Europa del Este se arrepiente de sumarse al euro

Adoptar el euro “no es algo por lo que matarse”, dice el director del Banco Central de Lituania. Es un sentimiento común en la región. 06 de Julio 2011

Por Ott Ummelas y Aaron Eglitis

Primero unirse a la Unión Europea, luego calificar para el euro. Ese era el camino para los países de Europa del Este que querían soldarse al Oeste. La membresía al euro probaba que un país tenía la disciplina para unirse a uno de los clubes más exclusivos del mundo.
La crisis griega disminuyó el apuro por sumarse. El 27 de junio, el director del Banco Central de Letonia, Ilmars Rimsevics, dijo que el euro no debería ser introducido en su país “bajo ningún precio”. Su contraparte lituano, Vitas Vasiliauskas, dijo dos días después que la meta de adoptar el euro en tres años “no es algo por lo que matarse”. El 20 de mayo, el director del Banco Central de Polonia, Marek Belka, dijo que su país y la región no obtendrían los beneficios que habían anticipado de su rápida adopción del euro. Y en diciembre, el primer ministro checo, Petr Necas, dijo que su país puede negarse a adoptar la moneda mientras considere que es beneficioso mantener la corona.

La lucha por contener el contagio griego le mostró a los europeos del este, que pasaron por varias crisis propias, que la eurozona no es inmune. Más alarmante para estos países es la idea de que si estuvieran en la zona euro, estarían entregando miles de millones para un fondo de salvataje para Grecia, Portugal e Irlanda.

El otro tema es el asa de hierro del propio euro. Letonia y Lituana aseguraron sus monedas al euro como preludio de su verdadera membresía. Cuando la crisis financiera global golpeó en 2008, los polacos y checos dejaron que sus monedas cayeran frente al euro para poder mantener las exportaciones. Los letones y lituanos conservaron la atadura para mantenerse en ritmo para la adopción y preservar la confianza de los inversores. Luego sus déficits presupuestarios se dispararon, retrasando su entrada a la eurozona: Letonia necesitó un salvataje de la UE y el Fondo Monetario Internacional. En estas circunstancias, la membresía al euro ofrece escaso consuelo. Grecia, por ejemplo, no puede devaluar el dracma para exportar su camino fuera de este agujero. El dracma ya no existe.

Otros en Europa del Este todavía quieren sumarse al euro, o lo hicieron gratamente. El ministro de Exterior de Hungaria, János Martonyi, dijo el 22 de junio que la adopción continúa como la meta primaria. Eslovenia, que ya es miembro, se benefició por estar dentro de una zona cambiaria tan grande. Estonia, vecino de Lituania y Letonia, pasó varios momentos duros para unirse. La explosión de una burbuja inmobiliaria, inflada por un boom de préstamos luego de que Estonia entrara en 2004 a la UE, coincidió con la crisis global de crédito. Empujadas hasta el borde, las empresas de Estonia rebajaron drásticamente los salarios. La economía se encogió casi 20 por ciento. Pero la austeridad del gobierno, más el final de la alta inflación, calificaron a Estonia para el euro, al que se unió el 1° de enero. La economía se expandió 8,5 por ciento comparado con el año anterior en el primer trimestre, la tasa más alta en la UE. “El mercado premia la disciplina que estos países se autoimpusieron”, dice Agnes Belaisch, que supervisa US$ 2500 millones de bienes de mercados emergentes en Threadneedle Asset Management en Londres. La disciplina, sin embargo, es muy dolorosa.

The bottom line. Los europeos del este tienen que decidir si quieren el dolor y ahora dudosa ganancia de calificar para pertenecer a la zona euro.



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