Embajador de pura cepa

Embajador de pura cepa

El bodeguero estadounidense es responsable del posicionamiento del malbec argentino en el top ten enológico internacional. Propietario de Viña Cobos, en Mendoza, reniega de la moda de los flying winemakers y los vinos de autor. Identificado con el terruño, ahora apuesta por el cabernet como varietal de bandera. 28 de Enero 2011

Texto: Verónica Gurisatti
Colaboró: Laura Mafud

Fui el primer embajador estadounidense del malbec”, se autodefine Paul Hobbs, uno de los tres winemakers más importantes del mundo. Consultor independiente, es reconocido por su habilidad para identificar viñedos excepcionales, talento vinculado a una visión pionera del potencial del terruño.

Para que se entienda: no sólo hizo famoso al Napa Valley, en California, como sinónimo de los vinos del Nuevo Mundo, sino que también fue el experto que le dio fama internacional al malbec argentino, convertido en marca país. Y ahora va por nuestro cabernet sauvignon...

A fines de los ‘70, Hobbs fue fichado por Robert Mondavi -legendario y pionero bodeguero estadounidense-, primero como enólogo y luego como jefe del equipo de Opus One, etiqueta icónica del Napa Valley por combinar la innovación del Nuevo Mundo con la tradición francesa como resultado del partnership con Chateau Mouton Rotschild, de Burdeos. En 1991, fundó Paul Hobbs Winery, su bodega californiana. A la Argentina llegó por primera vez en 1988, convocado por Nicolás Catena. Y, desde entonces, su vinculación con el país se ha estrechado tanto que, además de un emprendimiento propio, también tiene una hija mendocina. Junto a sus socios Andrea Marchiori y Luis Barraud, lidera Viña Cobos, una bodega que desarrolla vinos ultra premium (como el Cobos Nico 2006, ejemplar que se comercializa a $ 995) y con una capacidad de producción anual de 370 mil litros. Además, es consultor de otros 15 establecimientos vitivinícolas: “Es un gran trabajo porque en el país todavía hay mucho por hacer”, justifica, a sus vitales 54 años. Sin embargo, y aunque elabora permanentemente tanto en Estados Unidos como en la Argentina, Chile y Hungría, no le gusta encuadrar a sus etiquetas en el fenómeno de los vinos de autor. A cambio, define que su especialidad es coordinar equipos de trabajo con los enólogos de cada lugar y compartir con ellos el conocimiento que lleva acumulado tras varias décadas de viajes y catas.

Paladar de trotamundos
Criado en una granja, en las afueras de Nueva York, Hobbs no tuvo una infancia sencilla. “Trabajábamos mucho y no disponíamos de todas las comodidades. Pero nos teníamos unos a otros. Mi padre quería algo mejor para nosotros y siempre hacía todo lo que estuviera a su alcance para poder darnos algo mejor”. Por eso, durante los inviernos, procuraba organizar algún viaje con la familia. “Así es cómo comencé a abrirme a otros modos de pensamiento. Mis padres no tenían dinero como para ir muy lejos, pero viajamos a California, Texas y México. Una vez, incluso, fuimos a Puerto Rico”, evoca.

¿Cómo se inició en el mundo del vino?
Empecé estudiando Medicina porque mi abuelo era un cirujano exitoso en Nueva York. Pero, en la universidad, conocí a un profesor que elaboraba vinos y empezó a enseñarme. Así me enamoré de este trabajo. Él me habló como un padre y me dijo: “Te gustan los viñedos, te gustan los vinos, te gusta esta industria, ¿por qué no vas a hacer vino a California?”. Y hacia 1974 me fui para el Oeste.

¿Por qué eligió a la Argentina para invertir fuera de su país?
Porque me conquistó la gente, tan cálida y amable. Hacer vino me encanta y el empeño y el trabajo duro me atrapan. Yo me enamoré de los vinos argentinos muchos años atrás y no me equivoqué. El potencial de calidad que tiene la Argentina es enorme: posee condiciones únicas como altitud, intensidad luminosa, amplitud térmica, clima seco, suelos con buen drenaje y muchos viñedos de 70 u 80 años que producen uvas de una calidad excepcional. Cada día son mejores. Y los resultados en el mercado internacional hablan por sí solos.

Pasaron 20 años desde su desembarco. ¿Está tan motivado como al principio?
A pesar de que hice muchas cosas, todavía me quedan muchas más por delante. Este mercado tiene grandes posibilidades de crecimiento y yo tengo mucho trabajo con las bodegas que asesoro (como Riglos, El Porvenir, Decero, Xumek) y también con Viña Cobos, la bodega que tenemos en Agrelo con Andrea Marchiore y Luis Barraud, donde elaboramos vinos ultra premium bajo las marcas Cobos, Bramare y Felino. Además, en Mendoza vive mi hija Agustina, de 16 años.

Entonces, ¿cuáles son los cambios más importantes que observó en el mercado argentino en los últimos años?
Hubo muchísimos. Tantos, que son imposibles de enumerar. La transformación agrícola de la vitivinicultura argentina es una de las más notables del mundo en la última década. El crecimiento constante y sostenido, no sólo de superficie cultivada y regiones productivas, sino también de la calidad de las uvas, marca el rumbo de la enología nacional. Muchas bodegas, además de tecnificar, perfeccionaron el uso de las barricas de roble e hicieron foco en el malbec. Y así fueron naciendo vinos mucho más elegantes e integrados, donde prevalece la fruta y la frescura antes que la madera. Hoy, prácticamente no hay vinos con fallas. Pero lo más importante fue el cambio cultural: antes se producían vinos masivos, oxidados y sobremaduros, y ahora tienen tanta calidad que se volvieron internacionales. Cuando llegué por primera vez a la Argentina, la calidad de sus vinos no era la adecuada para la exportación: eran arcaicos y viejos, resultado de un equipamiento muy pobre. Pero, ahora, la Argentina es uno de los países más modernos del mundo en términos de tecnología y de entendimiento del proceso integral de elaboración. Lo que pasó con la Argentina es el fenómeno más dramático en la industria del vino del mundo. ¡No sucedió en ninguna otra parte del mundo!

En ese escenario, ¿cuál es el potencial real de las etiquetas nacionales?
Uno de los grandes diferenciales de la Argentina, con respecto a otros países del Nuevo Mundo, es su diversidad. He recorrido mucho y veo que, en algunas provincias, siguen usando la misma tecnología que antes, mientras que en otras tienen los últimos adelantos. Y así eran los comienzos en California, donde la industria se desarrolló hasta lo que es hoy. Por eso, estoy convencido de que el potencial del país es extraordinario. Es la razón por la cual estamos trabajando para darle más estructura a los vinos y conocer nuevas regiones para ver qué sucede. Aún hay muchas cosas que no sabemos del terroir argentino: hay mucho trabajo por delante, mucho para estudiar. Todavía nos puede llevar varios años.

Fue uno de los primeros en apostar por el malbec argentino. ¿Qué desafíos enfrenta la cepa de cara a su posicionamiento definitivo?
Cuando llegué a Mendoza empecé a trabajar con el chardonnay, junto con Nicolás Catena. Por entonces, no tenía ninguna referencia del malbec, que sólo se conocía acá. Y quedé sorprendido. Me di cuenta de dos cosas: de su enorme potencial y de su originalidad. Por eso, cuando lo llevé a Estados Unidos, el resultado fue increíble. Durante dos años me la pasé haciendo catas, explicándole a la prensa especializada de qué se trataba y presentando la cepa para demostrar que podía jugar en primera. De algún modo, me convertí en el primer embajador estadounidense del malbec. Actualmente, a pesar de ser el varietal más trabajado, todavía no ha llegado a su techo ni a su excelencia. Recién se están empezando a desarrollar diferentes clones y regiones, aunque ya es reconocido en todo el mundo.

¿Considera que sigue siendo la uva clave para abrir mercados?
Sí, el malbec en cada mesa es lo que se está tratando de imponer en el mundo, que es lo que ya pasa aquí, donde mejoró el consumo interno. La cepa es una referencia clave para la Argentina y un fenómeno único. Pero, si bien en Estados Unidos está de moda, lo cual está muy bien, hay que recordar que nada perdura con tanta vehemencia para siempre. Por eso, tenemos que consolidar la noción internacional de que la Argentina no sólo es incomparable en malbec sino que también puede competir con el cabernet sauvignon.

¿Está diciendo que el cabernet sauvignon puede estar a la altura del malbec?
Estoy convencido de que se va a lograr llevar al cabernet al nivel del malbec a través de años de mucho trabajo intenso. Es un proceso complejo. La variedad argentina es un desafío porque es como un pura sangre: hay que saber trabajarla. Y, aunque eso lleva tiempo, hay grandes perspectivas para su desarrollo. Burdeos y California son los dos lugares reconocidos en el mundo por sus cabernet. Estoy convencido de que la Argentina va a estar al mismo nivel. Hoy no estamos tan cerca de esa situación porque todavía hay pocos productores trabajando un varietal de calidad. Pero, poco a poco, eso va a cambiar porque muy pocos serán capaces de competir con la relación calidad-precio que la Argentina puede ofrecer.

Siendo tan optimista, ¿qué piensa de las otras cepas que alcanzaron tipicidad aquí?
El torrontés de Salta, el bonarda de Mendoza y el cabernet franc de La Pampa son sólo algunos ejemplos de los varietales argentinos que demostraron su potencial. Sin embargo, todavía se comercializan en nichos y no creo que tengan el poder para lograr que el mercado internacional conozca que la Argentina es algo más que malbec. En síntesis, creo que existe una clara oportunidad en dos categorías: más blancos de alta calidad y el cabernet sauvignon.

¿Cuál es el gran desafío del vino argentino?
Debemos continuar el trabajo que empezamos. Y siempre poniendo el foco en la calidad del producto. Además, creo que tenemos que explotar otras variedades en otras regiones. También, mejorar la tecnología, lo cual se consigue estudiando, estudiando y estudiando. Hay mucho por hacer y mucho para desarrollar tanto en Mendoza como en otras provincias. Además, es muy importante ser consistentes con la calidad, saberla comunicar y mantener una ecuación calidad-precio superior a la de otros países productores, no equivocarse en las exportaciones y avanzar hacia la continuidad. Hacer aún más fuerte al malbec y a otros varietales, pero también lograr que el país se conozca por regiones, ya que tiene muchos terroirs diferentes para ofrecer.

Gurú acriollado
De las muchas fortalezas que exhibe Hobbs, la más importante es su perseverancia: no se conforma, siempre busca la perfección. Además, por su amplia y desprejuiciada visión de futuro, es uno de los pocos winemakers que puede interpretar lo que pide el mercado y traducirlo en vinos exitosos.

¿Cómo define el estilo de sus vinos?
Creo que lo más difícil de encontrar es el equilibrio entre poder y elegancia. Siempre lo pienso más en términos como Baryshnikov, el bailarín ruso, que en Schwarzenegger o Rambo. A mí me gusta el poder con elegancia. Y creo que ese es el estilo de Viña Cobos. El poder es importante, pero por sí solo es un monstruo y, al final, se vuelve rústico. Entonces, el estilo de mis vinos es moderno y sofisticado: todos son elaborados a partir del viñedo, con una profunda búsqueda de suelos y apuntalados en la calidad, con carácter e identidad. Expresan la mejor tipicidad de cada variedad y cada terruño; además, su intensidad y equilibrio son el resultado del buen manejo del viñedo, el trabajo artesanal y el respeto por el terroir.

¿Se puede lograr calidad elaborando grandes volúmenes?
Hay una idea romántica de que los vinos de excelente calidad sólo pueden hacerse en volúmenes pequeños. Pero yo creo que la calidad y el volumen van por carriles distintos. La calidad se mide en una cata a ciegas donde varias personas, con criterio independiente, sacan sus conclusiones: luego, cada persona puede decir si le gusta o no y sobre eso se puede hablar durante cinco días. A mí me gusta encontrar la personalidad del terruño, pero eso no es una cuestión de volumen sino del tipo de vino que uno haga. Se puede tener una capacidad de producción grande para grandes vinos, aunque hasta ahora las bodegas grandes no producen millones de botellas de vinos de gran calidad.

¿El gusto del consumidor está cambiando?
Sí, todo el tiempo está cambiando. Como hacedor de vinos, estoy influenciado por mi propio gusto, por mi evolución personal pero también por outside inputs: viajo mucho por Estados Unidos, Inglaterra y Francia y veo que el cambio es constante... Pero el estilo también. Todos esos lugares tienen algo para enseñarte y todos los mercados tienen algo para decirte. Actualmente, el terroir y la identidad se respetan cada vez más. Además, el consumidor es cada vez más conocedor y más exigente, por eso los vinos son más frescos y frutados, con mejor balance y más fáciles de beber. De todos modos, nadie sabe realmente cómo será el consumo en el futuro. Por ejemplo, cuando llegué a la Argentina, era tres veces superior, pero hoy el vino es mucho más apreciado de lo que era entonces. De modo que no se trata de cantidad sino de calidad. Si el consumo baja, sólo podrán sobrevivir los fabricantes de vino de alta calidad.

En base a su experiencia, ¿cuáles son las tendencias para los próximos años?
La tendencia general es ir hacia vinos cada vez más bebibles, con menor alcohol, mayor acidez y frescura, más elegantes que potentes pero, sobre todo, ricos. La elegancia, la complejidad y la personalidad cada vez se valoran más, igual que la calidad, el precio, la consistencia y la identidad. Otra tendencia es el estudio más profundo de los distintos terroirs para lograr vinos con mayor personalidad y autenticidad. Además, los vinos siguen la tendencia global que apunta a productos que crezcan orgánicamente, en espacios que sean sustentables y con un gran respeto hacia la madre naturaleza, en equilibrio con el medio ambiente. Todo el mundo está buscando ese balance. Y, entre los consumidores, se quiere beber menos pero bien. Ese es un concepto muy importante para tener en cuenta cuando se busca la calidad. Claro que esto sucede en ciertos países donde existe una alta cultura vitivinícola. En otros, como China, se siguen eligiendo etiquetas: compran el vino si es caro o de una marca internacional reconocida. Por eso, ingresar un vino argentino a China todavía no es tan sencillo. Lo pueden probar, les puede gustar, pero no lo van a comprar. No todavía. Pero ya lo van a hacer.

¿Usted también es de los que beben menos pero mejor?
En general, bebo vino todos los días, de una gran cantidad de varietales y de distintos lugares del mundo, siempre en función de la cocina y del entorno. Aquí como más carne y me gusta acompañarla con cabernet; en California, preparamos sushi y, si bien mi hija y mi novia prefieren un pinot noir, yo me inclino por el gris; si estoy en Miami, quiero un vino fresco y frutado pero si estoy en algún lugar de Francia o en Italia, comiendo un delicado foie, quiero algo sutil, con más madera y notas herbales.

¿Por qué no le gusta que lo cataloguen como un flying winemaker?
Quizá porque un flying winemaker es considerado una persona que, en realidad, no invierte tanto de sí mismo, como si se tratara de un cirujano que viene, hace su trabajo y se va. No veo cómo se puede hacer eso y lograr un buen vino. Creo que el término da cuenta de alguien que no está apegado al lugar. Y yo no puedo contra eso: si quiero hacer un gran vino, tengo que sentirme conectado con la tierra.



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