Jimmy Burns:

Jimmy Burns: "La Presidenta tiene tiempo para ver a Sean Penn y no al presidente de Repsol YPF"

El histórico periodista del diario Financial Times y corresponsal en Buenos Aires durante la guerra por Malvinas asegura que en la última escalada del conflico "hay mucha retórica" y tilda de "poco serio" al país por recibir al actor como defensor de las islas. Además, habla de las responsabilidades de Thatcher y Galtieri, ve con buenos ojos la llegada de Alicia Castro a Londres y le recomienda a Boudou "hablar de otra cosa, como de las acusaciones por el caso de la imprenta". 17 de Febrero 2012

"Ni soy espía ni ejerzo propaganda", advierte James Burns antes de concluir la entrevista. Y es que este periodista histórico del diario Financial Times, corresponsal en Buenos Aires durante la guerra por Malvinas, descubrió hace apenas unos años que su padre muerto, el escritor y diplomático británico Tom Burns, había sido espía de su Gobierno en España durante la Segunda Guerra Mundial. Justamente en la embajada inglesa en Madrid conoció a su madre, la española Mabel Marañón. De allí su perfecto y castizo español durante el reportaje.

Su acercamiento con la región viene de lejos. Se licenció en estudios latinoamericanos e ibéricos en el University College de Londres y obtuvo un máster en política de Latinoamérica en la London School of Economics and Political Science.
Cuando está en su casa londinense en el barrio de Chelsea piensa en los días ajetreados que pasó en la Argentina y extraña "las mujeres, el bife y La Pampa".
Fanático del fútbol y la política, después de su experiencia en Buenos Aires, Burns escribió un libro sobre el conflicto llamado "La Tierra que perdió a sus héroes: cómo Argentina perdió la guerra de las Falklands (Malvinas)", y luego "La mano de Dios", dedicado al fenómeno Maradona.

¿Lo sorprendió que el actor Sean Penn saliera públicamente a apoyar el reclamo argentino por Malvinas?
- No suma hacer tanto circo alrededor de Sean Peann como si fuera un enviado del Gobierno norteamericano. Es una falta de respeto a los diplomáticos en serio. Este tipo de circo no ayuda.

Pero lo recibió la Presidente en la Casa Rosada...
- La Presidente tiene tiempo para ver a Sean Penn y no al jefe de Repsol (N. de R.: Antonio Brufau, presidente de la petrolera, quien viajó a Buenos Aires para intentar contener el confilicto con YPF), uno de los mayores inversores de este país. Es circo.

En la Cancillería argumentan que toda contribución al reclamo es válida.
-No es un país serio el que presenta a Sean Penn como un defensor de las Malvinas. No es Bono hablando de África, donde trabaja mucho y desde hace años. Sean Penn jamás estuvo en las islas y no conoce el tema. Es un juego publicitario de la Casa Rosada para un mercado interno.

Para usted, que vive en Londres y está hace una semana en Buenos Aires, ¿existe esta escalada entre los dos países?
-Hay mucha retórica que, en cierto modo, se debiera desinflar por ambos lados. Habría que enfocarse en cosas más concretas. Está a punto de llegar la nueva embajadora argentina en Londres (Alicia Castro) y es una buena señal para intentar volver a sentarse a negociar y avanzar en ciertos temas concretos. Es una interlocutora fiable para el Gobierno inglés porque es política y tiene llegada directa a la Presidenta.

Pero Alicia Castro es del ala dura. Incluso trascendió que se aprovecharía el escenario de los Juegos Olímpicos para expresar el reclamo argentino.
-Nadie toma en serio que se vaya a instruir a la selección argentina para que en los Olímpicos tengan consignas políticas, porque, según las reglas del Comité Internacional, lo que pasaría es que en menos de dos horas la selección estaría en un avión de regreso a Buenos Aires.

El proyecto legislativo para que las camisetas digan "Las Malvinas son argentinas" existe...
- Yo conozco bien el tema del deporte internacional y eso no es posible. Es como si la selección iraní dijera en los Juegos que parte de Israel pertenece a Palestina. La política no entra en las Olimpíadas.

¿Donde estaba el día de la guerra de 1982?
- Llegue aquí tres meses antes. Sabía de las islas porque había estudiado historia latinoamericana, aunque es cierto que muchos habitantes británicos no tenían mucho conocimiento sobre el tema y no estaban colectivamente concientizados como los argentinos. Pasaron 30 años y la gente se está dando cuenta que lo que cambió es que hubo una guerra y hoy la dinámica de la cuestión pasa por las islas. Hoy, los británicos saben donde están las islas porque todo el mundo saben que hubo una guerra en la que murieron soldados británicos y argentinos, que costó muchísimo dinero y que allí hay una base militar.

¿Por qué dice que hoy la dinámica pasa por los isleños?
- La población de las islas cambió radicalmente, ya no es una colonia perdida en el medio del Atlántico, ignorada por Londres y por el pueblo inglés. Ahora está muy asentada en los planes presupuestarios del Gobierno británico y con una población que va hacia la autosuficiencia por la venta de licencias pesqueras y, si llegara a haber petróleo, por las regalías que generarán.

La guerra cambió todo. ¿El petróleo también puede cambiarlo todo?
-Me gustaría ver el hallazgo de petróleo como la solución, no como la negación. Porque necesariamente tendrá que haber un acuerdo sobre este tema. No va a ser posible explotar ese recurso unilateralmente por parte del Reino Unido y las islas sin un acuerdo con la Argentina. Tendría un costo muy alto.

Pero para eso también debe haber una apertura mental de los malvinenses, que no quieren saber nada con los argentinos.
- Es, como en todo matrimonio, un toma y daca. Tiene que haber un compromiso y en ese espíritu avanzar. Los dos países no pueden mantenerse en una posición irreconciliable. No es realista.

Es que en realidad es el Reino Unido el que no se sienta a negociar como insta Naciones Unidas desde 1965...
- Depende de qué se habla y en qué tono se habla. Es que para sentarse hay que saber qué se quiere negociar. No se puede ser maximalista en el tema soberanía, porque no se va a avanzar desde un principio, pero sí en cooperación petrolera, de pesca, visitas de familiares de los soldados caídos en la guerra. La verdad es que la política de Guido Di Tella fue la más acertada (N. de R.: su estrategia fue la seducción a los kelpers). l El vicepresidente Amado

Boudou dijo que, en realidad, Cameron lanzó esta ofensiva contra la Argentina para tapar sus problemas económicos. ¿Cree que es así?
- Creo que el vicepresidente debería hablar de otras cosas, como las acusaciones que le están haciendo por el caso de la imprenta (N. de R.: por el supuesto tráfico de influencias en Ciccone Calcográfica).

¿Usted no que cree que el Gobierno de Cameron puede estar queriendo quitar la atención del ajuste?
- En cierto modo no se puede escapar al hecho de que el Gobierno conservador no tiene mayoría, pero en el tema de las islas en el Reino Unido hay un consenso parlamentario importante. Aquí también podría decirse que habrá problemas económicos este año y a lo mejor se ponen las cosas difíciles para el Gobierno argentino, así que también tendrán razones para distraer a la gente. Al fin y al cabo, creo que a ambos pueblos les gustaría ver un acuerdo entre los países.

De todas formas, en la Argentina el sentimiento por las islas es muy fuerte, mucho más que en el Reino Unido. ¿Qué piensa que le pasa a los argentinos con Malvinas?
-Es una obsesión, con todo lo que se puede hablar sobre el mundo, en el que están pasando cosas serias, guerras civiles, crisis mundial, recesión global inminente. Aquí hay un río tan extenso como el Támesis, que, desde que vine por primera vez en el 81, sigue siendo un asco; un Río de La Plata en el que nadie puede bañarse porque está contaminado. Hay tantas cosas para preocuparse, en vez de estar tan preocupados de cómo viven los isleños y si es posible que un día la bandera argentina flamee en Port Stanley (Puerto Argentino). Para los argentinos Malvinas es una obsesión que carece de realidad.

Con la misma lógica también podría preguntarle por qué razón Londres se preocupa por unas islas que quedan a 14 mil kilómetros cuando sufre saqueos generalizados, desempleo juvenil, alto índice de alcoholismo y drogradicción.
- Hubo una guerra... y la ganamos. Por eso. Es una guerra que no la provocamos nosotros. Fue una tragedia humana, una locura militar. Y no fue una guerra promovida por la dictadura solamente, o con el apoyo de los medios, sino de la sociedad argentina y casi la unanimidad de la clase política argentina con excepción de Raúl Alfonsín.

¿Cree, tal como denunció la Argentina, que hay un proceso de militarización en el Atlántico Sur?
- Es retórica. Tal vez mandar al Príncipe a las islas no fue un acto muy bien pensado por el Gobierno inglés, pero el canciller argentino exageró los términos. La situación de la base militar, el aeropuerto o la Fragata (N. de R.: el destructor Dauntless), que las hay por todo el mundo, no significa una militarización o una invasión militar.

¿Le gustó la película La Dama de Hierro?
-Me gustó verla en Buenos Aires y el silencio del público casi reverencial hacia una gran actriz como Meryl Streep. Igualmente no es una película sobre Malvinas. Aunque el episodio del Belgrano, señalándolo en el mapa con un dedo y diciendo "húndelo", es duro, pero también realista. Porque la decisión de hundir el Belgrano fue una decisión puramente política y militar sin ningún sentimiento humano, que cuesta creer o aceptar, pero así es la guerra. La guerra no es un partido de fútbol o una fundación de caridad.

En el estallido de la guerra fue determinante el ex dictador Galtieri, pero también la instrasigencia de Thatcher...
- Si uno lee atentamente los documentos que fueron y vinieron durante la guerra, la verdad es que si no hubiese sido por Galtieri, la Argentina hubiese avanzado lo que no había avanzado nunca. Pero no supo negociar. De allí la importancia de que se puedan negociar temas concretos que sean de beneficio para los dos países.

¿La pasó mal en Buenos Aires durante los días del conflicto?
-Personalmente fue difícil, porque estaba trabajando para un periódico británico con pasaporte británico. Fui arrestado dos veces y amenazado de muerte. Mi mujer se tuvo que ir del país. Pero peor la tenían los compañeros periodistas argentinos, que se jugaban la vida mucho más que los que eramos corresponsales extranjeros, que en cierta manera estabamos más protegidos.



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