"En muchos aspectos, la Argentina es un país políticamente anacrónico"

El escritor y diplomático chileno Jorge Edwards critica el actual “nivel de discusión” que se da en el país, cuestiona cierta “demagogia” del gobierno kirchnerista y afirma que no le gusta “el intento de amordazar a la prensa”. Sostiene que si bien la Argentina es una nación próspera, hoy “no esté invirtiendo para un futuro más seguro”. Su mirada sobre la región, España y la nueva literatura latinoamericana. 03 de Junio 2011

Autor de más de veinte novelas, diplomático, ganador del Premio Nacional de Literatura de Chile (1994) y del Premio Cervantes (1999), el actual embajador trasandino en Francia, Jorge Edwards, es uno de los últimos sobrevivientes activos del boom latinoamericano.
Más vigente que nunca, con una novela recién publicada, La muerte de Montaigne, Edwards se levanta temprano, escribe toda la mañana y por la tarde inicia su actividad diplomática.

Hoy dice que le gustaría tener más tiempo para dedicar a almuerzos largos y conversados y en medio del ajetreo hace un alto para hablar con El Cronista We de política, literatura, España y la región, además, claro, de posar su mirada sobre la Argentina.

Al hablar de su última novela, usted ha dicho que Montaigne es un personaje muy útil para comentar la coyuntura política hoy, ¿de qué forma?
Sucede que en esa época (las guerras de religión francesas de la segunda mitad del siglo XVII) los antagonismos religiosos eran también antagonismos políticos. Y en ese sentido, el estudio de los fanatismos, los sectarismos, las guerras internas son temas todos a los que Montaigne se acerca de manera muy moderna, muy sensata, con un objetivo claro que es conducir a la reconciliación de los pueblos. De alguna forma, él intervino en esos problemas y por eso fue muy respetado por los reyes de su tiempo. Fue él quien convenció a Enrique IV de que se alejara del protestantismo para acercarse a un catolicismo moderado, un hecho que marcó el comienzo del camino hacia la unidad francesa trazado con el edicto de Nantes. Es interesante la forma en que aborda su relación con lo que hoy se ha dado a llamar el Otro.

¿Y cómo ve a los países latinoamericanos en ese sentido?
Hoy se sabe que el socialismo como sistema económico no funcionó y lo que ahora se busca es la igualdad de oportunidades dentro de sociedades prósperas. Personalmente, creo que la igualdad completa es una utopía inalcanzable, no funciona la economía, no funciona nada. Pero en una sociedad que funciona bien, con democracia y desarrollo del Estado dentro de un esquema de libertad, se dan situaciones que son las menos malas que se pueden concebir dentro de una sociedad humana. Hoy tenemos un bloque que está bastante cerca de Cuba. Ya los conocemos: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua. El futuro más brillante yo lo veo por el lado de Brasil, Chile y Colombia. Sobre Perú todo depende de cómo se resuelva el tema electoral. 

¿Qué piensa de la Argentina al respecto?
En la Argentina el enfrentamiento es más evidente porque, en muchos aspectos, la Argentina es un país políticamente anacrónico. A la Argentina la veo como un país muy próspero, muy rico, con la exportación de granos en un gran momento, con altos niveles de consumo y una economía que se mueve. Pero no es un país que esté invirtiendo para un futuro más seguro. Y creo que hay bastante demagogia en el Gobierno. Aunque no debería decir todo esto porque soy embajador (ríe). Yo vengo desde los 15 años a la Argentina, que para mí siempre fue el país de los libros, y hoy veo un nivel de discusión que no me gusta. Cuando estuve en la Feria del Libro, escuché a Aníbal Fernández (el jefe del gabinete nacional) diciendo que las declaraciones de Savater y Vargas Llosa le daban vergüenza ajena. Al final me reí, pero son cosas muy inaceptables. El intento de amordazar a la prensa tampoco me gusta mucho. 

¿Cómo vio lo que sucedió en torno a mario Vargas Llosa en la Feria del Libro?
Me pareció insólito. Que a un escritor, que acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura -el primero en lengua española que lo gana en mucho tiempo-, un hombre que ha dedicado su vida a escribir novelas, se le intente prohibir hablar en la Feria del Libro es un disparate total.

Pero tampoco es que se haya dedicado sólo a las noveleas, no es un ser neutro.
¿Pero por qué tendría que serlo? Si la libertad consiste en que se acepten las opiniones contrarias. Un hombre de cultura que opina, eso es un lujo en América Latina.

¿Y cómo cree que finalmente se resolvió todo el episodio?
Me parece que se resolvió bien. La señora Presidenta tuvo buen ojo y paró el tema. Y espero que estas cosas sigan resolviéndose bien, porque estos conflictos parecen continuar. 

¿Qué hay de su relación con España hoy? Le acaban de dar la nacionalidad.
Sí, la pedí y me la dieron. La relación es muy cercana, sucede que a mí me gusta mucho la vida española, siempre trato de pasar alguna temporada en Madrid y cuando se termine este asunto de la embajada en París lo más probable es que me vaya lo más que pueda para allá. Cuando yo era joven, leí mucha literatura española, sobre todo de la generación del '98, a Azorín, Unamuno, Baroja. Y da la casualidad de que fue justamente a través de ellos que me introduje a Montaigne, y eso está en la novela, en un pasaje en donde aparece Azorín llevando un libro de Montaigne de contrabando para leerlo en la noche. 

¿Y cómo ve la política española hoy, en medio de la crisis? Todo parece estar en ebullición.
Me parece que se ha retrocedido en el espíritu de la reconciliación posterior a la muerte de Franco, y veo a la política demasiado áspera. A esta altura de mi vida, yo tengo sobre las cosas una mirada mucho más liberal que antes y muchas veces me siento cerca de la derecha española,no lo niego, por mucho que en el pasado haya sido un gran admirador de la política de Felipe González, de quien fui amigo y con quien aún mantengo una buena relación. Aún así, espero que esto pase. Me parece que existe una cierta obsesión por la memoria. La memoria es muy importante para un país, pero una cierta dosis de olvido es necesaria para su desarrollo político. Eso también está en Montaigne, que se refleja en el edicto de Nantes: "Que la memoria de las cosas terribles que pasaron quede adormecida y que ustedes vivan como hermanos". Es bueno eso, es muy actual. Por eso su mirada me parece fenomenal para pensar en la solución de conflictos internos como los de España o la Argentina.

¿Qué cosas son las que lo identifican de la vida de la Península?
Hombre, me gustan hasta las tapas (ríe)… Hablando en serio, lo que más me gusta es la conversación. Por ejemplo, cuando voy a Madrid me quedo siempre en un apart hotel. Por la mañana trabajo y alrededor de la una siempre me llama algún amigo. "Jorge, estamos en tal parte, vente para acá", porque yo en España tengo muchos amigos. Y esos almuerzos terminan como a las cinco de la tarde. Entonces, para mí, en estas etapas de mi vida, poder trabajar escribiendo en la mañana y disfrutar la tarde entre comida, conversación y unas botellas de vino es realmente lo mejor del mundo. Y es lo que espero hacer cuando termine mi período en la Embajada.

Y respecto de la crisis, ¿sus amigo se quejan mucho?
Veo que la crisis ha golpeado. Los editores se quejan como locos, lo que resulta en que le pagan mucho menos a uno (ríe). Pero sí, andan con bastante preocupación, porque efectivamente me parece que las ventas de libros han bajado seriamente. En el mundo de la cultura, del libro, la crisis se palpa fuerte. En un momento parecía que Portugal arrastraba, lo que habría sido bastante complicado. El sistema de vida europeo es muy grato, pero al parecer resultó demasiado caro para los Estados.

¿Podrá sostenerse en el futuro?
Es complicado. Por ejemplo, yo escuché al propio Sarkozy decirle a Sebastián Piñera que cada año de retrasar la jubilación significaban 40 mil millones de euros para el fisco francés, y que a partir de eso él proponía estirar la jubilación de los 60 años a los 62 y así subsanar esos problemas. A mí me parecía razonable, sin embargo, hubo una manifestación callejera impresionante. En esos días de manifestaciones yo estuve con un par de senadores socialistas, y les pregunté si en el caso de ganar las elecciones en 2012 repondrían la jubilación a los 60 años. Se miraron, se rieron, me miraron a mí y dijeron "no". Están dejando que el trabajo complicado se los haga Sarkozy, lo que es natural.

¿Qué siente cuando lee a los críticos diciendo que ésta es su mejor novela, justamente a esta altura de su vida?
Bueno, no está tan mal, ¿no? Generalmente los autores de mi edad tienen su mejor novela muy atrás. García Márquez escribió Cien años de soledad hace como 40 años, pero en mi caso cosas parecidas ya habían dicho de las dos últimas, y la verdad es que es bastante estimulante porque a mí me pasó que fui uno de esos autores marcados. Cuando publiqué Persona non grata quedé para siempre como "el autor de Persona non grata". Siempre se me acercó gente diciendo: "Oiga, leí su libro", a lo que yo respondía, medio en broma, medio en serio: "¿Cuál?". Por suerte ya pasó esa etapa y logré salir de la condición de autor de un solo libro. Y eso ha permitido que la gente me descubra como novelista y diga "bah, ésta es la mejor novela de Edwards".

¿Qué piensa de los nuevos escritores latinoamericanos, es posible un nuevo boom?
Es difícil. Sucede que hoy los escritores están muy acostumbrados a escribir de acuerdo a lo que puede comprar el Estado, y eso es malo. Hay becas, premios, algo que no está mal, pero muchas veces los escritores se convierten en unos llorones que pasan pidiendo ayuda al Estado.

¿Eso ha afectado la calidad de la escritura a su juicio?
Yo creo que sí. Pienso que un escritor debe escribir sin depender de nada, menos de las instituciones fiscales, y darle a su escritura todo el tiempo que necesita. Si tú estás escribiendo porque mañana sale la beca tal o el premio tal, no estás escribiendo de forma normal, con la respiración que debe tener la escritura. Yo compadezco al tipo que está escribiendo una novela para enviar al premio Planeta. Pero es complicado porque es cierto que también existe el problema de la subsistencia económica. En mi tiempo yo lo resolví trabajando en otras cosas, no ganándome la vida como escritor. Depender exclusivamente de los derechos de autor es peligroso, no da tiempo a que las cosas maduren.

De todos modos habrá gente actual haciendo cosas que le interesen.
La verdad no soy un lector muy sistemático de cosas nuevas. Ahora, para la novela de Montaigne estuve leyendo muchas cosas del siglo XVI, así que no puedo decir que estoy muy al día. De todos modos, de gente joven me gusta lo que hacen Edmundo Paz Soldán o Gonzalo Contreras. También Piglia, aunque ya no está muy joven que digamos.

¿Cómo fue que se hizo cargo de una embajada con Piñera, usted que siempre fue más cercano a la Concertación?
Sucede que el año de las elecciones yo escribí un artículo donde decía que a mi parecer la Concertación estaba muy desgastada y que iba a votar por la centroderecha. La verdad es que todo quedó ahí y después, cuando ya era Presidente, me llamó. Yo no pedí nada y no tenía intención de aceptar ningún cargo, pero me ofrecieron la Embajada en París y no pude resistirme. Yo fui secretario de Pablo Neruda cuando él fue embajador durante la Presidencia de Allende, él disfrutaba y yo hacía todo el trabajo. Entonces, cuando me ofrecieron la embajada yo acepté pensando en que iba a tener un Edwards que me ayudara, pero todavía no lo encuentro.

¿Cómo es su relación con Piñera?
Mi relación con él es buena, sin ser íntima. Aunque yo era mucho más joven que él, yo fui muy amigo de su padre, que en la época de Pinochet él hacía unas reunioncitas los días sábado en su departamento. Eran muy divertidas pero también muy frugales. Si uno llegaba un poco tarde encontraba un jarro de pisco sour vacío y una bandeja con los restos de lo que habían sido unos sándwiches.



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