros no éramos policy makers, sino service providers”, aclara.

El hoy director de la Escuela Internacional de Negocios de la UCES pone luces y sombras sobre el comercio exterior. Asegura que el país se encuentra en un momento histórico como productor de alimentos, pero que “la subida de las importaciones arroja luces amarillas”. Y, ante todo, resalta la falta de inversión. ”Es insuficiente para acompañar el crecimiento de la demanda internacional y la doméstica”, señala. 

En un escenario con licencias no automáticas, ¿cómo es trabajar en la Argentina con el tema de las exportaciones?
Para los exportadores, el componente de dificultad es que la capacidad instalada de la economía está trabajando casi al máximo. La Argentina tiene poco margen para incrementar su oferta exportable, a menos que se observe un shock de inversiones. Esto tiene que ver con lo que para mí es el principal problema de la Argentina mirando al mundo, que no es sólo la falta de inversión de los exportadores, sino que también es la falta de inversión en los prestadores de servicios a esos exportadores, como es el caso de la energía. Sí veo, en los últimos 18 meses, más interés de las empresas extranjeras por invertir en el país.

¿Por qué se da eso?
Tiene que ver con distintos factores. Hay un mundo que antes no tenía problemas y ahora sí. Salvo por Alemania, la economía europea está planchada. Muchos países emergentes se han vuelto caros, como China, Brasil. Otros países con una tradicional actividad económica intensa, como los Estados Unidos y Japón, tienen sus propias dificultades. Entonces, mercados como los de Argentina empiezan a aparecer un poco más en la lupa de quienes están mirando con más intensidad. Esto no implica que el país aún tenga serios problemas de reputación, jurídicos, el Club de París y la minoría de bonistas que quedaron fuera del canje, que hacen que muchos que quieran invertir no lo puedan hacer. 

¿Cuál es la verdadera importancia de tener una balanza comercial superavitaria?
Al tener una desvinculación financiera con el mundo, el país depende mucho de los flujos comerciales. Si uno mira la película desde fines de 2001, cuando termina la convertibilidad, hasta fines de 2010, la balanza comercial argentina no muestra un gran desequilibrio: las exportaciones suben un 160%, y las importaciones un 155%. Hay cierta paridad. Lo que ocurrió es que en los primeros seis años posteriores a la devaluación, la Argentina tuvo enormes incentivos para exportar, y muchos desincentivos para importar. Entonces, las importaciones desde 2001 a 2005 crecieron sólo un 35%. Pero desde 2006 hasta ahora, crecieron un 100%. Se encienden luces amarillas porque hay una velocidad de subida de las importaciones que es mayor que la de las exportaciones.

Además del control de precios, hay medidas como el mayor control en la compra-venta de dólares, sobre lo que se importa. ¿Son efectivos para equilibrar la balanza?
La balanza comercial se está achicando, y no es fácil modificar esa diferencia de fuerza a través de herramientas coyunturales, como las licencias no automáticas. Son útiles, son instrumentos legítimos, en algunos casos exitosos, pero para detener incrementos esporádicos. Cuando el país muestra un incremento sustancial en el corto plazo en la importación de bienes de capital, de consumo, de combustible y de energía, de autos y autopartes, estamos ante una situación que marca una diferencia estructural. 

¿Cuáles son las importaciones que más han crecido?
Por lejos, en los últimos cinco años es la importación de energía y combustibles. Ahí se ve la incapacidad de abastecer la demanda doméstica.

A nivel mundial, se vive un debate en torno a los precios máximos para las commodities, y la Argentina parece tener una política exterior distinta a la que tiene dentro del país. El ministro Boudou dijo que no hay que tener precios máximos. ¿Es lógico ese doble discurso?
No parece muy consistente. La Argentina está diciendo en la reunión del G-20, cuando aparece el problema del incremento de los precios de alimentos, “no intervengamos en los mercados a través de regulaciones de precios”. En eso tiene razón. En primer lugar, defiende sus intereses. El 57% de las exportaciones de 2010 son productos de origen agropecuario, primarios y procesados. También tiene razón en términos de lo que la experiencia muestra cuando el mundo reclama más alimentos: hay que dar incentivos a los productores para que la oferta mundial se eleve, y eso no ocurre si aparecen interferencias sobre precios y desincentivos para la producción. 

¿Entonces, ¿dónde aparece la inconsistencia?
Fronteras adentro. El país salió a decir al mundo "no hagan lo que a nosotros, cuando lo hicimos, nos dio malos resultados". Es el caso de las carnes. Ahí la dificultad aparece en la producción y en el abastecimiento. El consumo de carne doméstica en la Argentina bajó de más de 70 kilos a menos de 50 kilos per cápita. La experiencia indica que la Argentina se equivoca en el mantenimiento de excesivas regulaciones internas, por más que tenga razón en lo que se dice hacia fuera. Si miramos la evolución de las exportaciones, se dio una evolución increíble. En los últimos cinco años, la cantidad de productos manufacturados de origen industrial que se exportan superan a la cantidad de origen agropecuario.

Es un cambio de tendencia…
Es que todas las trabas que se colocaron a la producción de alimentos elaborados, como aceites vegetales, procesados de frutas, lácteos, carnes, han impedido que crezca la oferta exportable como lo debería haber hecho por la competitividad natural que tiene. No está mal que hayan crecido los industriales, pero probablemente, los manufacturados de origen agropecuario hubieran crecido mucho más sin restricciones.

Siempre se habla de la suerte que trae ser el granero del mundo. ¿Cambió esto a partir de la crisis en Europa, del tema de Egipto, de Libia? ¿Cómo está hoy el escenario global para un país como el nuestro?
Si no estamos en el mejor momento histórico de la Argentina, es un momento que empata ese momento histórico. La demanda de alimentos no sólo ha crecido, sino que se prevé que crezca mucho más. De aquí a 20 años, se espera que la región del mundo en la que exista un mayor incremento de oferta de alimentos sea el eje Brasil-Argentina. Un 75% de las exportaciones argentinas se dirige hacia las economías emergentes. Faltan incentivos para que la producción suba y pueda responder al ritmo de crecimiento de la demanda.

¿Y son incentivos políticos?
Hay varios. El talón de Aquiles de la economía argentina es la inversión. Es insuficiente para acompañar el crecimiento de la demanda internacional y la doméstica. En particular, hay que generar mayor inversión extranjera directa, que es donde quedamos rezagados. En los últimos tres años hemos sido superados no sólo por Brasil y México, sino también por otros países como Colombia, Chile y Perú.

Uno de los vicios de los industriales locales es la relación peso-dólar. ¿Es competitivo un dólar a $ 4,06 o una depreciación del peso puede ayudar?
Si comparamos el tipo de cambio con el de cinco años atrás, es claramente menos competitivo. Si lo comparamos con el de los mercados que nos vinculamos, en realidad no es tan lineal. Contra el dólar nuestro peso ha crecido, pero así lo hicieron otras monedas, como el real. Y eso compensa la pérdida de competitividad doméstica, porque enviamos muchos de nuestros productos a esos mercados. La apreciación del real ha sido una gran noticia para la Argentina en los últimos años. Nosotros mandamos a Brasil más de 1/4 de todo lo que le vendemos al mundo.

¿Y no hay temor de que Brasil devalúe su moneda?
No tenemos injerencia en la política cambiaria de Brasil, más allá de que es nuestro principal socio. Hay que tener un vínculo fluido para, por lo menos, poder contar con información. En el corto plazo, no creo que Brasil devalúe. Está recibiendo una enorme cantidad de dólares del exterior, y tiene negocios para que sigan llegando dólares: el Mundial, los Juegos Olímpicos. Pero es una contingencia que hay que tener en la agenda, como muchas otras. No sería descabellado que a fines de este año suba la tasa de interés en los EE.UU. y se fortalezca el dólar. No sabemos qué va a pasar con los avatares políticos en el mundo emergente. Uno tiene que estar preparado para soluciones de contingencia, pero preocupándose por lo que uno puede hacer.

En la línea de lo que se puede hacer, se hablan de paritarias que rondan el 30%. ¿Esto incide en el comercio internacional a la hora de captar inversores?
Más que las paritarias, el problema es la inflación. La inflación de los costos de producción es un problema, la presente y la potencial: qué va a pasar cuando se eleven más las tarifas, cuando el costo financiero se incremente aún más. Detrás de las paritarias tenemos una causa. Hay una inflación que, según los que la miden, se ubica entre un 25 y 30% para este año. Ése es un problema serio. Para los negocios internacionales, el valor central es la estabilidad. Hay clientes que me han dicho "tengo que ajustar el precio", y no lo entienden. Porque la Argentina tiene inflación en dólares, en reales. Y la inflación de costos afecta no sólo a la competitividad, sino también a la predictibilidad. Los negocios internacionales requieren de una visión de mediano plazo.

¿Y eso es clave para renovar los contratos?
Sí, todo lo que conspire contra la predictibilidad es un problema. Hoy hay empresarios que se resisten a firmar contratos de aprovisionamiento de potenciales clientes externos porque no saben cuáles serán los costos de producción en moneda dura de aquí a un año. Como además la demanda doméstica está dinámica e intensa, prefieren rechazar este tipo de contrato. La inestabilidad hace que no se invierta y no haya compromiso. Éste es un problema que debería ser resuelto rápidamente.



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