Joya de entrepreneur

Joya de entrepreneur

Ignacio Patanian abandonó la vida como abogado de la City y abrió Delgè, su propia joyería. Diseñador de sus productos, proyecta facturar $ 1 millón el próximo año. 06 de Septiembre 2010
La impronta armenia fue más allá del apellido. “Siempre tuve alma de comerciante”, dispara Ignacio Patanian, fundador de Delgè. Por la abogacía, conoció la industria de las joyas y, tras cinco años de research, invirtió $ 50.000 y abrió su propio local, en el hotel Sofitel de la calle Arroyo. Hoy, además de las leyes, Patanian se inclina por el mundo del diseño y el comercio. Con una colección de 70 piezas, planea superar $ 1 millón de facturación en el próximo año.

“Una psicóloga me dijo que tenía una gran capacidad creativa no desarrollada. En ese momento, no entendí a qué se refería. Encontré la respuesta cuando empecé con todo esto”, cuenta el entrepeneur. Estudió abogacía en la UCA, completó una maestría en la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, trabajó en el estudio español Garrigues Andersen y, de 2004 a 2009, se desempeñó como especialista en Derecho Administrativo en el estudio Beccar Varela. Como abogado independiente, conoció a un cliente que se dedicaba a la industria de las joyas. En 2005, tomó cursos de diseño y de gemología (estudio de las piedras) y, tras meses de comercializar piezas que compraba a diseñadores nacionales, finalmente, lanzó su propia colección en dos exhibidores de los Free Shop de Ezeiza y Aeroparque, que aún conserva, y otros puntos de venta.

Aguamarinas, turmalinas, citrinos, zafiros y rodocrositas (la piedra nacional) se convirtieron en sus principales herramientas. “Mi diseño se caracteriza por la piedra, que es la protagonista. La combino con metales nobles (plata 925 y oro 18) y, a veces, con brillantes, como para darle un toque a la pieza”, describe. La naturaleza es su mayor fuente de inspiración. En total, desarrolló tres líneas de productos: la de rodocrositas, la de metales combinadas con colores naturales y la de cueros exóticos. “Soy un eterno buscador y esta industria me encanta: puedo comerciar y diseñar al mismo tiempo”, dice.

“El mercado hecho a máquina no me interesa. Me gusta trabajar con orfebres. Aspiro a la joyería como un bien de lujo y un objeto de deseo”, explica. Así, la colección se compone de joyas clásicas y de diseños one of a kind (únicos). Según explica, de cada 10 ventas, sólo tres son de joyas exclusivas. Claro que, también, suelen ser las más caras. Aunque los precios arrancan en $ 300, Patanian pretende introducir en los próximos meses piezas de más de US$ 10.000. “El público estadounidense va por lo clásico. El francés, belga e italiano busca piezas más refinadas”, distingue. Entre sus proyectos para el año que corre, también figura abrirse a la exportación (Estados Unidos, Costa Rica y México, entre otros países de América Central), inaugurar un nuevo local a la calle y duplicar su producción actual. “Y, quizás un día, convertirme en marca país”, declara con timidez.

Habla con pasión y autoridad. Como si la joyería hubiera sido la profesión de toda su vida. “Cuando dije que iba a empezar este nuevo emprendimiento, muchos amigos se rieron”, comenta. De su experiencia como abogado adquirió las aptitudes más importantes: disciplina, seguridad y capacidad de negociación, habilidades que, mezcladas con la sangre armenia, hicieron de un abogado una joya de emprendedor.
 



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