Era Cristina, año III

Era Cristina, año III

Dos muertes. Un funeral. De la guerra por el Banco Central, al pito catalán al Congreso para pagar deuda con reservas. Moyano y la interna bonaerense. La primera derrota sin Néstor. 29 de Diciembre 2010

Mariano Ferreyra, 23 años. Militante del Partido Obrero. Un pibe de Sarandí.   “Del Viaducto”. Estudiante de Historia –cursaba el CBC–, cuyos sueños de cambio lejos, muy lejos, estaban de cómo su activismo transformó la realidad argentina. La bala asesina que lo impactó entre los adoquines de Barracas fue uno de esos acontecimientos que recuerdan por qué Blas Pascal (matemático y filósofo francés; 1623-1662) se preguntaba cuán distinto habría sido el mundo si Cleopatra hubiese tenido una nariz más corta. Uno era el país hasta ese 20 de octubre. Otro, el que empezó a esbozarse al cabo de una semana, coronada por el dato que marcará un antes y un después del 27 de octubre de 2010: el fallecimiento de Néstor Kirchner.

“A mi viejo lo mató lo de este pibe”, penaba Máximo, según testimonió Horacio Verbitsky, cronista oficial de las exequias. Previo a la muerte de Ferreyra, Néstor iba por todo. El Furia en estado puro. Aunque con la fuerza del cometa que se desgaja en su camino –sus candidatos perdieron en la CTA, el Consejo de la Magistratura, la interna del Partido Socialista–, ante el estupor –y desaciertos– de sus rivales, el “Vuelve 2011” tomaba, cada día, más forma. Heridas que hubieran infectado a cualquiera –la febril batalla por las reservas del Banco Central; los reveses en el Congreso; el affaire de la diplomacia paralela con Venezuela; la guerra contra Clarín; el fiasco de Papel Prensa; los cruces con la Corte; las disidencias internas en el “pejotismo”– eran cicatrices cauterizadas por el fuego de su propia pasión. Fiel al viejo precepto –“Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más”–, renovó votos con Hugo Moyano. Contra los recelosos intendentes, apadrinó la coronación del cacique sindical en el PJ bonaerense. Su epopeya –gobernar “hasta 2020”– marchaba en camión.

Pero el disparo que mató a Ferreyra lo tocó muy cerca. Apenas cuatro días antes, además de Camioneros, otro gremio aportó asistentes a los 70.000 que, con presencia estelar de Néstor y Señora, llenaron el Monumental: la Unión Ferroviaria. El sindicato cuyo delegado, Pablo Díaz, desalojó de las vías del Roca a los manifestantes del PO. El mismo gremio al que estaba por ingresar uno de los acusados del crimen: Cristian “Harry” Favale, barrabrava de Defensa y Justicia y notorio flogger K. La misma UF que, para esa faena –“bajar zurditos”–, recurrió a Gabriel “Payaso” Sánchez, soldado de fortuna de la racinguista Guardia Imperial, presunto autor del disparo.

De temperamento poco afecto a aceptar las contrariedades con serenidad, el Furia debió haber sentido que todo se derrumbaba. Justo a él, apóstol del evangelio progresista, el PO lo corría por izquierda, con marchas en las que exigía justicia. “Hoy habrá importantes novedades”, anticipó horas antes de que se entregara Favale. Explotó cuando trascendieron fotos del sospechoso con dos ministros de su mujer: Alberto Sileoni y Amado Boudou. Frívolas imágenes que opacaban el meritorio hallazgo de un culpable. Bastante le había costado conseguir que Moyano forzara a José Pedraza, inoxidable jefe de la UF, a entregar cabezas. Por eso, el camionero –quien lo había invitado, nada menos, a celebrar juntos el Día de la Lealtad– se sintió traicionado por Néstor cuando, en su primer cónclave como jefe partidario provincial, sobraron sillas y escasearon congresales. 

Tomó el teléfono. En la otra punta del enlace, Calafate. Alguien dijo que el diálogo fue áspero, subido de tono. Que algo se rompió. Que hubo amenazas cruzadas. Augurios mutuos de cárcel. Alguna factura pasada por intencionada inacción en la causa de los medicamentos, ruta en la que la Justicia avanza por la huella del camión. “Canalladas”, minimizó, luego, a esos malintencionados chismes Moyano, en la siempre dispuesta tribuna que ofrece “6, 7, 8” para iluminar a los más de 300.000 militantes televisivos que conforman los 3 puntos de rating del envío. Aunque, eso sí, fue llamativa la gélida ignorancia que la viuda y sus hijos le dispensaron en el sepelio.

Como sea, disgustos demasiado grandes para un corazón, el de Néstor, que, en menos de un año, había recibido fuertes llamados de atención. Dos de ellos, públicos: una obstrucción de carótida (febrero) y una angioplastia (septiembre). 

La diáspora 
El paro cardíaco que interrumpió a los 60 años la vida de Kirchner no fue el único episodio en el que una salud precaria tuvo consecuencias políticas. En abril, un accidente cerebro vascular (ACV) postró al vicegobernador de Buenos Aires, Alberto Balestrini. Internado hasta estos días –con intermitentes signos de recuperación–, el ex intendente de La Matanza presidía el PJ provincial. Mantenía el equilibrio interno que Daniel Scioli necesitaba para gobernar un distrito cercano a lo ingobernable. Los barones del conurbano lo veían como un primus inter pares. Un garante.

La confianza que ofrecía se evaporó –y mutó a pavor– cuando Moyano, vicepresidente primero del partido, reclamó lo que era su legítimo derecho: la jefatura de esa franquicia peronista. Primera marcha, para un proyecto cuyo objetivo de mínima es la gobernación y el de máxima, la Presidencia. Ambiciones comprensibles para quien, cada mañana, cree ver en el espejo el rostro de Lula da Silva.

El 24 de agosto, Moyano se dio el gusto. Se lo entronizó en La Plata, con Néstor a su lado. Obvia asistencia de Daniel Scioli. Lógica ausencia de intendentes. Necesaria presencia de más de 200 policías, dado que el jefe local de la Unión Obreros de la Construcción (Uocra), el duhaldista Juan “Pata” Medina, le había prometido “guerra” al, en sus palabras, “traidor y usurpador”.

Un motivo –la unción de Moyano– para acelerar una diáspora ya iniciada. Con una única obsesión –el 40 por ciento que le permitiría evitar la apocalíptica segunda vuelta en 2011–, Kirchner apostaba a la multiplicación de colectoras, jugada rentable para su candidatura pero de cuestionable negocio para los jefes comunales, necesitados de validar sus dominios territoriales. Al mismo tiempo, para marcarle límites a Scioli, alentaba a cuanto aspirante a gobernador pedía su bendición. Puso a su favorita, su hermana Alicia, a caminar la provincia. También, dio rienda suelta a los sueños de Aníbal Fernández, Florencio Randazzo y Boudou. Y hasta retomó el diálogo con Sergio Massa, quizás, su mejor carta.

Sin embargo, por esos días, el ex Jefe de Gabinete de Cristina estaba más que propenso a dar el salto del Tigre. Massa –a quien las indiscretas filtraciones de Wikileaks acusan de tildar de “monstruo”, “psicópata” y “matón” al marido de su otrora jefa– encabezó el Grupo de los Ocho, núcleo integrado por igual cantidad de intendentes: Massa, Pablo Bruera (La Plata), Luis Acuña (Hurlingham), Jesús Cariglino (Malvinas Argentinas), Gilberto Alegre (General Villegas), José Eseverri (Olavarría), Sandro Guzmán (Escobar) y Joaquín De La Torre (San Miguel). Distritos que equivalen a 1,5 millón de votos, más del 10 por ciento del total de  la provincia. Rebeldes con causa, habían marcado sus disidencias con el búnker de Olivos. Y su prédica –que incluía la postulación presidencial de Scioli– ganaba adeptos. Y no sólo por oír la bocina de Moyano cada vez más de cerca.

“Scioli me dijo que tiene las manos atadas”, declaró Juan Ignacio Buzzali, marido de Carolina Píparo, embarazada baleada en una salidera bancaria. Exégetas varios interpretaron que el gobernador se refirió a Kirchner. También, el propio aludido. “Le pido que diga quién le ata las manos para no solucionar la inseguridad en la provincia”, lo reprendió desde el atril, ante el absorto rostro de decenas de dirigentes peronistas, en La Boca. “Si lo felpudeó así a Scioli, que ya no sabe cómo más mostrar lealtad, ¿qué nos queda al resto?”, se preguntó un intendente bonaerense, todavía incrédulo de lo que había presenciado. Scioli –tercer dirigente con mejor imagen del país, según distintas encuestas– respondió a su estilo. Silencio mediático primero; sin confrontar, después. Pero con una decisión: avanzar con su proyecto presidencial, iniciativa que, después de esa noche, contaba más adhesiones.

Con los demás gobernadores ya disciplinados –como muestra, vale el acto en defensa a Daniel Peralta, mandatario santacruceño en rebeldía al cumplimiento de un fallo de la Corte, en el que 14 jefes provinciales dieron el presente–, resolver la cuestión bonaerense era vital. En 2009, Kirchner ya había probado el amargo brebaje del doble juego de los intendentes. Una faena en la que, baldosa a baldosa, avanzaba el PJ Federal. Por eso, el ex Presidente empeñó sus últimas semanas en ordenar el distrito. Hubo cumbre en Olivos para superar rencores con su ex vice. Un armado demasiado delicado como para que la elefantiásica ambición de Moyano entrara a ese bazar. A fin de cuentas, no había sido casualidad que, apenas tres días después de su reto público a Scioli, Kirchner haya sido sometido, de urgencia, a una intervención quirúrgica para que le colocaran un stent, dispositivo para evitar que sus arterias se vuelvan a tapar.

Verano caliente
Su primera internación había sido el 7 de febrero. Aún se disipaban los humos del combate por las reservas del Banco Central. La carótida obstruida somatizó las tensiones de un mes en el que Martín Redrado pasó al panteón de los héroes anti K, tras resistir la constitución del Fondo del Bicentenario, primero, y su propia destitución, después. Un enero caliente, en el que la obcecación por hacerse de esos US$ 6569 millones –y liberar igual cantidad de fondos ya asignados en el Presupuesto– detonó una sucesión de medidas cautelares y enfáticas denuncias de conspiración, más explicables por la psicología que por el Derecho Administrativo, según declaró el saliente Procurador del Tesoro, Osvaldo Guglielmino, chivo expiatorio que el Gobierno encontró para eludir la desprolijidad propia.

Anticipo de lo que vendría. El 1º de marzo, en la inauguración del año legislativo, CFK anunció que había derogado el decreto 2010, por el que creó el trunco fondo. Pero, para perplejidad –e indignación– de los presentes, los anotició de la firma de dos nuevos decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) por el que recurría también a US$ 6569 millones, que, en ese mismo momento –con más impunidad que astucia– eran girados del Banco Central al Ministerio de Economía. “Crisis institucional”, titulaban los diarios de aquellos días, en los que la Presidenta insistía con el uso de las reservas –“No son de Uganda ni Namibia”–, aún cuando eso significara desobedecer a la Justicia. Confrontación, contra el “partido judicial”, que mantendría a lo largo del año.

Back in black
Miró a la cámara. Grabó el mensaje, sin cortes ni segundas tomas. Aseguró no estar en su momento más difícil, “sino en el más doloroso”. Y, ojos llorosos y voz quebrada, prometió “hacer honor al gobierno y a la memoria” de su marido. Cristina volvió de negro y vestida de candidata. La imagen presidencial se recuperaba a partir de los festejos del Bicentenario. Si ya antes del fallecimiento de Néstor el proyecto “de 15 ó 20 años” (Kirchner dixit) se sostenía en el kirchnerismo más rancio, después del 27, no hubo margen. “Reelección”, clamó Héctor Timerman, canciller de guerra (mediática) que reemplazó a Jorge Taiana, excomulgado por cometer el peor de los pecados: dialogar con periodistas de Clarín. El apoteótico funeral –Máximo y La Cámpora, superstars– potenció el carácter épico de una causa que ya tiene a su santo mártir. Pero, si bien importantes, la realpolitik demanda más que íconos y banderas. La prueba, el fracaso por aprobar el Presupuesto, “sin tocar una coma”, como ordenó la Presidenta. Si la política se entiende como la lucha por el poder y a éste, como la capacidad de movilizar voluntades, algo falló: la escandalosa sesión terminó con el proyecto devuelto a comisión y denuncias de compra de votos. Un golpe necesario, al menos, a la luz de la psicología: según los especialistas, la segunda tarea necesaria para elaborar un duelo, después de la aceptación, es experimentar la realidad de la pérdida.



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