"En este Gobierno, hay impericia y negligencia"

Martín Redrado a quemarropa. La economía que viene, según el ex presidente del Banco Central. 23 de Julio 2010
Se lo nota orgulloso a Martín Redrado. Su libro, “Sin Reservas”, figura tercero en los rankings de ventas, detrás de autores consagrados, como Felipe Pigna (“1810”) y Marcos Aguinis (“Elogio del Placer”), subraya con indisimulable satisfacción. Lo ubica en el centro de la mesa ratona de madera, con la ceremonial veneración de quien eleva una ofrenda a un altar.

En el mercado editorial, los Kirchner venden. Y, más, todo aquello que no sea, precisamente, música maravillosa para sus oídos. “Nadie salió a desmentirlo”, se ufana “el hombre que les puso límites”, según el slogan de su campaña publicitaria. Pero lejos estaba su intención –al menos, la original– de convertirse en un autor de best sellers. En realidad, cuenta, eran memorias destinadas a ser publicadas después de septiembre, cuando se hubiera convertido  en el primer presidente del Banco Central en cumplir su mandato completo desde 1945. “Pero el proyecto se adelantó ocho meses. Y, por supuesto, hubo que escribir, mucho, sobre lo ocurrido en los últimos 60 días, que no estaba en los planes de nadie”, ironiza, sobre el episodio con el que el matrimonio presidencial abrió el fuego del año político: la batalla por las reservas del BCRA.

A cinco meses de su áspera salida de Reconquista 266, Redrado mira hacia delante. Asegura que sus teléfonos nunca dejaron de sonar. Por el contrario, su caller ID empezó a mostrar otros números. Hoy, trabaja para, en sus palabras, “referentes” (así, sin hacer nombres) del Peronismo Federal. “La Argentina tiene una coyuntura fantástica y no la aprovecha. Es el alumno que zafa con un 4, cuando podría sacarse un 8. Y no es una cuestión meramente numérica: significa tener menos pobres y una sociedad más inclusiva”, se entusiasma, en su diálogo con APERTURA.

¿Cómo analiza el escenario económico actual?
Tenemos una economía que vive del día a día. Y, por lo tanto, con un alto nivel de incertidumbre. Hay recuperación del consumo, sobre todo, en bienes durables. Pero se empieza a percibir una preocupante huida del peso que, en este caso, no es hacia dólares, como era tradicionalmente.
Un dato significativo: aumenta el consumo de bienes durables y baja, en cantidades, el de alimentos. Esto, sin duda, muestra una tendencia a salir del peso para buscar refugio de valor. Esta exacerbación del consumo, sin plantear un escenario de mediano plazo, genera falta de inversión y, por lo tanto, acumulación de tensiones económicas y productivas.

¿Cuáles son las causas?
Tenemos un gran desorden de las principales variables macroeconómicas. La política de gasto va por un lado. La recaudación, por otro. También la salarial, la de ingresos, la monetaria... Es como si cada una tuviera una lógica interna. Esto genera tensiones que, por ahora, son manejables porque la Argentina tiene superávit de cuenta corriente. Pero, sin duda, se acumularán distorsiones que, en algún momento, habrá que desactivar. Todavía estamos a tiempo de hacerlo.

¿Cuál será el punto de quiebre?
Veo dos, con preocupación. Una, más allá de las reservas, es que hubo una decisión estratégica de pensar que imprimiendo billetes se comprarán voluntades que, hoy, no hay en el electorado. Y esto lleva a utilizar el Banco Central para financiar todo. En la economía, siempre, la pregunta que hay que hacerse es quién paga. Si no, sería fácil manejar la política económica. ¿Y cómo se paga esto? Con impresión de billetes. Y eso es más inflación. Una mayor cantidad de dinero no está mal, en la medida que haya demanda. Mis colegas más ortodoxos siempre hablan de la oferta de dinero. Ven nada más que Economía Monetaria I. Todo depende de la demanda: el dólar tiene una oferta fenomenal porque sigue habiendo demanda de dólares. Por lo tanto, no se traduce en inflación. En la Argentina, en cambio, no hay demanda de pesos como para tener una oferta excedente de pesos. Y lo otro que miro con preocupación es cómo se espiraliza la variable salarial...

¿Cuál le preocupa más?
Las dos. Ambas pueden generar una espiralización de la inflación. Sobre todo, hacia fin de año. En reclamos salariales, nos movimos de la franja de los altos uno (18 por ciento), a los altos dos (25/29 por ciento) y los altos tres (más del 30 por ciento), en un período de sólo seis meses. Entonces, cuidado con esto: hasta ahora, al Gobierno, le convino una inflación más alta porque recaudó más, desde el punto de vista nominal. Pero el manejo de estas dos variables puede generar no una crisis pero sí mayores complicaciones para la economía argentina. ¿Saben cuál es el principal problema? El cortoplacismo. La economía argentina no levanta su mirada, en términos de decisiones, de un mes vista. Esto impide que haya ampliación de capacidad instalada y sin eso, indudablemente, seguiremos teniendo inflación.

¿A qué lo atribuye? ¿A impericia o negligencia en el manejo de la política económica?
(sonríe y piensa) Las dos. Hay una visión muy fragmentada de la economía. Una de las lecciones que deja la crisis es que no se puede manejar la política fiscal en abstracción de la monetaria. Todos los brazos de la política macroeconómica deben estar coordinados hacia un objetivo común. Y, acá, cada uno tiene su lógica; hay fragmentación interna. Eso, sin duda, genera impericia en el manejo. Y hay negligencia con respecto al fenómeno inflacionario. Una negligencia notable, que el Banco Central señaló en todos sus informes. Ahora, dicen que son problemas de la estructura monopólica de la economía cuando, en realidad, es negligencia por falta de coordinación y convergencia de las políticas económicas.

¿El canje no mejorará el horizonte?
No. Mientras la Argentina no presente una política fiscal consistente hacia delante, será muy difícil que las tasas bajen. Obviamente, el canje generará un empujó adicional positivo. Pero quien compra un título lo hace mirando hacia el futuro, no hacia el pasado. Es falaz argumentar que la Argentina paga 12 ó 13 por ciento por el default de 2001. Lo hace porque sus variables macroeconómicas están muy desordenadas. Nadie ve con claridad cuál será su flujo de fondos o sus fuentes de financiamiento. Son, más bien, manotazos. El canje podrá bajar los spreads 100 ó 150 puntos básicos. Pero no a los niveles como los de los vecinos de la región, mientras no resuelva ese grado de incertidumbre acerca de cómo pagará sus cuentas.

¿Cómo evalúa los roces con los principales socios comerciales (China, Brasil, Unión Europea)?
Genera más ruido. El andarivel comercial se cruza con el financiero cuando eso significa menor superávit comercial. Pero el tema de la Argentina, insisto, es que debe demostrar que tiene caja suficiente y ordenamiento fiscal o, si no, acceso a financiamiento voluntario. Y la Argentina muestra desorden fiscal y nadie nos presta un dólar. Hace dos años que está fuera del mercado voluntario de crédito. Y esto es una gran anormalidad: en lugar de ordenar sus variables macroeconómicas, el país decidió comerse stocks. Comió el stock de las AFJP. Comió el del Banco Nación. Ahora, el del Central. Quizás, termine consumiendo los encajes de los depósitos en dólares.  En fin, la pregunta no es si la Argentina volverá a tener acceso a los mercados voluntarios, sino cuál será su próximo manotazo. Y eso, sin duda, genera un spread más alto del que tienen los países que hacen las cosas normalmente, que tienen un gap y muestran de qué manera lo financiarán.

¿Restricciones comerciales, como las que se establecieron a Brasil, son un boomerang?
Por supuesto. Es esta idea de aislacionismo: uno hace algo y el mundo no contesta. La base de la política comercial es que haya relaciones. Que hay quid pro quo. Me parece de un gran voluntarismo, una gran inocencia y un gran cortoplacismo. Lo que genera esto, en definitiva, es menos inversión.

Usted estuvo en la cocina del Poder…
Nunca estuve en la cocina del Poder.

No, es verdad. Al costado, porque el Banco Central es autártico…
No porque sea autártico. Sino que mi relación siempre fue profesional y distante.

Dentro de esa distancia, ¿la responsabilidad es de funcionarios de segundo plano o de la cabeza del Gobierno?
Hay que tener datos concretos. Pero la presunción es, obviamente, que este tipo de cosas no pueden estar, por lo menos, aprobadas en lo más alto del Poder.

Usted es, tal vez, una de las personas que más habló de economía con Néstor Kirchner. La pregunta es: ¿Kirchner entiende de economía?
Se interesa por la economía. Y, obviamente, tuvo la práctica de haber administrado durante mucho tiempo una provincia y un país. Eso no quiere decir que tenga conocimientos. Es un hombre muy inteligente y con experiencia práctica. Pero no tiene conocimientos de economía.

Al pronunciar su sentencia, Redrado enfatiza una palabra: “conocimientos”. 
Lo hace con el tono de su grave voz. Con la precisión de su pulcro lenguaje. Con la gestualidad de su rostro y la contundencia de su cristalina mirada, clavada –sin siquiera pestañar– en los ojos de su interlocutor. Durante cinco años, fue una de las voces económicas más escuchadas en Olivos, a punto tal que más de una vez se pensó en él para ocupar el Palacio de Hacienda. “Si hubiera hecho algún gesto, podría haber sido Ministro de Economía de este gobierno. Pero nunca estuvo en mi interés. No hice el menor movimiento de cuerpo, siquiera”.

¿Hizo algún movimiento para evitarlo?
Sí, absolutamente… Cuando se fue Martín Lousteau, un emisario vino a hacerme un tanteo específico. Y dije: “La única manera es con un plan y un equipo profesional”. Sabía que era imposible porque me sugerían hasta qué secretarios debían quedarse. Pero yo pedía condiciones que, sabía, este Presidente (sic) no aceptaría, para no tener que decir que no.
 
¿Con qué ministro tuvo mejor y peor sintonía?
No me gusta hacer críticas ad-hominem porque, cuando se dispuso la salida de Roberto Lavagna, hubo una decisión de política que va más allá de los hombres: vaciar institucionalmente el ministerio. Esto excede a cualquiera de los hombres que debieron suceder a Lavagna.

Hace poco, definió a Amado Boudou como el peor ministro que conoció, desde el punto de vista técnico, pero el de mejores habilidades comunicacionales...
El Fondo de Bicentenario fue un gran error. Un gran error técnico, de mucha improvisación. Y la función del Ministro de Economía, hoy, está subsumida, por una decisión política, a la de un subsecretario de Financiamiento. Lo que hoy hace el Ministro, en la época de Lavagna, era tarea del subsecretario de Financiamiento. No es una crítica a la persona, sino que es una decisión política. Y, para eso, no se necesita gran capacidad técnica. Para ser preciso, lo que afirmé en el libro es que Boudou es el ministro con peor formación técnica que hubo y, sí, con una capacidad de comunicación importante.



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